¡Llévatelo donde quieras, haz lo que te dé la gana, ya no aguanto más! rugió el compañero de guardia, mirando su móvil con impaciencia.
Yo, de turno esa noche, había escuchado sin querer aquella conversación. La curiosidad me picó, y le pregunté de qué animal hablaba. Me respondió que entregaba un perro, un pastor alemán.
¿Por qué? pregunté.
Porque no sirve de nada desechó con desdén. Aúlla en la madrugada, se le escapa de la correa, su pelaje parece una tormenta, el patio queda hecho un lodazal y, encima de todo, no protege nada.
Sentí lástima por el animal. Llamé a mi padre, Antonio, y le pregunté si necesitaba un perro para vigilar la finca. Después de un rato, Antonio volvió a colgar y me dijo que podía pasar a recogerlo.
Llegó el día señalado. Subimos al coche con una venda por si había que amordazarlo, pues íbamos a buscar a la bestia salvaje.
Al llegar, nos recibió el compañero y el perro: sucio, demacrado, con el pelaje despilfarrado, una herida sangrienta en la cabeza y la almohadilla de una pata desgarrada. Sus ojos, tan tristes, parecían a punto de derramar lágrimas.
El animal entró al coche por sí mismo, tranquilo, sin una chispa de agresión. Sentado detrás de él estaba el marido de mi hermana, Berto, y el perro permaneció inmóvil durante todo el trayecto.
En casa decidimos primero comprarle un collar y una correa, y bañarlo. Mi madre, María, y mi hermana, Begoña, asomaban por la puerta, vigilantes, como si hubiéramos traído a una fiera.
Mientras conducíamos, María preparó un caldo con carne. Cuando la comida aún templaba, le ofrecimos un trozo de pan. Verlo lanzarse a ese pedazo sin pensar en sus heridas fue más doloroso que observar la sangre que aún le cubría el lomo.
Un pastor alemán sano pesa unos 35kilogramos; él apenas llegaba a los 20. Cuando pusimos el plato con comida, se lo devoró en un instante y se echó en el rincón marcado.
Al cabo de un momento, María tomó el plato para lavarlo, pero sintió que alguien lo retiraba con delicadeza. Era César, así llamábamos al perro. Lo tomó entre los dientes, lo llevó a su sitio y se recostó como diciendo: «Esto es mío, me encargo yo».
No teníamos pensado alojar a un macho adulto de cinco años en el piso; temíamos que María se opusiera. Sin embargo, su corazón se ablandó y nadie pudo rechazar a un perro tan entregado.
Tras el baño y un buen cepillado, César quedó como otro. Al día siguiente lo llevamos al veterinario, donde nos explicaron cómo curar sus heridas. Compré los medicamentos y, en dos semanas, le administré todas las vacunas. No culpé a sus antiguos dueños; quizás había escapado y sufrió lo que le pasó en la calle.
Cuando estuvo recuperado, empezamos un curso de adiestramiento. En verano, mis padres lo llevaban a la casa de campo en Segovia; allí se convirtió en un guardián implacable: nadie se atrevía a acercarse al cercado. Con sus 40kilogramos de fuerza vivo imponía respeto.
Han pasado ocho años. César ha superado dos operaciones: primero una hernia inguinal y luego las complicaciones posteriores. Le duelen las articulaciones, le ha salido artrosis, pero lo cuidamos, lo mimamos, lo protegemos. Hoy ya es un anciano; mi padre lo llama cariñosamente «hijito», y mi madre lo mima como a un niño.
No entiendo cómo alguien pudo no amar a ese perro y abandonarlo. En él hay una lealtad y ternura sin límites. Sí, cuidar a un animal exige esfuerzo, pero ahora ninguno de nosotros se imagina el hogar sin él. Cuando mi padre no está o alguien se marcha, César se entristece, no come, espera en silencio.
Un par de años después de que César llegó, falleció nuestra gata, Matilde, que había vivido con nosotros más de dieciocho años. El destino, caprichoso, dejó a un gatito abandonado en el portal de nuestro edificio. Los vecinos lo alimentaban, pero en noviembre, al ver el frío, comprendí que no podía dejarlo en la calle. Así nació Eva, una gatita pícara y atrevida que ahora comparte nuestro techo.
Gente, sed más humanos con los animales. Sienten todo, dolor y cariño. Elegid el amor, siempre.







