LA TÍA

Querido diario,

Hoy he vuelto a pensar en cómo llegó la tía Paqui a nuestras vidas. Recuerdo el día que fue traída desde el pueblo. Ya era mayor y el campo se le hacía cuesta arriba. Por eso la recogí y la traje a Madrid con nosotros.

Mi marido Javier no puso ninguna pega. Es tranquilo, más bien delgado, siempre con gafas, y se deja guiar por mi voz y mis ganas sin protestar. Es de la familia, mujer. La tía Paqui no tiene hijos propios, y yo ya no tengo madre. Mi madre era treinta años más joven que la tía, nació en otro matrimonio de mi padre. Y mira que cosas, se fue tan pronto ¡Por eso hay que ayudar a la tía, pobrecita, vamos a traerla!, sentencié yo.

Mis hijos, Gabriel y Maruja, nunca la habían visto. Ni yo apenas, la verdad. Nos escribíamos cartas, pero jamás hablamos por teléfono. Ella, como se descubrió, no tenía ni televisor, ni móvil, ni nada de lo moderno.

Ahora vive aquí, entre nosotros. Es pequeña como un duendecillo Gabriel, con trece años, es mucho más alto, tiene el pelo como un diente de león y ojos de un azul intensísimo, con sombrerito de pastilla que parece de otra época.

Llegó con un hatillo, una bolsa de malla como las de antes y dos maletas viejas. Sobre sus brazos viajaba un gato naranja y peludo. Lo miró con desdén, saltó al suelo y empezó a explorar el piso.

Este es Mandarino. Lo traje conmigo. Un alma viva, perdonadme, dijo tía Paqui, y añadió: ¡Qué guapos sois, mis queridos familiares!

Aquel día celebramos su llegada con una merienda. La tía trajo encurtidos, mermeladas, y yo me quedé asombrada de cómo mis hijos, tan remilgados, disfrutaban de todo: mermelada, pepinillos, pisto…

¿Y tenéis huerta o algo? Yo lo planto todo, aunque ya no puedo como antes, pero hay que cultivar, ¡sin lo propio no hay vida!, comentó la tía.

Yo le expliqué que no, que todo se compra y ni tiempo tenemos. Trabajo en dos sitios, Javier igual. Apenas vemos a los niños, y la hipoteca nos mata.

La tierra se necesita. No me mires así, Lida. El ser humano sin tierra ¡Lo buscamos, y compraréis la parcela!, sentenció y se fue a su cuarto.

Sí, claro, vamos a mirar Pero ella cree que somos ricos o qué, refunfuñé mientras fregaba.

Al día siguiente, domingo, Javier estaba tumbado leyendo el periódico. Yo, harta, grité a los niños que calentaran algo de la nevera y me fui a dormir otro rato.

Gabriel y Maruja estaban inmersos en los móviles, como siempre. Mandarino, el gato, movía la cabeza cerca de ellos. Entró la tía Paqui.

¿Qué hacéis?, preguntó.

Los niños empezaron a explicarle y a enseñarle sus juegos, pero Paqui sólo negaba con la cabeza. En el pueblo he visto cosas parecidas, pero más sencillas. Yo nunca tuve uno, no lo necesité. A vuestra madre le escribía cartas, me era más cómodo. Pero es útil, claro, puedes encontrar a cualquiera, sí… Pero venga, ¡dejad los móviles y venid conmigo!

¿Para qué? Estamos jugando, protestó Gabriel.

¿Jugando dónde? Si sólo estáis sentados mirando el móvil. No llamáis a nadie, se sorprendió la tía.

¡Pero estamos jugando dentro! En el móvil, chirrió Maruja.

La tía Paqui empezó a contar cómo jugaban en el pueblo y pronto se llevó a los niños a la cocina.

Cuando llegué, me quedé pasmada. Sobre la mesa, un plato de tortitas. Gabriel feliz con su té, y Maruja, junto a la tía, envolviendo empanadillas.

Mira mamá, le pongo mucha suerte, a ver si te sale la feliz, sonrió Maruja.

Javier apareció después, olisqueando el aire contento.

Ahora los domingos haremos empanadillas juntos. Y tortitas, ¡todo casero, hay que comer lo nuestro!, proclamó la tía Paqui.

No le veo sentido Ahora todo se vende hecho, protesté, que odio cocinar.

Solía comprar congelados, preparados la familia no se quejaba. Hasta hoy.

No, mamá. Hagámoslas nosotros. Nunca he comido empanadillas tan ricas, comentó Gabriel.

Luego la tía Paqui, con una bobina de goma, la ató entre dos sillas y mostró a Maruja cómo jugaban allí a saltar la goma.

¿No jugáis así?, preguntaba.

¡Qué va! Salen a la calle y siguen pegados al móvil. Es la generación moderna, suspiró Javier.

No está bien. Hay que hablar cara a cara. Los móviles son útiles, sí, pero deben usarse para comunicarse. Y nada más. ¡Hay que usarlos bien!, sentenció Paqui.

Por las tardes tejía, y Mandarino dormía como rey en su sillón.

Un día, Maruja me tiró hacia el baño:

Mamá, ven, ¡mira esto!

La tía Paqui acariciaba la lavadora, murmurando:

¡Felicidades, lavadora! Que cumplas muchos años con nosotros, querida.

Tía Paqui, ¿qué haces?, susurré, creyendo que se le iba la cabeza.

Hoy es 8 de marzo. La lavadora es señorita, ¿cómo no iba a felicitarla?, se rió.

Pero es una máquina, tía, qué tontería, respondí, casi regañándola.

Las máquinas sienten, te digo yo. En el pueblo, el tractor de Paco estuvo atrapado. Le habló con cariño y salió del atolladero. Y el coche de Kiko siempre recibe su bendición antes de salir, la llama Petra. No sabes la suerte que tenéis. Antes lavábamos a mano, en el río ¡Ahora todo es fácil, pero seguís huraños! Los móviles están para saber dónde andan los pequeños, la lavadora es una genia, y el microondas calienta en un suspiro, celebraba la tía Paqui, mirando todo como niña.

Adoptó a los niños desde el primer día. Gabriel tuvo problemas en clase, no contó nada a nadie. Y mientras lloraba en un rincón, entró la tía Paqui y él le soltó todo sin saber cómo. Al día siguiente, no fue a las dos primeras clases. En casa reinaba el silencio. Ni Paqui se oía.

Habrá salido a pasear, pensó Gabriel y se fue preparando. Frente a su clase, escuchó una voz familiar. Se asomó La profe sentada, la clase callada, y ahí estaba la tía Paqui, delante de la pizarra, contando cosas.

¡Ay, por qué vino! Van a reírse de mí, pensó Gabriel, apoyándose en la puerta.

Pero nadie rió. Cuando terminó la charla, la rodearon. Gabriel entró de lado; Petri, el líder de los buscapleitos, se acercó:

¡Hola, te has tardado! ¡Qué guapa tu abuela! Nos contó de plantas, animales; cómo los cuida Mañana nos lleva al parque, sabe mucho. La profe la dejó hablar, ¡qué suerte tienes!, sonrió Petri.

Sí… ¡Es increíble!, reconoció Gabriel y corrió a abrazar a la tía.

Esa noche, yo estallé llorando en la cocina. Cansada, harta la tía también estaba cerca.

No llores, hija, tienes todo. ¿Qué te pasa?

Estoy agotada, trabajo, vivo para la hipoteca, Javier es un blando y los hombres de otras parecen mejores Me siento invisible, ni de moda estoy ahora, lloré.

La tía Paqui me dejó desahogar. Me puso el té y empezó a contarme de cómo perdió, uno tras otro, tres hijos; de su esposo fuerte y guapo que se fue de repente; de las enfermedades que la dejaron seca y del sufrimiento que soportó. Pero resistió.

¿Qué moda? Cada persona tiene su forma. Unos delgados, otros robustos. Antes, las damas de buen ver eran las más valoradas. Tienes el pelo rizado, ojos enormes y azules de nuestra familia, un cuerpo bonito. Valora lo que tienes, otros ni eso tienen. Y Javier es oro, todo lo hace por vosotros, es buen padre. Tus hijos, una alegría. Lo demás se arregla. Bueno, yo a dormir que no se me olvide algo importante, y se marchó.

Ya ni lloré. ¿Por qué? Tenía razón.

En mis vacaciones, esperando a Javier que no llegaba, pregunté a los niños:

¿Ha llamado papá?

Gabriel estaba en la cocina haciéndome un batido, Maruja jugaba a construir un castillo con mantas, los móviles apartados, sólo los usan para hablar. Noté que Gabriel se ha vuelto cocinillas, lanzando tortitas al aire y todo.

Llamaba sin parar a Javier. El número marcado no está disponible.

De pronto, sentí un frío. ¿Dónde está la tía Paqui? No se oía el arrastre de sus zapatillas.

Corrí a su cuarto. Mandarino, el gato, se desperezaba y me miraba.

¡Gabriel! ¡Maruja! ¿Dónde está la tía Paqui?, solté.

Los niños acudieron.

Fuimos juntos desde el cole. Después salió, susurró Maruja.

¿Hace mucho? ¿Cuánto, Maruja?, grité. Lloró.

¡Madre! Le compramos un móvil y no lo ha llevado, ¡cómo puede ir sola! Es tan mayor…, me desplomé en la butaca.

Gabriel corrió a vestirse.

¿A dónde vas?

A buscarla, mamá. No podemos estar sin ella, y bajó los escalones corriendo.

Maruja se puso los tenis y fue tras él. Yo, lanzándome detrás.

Ya en el portal, los encontré contentos.

¿Por qué estáis tan felices? pregunté.

Señalaron a la izquierda. Apareció la tía Paqui, del brazo de Javier, con un sombrero lleno de amapolas.

¡Tía! Me has asustado, ¡no puedes irte así horas sin avisar! ¿Y tú dónde has estado?, pregunté, hundida en su hombro.

Fuimos juntos a cerrar esa cosa de la avería, la fuga, respondió la tía.

¿Pero cómo…?, sólo pude balbucear yo.

¡Qué sorpresa queríamos hacerte! La tía Paqui es increíble. Nos ha salvado, se rió Javier.

Tía ¿de dónde has sacado el dinero? No tenías que hacerlo, comencé.

¿Cómo? He ahorrado. Mi pensión es bastante buena, en el pueblo casi no gastaba nada. Vendí mi casa, ¿para qué quiero el dinero? En el ataúd no hay bolsillos. Pensaba dejároslo pero mejor darlo ahora, que lo necesitáis, dijo sin rodeos.

Me quedé en silencio. Ahora podríamos dejar de matarnos a trabajar, tener más tiempo para la familia. Qué maravilla.

Pues sí, mañana vamos a ver la parcela. ¡Ya hemos encontrado una! Javier y yo elegimos la casita, dijo la tía Paqui.

¡Una casa! ¡Hurra! ¡Huerta! ¡Me prometiste que me enseñarías a buscar luciérnagas y a hacer cestitas! Y los secretos con vidrios y flores, los niños abrazaban a la tía.

Todos juntos nos fuimos a casa, abrazados.

Me detuve un instante bajo el portal, miré las nubes y susurré:

Gracias. Gracias por la tía Paqui.Esa noche, mientras todos dormían, me quedé en la cocina con Mandarino, que ronroneaba bajo la luz cálida. Pensé en los domingos de antes, las rutinas, los miedos y la prisa, y en cómo, de repente, la presencia de la tía Paqui había sembrado pequeños milagros en nuestra casa: el olor de empanadillas, el silencio amable, la risa de los niños y hasta la calma de Javier. Todo parecía encajar con ella, como si su alma hubiera alineado el rumbo de nuestra familia.

Me acerqué a la ventana y respiré hondo. Afuera, Madrid dormía, pero en nuestra casa algo nuevo había florecido. No era el dinero, ni la parcela, ni siquiera la promesa de una huerta. Era la certeza de que, a veces, lo que falta llega sin buscarlo. Y lo que sobra, se comparte mejor.

Antes de acostarme, miré el sombrero de la tía Paqui, ahora sobre la mesa, rebosante de amapolas. Lo toqué con delicadeza y sentí, por primera vez en años, una alegría sencilla, casi infantil.

Cuando apagué la luz, supe que mañana, y todos los días por venir, tendrían el sabor de casa verdadera.

Y en el fondo, escuchando el leve maullido de Mandarino, entendí que la familia no se construye con paredes, sino con la voluntad de abrir la puerta, y dejar entrar a la magia de quienes nos cuidan, nos enseñan, y nos abrazan cuando más lo necesitamos.

Así terminó el día: con la tía Paqui, nuestra nueva raíz, y nosotros creciendo hacia la vida.

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