Ay, mira, te voy a contar una historia que me dejó el corazón encogido. Estaba María tendiendo la ropa recién lavada en el patio de su casa en un pueblo de Castilla, cuando escuchó sollozos al otro lado del seto. Se asomó y allí, junto a su valla, estaba Carmen, la niña de la vecina, una chiquilla de ocho años que, aunque iba ya a tercero de primaria, parecía más pequeña, delgadita, como de seis.
Carmen, otra vez te han hecho llorar, ven conmigo, le dijo María apartando la tablilla rota de la valla, que Carmen movía cada vez que buscaba refugio.
Mi madre me echó de casa. Me dijo fuera de aquí y me tiró por la puerta. Están ahí con el tío Luis de fiesta, dijo Carmen, intentando dejar de llorar.
Anda, vente, que mis hijos, Lucía y Miguel, están comiendo, y te preparo un plato.
No era la primera vez que María salvaba a Carmen de los malos modos de su madre, Dolores, que le pegaba a la menor provocación. Menos mal que vivían pared con pared. María la acogía hasta que Dolores se calmaba y le permitía volver a casa.
Carmen siempre envidiaba a Lucía y Miguel, los hijos de María. Ella los quería muchísimo, nunca les gritaban, todo era paz y cariño en aquella casa sencilla. Se respiraba tanto amor entre María y su marido Paco, cuidaban a sus hijos con una ternura que a Carmen le revolvía el pecho de pura envidia, como un piedra que no la dejaba respirar. Le encantaba estar allí, en aquel ambiente cálido y seguro.
En su propia casa, nada era permitido. Dolores la tenía siempre trabajando: que si trae agua del pozo, que si limpia el corral, que si arranca las malas hierbas, que si friega los suelos. Dolores tuvo a Carmen sola, y nunca la quiso demasiado. Cuando la abuela se encargaba, todo estaba mejor. Vivían en la casa de la abuela, que adoraba a Carmen y la defendía siempre, pero enfermó y falleció cuando la niña tenía seis años. A partir de entonces, todo se volvió cuesta arriba. Dolores, sola y amargada porque no tenía marido, estaba más pendiente de buscar pareja que de atender a su hija. Trabajaba como limpiadora en el almacén de camiones del pueblo y, cuando llegó el nuevo conductor, Luis, enseguida se liaron.
Luis se había separado dejando a su propio hijo a cargo de su ex, a quien pagaba la pensión. Dolores le propuso mudarse con ella y él, encantado, aceptó. Allí tenía techo, comida y compañía. Pronto vio que la vida con Dolores sería fácil, y que la niña no molestaba mucho.
Que se apañe por ahí, pensaba, cuando crezca ya me servirá de criada.
Dolores se desvivía por Luis, pero maltrataba a Carmen constantemente, mandándole tareas sin parar, dándole collejas y hasta algún bofetón.
Si no me obedeces, te mando al internado, le amenazaba.
Carmen apenas podía con el trabajo que le imponía, y se refugiaba junto al seto, bajo la sombra de una parra, llorando en silencio. Si María la veía, la metía en casa y la cuidaba. Carmen creció muy tímida y cerrada.
Los vecinos del pueblo, que se conocían todos, criticaban a Dolores por cómo trataba a la niña. María tampoco se quedaba callada, pero Dolores inventó que María estaba celosa de su relación con Luis y que por eso hablaba mal de ella.
Dolores y Luis celebraban fiestas y se emborrachaban a menudo; entonces Carmen huía a casa de los vecinos y se quedaba a dormir allí. María comprendía el dolor de la niña y la acogía siempre.
Pasaron los años. Carmen siguió estudiando con buenas notas. Cuando terminó cuarto de la ESO, quiso ir a la capital de provincia a estudiar enfermería. Pero su madre fue tajante:
Te vas a poner a trabajar. Ya eres mayor, aquí no sobra nada para mantenerte, le soltó Dolores, y Carmen salió llorando a escondidas porque en su casa ni llorar le dejaban.
Tranquilizándose un poco, Carmen fue a casa de María y lo contó. Los hijos de María ya estudiaban en la ciudad. Esta vez María no aguantó más y fue directa a hablar con Dolores.
Dolores, no eres madre, eres una desgracia. Otras hacen todo por sus hijos y tú los hundes. Debes tener algo de conciencia. ¿Dónde quieres que trabaje Carmen, siendo una niña que ha sacado casi todo sobresaliente? Es tu hija. Ya te buscarás a ella cuando seas vieja.
¿Y tú quién eres para darme lecciones? Ocúpate de tus hijos y deja mi Carmen. Que se ha acostumbrado a ir corriendo a contarte sus penas.
Mira, Dolores, tu Luis ha conseguido que su hijo estudie en Valladolid, y tú no dejas ni avanzar a la tuya. Mírate un poco, mujer.
Dolores gritó, pero pronto se rindió. Exhausta, sentada en el sofá, admitió:
Pues sí, soy dura con la niña. Lo hago para que no acabe como yo, para que no me dé disgustos. Que vaya a la ciudad si quiere, que estudie, dijo finalmente.
Carmen entró fácil en la escuela de enfermería. Su felicidad no cabía en el pecho. Iba con ropa simple, algo que la hacía resaltar entre las demás, pero había otras chicas del pueblo igual. Volvía a casa poco y sin ganas.
Ir a casa de su madre y Luis no le apetecía, así que en vacaciones primero iba a ver a María, que la abrazaba enseguida y la sentaba a comer, preguntando cien cosas, siempre pendiente de ella.
Mientras tanto, Dolores sufría porque Luis se había liado con una mujer joven del pueblo. Carmen llegó justo cuando había una nueva bronca. Dolores apenas le hizo caso:
¿Qué haces aquí? No me sobran motivos para mantenerte. Si tienes vacaciones, búscate trabajo.
Un día, Luis llegó recogiendo sus cosas. Dolores se interpuso, a gritos.
¿A dónde vas, que no te dejo? le gritó.
Rita está embarazada y no pienso dejar a mi hijo. Tú no quieres a tu hija. A mí sí me importa mi niño. No dejaré que ningún hombre le maltrate. Los niños necesitan cariño de sus padres desde el minuto uno, le contestó él, saliendo por la puerta.
Aquello dejó a Dolores noqueada, muda, sin fuerzas ni para llorar. Luis le había soltado una verdad demasiado dura. A Carmen le vino a la mente cada momento en el que su madre la había golpeado por un respiro mal dado, o la había echado a la calle. Luis nunca la defendió, sólo la miraba con suficiencia.
En el último año, Carmen encontró trabajo de auxiliar en el hospital y empezó a mantenerse. Apenas volvía a casa. Dolores bebía, estaba cada vez peor, malcomía y perdió el trabajo. Carmen, de niña apocada, floreció en una joven responsable, buenísima en su labor, trataba a todos con cariño y recibía elogios: ¡Qué bien educada! Qué madre tan buena debes tener, decían, y ella sonreía en silencio.
Qué va, pensaba, todo esto se lo debo a María. Por todo lo que hizo por mí: protegerme, cuidarme, enseñarme, ayudarme a encontrar mi vocación.
Dolores traía cada vez más gente rara a casa. Carmen, aunque regresaba poco, cada vez que lo hacía se encontraba peor a su madre. Dolores sólo pedía dinero y se quejaba. Carmen pensaba en echar a todo ese gentío, arreglar la casa, darle otra vuelta a su relación con su madre, pero entenderla era imposible.
Cuando terminó la carrera, Carmen volvió. Dolores la miró retorcida:
¿Y tú qué? ¿Vienes a quedarte? No hay nada para comer, y he desenchufado la nevera. Dame dinero, me duele la cabeza.
A Carmen se le formó un nudo en la garganta, pero se contuvo, no lloró de la rabia. Dijo simplemente:
No te preocupes, no me quedo mucho. Me han dado plaza en el hospital de Burgos. Iré mandando dinero de vez en cuando. Adiós, mamá.
Dolores, perdida en sus necesidades, sólo pensaba en conseguir dinero para beber.
Dame algo, ¿no te da pena tu madre? Qué hija tan desagradecida…
Carmen puso unos billetes de euros en la mesa, cerró la puerta detrás de sí, esperando inútilmente que su madre la abrazase. No pasó. Caminó despacio hasta casa de María.
Allí la recibieron con alegría. María se alegró, le sentó a comer al lado de Lucía y Miguel.
Toma, Carmen, aquí tienes un regalo por tu matrícula de honor y algo de dinero para empezar en Burgos.
Carmen no pudo evitar llorar.
¿Por qué, tía María? ¿Por qué mi madre no me quiere? Parece que soy una extraña para ella.
No llores, carmenita, la abrazó María, no llores, mi niña. Ya no se puede cambiar a tu madre, pero tú vales mucho, eres buena y tienes por delante amor y felicidad, ya verás.
Carmen se mudó a la ciudad, trabajó en el hospital como enfermera de cirugía, y allí conoció a Alberto, un joven cirujano. Se enamoraron y pronto hubo boda. En el lugar que correspondía a su madre en el altar, sentó a María, que se moría de alegría por ella.
Dolores recibía el dinero y presumía con sus amigos:
Mi hija es tan buena, me manda dinero cada mes, todo gracias a lo bien que la eduqué. Aunque no me invita a la boda, y ni los nietos conozco.
Un día, fue María quien encontró a Dolores, muerta en el suelo de casa, sola. Nadie supo cuánto tiempo llevaba. María sospechó porque había silencio raro en el patio. Carmen viajó con Alberto, enterraron a Dolores y pronto vendieron el viejo caserón. De vez en cuando venían a visitar a María y Paco, eternamente agradecidos.







