Los padres de mi marido no dejan de entrometerse: intentan reconciliarlo con su exmujer. “¿Es que no lo comprendes? ¡Tienen un hijo en común!”, se queja mi suegra.

Life Lessons

8 de febrero

Últimamente siento que los padres de mi marido no logran aceptar que la vida de su hijo ha cambiado. Continuamente intentan reconciliarle con su exmujer. ¡Pero, hija, no lo comprendes! ¡Tienen un hijo en común! me repite mi suegra una y otra vez con ese tono de súplica al que me estoy acostumbrando.

Soy la esposa de un hombre cuyos padres nunca han querido asimilar que su hijo está divorciado, a pesar de que ya han pasado más de cuatro años desde entonces. No paran de hacer planes para que él y su ex vuelvan a estar juntos. Mi marido y yo nos casamos hace tres años y, la verdad, vivimos felices juntos.

Sin embargo, mi suegra siempre dice que su hijo fue un insensato apresurándose a divorciarse. Cree necesario que haga todo lo posible para reconstruir el vínculo con la familia de su exmujer, simplemente porque su hijo nuestro hijo vive allí.

Cuando conocí a Álvaro, él ya estaba divorciado. Según me contó, ambos se separaron de mutuo acuerdo. Su exmujer incluso volvió a casarse y parecía estar contenta con su nueva vida. Probablemente había una relación con otro hombre de por medio.

Quizás nos precipitamos al casarnos. Mi madre nos animó a dar el paso. Su ex se quedó embarazada y, según Álvaro, él no estaba realmente enamorado cuando se casaron. Me explicó: No habría pasado por el altar de no haber sido por el embarazo. Solo salíamos juntos.

Nunca sentí celos de la exmujer de Álvaro. Preferí observar primero a qué atenerme. Pronto comprendí que él no echaba de menos esa familia, y era completamente indiferente ante su ex. Ella, por su parte, tampoco mostraba ningún interés por él: se había casado de nuevo y sus únicas conversaciones giraban en torno al hijo en común.

La que no soporta esta situación es mi suegra. Ni ella ni mi suegro han dejado de intentar reconducir la familia. Desde el principio, miraron nuestra relación con malos ojos.

Eres joven, tienes toda la vida por delante. ¿Por qué te metes en una familia ya formada?, me dijo mi suegra una vez que estábamos solas.

Le respondí que, si Álvaro estuviese casado, jamás me habría entrometido; pero ahora es un hombre libre. Quiso replicar, pero en ese momento entró Álvaro y calló. En ese instante supe que nunca podría tener una relación cordial con ella, aunque tampoco me quitó el sueño.

Nos casamos y empezamos a vivir juntos. Mis encuentros con la familia política se limitaron a los cumpleaños y Navidad. En esas reuniones era inevitable escuchar las quejas de mi suegra sobre la antigua familia de Álvaro. Él intentaba frenarle los pies, pero al poco tiempo todo volvía a su cauce.

No teníamos prisa por formar nuestra propia familia; yo aún no me veía como madre, y mi marido ya tenía un hijo, así que mi suegra tampoco sufría por la falta de nietos.

Desde el divorcio, mi suegra empezó a invitar a la exnuera a todas las fiestas familiares y la elogiaba por cualquier cosa. Eran un matrimonio estupendo, le oí decir más de una vez. La ex, sin embargo, acudía, saludaba y poco más. Se notaba que era por compromiso y que le daba igual todo aquel teatro.

En alguna ocasión, mi suegra intentó alimentar los celos de Álvaro hacia su exmujer, y al revés conmigo. Llegó a llamarme para preguntarme dónde estaba mi marido y, si yo no sabía responderle, asumía que estaba con su ex. Incluso le mandaba mensajes para que fuera a casa de ella por cualquier excusa. No tenían fin sus tretas.

No soy celosa, pero todo esto me pone muy nerviosa y me agota. Viendo a Álvaro y a su ex desde fuera, se nota que entre ellos no hay nada; son como dos conocidos gestionando juntos la crianza de un hijo. Él pasa la pensión puntualmente, a veces habla con el niño y, de vez en cuando, el niño viene a casa a pasar el fin de semana. Ella no da motivos de escándalo: no pide dinero extra, no pone trabas a las visitas y parece una persona razonable. Son, simplemente, dos personas que no funcionaron como pareja y han rehecho sus vidas con respeto mutuo.

Pero mi suegra se niega a entenderlo. Siempre anda urdiendo algo. ¿Cuándo terminará? ¿Cuándo aceptará la nueva realidad? Álvaro piensa que todo se calmará si alguna vez le doy un nieto. Pero yo no lo veo tan claroSé que la vida no es una telenovela donde todo se resuelve con un giro inesperado y los personajes se abrazan llorando bajo la lluvia. Pero, el domingo pasado, en la sobremesa de un cumpleaños, ocurrió algo distinto. Mientras mi suegra, con su típica insistencia, contaba cómo la ex de Álvaro organizaba fiestas inolvidables, mi esposo dejó el café sobre la mesa y la interrumpió. Su voz sonó suave, pero firme, como si hubiera ensayado esa frase durante semanas:

Mamá, esta es mi familia ahora dijo, mirándome a los ojos. Ya no busco reconstruir lo que se rompió. Quiero que lo sepas, y que un día puedas alegrarte por nosotros, igual que yo me alegro cada día.

El silencio fue incómodo, breve, como la pausa entre dos compases. Mi suegra no replicó. Siguió removiendo el azúcar en su taza, pero algo en su expresión cedió, aunque fuera por un segundo.

No espero milagros, pero esa tarde, al despedirnos, mi suegra se acercó y me abrazó. No fue un abrazo largo ni cálido. Más bien, el roce tímido de quien se despide de un fantasma que por fin empieza a ver como una persona de carne y hueso. Mientras bajábamos las escaleras, Álvaro me apretó la mano.

Quizá ella nunca acepte del todo que soy la esposa de su hijo. Quizá siempre viva a la sombra de esa familia ideal imaginada. Pero aquí estoy, con Álvaro, caminando juntos. He aprendido que aceptar no es olvidar; es dejar espacio para lo que puede ser, en vez de lo que no fue.

Y quién sabe, tal vez algún día, en otra sobremesa, mi suegra y yo compartamos una risa sincera. Al menos ahora, la puerta parece estar un poco entreabierta. Quizás, con el tiempo, el resto vaya llegando.

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