Lo más importante
La fiebre de Lucía subió como la espuma de la sidra en fiesta de pueblo. El termómetro marcó 40,5ºC y, casi al instante, empezaron las convulsiones. El cuerpo de la niña se arqueaba tan fuerte, que Isabel quedó petrificada unos segundos, incrédula, pero reaccionó a la velocidad del rayo y se lanzó hacia su hija, con las manos temblando como hojas en ventisca.
Lucía empezó a ahogarse con espuma, le costaba respirar como si una mano invisible la estuviese asfixiando por dentro.
Isabel intentó abrirle la bocalos dedos le resbalaban, desobedientespero acabó consiguiéndolo. De repente, Lucía se desplomó, quedando inconsciente. Cinco o diez minutosnadie podría haberlo calculado. El tiempo no pasaba en segundos, sino al ritmo de los latidos del corazón de Isabel, retumbando como tambor en las sienes.
Vigilaba que la lengua no le cortara la respiración, le sujetaba la cabeza entre temblores cada vez que las convulsiones la sacudían más fuerte que una descarga eléctrica.
Isabel no veía nada más que una sola cosa: Lucía tenía que volver a respirar. Lucía tenía que volver.
Gritabaal pasillo, a las paredes, al vacío, a lo alto. Gritaba por el móvil al 112 el nombre de su hija con tal desesperación que parecía que ese alarido la obligaba a seguir en este mundo por pura fuerza de voluntad.
Llamó a Javier, y entre sollozos y hipo, solo pudo balbucear:
Lucía Lucía casi se muere
En la línea, Javier escuchó otra cosauna palabra corta y aterradora: muerta.
Se llevó la mano al pecho; el dolor fue tan agudo que parecía que le hubiesen clavado una navaja candente. Las piernas se le aflojaron, y, casi en silencio, se deslizó del sillón al suelo, como si de repente hubiese desaparecido todo dentro de élfuerzas, pensamientos, futuro…
Intentaban levantarle, agarrándole por los codos, pero el cuerpo no respondía. Alguien le acercó unas gotas, otro un vaso de agua, otro más le acariciaba la espaldatodos decían palabras tranquilizadoras, pero rebotaban contra su desesperación como olas contra un espigón.
Javier era incapaz de recomponerse. Los dedos le temblaban a trompicones, el vaso le castañeaba contra los dientes, y en vez de palabras solo le salían ruidos, como si estuviera averiado:
L-lu…mu… ee muerta… Lu-cía… muerta
Los labios pálidos, la respiración entrecortada, y las manos ajenas.
El jefe, Don Álvaro, sin perder un segundo, le agarró por los sobacos y prácticamente lo embarcó en su todoterreno gigantesco. La puerta se cerró de un portazo que resonó por todo el interior del coche.
¿Dónde? ¿Dónde vamos? gritaba Don Álvaro, tratando de arrancar a Javier del abismo.
Javier estaba como ausente, con los ojos abiertos de par en par, sin entender nada. Durante varios segundos ni pestañeó, como si estuviera atrapado entre la realidad y una pesadilla.
Hospital infantil… la Virgen de la Salud consiguió soltar, como si cada palabra tuviera que pasar arrastrándose entre el dolor, el miedo y la garganta rota por el pánico.
El hospital estaba a un mundo de distanciademasiado lejos para alguien que acaba de oír la peor palabra de su vida.
Don Álvaro pisó el acelerador y el coche saltaba de carril en carril, los semáforos se volvían manchas inútiles. ¡Rojo, verdequé más da!
En un cruce, casi se estrellan contra un todoterreno negro que apareció por arte de magia. Les separaron centímetros. Don Álvaro giró el volante, el coche patinó de lado, los neumáticos chillaron y hasta saltaron chispas.
El otro coche pasó rozando, dejando tras de sí olor a goma quemada y esa sensación desagradable de que la muerte se había asomado de pasada, sin llegar a tocarles.
Javier ni se enteró.
Las lágrimas le corrían sin piedad. Iba encogido, con el puño apretado contra los labios para no romper en llanto a pleno pulmón.
Y, de pronto un fogonazo. Como si alguien proyectase de repente sus recuerdos en el parabrisas.
Lucía tenía tres años. Enferma de anginas, con fiebre de morirse. Llamaron al Samur, le pusieron una inyección, recomendaron supositorios.
La pequeña Lucía, de pie en la cama, con su pijama de conejitos, toda empapada en sudor y lágrimas. Isabel llevaba media hora suplicándole. Lucía sollozaba, frotándose los ojos, hasta que se rindió y, tristísima, dijo:
Vale, ponlo ¡pero que no lo enciendas!
A Javier casi se le desencaja la mandíbula de la risa. Hacía dos días, por eso de los santos, habían ido juntos a la iglesia. Y la niña se había quedado con que las velas solo se encienden.
Don Álvaro lanzó el coche por el Paseo de la Castellanalargo, iluminado y frío como el filo de un cuchillo.
Y la memoria, caprichosa, lanzó la siguiente escena.
Unas semanas después, Lucía subiéndose al armario del dormitorio. Una mona pequeñaágil y desobediente. Prácticamente tocando el techo, chillando de orgullo.
Y, de pronto, el armario empezó a inclinarse, despacio y fatal. ¡Pam! El mueble cayó. Isabel gritó, Javier se lanzó, pero ya era tarde. El estruendo partió la casa en dos.
Lucía sobrevivió. Moratones, llanto, susto y una tableta de chocolate del tamaño de un ladrillo, para tapar el disgusto.
En cuanto vio el chocolate, Lucía cambió el chipcomo si tuviera un botón interno de emergencia. Paró de llorar, se sonó los mocos en la manga y preguntó:
¿Puedo dos de golpe?
El chocolate, ese botón milagroso para la felicidad.
Javier pensó entonces que si regalaran chocolate en los hospitales, la inmortalidad estaba inventada.
Y luego…
Una noche tranquila en casa, la lámpara encendida con su luz amarilla de toda la vida.
Isabel dice:
Mañana vamos a la iglesia. Pondremos una vela por tu salud.
Y Lucía, seria como una catedrática pregunta:
¿En el culo, o qué?..
Isabel se escondió detrás de las manos, y Lucía les miraba a los dos como diciendo: «¿Pero de qué os reís, madre mía?».
Y ahora, en el coche, esa frase absurda le golpeó directo en el corazón a Javier.
Porque en esas tonterías estaba la vida.
Su vida.
El jefe consiguió llevarle al hospital. Llegaron de golpe, como si el coche no pudiera estar ni un segundo más en la calle.
Lucía está vivafue lo primero que escuchó Javierla han llevado enseguida a UCI, pero ya llevan horas sin noticias nuevas.
Dejaron pasar a Isabel. A Javier solo le quedó esperar y rezar a todo lo rezable…
——-
Era la una de la madrugadaa esa hora en la que parece que el mundo se detiene y todo es soledad infinita. Javier alzó la mirada y buscó la ventana del segundo piso, donde su hija luchaba por seguir aquí.
En la ventana, como en una película de las de miedo, apareció Isabel. Estaba inmóvil, los brazos pegados al cuerpo, mirando más allá del cristal, justo hacia él. No hizo un gesto, un suspiro, ni cogió el móvil.
Javier le hizo señas, como si con la mano pudiera espantar el miedo. La llamó, no respondió. Solo le miraba, como un espíritu asustado del amor que aún no sabe si va a desaparecer.
Y entonces, su móvil sonó. Un tono seco, breve.
Solo dijeron:
Pase, por favor.
Y colgaron.
El terror le cubrió como miel espesa. Intentó levantarselas piernas no obedecían. El cuerpo no respondía, como si el suelo le quisiera atrapar para evitar oír aquello que nadie quiere escuchar.
Sabía que debía entrar, pero el miedo le clavaba los pies al suelo.
En ese momento, de la puerta salió una enfermera. Joven, ojerosa, con unos zuecos viejos.
Caminó hacia él y todo se vino abajo.
Todo. Fin. Ya está. Ahora lo dirá.
La enfermera se acercó, se inclinó un poco y dijo en voz baja, clara, como quien pronuncia una sentenciapero de las buenas:
Vivirá. Lo más difícil ha pasado…
El mundo se balanceó.
Los labios le temblaron y ya no le parecían suyos, como si se hubieran independizado. Intentó decir algo«gracias», «madre mía», aunque solo fuera echar aire. Pero solo le vibraban las comisuras, le temblaban las manos y las lágrimas le saltaban, calientes, humanas.
—–
Después de aquella noche, para Javier, casi nada volvió a importar igual.
Ya no temía perder el trabajo. Ni hacer el ridículo ni mostrar debilidad.
Solo le sujetaba la memoria de esa noche. Saber que la vida puede cortarse en un suspiro. Que alguien por quien cruzarías mares puede desaparecer de golpe.
Todo lo demás perdió peso.
Como si una delgadísima raya de miedo hubiera dividido el Mundo de Antes y el Mundo de Después.
Todos los demás miedos se disolvieron, casi dulces, como ruido insignificante ante el verdadero silencio.







