Siempre fue el sueño mío y de mi marido vivir cerca del mar. Nos tiramos diez años enteros, y no precisamente cortos, persiguiéndolo, ahorrando euro tras euro, y nunca nos propusimos comprar ningún ático espectacular en Marbella, ni mucho menos. Queríamos un piso sencillo, de dos o tres habitaciones, en una zona de playa. El tema de la decoración, sinceramente, nos daba bastante igual.
Hasta que, un día, ¡el sueño se hizo realidad! Eso sí, todavía teníamos hipotecas, pero el objetivo fue cumplido. Mar, apartamento propio a tiro de piedra de la costa, exactamente lo que queríamos.
Suspirando de alivio, la felicidad nos duró dos meses escasos, hasta que apareció mi madre de visita. Le enseñamos nuestro nidito, y lo primero que me pidió fue un juego de llaves, para poder venir cuando le apetezca sin avisar. Mi marido y yo, ingenuos, le dimos uno sin imaginar que ese juego se iba a multiplicar más rápido que el pan de San Isidro.
Una mañana, mientras estábamos aún en la cama, escuchamos la puerta abrirse y unos golpecitos. Mi marido, sin mucha ilusión (pensando que era madre querida), se vistió y fue al recibidor. Para su sorpresa, apareció una familia con dos críos bajo el brazo. Cuando fui a ver, resultó ser la familia de mi prima, allí tan felices como en la Feria de Málaga.
No sabiendo muy bien qué hacer, pusimos la mejor cara de alegría. Mi prima, tan tranquila, explicó que había hecho copia de las llaves a partir de las de mi madre, quien le había dicho que estaríamos encantados de dar alojamiento a la familia.
Estos turistas estuvieron una semana. Trajeron comida del pueblo, así que la despensa no era el problema. Pero tener otra familia en casa, además en modo vacacional y sin opción de irse al chiringuito, no sumaba precisamente optimismo a nuestro contador.
Al despedirlos, llamé a mi madre y le pedí que no volviera a organizar invasiones familiares inesperadas. Ella, sorprendida, preguntó qué era lo que me incomodaba, asegurando que no era nada grave y señalando que mi prima estaba encantada de nuestro recibimiento, esperando seguir viniendo gratis a la playa en verano.
Y entonces, como por arte de magia, llegaron una avalancha de tíos, tías, primos, y demás familiares cercanos. Parecían sacados de la Tuna, aparecían, saludaban con alegría y decían:
¡Pero qué mejor sitio para reunirnos que en casa de Inés!
Inés (o sea yo), ni pinchaba ni cortaba, y mi marido ya ni te cuento. Al fin y al cabo, los propietarios somos como los camareros: vamos y venimos y nadie nos echa mucha cuenta.
Después de dos veranos de este festival, pedí a mi madre que devolviera las llaves. Ella se ofendió y me acusó de snob y de distanciarme de la familia. Cuando se lo conté a mi marido, me abrazó y dijo:
¿Te das cuenta de que hay tantas llaves en circulación que quitarle a tu madre el juego no soluciona nada? Si no te importa, mañana ponemos una puerta nueva, con cerradura de último modelo.
No me molestó, así que a la semana siguiente, escuchamos durante una hora cómo intentaban abrir la puerta nueva con llaves antiguas unos visitantes misteriosos. Vinieron llamadas al móvil, pero como dos estoicos, no respondimos a ninguna.
Esa noche, la bronca fue espectacular: mi madre indignada porque un primo tercero tuvo que pasar la noche en la estación esperando tren. Cuando pregunté cómo se llamaba el primo en cuestión, escuché un par de pitidos fin de la discusión.
Aún hubo dos intentos fallidos más de ocupación turística por parte de la familia. La puerta resistió como una auténtica muralla castellana, y nosotros ganamos la confianza de que, por fin, nuestro apartamento era nuestro, no una calle de paso.
Mi madre ya no viene, solidarizándose con toda la parentela, y yo intento mantener una relación cordial pero no pienso dejar entrar a nadie más en mi oasis junto al mar. Es mi territorio, el de mi marido, conseguido sólo con nuestro sacrificio y empeño.
Curiosamente, a ninguno de mis familiares se le ocurrió seguir nuestro ejemplo y comprarse un apartamento en la costa. Pero, eso sí, para llegar con la tortilla hecha y aprovecharse de la playa gratis, todos eran felices como perdices.





