— Llevamos cuarenta años bajo el mismo techo y, ¿a los sesenta y tres te planteas cambiar de vida de…

Life Lessons

¿Me estás diciendo que después de cuarenta años bajo el mismo techo, de repente a los sesenta y tres quieres cambiar de vida?

Carmen estaba sentada en su butaca favorita, mirando por la ventana para intentar olvidar el día que se iba apagando. Esa misma tarde había estado preparando la cena con prisas, esperando a Manuel que volvía de pescar. Pero Manuel regresó sin captura, solo con unas noticias que llevaba tiempo queriendo compartir y que no se atrevía a soltar.

Quiero separarme, Carmen. Necesito que intentes entenderlo le soltó Manuel, bajando la mirada. Las niñas ya son mayores y comprenderán, a los nietos esto ni les va ni les viene, y podríamos acabar todo sin dramas.

¿Pero cómo puedes decirme esto después de cuarenta años juntos? ¿De verdad vas a cambiarlo todo ahora? respondió Carmen, sin entender nada. Tengo derecho a saber qué va a ser de mí.

Tú te quedas aquí, en el piso del centro, y yo me voy a la casita de la sierra contestó Manuel, como quien tiene todo pensado y atado. No hay nada que repartir, y ya sabes que todo acabará siendo para las chicas.

¿Cómo se llama ella? preguntó Carmen con resignación.

Manuel se puso rojo y se puso a recoger cosas, fingiendo que no escuchaba. Con esa reacción, Carmen ya tenía claro que había otra. Nunca pensó, ni de joven ni de mayor, que llegaría un día en que se quedase sola, ni que Manuel la dejaría por otra mujer.

Mamá, quizás con el tiempo todo mejore intentaban animarla sus hijas, Inés y Pilar. No le des vueltas al comportamiento de papá.

Ya no va a mejorar nada suspiraba Carmen. No tiene sentido cambiar nada, me dedicaré a vivir lo que quede, a alegrarme por vuestra felicidad.

Inés y Pilar se fueron a la casita de la sierra para hablar con su padre. Volvieron desanimadas y tardaron en contarle la verdad a su madre. Ahora, en vez de animarla, cambiaron el discurso y le decían que igual estar sola le sentaría bien, que no tendría que andar pendiente de nadie más. Carmen lo entendió todo, pero prefirió no hacer preguntas y seguir adelante como pudo. No era fácil, porque todos los familiares y vecinos aparecían con preguntas y curiosidad.

Hay que ver, con todos los años que habéis compartido y al final tu marido se larga con otra decían sin mucho tacto las vecinas. ¿Es más joven que tú, o será que tiene más dinero?

Carmen nunca sabía qué contestar, aunque no podía evitar preguntarse por la rival y tenía ganas de verla. Por eso, un día se fue hasta la casita de Manuel, con la excusa de recoger unas mermeladas que había hecho en verano. Sin avisar, esperando toparse con la famosa intrusa. Y vaya que sí, allí estaba.

Manuel, no me dijiste que tu ex vendría por aquí saltó una señora de maquillaje estridente y pinta extravagante. Yo pensaba que estaba todo resuelto y que aquí ya no pintaba nada.

¿De verdad me cambias por esto? preguntó Carmen, analizando a la descarada rival.

¿Y tú la dejas que me insulte así? chillaba la mujer. Vamos, que solo soy unos años más joven y, desde luego, luzco bastante mejor.

Si de verdad cree que la apariencia es lo más importante teniendo ya una edad… susurró Carmen, intentando alcanzar la mirada incómoda de Manuel.

Durante el camino, oía los gritos de esa Barbie ajada y procuraba aguantar las lágrimas. Cuando por fin llegó a casa, permitió que las emociones fluyeran. Llamó a su hermana, Lucía, para que viniera a verla.

Anda, tranquilízate mujer decía Lucía mientras preparaba un té de hierbabuena. Solo dices que la nueva de Manuel ni es guapa ni parece espabilada.

Puede que tenga razón y yo ya parezca una abuela dudaba Carmen.

Tú estás estupenda para tu edad le aseguraba Lucía. Mira, yo siempre he pensado que cuando una pasa de los sesenta, las mallas de leopardo y las minifaldas son un error. Cada mujer tiene su belleza, si sabe mostrarse y lucir como corresponde.

Carmen se miró en el espejo y le empezó a dar la razón a su hermana. Está sana, se cuida, y sus hijas siempre le regalan cosméticos. Ni ha sido nunca vulgar ni quiere parecer un loro, y nunca podría comportarse como la peculiar rival que acaba de ver.

Pues mira, ahora eres libre. Vive le animó Lucía. Las chicas están hechas unas campeonas, y hay más oportunidades de disfrutar que nunca. No te dejaré que te encierres.

Lucía cumplió su promesa y empezó a llevar a Carmen al teatro, a conciertos y de paseo. Pronto se juntaron con un grupo de amigos de su edad. Hasta hubo un hombre que se interesó por Carmen, pero ella cortó rápido esa historia antes de que avanzara.

Me han dicho que últimamente te metes en teatros, que tienes amigos nuevos… ¿Te vas a casar otra vez? se atrevió a decir Manuel, al cruzarse con ella en el mercado.

¿Y tú qué haces por aquí, tan lejos de tu casita? ¿Es que tu nueva no cocina o qué? respondió Carmen.

Siempre he comprado aquí y me cuesta cambiar de costumbres gruñó Manuel.

Carmen no quiso dar más vueltas al asunto y se fue a casa. Y aunque Manuel sentía el impulso de salir tras ella y hablarle de cuánto lamentaba haber roto el matrimonio, se quedó parado. Toda la vida había estado con ella y las niñas, pero la Tere le revolucionó la cabeza y se metió de lleno en ese torbellino de pasión.

Al principio parecía divertido, pero se dio cuenta de que Tere odiaba las tareas de casa, solo quería chismorrear, verse con hombres y estar en fiestas ruidosas.

Manuel cada vez pensaba más en volver a casa, y ese deseo se hizo más fuerte tras ver a Carmen. No le montó escenas ni dramas, solo intentaba seguir dignamente. No sabía hasta qué punto echaría de menos la paz y el refugio que solo hallaba a su lado.

Otra vez has traído orejones en vez de ciruelas, y el queso no tiene el punto, y ni se te ha ocurrido comprar mayonesa se enfadaba Tere al revisar la compra.

Es que antes comprábamos juntos, o lo hacía Carmen, y ahora todo me lo dejas a mí saltó Manuel.

Pues deja de comparar con tu ex, que todo el día lo mismo. A ver si vas a decir que te arrepientes de haberme elegido gritó Tere.

La verdad es que sí, Manuel se arrepentía y lo sabía. Carmen nunca hizo nada para meterle presión ni para buscar problemas. Sencillamente era ella misma, y eso era lo que él lamentaba perder, ahora que lo veía.

Sabía perfectamente que Carmen no le perdonaría ni le permitiría volver. Varias veces pensó en llamarla, y tras una bronca con Tere, hasta fue a la puerta de su antiguo piso.

¿Vienes a por algo? preguntó Carmen, sin dejarle pasar.

Quería hablar, ¿tienes un minuto? balbuceó Manuel, mientras olía el aroma de la tarta de ciruelas en la cocina.

No tengo tiempo, ni ganas contestó tranquila. Coge lo que necesites, que yo espero visita.

No había nada que recoger, aunque sí mucho por decir, solo que no encontraba las palabras. Volvió a la casita de la sierra, preparó la cena solo, pues Tere andaba por el pueblo. Regresó alegre y Manuel acabó por dejarle claro que tenía tiempo para hacer las maletas.

Después de la bronca, pensó otra vez en llamar a Carmen, pero se lo quitó de la cabeza. La conocía demasiado bien, sabía que ya está todo perdido.

Quizás con el tiempo, algún día se atreviera a pedirle perdón, solo por tranquilidad, porque la familia no volvería. Carmen nunca sería capaz de perdonar esa traición, y él lo sabía desde el principio con Tere.

Así que ahora seguía con su vida en la sierra, y Carmen con la suya en Madrid, rodeada de hijas, nietos y nuevos amigos y planes. En esa nueva vida, Manuel ya no tenía sitio.

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