La viuda negra La simpática y brillante Lilia, a punto de graduarse en la facultad de Periodismo, c…

Life Lessons

La viuda negra

Paloma, una chica guapa y despierta, estaba a punto de terminar la carrera de Periodismo en la Complutense cuando conoció a Víctor, un hombre bastante mayor que ella. Por supuesto, fue Víctor Álvarez Serrano el primero en fijarse en la silueta elegante y delicada de Paloma. Era conocido en Madrid, componía canciones pegadizas que se habían hecho un hueco en las radios locales y en los corazones de media ciudad.

Víctor era de esos que conoce hasta al párroco del barrio y tiene mano en todos los programas del canal autonómico. Le resultó sencillísimo colocar a Paloma como presentadora en su sección televisiva, Conversaciones a tumba abierta. Para su primer programa, invitó a un psicólogo famoso y a unos cuantos perfiles famosos del Retiro. El formato era un toma y daca con ejemplos sacados de la vida misma.

Felicidades, Paloma la elogió Víctor, satisfecha tras ver el debut. Esto hay que celebrarlo sí o sí.

Víctor, rondando los cuarenta y cinco, ya iba por su tercer matrimonio. Su vitalidad inagotable era incompatible con la vida doméstica: creativo, se creía casi Premio Nacional de Música y pasaba más tiempo entre bares, terrazas y saunas que en casa. Su entorno era el de los guays y en las tertulias nunca faltaba copa en mano.

Pasó el tiempo, la carrera de Paloma cogió vuelo en Madrid, la gente la paraba por la calle y acabó casándose con Víctor. Lucía radiante: ropa de buen gusto, sonrisa fácil y educación exquisita. Cero demonios ni drama: era la guapa de la tele y todos lo decían. Pero claro, no se casó con el mejor postor; eso lo entendió mejor que nadie cuando su marido empezó a traer la bodega puesta cada noche.

Víctor, no te flipes le soltó su colega Simón una noche cuando Víctor intentaba ridiculizar a Paloma medio borracho. Esta chica te va a comer la tostada.

Simón, yo jamás he buscado una mujer lista respondía Víctor, convencido de su propia inteligencia, y pellizcaba la mejilla de su esposa en pleno bar como si fuera el chiste del día.

Mientras Víctor la cortejaba, era todo un caballero: regalos, flores y hasta le dedicó un par de canciones. Pero todo se esfumó en cuanto se casaron. Atenía a Paloma igual que al gato de la casa con suerte.

Ingenua de mí, pensaba que con él sería famosa reflexionaba Paloma, algo frustrada.

En la uni aprendió francés, poco útil para viajar al extranjero. Y Víctor, que le agujereó la cabeza con:

Aprende inglés, que luego vas por Europa como una paleta. El gimnasio lo puedes olvidar, total, menuda pérdida de tiempo; pero el inglés tampoco, ¿no?

Ella, por llevarle la contraria, ni se acercó al inglés, hasta que el compañero erudito de Víctor, Simón, le soltó:

Hablar inglés para una mujer con clase es tan esencial como usar tacones al día siguiente Paloma se apuntó a clases intensivas.

Simón ha obrado el milagro, ahora mi mujer va por ahí con manuales, y en el coche solo me suena el how do you do se reía su marido.

Vivían un piso enorme en Chamberí, herencia de un abuelo médico de Víctor. Tenían empleada, la famosa señora Pilar, célibe de cuarenta y tres, envidiosa y medio bruja, aunque lo disimulaba de maravilla. Pilar sabía de los secretos de la casa más que Google, estaba allí desde que salía el sol.

Una mañana Paloma despertó y, como casi siempre, Víctor no estaba; dormía en su despacho, borracho. Al llegar a la cocina, Pilar sostenía la botella vacía de Brandy.

Ayer la dejé llena. ¿Y ahora, qué le doy para desayunar cuando despierte?

Un vasito de salmuerasoltó Paloma antes de meterse en la ducha.

Siete años con Víctor y ni rastro de hijos. Él no quería: ya tenía uno de su primer matrimonio. Paloma, enfadada con la vida conyugal, prefería seguir subiendo peldaños en la tele. Después de desayunar mandó a Pilar a ver a Víctor. Estaba boca abajo, con una mancha roja en la almohada.

Paloma gritó Pilar, llama a una ambulancia.

¿Qué le pasa?

No lo sé.

Quince minutos después, Paloma iba en la ambulancia camino de La Paz. Víctor directo a la UCI. Los médicos dijeron:

La cosa está fea. No prometemos nada.

Esa noche, una llamada fatídica:

Su esposo ha fallecido.

No lo puedo creer sollozó Paloma. ¡Pero si era joven! El entierro fue elegante, Simón se lució con el discurso, la parroquia llena. Hasta en el velatorio:

No lloremos, Víctor ha vivido a lo grande. Ahora descansa de verdad.

Tenía de todo oyó Paloma en susurros.

No se acostumbraba a la nueva soledad. Pilar la miraba expectante, lista para mantener su puesto en nómina. Y en la tele las compañeras opinaban:

Paloma, no te quejes: joven, libre y con pasta. Con las cuentas de Víctor y la suya propia, estaba bien surtida. Salía a socializar y se dejaba ver en cafeterías del barrio.

Un día, después de rodar un programa, entró en una cafetería de Malasaña y, distraída, saboreaba el vino de Toro. De pronto apareció un hombretón sonriente.

¿Me permite? Paloma asintió. Soy Inocencio se presentó. Con esa belleza, no deberías estar triste.

Hoy no tengo el día

Inocencio, pasando los cuarenta, robusto, castaño y de facciones grandes, le recordó a un osito de peluche, y casi estalló de risa.

Deja que te invite. ¿Vino, cóctel, pastelito?

Gracias, con un pastelito me bastael dulce no era su debilidad.

Feo, pero tierno, aquel Inocencio la cautivó con sus historias chisposas. Paloma se lo pasaba bomba, él la llevó después a casa, y quedaron para verse.

Por la mañana Paloma anunció a Pilar:

Prescindo de tus servicios, ya me basto sola para todo.

¿Cómo puedes hacerme esto, Paloma? Llevo años aquí, ¿y ahora me echas? ¿A dónde voy?

Encontrarás trabajo, seguro, de portera o algo.

Pues nada, ¿me echas? Pilar montó un drama. Ya me había encariñado

Paloma pensó: Bueno, tampoco voy a quedarme lavando baños yo misma Al ver a Pilar llorando, cedió:

Vale, Pilar, sigue trabajando. Pilar, encantada, hasta le dio un beso.

Sois como familia, tras perder a Víctor y ahora tú quieres echarme

Así siguieron. Ahora Inocencio a quien Paloma llamaba Chechu empezó a visitarla con frecuencia y al poco se casaron. La boda fue modesta, como quiso Paloma, pero la luna de miel fue a lo grande: Chechu la llevó nada menos que a las Islas Maldivas. Era empresario y vaya que podía permitírselo.

Paloma se esperaba unas vacaciones normalitas, vuelo directo y hotel decente, cuatro excursiones típicas. Pero Chechu tenía otros planes: viajaban en primera clase, recibidos con cócteles y bailes maldivos, un catamarán privado y una villa con piscina y playa privada.

Madre mía, ¿cuánto le ha costado esto al osito? pensaba Paloma.

Nunca preguntó por el dinero, sabía que a Chechu no le faltaba. Era todo atención y mimos, siempre pendiente de su desayuno, cariñoso como ninguno.

Víctor era un sabelotodo, siempre mandando y levantándome el nivel. Chechu, aunque no es un Don Juan, vive para hacerme sentir bien. Me encanta pensaba Paloma.

Pilar ahora vivía con ellos en una casa enorme fuera de Madrid y adoraba a Chechu. Todo perfecto, salvo un incidente: sorprendió a Chechu con una jeringuilla.

¿Qué haces?

Nada, mujer. Insulina; tengo diabetes, pero disfruto la vida igual.

En las Maldivas, Paloma divagaba:

¿Será esto la suerte definitiva?

El lujo le gustaba, pero la idea de pasar las horas tumbada con un marido tan redondeado, en vez de un surfista cañón, no la emocionaba tanto.

Tengo que poner a Chechu a dieta y apuntarle al gimnasio.

Al sacar el tema, Chechu se desanimó:

Lo intento, pero con mi metabolismo, nunca seré un Adonis. Dependo de la insulina.

Vale, ni falta que hace aseguró Paloma.

Regresó al trabajo, envuelta en una duda: ¿Encontraré el amor auténtico? No sentía pasión por Chechu, quería experimentar un flechazo de los de película. Los compañeros en la tele bromeaban:

¿De verdad no pones los cuernos al osito? ¿Tan puritana eres?

Pero no era tan digna como parecía, sólo no quería herir al bueno de Chechu. En la fiesta de fin de año, Paloma se emborrachó y su colega Kiko llamó a su amigo Arturo para que la llevase a casa.

Paloma, te llevo yo ofreció Kiko medio borracho. Paloma aceptó.

Arturo, guapo y deportista, la miraba como si fuera la portada de Hola. Tras dejar al amigo, llevó a Paloma y le pidió el número. Al bajarse del coche, la agarró y le plantó un beso tórrido contra el todoterreno. Ella, lejos de apartarse, se dejó llevar por la rudeza y fuerza de Arturo.

Resultado: amante de matrícula. En casa, ternura con Chechu; con Arturo, pasión sin rodeos en su piso de soltero. Se veía con ambos: Chechu tan liado con su empresa, ni se enteraba.

Un día Paloma se presentó en casa de Arturo, lista para el jaleo, cuando sonó el timbre como si fuera la policía. Dos voces conocidas: Arturo y Chechu. Paloma temblaba mientras se vestía a toda prisa. Chechu ya estaba en el pasillo, silencioso como el Santo Cristo.

Chechu, no es lo que parece

Arturo nada dijo. Chechu tampoco. Preguntó:

¿Quién me ha dado el soplo?

¿Qué más da? No me lo creía, pero vine a comprobarlo.

Chechu parecía un fantasma, sudoroso, pálido, se desplomó. Paloma llamó:

¡Rápido, la ambulancia!

Mientras Arturo marcaba, Paloma encontró la jeringa de insulina y se la administró a Chechu, pero no reaccionaba. Al llegar los médicos confirmaron:

No ha sobrevivido.

Paloma, en shock, volvió a casa llevada por Arturo. Pilar la vio entrar y preguntó:

Paloma, ¿qué pasa? Te veo desencajada.

Entonces pensó: Apostaría que Pilar fue la chivata, con lo poco que le gusta Arturo Pero se calló.

La causa de la muerte: paro cardíaco. Tras el entierro, Paloma tardó mucho en normalizarse. Pero un día llegó la hija de Chechu, de su primer matrimonio, acompañada de su marido abogado, y la echó sin contemplaciones del chalé. Le tiró un fajo de billetes encima y le dio tres días para recoger a Pilar y salir pitando.

Paloma, harta de líos legales, rechazó todo y volvió con Pilar al piso de Chamberí, herencia del difunto Víctor.

El tiempo fue pasando y Paloma parecía recomponerse, ayudada por Arturo, pero ni hablar de boda. Seguía con él aunque sabía que marido no iba a ser. Hasta que un día, Kiko la llamó:

Paloma, siéntate Arturo ha muerto. Accidente, instantáneo

Ahí se quedó pensando:

¿Por qué mueren todos mis hombres? ¡Soy una viuda negra! Pronto en la tele me llamarán así

Pasado un tiempo, apareció en su programa un hombre joven, Mateo. No le quitaba ojo y al acabar propuso ir a un café. Paloma aceptó ya era hora de volver a la vida.

Mateo conquistó su corazón de inmediato, Paloma se enamoró de verdad, rebosante de felicidad. Ahora sí sentía lo que era el amor, no sólo vivir, sino no poder respirar sin Mateo. Aunque tenía miedo, claro.

Mateo era igual de entregado: todo era alegría y tranquilidad a su lado; jamás le preguntó por su pasado, ni por familia, sólo sabía que estaba solo, padre por ahí, pero sin relación.

Mateo vivía con Paloma y un día, mientras Mate iba a trabajar, ella, curiosa, lo buscó en internet. Al poner el nombre, se dio de bruces con que era uno de los cien más ricos de España. Paloma se deshizo en risas nerviosas, luego la asaltó el pánico. ¿Y si también le pasa algo a Mateo?

Se calmó y se fue a trabajar. A última hora llamó a Mateo, que no contestó. Al contactar con su oficina, una secretaria le informó:

Mateo está en el hospital

Paloma fue corriendo.

¿Qué le ocurre? preguntó desesperada al médico.

Tranquila, está bien. Ha sido el corazón, pero vivirá.

¿Puedo verlo?

Diez minutos, nada más.

Paloma entró despacio, Mateo la recibió sonriente. Al sentarse junto a él, le cogió las manos.

Todo irá bien, te quiero. Salgo de aquí y nos casamos. ¿Te parece bien?

¡Por supuesto! dijo ella, besándole. Nos espera toda una vida de verdad. Ahora sí.

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