La verdad que encogió el corazón Mientras tendía la ropa limpia en el patio, Tatiana oyó sollozos y se asomó tras la valla. Allí, sentada cerca de la verja, estaba Sonia, la niña vecina de ocho años. Aunque ya cursaba segundo de primaria, parecía menuda y frágil como si tuviera seis. —Sonia, ¿otra vez te han hecho daño? Ven conmigo —Tatiana separó una tabla suelta con cariño. Sonia solía ir corriendo a su casa. —Mi madre me ha echado, me ha dicho “lárgate” y me ha sacado fuera. Ahí dentro está con el tío Nico, se divierten —decía la niña secándose las lágrimas. —Bueno, entra en casa, Lisa y Miguel están comiendo, te doy algo también. Tatiana había salvado más de una vez a Sonia de la rudeza de su madre, que la maltrataba; por suerte, eran vecinas pared con pared. La recogía y no la devolvía a casa hasta que la madre, Ana, se calmaba. Sonia sentía envidia de sus vecinos Lisa y Miguel; tía Tania y su marido los querían mucho, nunca les gritaban. En su casa todo era tranquilo, la relación de Tatiana y su esposo era cálida y tierna, y cuidaban de sus hijos con amor. Sonia lo sabía, y deseaba tanto esa paz que el pecho se le apretaba y la garganta se le cerraba de pura tristeza. Le encantaba estar allí, rodeada de ese cariño. En casa de Sonia estaba prohibido todo. Su madre la obligaba a cargar agua, limpiar el cobertizo, arrancar malas hierbas y fregar el suelo. Ana tuvo a su hija fuera del matrimonio y, desde el primer momento, no le cogió cariño. Cuando la abuela, madre de Ana, aún vivía, cuidaba de Sonia; la defendía y la protegía, aunque estaba enferma y la propia Ana no se ocupaba de la niña. Con la abuela viva, Sonia vivía mejor; pero falleció cuando la pequeña tenía seis años, y entonces empezaron los años duros para ella. Su madre, amargada por estar sola y no tener marido como las otras, siempre estaba buscando pareja. Ana trabajaba de limpiadora en la empresa de autobuses, rodeada de hombres. Un día llegó un nuevo conductor, Nicolás, y pronto iniciaron una relación. Nicolás, ya divorciado, tenía un hijo al que pasaba pensión. Ana le ofreció vivir en su casa; él aceptó encantado, pues su exmujer lo había echado. Ana lo mimaba y giraba todo a su alrededor. Nicolás enseguida vio las ventajas de vivir con Ana; su hija le era indiferente: —Que ande por ahí —pensaba—, cuando crezca será para ayudar. Ana dedicaba todo a Nicolás y nunca a su hija. La reprendía, la obligaba a trabajar, le daba coscorrones y golpes. —Si no me obedeces, te llevo a un hospicio —le amenazaba. Sonia no tenía fuerzas para limpiar como le exigían y, por eso, también recibía castigos. Se sentaba bajo el arbusto de grosellas junto a la valla y lloraba en silencio. Si Tatiana la veía, la llevaba enseguida a su casa. Sonia creció tímida y callada. En el pueblo todos se conocían y muchos criticaban a Ana por su trato a la hija. Tatiana tampoco callaba, pero Ana corrió la voz de que: —¡No le hagáis caso a mi vecina Tania! Está detrás de mi Nicolás, por eso inventa que maltratamos a la niña. Ana y Nicolás celebraban fiestas, bebían, y entonces Sonia huía y pasaba la noche con los vecinos. Tatiana, más que nadie, entendía el sufrimiento de Sonia y la consolaba. El tiempo pasó, Sonia estudiaba bien y crecía. Terminó la ESO y quería ir al instituto en la capital, estudiar enfermería. Pero su madre fue tajante: —Te vas a trabajar, ya eres mayor; aquí no te mantendremos —Sonia lloró y huyó de casa, pues ni siquiera le permitían llorar allí. Ya más calmada, fue a casa de los vecinos y se lo contó a Tatiana, cuyos hijos ya estudiaban en la ciudad. Esta vez, Tatiana no se contuvo y fue a ver a Ana. —Ana, no eres madre sino una desgracia. Otras lo dan todo por sus hijos y tú quieres hundir a la tuya. Ni la quieres, pero tienes una obligación como madre y decencia humana. ¿Dónde va a ir Sonia a trabajar? Tiene que estudiar. Ha sacado sobresaliente. Es tu hija. Luego tú sola vendrás pidiéndole ayuda. —¿Y tú quién eres para mandar aquí? Ocúpate de los tuyos y deja a Sonia. Solo sabe correr a tu casa a quejarse. —Cálmate, Ana. Tu Nicolás sí que puso a su hijo a estudiar, aunque no viva con él; tú solo maltratas a tu hija. ¿Es que no tienes corazón? Ana gritó y chilló pero terminó desplomada en el sofá. —Sí, soy dura, la trato mal. Pero es por su bien, para que no acabe como yo, que no me traiga un hijo bajo el brazo. Que estudie, que se vaya, que aprenda —y se encogió de hombros. Sonia entró en la escuela de enfermería con facilidad. Su felicidad era inmensa, aunque se avergonzaba de sus humildes ropas, que la hacían destacar entre los demás; pero nadie la juzgaba, y había otras chicas aún más pobres. Volvía a casa poco. No quería ir con su madre y el padrastro, pero en vacaciones tenía que hacerlo. Lo primero, siempre, era correr a casa de Tatiana, quien la invitaba a la mesa y la escuchaba con cariño. Tatiana y su marido la recibían con afecto. Ana tenía sus problemas; Nicolás se fue con una mujer joven, y Ana se volvió irritable y agresiva justo cuando Sonia llegó de vacaciones. Ni se alegró de ver a su hija, solo le soltó: —¿Para qué has venido? Aquí no vas a estar de gorra… Aprovecha las vacaciones y vete a trabajar. Un día Nicolás llegó, empezó a hacer la maleta. —¿Y tú a dónde vas? —chilló Ana, él la miró con sorna. —La Rita espera un hijo mío. A mi hijo le daré cariño, a ti tu hija no te importa. No dejaré a mi hijo solo, que venga otro hombre y lo maltrate. No lo permitiré. Tu Sonia no sabe lo que es el cariño de una madre, como si la hubieras recogido de la calle. Pero mi hijo sí tendrá amor y cuidados desde el primer día —y se fue. Aquello derrumbó a Ana. Ni fuerzas para llorar, la verdad le cortó el aliento; no podía ni gritar ni suplicar. Sonia oyó todo y no tranquilizó a su madre. Recordó las veces que por cualquier ruido le caían golpes de su madre y la echaban a la calle. El padrastro nunca la defendió ni la golpeó, pero miraba como dueño. En el último curso, Sonia empezó a trabajar en el hospital para mantenerse sola. Ya no volvía a casa; su madre bebía y apenas sobrevivía. De niña tímida, Sonia floreció como joven guapa, trabajadora y responsable, con profundo cariño hacia los pacientes. Todos la respetaban y elogiaban por su educación, hasta alababan a su madre pero Sonia solo sonreía y callaba. —¿Educación? —pensaba—, todo es gracias a tía Tania; a ella le debo todo, protección, comprensión, cariño y mi vocación. Ana empezó a meter extraños y borrachos en casa. Su hija, aunque venía poco, siempre se horrorizaba de su aspecto. Ana hacía tiempo que no trabajaba. Sonia ya ni trataba de convencerla; solo quería echar a los “amigos”, reformar la casa y empezar de cero, olvidar las penas. Pero su madre seguía hundiéndose. Se contuvo, no lloró de la rabia Sonia, al acabar enfermería, vino, y Ana la recibió sola y de malas: —¿A qué has venido? ¿Vas a quedarte mucho? Aquí no hay nada, hasta han cortado el frigorífico. Dame dinero, me duele la cabeza. A Sonia se le subió el nudo a la garganta, pero se contuvo y no lloró de rabia. Añadió: —No me quedo. He terminado la carrera con sobresaliente, me voy a trabajar a la capital, en el hospital provincial. No podré venir, solo mandaré algo de dinero. Adiós, mamá. A Ana apenas le importó; lo único que quería era más bebida y pedía dinero a su hija. —Dame dinero, que me hace falta. ¿No te da pena tu madre? Menuda hija… Sonia sacó unas monedas, las dejó en la mesa y cerró la puerta, esperando que su madre saliera a abrazarla. No ocurrió. Lentamente se fue a casa de Tatiana. Tatiana la recibió feliz y la sentó a comer. —Ven con nosotros, Sonia, justo íbamos a almorzar —su marido ya estaba en la mesa. —Ay, se me olvidaba —Tatiana sacó un paquete—, es tu regalo por acabar con sobresaliente, y algo de dinero, para que empieces. Sonia lloró de agradecimiento. —Tía Tania, ¿por qué? ¿Por qué mi madre me trata como si fuera extraña? —No llores, cariño —Tatiana la abrazó—, ya está, no se puede hacer nada… Así es Ana. Puede que nacieras en un mal momento. Pero eres fuerte y hermosa, seguro serás muy querida y feliz. Sonia se fue a la capital y trabajó de enfermera en cirugía. Allí conoció a su destino, el joven doctor Óscar se enamoró de ella y se casaron pronto. En la boda, en vez de madre, fue Tatiana quien estuvo a su lado. Ana recibía dinero de su hija y presumía ante sus “amigos”: —He criado una hija ejemplar, ahora me manda dinero, me está agradecida. La he educado yo sola. Aunque, eso sí, ni me invitó a la boda, ni viene, y a los nietos ni los conozco, siquiera he visto al yerno. Al poco tiempo, Tatiana encontró a Ana muerta en casa. Nadie supo cuánto tiempo llevaba allí; la vecina se preocupó al notar el silencio. Sonia y su esposo enterraron a Ana y vendieron la casa. De vez en cuando visitan a Tatiana y su marido.

Life Lessons

Ay, mira, te voy a contar una historia que me dejó el corazón encogido. Estaba María tendiendo la ropa recién lavada en el patio de su casa en un pueblo de Castilla, cuando escuchó sollozos al otro lado del seto. Se asomó y allí, junto a su valla, estaba Carmen, la niña de la vecina, una chiquilla de ocho años que, aunque iba ya a tercero de primaria, parecía más pequeña, delgadita, como de seis.

Carmen, otra vez te han hecho llorar, ven conmigo, le dijo María apartando la tablilla rota de la valla, que Carmen movía cada vez que buscaba refugio.

Mi madre me echó de casa. Me dijo fuera de aquí y me tiró por la puerta. Están ahí con el tío Luis de fiesta, dijo Carmen, intentando dejar de llorar.

Anda, vente, que mis hijos, Lucía y Miguel, están comiendo, y te preparo un plato.

No era la primera vez que María salvaba a Carmen de los malos modos de su madre, Dolores, que le pegaba a la menor provocación. Menos mal que vivían pared con pared. María la acogía hasta que Dolores se calmaba y le permitía volver a casa.

Carmen siempre envidiaba a Lucía y Miguel, los hijos de María. Ella los quería muchísimo, nunca les gritaban, todo era paz y cariño en aquella casa sencilla. Se respiraba tanto amor entre María y su marido Paco, cuidaban a sus hijos con una ternura que a Carmen le revolvía el pecho de pura envidia, como un piedra que no la dejaba respirar. Le encantaba estar allí, en aquel ambiente cálido y seguro.

En su propia casa, nada era permitido. Dolores la tenía siempre trabajando: que si trae agua del pozo, que si limpia el corral, que si arranca las malas hierbas, que si friega los suelos. Dolores tuvo a Carmen sola, y nunca la quiso demasiado. Cuando la abuela se encargaba, todo estaba mejor. Vivían en la casa de la abuela, que adoraba a Carmen y la defendía siempre, pero enfermó y falleció cuando la niña tenía seis años. A partir de entonces, todo se volvió cuesta arriba. Dolores, sola y amargada porque no tenía marido, estaba más pendiente de buscar pareja que de atender a su hija. Trabajaba como limpiadora en el almacén de camiones del pueblo y, cuando llegó el nuevo conductor, Luis, enseguida se liaron.

Luis se había separado dejando a su propio hijo a cargo de su ex, a quien pagaba la pensión. Dolores le propuso mudarse con ella y él, encantado, aceptó. Allí tenía techo, comida y compañía. Pronto vio que la vida con Dolores sería fácil, y que la niña no molestaba mucho.

Que se apañe por ahí, pensaba, cuando crezca ya me servirá de criada.

Dolores se desvivía por Luis, pero maltrataba a Carmen constantemente, mandándole tareas sin parar, dándole collejas y hasta algún bofetón.

Si no me obedeces, te mando al internado, le amenazaba.

Carmen apenas podía con el trabajo que le imponía, y se refugiaba junto al seto, bajo la sombra de una parra, llorando en silencio. Si María la veía, la metía en casa y la cuidaba. Carmen creció muy tímida y cerrada.

Los vecinos del pueblo, que se conocían todos, criticaban a Dolores por cómo trataba a la niña. María tampoco se quedaba callada, pero Dolores inventó que María estaba celosa de su relación con Luis y que por eso hablaba mal de ella.

Dolores y Luis celebraban fiestas y se emborrachaban a menudo; entonces Carmen huía a casa de los vecinos y se quedaba a dormir allí. María comprendía el dolor de la niña y la acogía siempre.

Pasaron los años. Carmen siguió estudiando con buenas notas. Cuando terminó cuarto de la ESO, quiso ir a la capital de provincia a estudiar enfermería. Pero su madre fue tajante:

Te vas a poner a trabajar. Ya eres mayor, aquí no sobra nada para mantenerte, le soltó Dolores, y Carmen salió llorando a escondidas porque en su casa ni llorar le dejaban.

Tranquilizándose un poco, Carmen fue a casa de María y lo contó. Los hijos de María ya estudiaban en la ciudad. Esta vez María no aguantó más y fue directa a hablar con Dolores.

Dolores, no eres madre, eres una desgracia. Otras hacen todo por sus hijos y tú los hundes. Debes tener algo de conciencia. ¿Dónde quieres que trabaje Carmen, siendo una niña que ha sacado casi todo sobresaliente? Es tu hija. Ya te buscarás a ella cuando seas vieja.

¿Y tú quién eres para darme lecciones? Ocúpate de tus hijos y deja mi Carmen. Que se ha acostumbrado a ir corriendo a contarte sus penas.

Mira, Dolores, tu Luis ha conseguido que su hijo estudie en Valladolid, y tú no dejas ni avanzar a la tuya. Mírate un poco, mujer.

Dolores gritó, pero pronto se rindió. Exhausta, sentada en el sofá, admitió:

Pues sí, soy dura con la niña. Lo hago para que no acabe como yo, para que no me dé disgustos. Que vaya a la ciudad si quiere, que estudie, dijo finalmente.

Carmen entró fácil en la escuela de enfermería. Su felicidad no cabía en el pecho. Iba con ropa simple, algo que la hacía resaltar entre las demás, pero había otras chicas del pueblo igual. Volvía a casa poco y sin ganas.

Ir a casa de su madre y Luis no le apetecía, así que en vacaciones primero iba a ver a María, que la abrazaba enseguida y la sentaba a comer, preguntando cien cosas, siempre pendiente de ella.

Mientras tanto, Dolores sufría porque Luis se había liado con una mujer joven del pueblo. Carmen llegó justo cuando había una nueva bronca. Dolores apenas le hizo caso:

¿Qué haces aquí? No me sobran motivos para mantenerte. Si tienes vacaciones, búscate trabajo.

Un día, Luis llegó recogiendo sus cosas. Dolores se interpuso, a gritos.

¿A dónde vas, que no te dejo? le gritó.

Rita está embarazada y no pienso dejar a mi hijo. Tú no quieres a tu hija. A mí sí me importa mi niño. No dejaré que ningún hombre le maltrate. Los niños necesitan cariño de sus padres desde el minuto uno, le contestó él, saliendo por la puerta.

Aquello dejó a Dolores noqueada, muda, sin fuerzas ni para llorar. Luis le había soltado una verdad demasiado dura. A Carmen le vino a la mente cada momento en el que su madre la había golpeado por un respiro mal dado, o la había echado a la calle. Luis nunca la defendió, sólo la miraba con suficiencia.

En el último año, Carmen encontró trabajo de auxiliar en el hospital y empezó a mantenerse. Apenas volvía a casa. Dolores bebía, estaba cada vez peor, malcomía y perdió el trabajo. Carmen, de niña apocada, floreció en una joven responsable, buenísima en su labor, trataba a todos con cariño y recibía elogios: ¡Qué bien educada! Qué madre tan buena debes tener, decían, y ella sonreía en silencio.

Qué va, pensaba, todo esto se lo debo a María. Por todo lo que hizo por mí: protegerme, cuidarme, enseñarme, ayudarme a encontrar mi vocación.

Dolores traía cada vez más gente rara a casa. Carmen, aunque regresaba poco, cada vez que lo hacía se encontraba peor a su madre. Dolores sólo pedía dinero y se quejaba. Carmen pensaba en echar a todo ese gentío, arreglar la casa, darle otra vuelta a su relación con su madre, pero entenderla era imposible.

Cuando terminó la carrera, Carmen volvió. Dolores la miró retorcida:

¿Y tú qué? ¿Vienes a quedarte? No hay nada para comer, y he desenchufado la nevera. Dame dinero, me duele la cabeza.

A Carmen se le formó un nudo en la garganta, pero se contuvo, no lloró de la rabia. Dijo simplemente:

No te preocupes, no me quedo mucho. Me han dado plaza en el hospital de Burgos. Iré mandando dinero de vez en cuando. Adiós, mamá.

Dolores, perdida en sus necesidades, sólo pensaba en conseguir dinero para beber.

Dame algo, ¿no te da pena tu madre? Qué hija tan desagradecida…

Carmen puso unos billetes de euros en la mesa, cerró la puerta detrás de sí, esperando inútilmente que su madre la abrazase. No pasó. Caminó despacio hasta casa de María.

Allí la recibieron con alegría. María se alegró, le sentó a comer al lado de Lucía y Miguel.

Toma, Carmen, aquí tienes un regalo por tu matrícula de honor y algo de dinero para empezar en Burgos.

Carmen no pudo evitar llorar.

¿Por qué, tía María? ¿Por qué mi madre no me quiere? Parece que soy una extraña para ella.

No llores, carmenita, la abrazó María, no llores, mi niña. Ya no se puede cambiar a tu madre, pero tú vales mucho, eres buena y tienes por delante amor y felicidad, ya verás.

Carmen se mudó a la ciudad, trabajó en el hospital como enfermera de cirugía, y allí conoció a Alberto, un joven cirujano. Se enamoraron y pronto hubo boda. En el lugar que correspondía a su madre en el altar, sentó a María, que se moría de alegría por ella.

Dolores recibía el dinero y presumía con sus amigos:

Mi hija es tan buena, me manda dinero cada mes, todo gracias a lo bien que la eduqué. Aunque no me invita a la boda, y ni los nietos conozco.

Un día, fue María quien encontró a Dolores, muerta en el suelo de casa, sola. Nadie supo cuánto tiempo llevaba. María sospechó porque había silencio raro en el patio. Carmen viajó con Alberto, enterraron a Dolores y pronto vendieron el viejo caserón. De vez en cuando venían a visitar a María y Paco, eternamente agradecidos.

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