¿LO RECUERDO? ¡IMPOSIBLE OLVIDARLO!
Paquita, verás Hay algo que tengo que contarte. ¿Te acuerdas de mi hija ilegítima, Inés? mi marido hablaba con medias palabras, lo que me ponía de los nervios.
¿Si la recuerdo? ¿Cómo olvidarla? ¿Y ahora qué pasa? me senté en la silla, temiendo lo peor.
La verdad es que no sé cómo decírtelo Inés me suplica que acojamos a su hija, o sea, a mi nieta murmuró mi marido, Juan Carlos.
¿Y a cuento de qué? ¿Y el marido de Inés? ¿Está pintado o qué? ya la curiosidad me podía, a pesar del mal presagio.
Verás, a Inés le queda poco de vida. Su marido nunca estuvo; ni rastro de él. Su madre hace años que se casó con un extranjero y vive en América. Hace siglos que no hablan, andan a la greña. No tiene a nadie más. Por eso nos lo pide Juan Carlos bajaba la mirada, incapaz de sostener mis ojos.
Y entonces, ¿qué piensas hacer? Yo, sinceramente, ya sabía lo que íbamos a hacer.
Por eso te lo consulto, Paquita. Lo que digas, haré al fin me miró, esperando mi veredicto.
¡Muy bonito! O sea, tú metiste la pata en tu juventud y ahora yo, Paquita, carga a cuestas con una niña que ni es mía. ¿No? la rabia me subía por momentos ante la cobardía de mi esposo.
Paqui, somos una familia, deberíamos decidirlo juntos
¡Mira, qué bien te acuerdas ahora! Porque cuando andabas de juerga con otra, ¿te acordaste de mí acaso? ¡Qué fácil lo tienes! se me saltaron las lágrimas y me encerré en el dormitorio.
En el instituto mi novio era Víctor. Pero cuando llegó el nuevo, Santiago, se me olvidaron todos los chicos del mundo. Pronto dejé a Víctor y Santi empezó a acompañarme a casa, a darme besos ardientes en la mejilla, a regalarme rosas robadas del parque. A la semana, me llevó a la cama. Ni rechisté; me enamoré de él para siempre. Acabamos el instituto, y Santiago fue llamado a la mili. Le fui a despedir al andén entre lágrimas y mocos. Se fue a otra ciudad.
Durante un año, intercambiamos cartas, luego vino en permiso. Estaba tan feliz que no sabía cómo agradarle. Me moría por él.
Paqui, volveré en un año y nos casaremos. Pero para mí ya eres mi mujer me dijo al despedirse.
Después de aquello, me sentía flotando; toda mi vida sería así: Santiago me miraba dulce y yo me derretía como helado al sol, como chocolate en verano. Se fue de nuevo, y yo le esperaba ilusionada, ya me veía su prometida. Medio año después, recibí una carta de Santi: que habíamos de dejarlo, que había conocido el amor verdadero en el cuartel y no volvería a nuestro pueblo.
Y para rematar, yo llevaba en la barriga a su hijo. Eso de la boda, fue solo un cuento. Como decía mi abuela: “Nunca te fíes de la miel antes de la cosecha”.
Al tiempo nació Iván. Tengo que decir que Víctor, mi antiguo novio, se ofreció a ayudarme, y de puro desamparo, acepté. Sí, tuve una relación con él. No esperaba volver a ver a Santiago.
Desapareció de mi vida hasta que, de repente, volvió. Víctor abrió la puerta y Santiago apareció en el umbral.
¿Me dejas pasar? se sorprendió Santiago.
Pasa, si es que has venido respondió Víctor, algo resignado.
Iván, notando el ambiente tenso, se abrazó a Víctor y rompió a llorar.
Víctor, vete a dar una vuelta con Ivancito no sabía ya cómo gestionar aquello.
Cuando se marcharon preguntó él, celoso:
¿Es tu marido?
¿Y a ti qué te importa? ¿A qué has venido? seguía dolida, no imaginaba sus intenciones.
Te echaba de menos, por eso. Veo que tienes familia, Paquita, que no me esperaste. Bueno, me voy. Perdona por irrumpir en tu retiro hizo amago de marcharse.
¡Espera, Santi! ¿Para qué has vuelto? ¿A removerme el alma? Víctor sólo me ayuda. Y, vamos, está criando a tu hijo…
He vuelto por ti, Paqui. ¿Me aceptas? me miró esperanzado.
Entra, vamos a comer y mi corazón latía de nuevo de emoción porque él había vuelto, no me había olvidado. ¿Por qué negarlo?
Así que Víctor volvió a ser mi ex definitivamente. Mi hijo necesitaba su padre, no un padrastro. Más adelante, Víctor se casó con una buena mujer que ya tenía dos hijos de antes.
…Pasaron algunos años. Santiago nunca fue capaz de amar a Iván como a un hijo suyo. Siempre creyó que era de Víctor.
Nunca sintió Iván como propio, y yo lo notaba. Además, Santi era mujeriego, se encaprichaba de cualquiera y las dejaba. Me engañaba una y otra vez: con mis amigas, con amigas de mis amigas… Yo lloraba, pero seguía amándole y protegiendo a la familia.
Quizás yo lo llevaba mejor que él; quien ama es siempre feliz en su ignorancia. No tenía que mentir a nadie ni inventar excusas. Solo amaba. Él era mi sol. Muchas veces quise dejarle o dejar de quererle, pero al final, en la noche, me reprendía a mí misma: “¿Adónde vas a ir? ¿Dónde vas a encontrar a otro igual? ¿Y qué haría Santi sin mí? Yo soy su amante, su esposa, su madre.”
Santiago perdió a su madre con catorce años, mientras dormía. Quizás por eso buscaba cariño en otras. Yo siempre le perdoné todo, le cuidé. Una vez nos enfadamos de verdad. Le eché de casa. Se fue a vivir con unos primos.
Pasó un mes, ni recordaba el motivo del enfado, y él no volvía. Tuve que presentarme ante sus familiares.
Paquita, ¿a qué viene esto ahora? se sorprendió la tía Santi dijo que os habíais divorciado, que ya tenía otra.
Gracias a la tía, supe la dirección de la otra y me planté allí.
Buenas tardes, ¿puedes llamar a Santiago? intenté ser lo más educada posible.
La chica se rió con malicia y me cerró la puerta en las narices.
Me fui en silencio…
…Santi volvió al año y la chica había tenido una hija, Inés. Siempre me culpé de aquella discusión fatal, de haberle echado. Si no, él no habría acabado con otra y no tendría esa niña. Desde entonces busqué mimarle más, amarle sin medida.
Nunca hablamos de Inés, su hija fuera del matrimonio. Era como abrir una herida que podría destruir nuestra familia. Mejor fingir que no existía.
Al fin y al cabo, ¿qué más da una hija de otra? Pero esas mujeres tampoco deberían meterse con los maridos ajenos…
Así convivimos: con los años, Santiago se fue calmando, se volvió casero, dócil. Sus conquistas desaparecieron. Veía la tele en casa. Nuestro hijo se casó pronto y nos dio tres nietos. Y entonces
Aparece, tras años, la hija ilegítima, Inés. Y pide que acojamos a su hija en casa.
Te lo tienes que pensar: ¿cómo explicar a Iván la llegada de una extraña? Él no sabe nada de las andanzas de su padre de joven.
…Por supuesto, formalizamos la tutela de la pequeña Aitana, de cinco años. Inés falleció, su camino acabó a los treinta. Toda tumba se cubre de hierba, pero la vida continúa.
Santiago le habló a Iván como un padre a un hijo. Mi niño, al oír la confesión, contestó:
Papá, lo pasado pasado está, no soy yo quién para juzgaros. Hay que acoger a la niña. Es sangre nuestra.
Respiramos tranquilos. Nuestro hijo tiene buen corazón.
…Aitana ya tiene dieciséis y adora a Santi, le confía sus secretos; a mí me llama abuela y dice que de joven éramos iguales. Y yo, qué más puedo decir, le doy la razón y sonríoA veces la observo dormida en el sofá, el libro aún abierto sobre el pecho, y me maravilla lo parecido que es el amor al azar, al destino, o como quiera llamarse esto que somos. La vida no salió como yo la planeé, pero al final somos una casa ruidosa de risas, de peleas, de reconciliaciones con nietos que corretean y una niña que un día fue huérfana y ahora sueña en mi salón.
Santiago se sienta junto a mí al caer la tarde y, en silencio, entrelazamos los dedos. Ya no tiene el brillo joven en los ojos, pero su mirada es tranquila, más sabia. Me susurra que la familia es lo único que importa, que en la vejez todo lo demás se borra. Yo le sonrío porque, al final, tiene razón.
Hay recuerdos que duelen y otros que curan. Si cierro los ojos, vuelvo a sentir la fragancia de las rosas robadas en el parque, la inocencia que perdí y el perdón que he aprendido a concederme. Aitana me dibuja flores en los cuadernos y me llama abu, haciendo que todo mi pasado tenga sentido, como si el amor encontrara su camino aunque se pierda mil veces.
Quizás nunca fuimos ejemplares, ni de novela, pero aquí estamos: juntos, sobreviviendo al escándalo y a las ausencias, acunando la vida que nos tocó y la que elegimos. Y mientras Aitana me abraza diciendo que quiere ser como yo cuando sea mayor, sé que, pese a todo, lo que sembramos floreció.
Así que cierro los ojos y doy gracias: por los errores que me trajeron hasta aquí, por los hijos, por los nietos y sobre todo, por no haber olvidado nunca, aunque a veces hubiese querido. Porque una familia, al final, es saber perdonar y seguir abriendo la puerta, aunque pese la memoria y tiemble el corazón.







