¿Qué opináis de las llamadas telefónicas a horas intempestivas? Muy temprano por la mañana.
Recientemente, la cuñada de mi esposo ha empezado a llamarme a las cinco de la mañana. Tampoco el móvil de mi marido estaba en silencio a esa hora; su hermana le llamaba. Apenas si podíamos mantener los ojos abiertos. Su descaro no tenía precedentes.
Nada más responder al teléfono, escuché lo siguiente:
¿Todavía estáis durmiendo? Salimos antes de las once por asuntos importantes. Estad atentos a los niños. Están ya esperándoos bajo vuestra portería.
No nos dio tiempo ni a responder; colgó enseguida.
Mi marido y yo nos miramos en silencio, atónitos. ¿Sobrinos tan temprano y por qué justo frente a nuestra verja?
Él se vistió rápidamente y salió al portal. Los perros ladraban como locos, así que sin duda había alguien fuera.
Y sí, efectivamente, tres de nuestros sobrinos estaban alineados junto al portón. Me quedé sin palabras de puro asombro.
Llevamos a los niños a casa y empezamos a llamar a sus padres para entender qué estaba pasando. La respuesta fue:
¿Es que no queréis a vuestros sobrinos? No les dais dinero, ni regalos. Por lo menos, pasad tiempo con ellos. Tenemos que salir a hacer recados importantes. Ya tenéis la oportunidad de arreglar vuestra imagen delante de nuestros hijos.
Mi marido y yo no podíamos creer lo que escuchábamos. El más pequeño ni siquiera tiene un año y ni se habían molestado en ponerle pañales ni preparar comida para bebé.
Por suerte, en nuestro barrio hay un supermercado abierto las veinticuatro horas. Mi marido fue corriendo para comprar todo lo necesario para los niños. Al fin y al cabo, había que darles de comer.
Pasamos horas lidiando con ellos. Se portaban fatal, no querían dormir, lloraban. Entendí que no era culpa suya estar tan desvelados por culpa del madrugón.
Sus padres no volvieron a por ellos hasta las tres de la tarde. Y eso solo porque les estuvimos llamando varias veces. Cuidar a los hijos de los demás es una gran responsabilidad.
Para colmo, nos reprocharon que habíamos comprado la comida y los pañales equivocados. Aun así, se llevaron nuestras compras a casa.
Ahora no sabemos cómo evitar que esto vuelva a pasar. Nos da miedo despertarnos cualquier día y encontrarnos a nuestros sobrinos en la puerta otra vez a las cinco de la mañana. Todavía estoy inquieta tras aquella experiencia.
Aprendimos que cuidar a los hijos ajenos exige paciencia y comprensión, pero también que es necesario poner límites, sobre todo cuando se trata del propio descanso y bienestar.




