Lo más difícil de vivir con un cachorro no es lo que la mayoría de la gente piensa. No es sacarlo a …

Life Lessons

Lo más difícil de compartir mi vida con un cachorro no es lo que la mayoría de la gente imagina.
No se trata de sacarlo a pasear los días de lluvia, cuando el frío se cuela en los huesos, cuando no he dormido bien, o cuando siento el corazón inquieto sin saber por qué.
No es renunciar a escapadas o rechazar invitaciones porque te dicen: Ven, pero sin él.
No es el pelo sobre las sábanas, en la ropa o incluso flotando en la comida.
No es fregar el suelo una y otra vez, sabiendo que en media hora volverá a estar igual.
Tampoco son las facturas del veterinario, ni ese miedo sutil a que se me pase algo importante.
No es perder un poco de mi libertad, porque ahora la libertad es nosotros.
Ni siquiera es porque mi corazón ya no es solo mío

Todo eso es amor.
Todo eso es vida.
Todo eso lo he elegido yo, sabiendo lo que hacía.

Lo más difícil llega despacio como ese dolor de huesos que aparece con el cambio de tiempo. Como ese frío en las plazas de Madrid que, al principio, no sientes, pero poco a poco te cala por dentro.

Un día, simplemente te das cuenta:
ya no puede igual que antes.
Lo intenta pero ya no puede.

Corre hacia mí, como siempre, pero sus pasos ya no tienen la misma alegría.
Sus ojos siguen buscando los míos, pero en la mirada aparece un brillo cansado que me dice:
Aquí estoy, pero cada día me cuesta un poco más.

Entonces recuerdo cómo era antes.
Y lo miro ahora, confiado, rendido a mí por completo.

Él siempre confió en mí:
en que estaría a su lado,
en que sabría ayudarle,
en que podría salvarlo.

Y durante mucho tiempo lo hice.

Pero ahora sé que no puedo salvarlo de la vejez.

Lo más doloroso es saber que para mí él era consuelo
y yo, para él, era TODO:
toda su vida,
todo su cielo,
toda su esperanza.

Y no estoy preparada.
No estoy preparada para soltarlo.
No estoy preparada para ver cómo se apaga el que me enseñó a amar sin medida.

Luego llega el silencio.
Un silencio denso.
El hueco vacío en la almohada.
El cuenco al que ya nadie se acerca.
Y mi corazón, hecho pedazos.

Vuelvo a salir a la calle.
Pero ya no me acompaña.

Y me sorprendo llamando en voz baja al vacío:
Vamos, mi pequeño

Pero si pudiera volver atrás
lo elegiría de nuevo.
Lo elegiría todo: el cansancio, la tristeza, la entrega.

Porque este amor es real.

Tener un perro es encender una llama en tu vida.
Una llama que siempre te acompaña,
aunque ese amigo ya no esté.

Porque un perro nace solo con una misión:
regalarte su corazón.

Rate article
Add a comment

fourteen − one =