Todo comienza en una mañana de domingo, a las siete. Lucía y su marido salieron de tapas la noche anterior por el centro de Madrid, volvieron tarde a casa y solo querían dormir un poco más. No obstante, la tranquilidad se ve interrumpida por una llamada de la suegra de Lucía, que les invita al pueblo para hacer una barbacoa. A pesar de sus intentos de rechazar la invitación, la suegra insiste, recalcando que ya ha preparado suficiente carne adobada para todos. La resistencia resulta inútil y acaban aceptando la propuesta.
No solo iban a estar los suegros, sino también el cuñado de Lucía junto a su flamante esposa. Mientras que Lucía y su marido llevan ya tres años casados, su hermano y la mujer de este se han casado hace apenas dos meses y ninguno de los dos matrimonios tiene hijos.
Un año entero de convivencia bajo el mismo techo con su suegra ya le había bastado a Lucía para conocer bien su carácter: es dada a la tacañería y siempre se está quejando de que no llega a fin de mes. Al final, Lucía y su marido decidieron mudarse a un piso de alquiler y, poco después, los padres de Lucía se instalaron en el piso de la abuela, que habían heredado. Así, Lucía y su marido se libraron de la pesada hipoteca.
Llega el día de la barbacoa, y la pareja coge el coche para recorrer las dos horas de carretera hasta el pueblo donde les esperan los familiares. Pero al llegar, en lugar de celebrar el festín prometido, se encuentran de inmediato poniendo manos a la obra: reparar la valla, plantar hierbas y cuidar de las flores del jardín. Aunque están agotados y con hambre, da la sensación de que la suegra prefiere aprovecharse para sacar adelante las tareas de la casa antes que poner la carne en la parrilla.
La tensión aumenta cuando el marido de Lucía expresa su hambre y frustración, lo que termina en una discusión con la madre. Conforme avanza la tarde, finalmente logran sentarse alrededor de la barbacoa. Sin embargo, está lejos de ser la comida abundante que esperaban: la suegra ha contado solo con dos chorizos por persona, dejando a todos desilusionados y molestos.
La experiencia deja un sabor amargo, sobre todo porque, si la suegra les hubiera avisado que necesitaba ayuda, habrían acudido encantados y hasta habrían llevado comida suficiente por su cuenta. Lo sucedido, en cambio, no hace más que tensar todavía más la relación, ya de por sí complicada.
Una semana después, la suegra vuelve a llamar con la idea de reunirlos otra vez para una barbacoa. Sin embargo, el suegro le aconseja a Lucía no hacerle caso, asegurando que su mujer solo busca mano de obra gratuita y que no tiene ninguna intención de organizar el festín prometido.
Cansados y hartos del agobio constante, Lucía y su marido deciden apagar los móviles y el timbre, buscando por fin esa paz y descanso tan merecidos.



