Las mujeres felices siempre lucen radiantes: La historia de Lilia, abandonada por su esposo a los cuarenta, y su transformación junto a una antigua amiga en Madrid, entre tardes de vino español y reencuentros en la fiesta de exalumnos, demostrando que la felicidad se refleja en la belleza y la fuerza interior

Life Lessons

Las mujeres felices siempre lucen radiantes

Recuerdo que Lucía sufrió mucho tras la traición de su marido. Cumplía cuarenta años y, de repente, se encontró sola. Su hija estudiaba Filología en la Universidad de Salamanca y vivía allí con una tía. Hace ya tantos años que pasó, pero lo tengo tan claro como si fuera hoy. Fue dos meses antes de la primavera cuando Esteban, su marido, llegó de trabajar y soltó, sin más ni más:

Me voy de casa, Lucía. Me he enamorado.

¿Cómo que te vas? ¿De quién? balbuceó Lucía, angustiada.

Pues como se van los hombres de sus mujeres. Me he enamorado de otra, estoy bien con ella, a tu lado ya no siento nada Así que no me pidas que me quede. Ya está decidido respondió Esteban, con esa frialdad que siempre dolía más que cualquier grito.

Recogió sus cosas rápido, pero Lucía, revisando mentalmente después lo ocurrido, se dio cuenta de que llevaba días preparándolo poco a poco. Aquella tarde, simplemente las metió en una maleta y salió, cerrando la puerta con un golpe seco.

Lucía lloró mucho. Se sentía quemada por dentro, segura de que nada bueno volvería a pasarle. Pensaba que su vida había acabado, como si se hubiese detenido el reloj. No quería ver a nadie ni hablar con nadie. Su hija la llamaba, también su amiga de toda la vida, pero contestaba con desgana para colgar enseguida. En la oficina tampoco tenía ganas de tratar con los compañeros. Algunos la miraban con compasión, otros con cierto regodeo, como si disfrutaran de su desgracia.

Una parte de Lucía deseaba, contra toda lógica:

Quizá Esteban se canse de esa mujer, vuelva conmigo y yo lo perdone. Aun lo amo

Un sábado, Lucía se despertó como de costumbre, bien temprano, aunque no tenía ganas de levantarse ni prisa alguna. Casi a las once de la mañana sonó el teléfono.

¿Quién llama tan pronto? No quiero saber nada de nadie pensó, y dejó sonar sin responder. Pero, casi sin querer, miró la pantalla. Era un número desconocido. ¿Y si es Esteban, que ha perdido el móvil, o le han robado y tiene un nuevo número?, pasó por su mente. ¿Y si ha decidido regresar? Debería contestar.

Mientras dudaba, el teléfono volvió a sonar.

¿Diga? dijo, en voz alta.

¡Hola! escuchó una voz de mujer, vivaz y alegre.

¿Quién es? preguntó Lucía, con una voz apagada.

¡Lucía, por Dios! ¿De verdad no reconoces a tus amigas de toda la vida? Soy yo, Marisol.

Lucía quedó chafada. Había esperado, en el fondo, oír la voz de Esteban.

¿Y qué?

Lucía, ¿eres tú? ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?

Nada bien respondió, colgando antes de que le brotaran las lágrimas.

Se sentó en el sofá tratando de calmarse. Un rato después, llamaron a la puerta. Lucía se levantó de un brinco, como si la ilógica esperanza volviera a encenderse.

¿Y si es Esteban, arrepentido? pensó al abrir la puerta.

¡Hola! exclamó alegremente una mujer guapa y elegante. Lucía tardó en reconocer en ella a Marisol, su amiga y antigua compañera de colegio.

Marisol estaba impecable, con un vestido de tendencia, pintalabios rojo y un perfume embriagador que refrescó el ambiente. Tras terminar el colegio, Marisol se había ido a estudiar a Madrid y apenas se habían visto una vez desde entonces, quince años atrás. De jóvenes, compartían confidencias, bailaban juntas en las fiestas y salían con chicos.

Marisol, qué guapa te has puesto se le escapó a Lucía.

Siempre he sido así. Eres tú la que Marisol la miró de arriba abajo con gesto serio ¿Me vas a dejar entrar, o te quedas ahí parada?

Pasa dijo Lucía, resignada.

Marisol no llegó con las manos vacías. Entró directa a la cocina, sacó una botella de vino de La Rioja, una tarta y unas naranjas.

Venga, saca copas, vamos a brindar. Hace siglos que no hablamos. Literalmente iba diciendo Marisol, mientras Lucía, callada, ponía todo en la mesa y cortaba la tarta.

Marisol, sin hacer más preguntas, abrió el vino, sirvió las copas y propuso:

Por el reencuentro y bebió. Lucía la imitó al beber la suya.

Luego, el segundo brindis fue por ellas mismas. Y de pronto, tras el segundo vaso, Lucía sintió necesidad de desahogarse. Marisol escuchó todo con calma y, al terminar, se encogió de hombros:

Madre mía, Lucía, y yo pensando que te había pasado alguna tragedia de verdad.

¿Y esto no es tragedia? Tú no lo entiendes, nunca has sufrido lo que yo dijo Lucía, triste.

¿Cómo que no? A mí mi marido no me dejó, fui yo quien lo dejó a él. Y lo hice en cuanto me enteré de que tenía una aventura con una niñata. Pedí el divorcio enseguida; él se quedó boquiabierto. Debía pensar que me iba a quedar callada, ¡qué iluso!

No sé, tal vez no lo amabas

Claro que lo amaba insistió Marisol, pero no soporto que me falten al respeto. Ese amor hay que tirarlo cuando te engañan, porque deja de ser amor.

Dios mío, Marisol, tú lo ves todo muy fácil.

Pues sí. Eres tú quien lo complica todo, como siempre. ¿Dónde está tu hija?

En Salamanca, estudiando la carrera. Vive con mi hermana.

Ya veo. Ese “macho” os dejó a ti y a vuestra hija, y tú sigues sufriendo

Pero es que yo le quiero

Basta, Lucía. Te voy a curar. Estás en plena depresión.

¿Y cómo lo harás? Las pastillas no me sirven.

¿Qué pastillas ni qué niño muerto? Para esto hay fórmulas mejores: nuevo look, compras, y, por supuesto, un amor diferente.

Vaya, Marisol resopló Lucía.

Venga, prepárate. Vamos de tiendas y después te llevo a la peluquería. No quiero excusas. Por cierto, ¿tienes dinero apartado?

Dinero Bueno, sí, estábamos ahorrando para que Esteban comprara un coche nuevo.

Pues que se apañe con el coche viejo. Tú tienes que pedir el divorcio y olvidarte de él. Ni se te ocurra perdonarle Es más, puedes pedirle la mitad del coche.

No, que se atragante con él dijo Lucía, sorprendida de sí misma. Marisol, ¿y tú te has quedado en Madrid para siempre? Lo dices como de pasada.

He vuelto para siempre; no soporto la ciudad. Anda, cámbiate esa ropa de entrecasa, prepárate y vamos a asaltar las tiendas. Por cierto, ¿te acuerdas de Rita Cuevas, la que organizaba las fiestas? Me llamó, la semana que viene tenemos reunión de exalumnos, y tú y yo vamos a ir. Vendrá gente de toda España, incluso algunos chicos nuestros están divorciados. Veamos lo que hay, ¿recuerdas cómo Víctor te perseguía desde que teníamos trece años?

Ay, Marisol, ¿quién va a querer algo conmigo? Ya soy una vieja.

¡Qué barbaridad, Lucía! No puedes pensar así. Hay que quererse y cuidarse. En dos minutos te convertimos en una chica joven de nuevo reía Marisol mientras salía de la casa. Por cierto, ¿sabes que mi tía Catalina, la que vive cerca de tu madre, va por su quinto matrimonio? Y está indecisa, no sabe si quedarse con el viudo del barrio o con el profesor de música.

Poco después, Lucía ni se reconocía en el espejo.

¡Qué cambio! se maravillaba. Nuevo color de pelo, corte arriesgado Jamás habría imaginado que me quedaría tan bien. Parezco otra: joven, guapa. Si no fuera por Marisol, seguiría llorando en mi sofá.

La noche de la reunión la celebraron en un café céntrico; acudió casi toda la promoción, salvo algunos que no pudieron venir de fuera. Muchos no reconocieron a Lucía, sobre todo Víctor, empresario maduro y seguro, que no le quitaba ojo en toda la velada.

Lucía, no te había reconocido. ¡Estás aún más guapa que en el colegio! Siempre me gustaste, aunque tú preferiste a Esteban del grupo de al lado ¿Y él dónde anda?

Nada, me dejó sonrió Lucía, ligera.

¿Te dejó? No puedes bromear con eso, ¿cómo dejaría alguien a una mujer como tú? se sorprendió Víctor.

Pues mira, se dejan y ha sido lo mejor.

No me cabe duda, Lucía. Yo también estoy divorciado. Hace dos años mi mujer se fue con otro, justo cuando mi negocio iba mal. Me llamó fracasado y me dejó por uno más joven, quizá con más fortuna. Pero me recuperé y ahora me va mejor que nunca.

y su ex marido no la reconoció

Pasaron dos meses. Y una tarde, Víctor y Lucía paseaban del brazo por la ribera del Tormes, salían del teatro y querían respirar la ciudad. De pronto, divisaron a Esteban, más delgado y cabizbajo, caminaba solo. Lucía notó que no la reconocía al principio.

Será que la otra no lo cuida bien pensó.

Cuando Esteban pasó cerca, cruzó la mirada con Lucía con ojos confusos, como preguntándose si era realmente ella. Siguieron de largo, pero de repente escuchó:

¿Lucía?

Ella giró despacio, le sonrió y le dijo:

Ah, hola, eras tú Te presento: este es Víctor, mi futuro marido, ¿no te acuerdas de él?

Hola, no te había reconocido respondió Víctor, y añadió. Soy el futuro marido de Lucía.

A Esteban se le cayó la mandíbula; Lucía también se sorprendió, pues Víctor nunca le había propuesto nada antes.

¿Cómo te va? preguntó Lucía, risueña.

Bien lo normal Has cambiado mucho. ¡Estás preciosa!

Lucía volvió a sonreír, tomó la mano de Víctor y dijo:

Las mujeres felices siempre lucen radiantes.

Así que todo te va bien musitó Esteban.

Claro. Y cada día irá mejor respondió, alejándose con Víctor, sintiendo en la espalda la mirada ardiente de su exmarido.

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