La suegra propone que nos mudemos a su piso claramente con segundas intenciones
Muchísimas gracias por la oferta, de verdad. Es muy generosa. Pero vamos a rechazarla.
El rostro de la suegra, Carmen, se le alarga visiblemente.
¿Y eso por qué? ¿Sois demasiado orgullosos?
No es cuestión de orgullo. Es que ya tenemos nuestra rutina hecha. Cambiar de colegio a los niños a mitad de curso sería un estrés. Además, estamos acostumbrados. Hicimos reforma hace poco, todo está nuevo.
Y en tu piso, Beatriz hace una pausa, buscando las palabras, pero opta por los hechos. Allí hay muchas cosas con carga sentimental, tus objetos más preciados.
Los niños son pequeños, seguro que rompen o manchan algo. Prefiero evitar ese disgusto.
Al volver del trabajo, Beatriz encuentra a su marido, Álvaro, esperando de pie en el recibidor. Es evidente que la aguarda.
Se quita los zapatos, pasa en silencio al dormitorio para cambiarse y luego va directa a la cocina. Álvaro la sigue en silencio.
Beatriz no aguanta más:
¿Otra vez vamos a empezar? He dicho que no.
Álvaro suspira con resignación.
Hoy volvió a llamar mi madre. Dice que le sube la tensión. Allí está sola, los abuelos se han puesto muy mal, se comportan como niños. No se ve capaz de manejarlo sola.
¿Y qué? Beatriz toma un sorbo de agua fría, intentando calmar la irritación. Ella eligió quedarse en la casa de campo.
Alquila el piso, cobra su dinero, respira aire puro. Hasta hace poco, estaba encantada.
Lo estaba, mientras tuvo fuerza. Ahora se queja de que se siente sola y todo le pesa. En fin… Álvaro toma aire. Nos ha propuesto que nos mudemos a su piso de tres habitaciones.
Beatriz lo mira desafiante y le suelta:
No.
¿Por qué no quieres ni oírlo? Álvaro levanta las manos. Escucha: el barrio es genial. Tardarías quince minutos al trabajo. Yo, veinte.
El cole bilingüe está enfrente, la guardería en el patio de la finca. ¡Sin atascos!
Y podríamos alquilar este piso, con la renta casi pagamos la hipoteca y nos sobra algo.
Álvaro, ¿te oyes? Beatriz se le planta delante. Llevamos dos años y medio aquí.
Hasta elegí yo misma cada enchufe. Los niños tienen amigos aquí, en el edificio de al lado.
Por fin nos sentimos en casa. ¡En la nuestra!
Qué más da dónde vivas, si solo vienes a dormir. Nos chupamos dos horas de tráfico cada día responde él. Aquello es un edificio antiguo, con techos altos, paredes gruesas. No se oye a los vecinos.
Y un piso sin reformar desde que yo era niña corta Beatriz. ¿Recuerdas el olor a humedad? Y sobre todo, ¡no es nuestra casa! Es la casa de Carmen.
Mamá ha asegurado que no se meterá. Quiere quedarse en la casa de campo. Solo quiere saber que el piso no está en manos de extraños.
Beatriz suelta una risa amarga.
¿Tienes memoria de pez, Álvaro? Recuerda cómo compramos este piso.
Él aparta la mirada. Por supuesto que lo recuerda. Siete años en alquileres cutres, ahorrando cada euro.
Cuando por fin lograron para la entrada, Álvaro fue con su madre. El plan era redondo: vender el pisazo de Carmen en el centro, comprarle un buen piso a ella y algo decente para ellos.
Carmen entonces decía Por supuesto, hijos, necesitáis más espacio.
Ya barajaban opciones. Soñaban. Pero el día de ir a hablar con la inmobiliaria, Carmen llamó.
¿Te acuerdas de lo que dijo? insiste Beatriz. He pensado… Mi zona es tan prestigiosa, los vecinos, tan finos. ¿Cómo voy a irme a esa urbanización de nuevos ricos? No quiero.
Y nos metimos en la hipoteca al 5% para comprar este piso, a las afueras de Madrid. Solos. Sin sus metros de prestigio.
Fue un error, le dio miedo el cambio, era mayor… musita Álvaro. Ahora es otra cosa. Necesita gente cerca, quiere ver más a los nietos.
¿Más a los nietos? Los ve una vez al mes, cuando vamos a llevarle comida. Y a los treinta minutos ya se queja de que le duele la cabeza de tanto jaleo.
Entra en la cocina Diego, de seis años, seguido por Paula, de cuatro.
¡Mamá, papá, tengo hambre! grita Diego. ¡Paula ha destrozado mi avión! Estuve tres horas montándolo…
¡No es verdad! protesta Paula. ¡Se ha caído solo!
Beatriz suspira.
Id a lavaros las manos. Vamos a cenar. Álvaro, ¿has hecho macarrones?
Sí, y salchichas responde él con desgana.
Mientras los niños hacen ruido con las sillas y Beatriz sirve la cena, el tema se enfría. Lo retoman ya en la cama, por la noche.
***
El sábado les toca ir a la casa de campo; Carmen había llamado a primera hora con voz débil diciendo que el abuelo se quedó sin medicinas y que tenía el corazón apretado.
Tardan hora y media en llegar. Carmen los espera arregladísima en el porche, con sus sesenta y tres años: peinado, uñas hechas, un pañuelo de seda anudado al cuello.
¡Por fin llegáis! les tiende la mejilla para el beso. Beatriz, ¿has engordado o esa blusa es nueva?
Buenos días, Carmen. Es la blusa, que es floja responde Beatriz, haciéndose la que no ha pillado el dardo.
Pasan al salón. Los padres de Carmen, ya muy mayores, duermen la siesta delante de la tele.
Beatriz saluda, pero ellos apenas asienten sin apartar la vista de la pantalla.
¿Os apetece un té? pregunta Carmen yendo hacia la cocina. Tengo galletas, pero están un poco duras… Es que ya no bajo a la tienda, me duelen las piernas.
Trajimos una tarta Álvaro pone la caja sobre la mesa. Mamá, queremos hablar de lo del piso…
Carmen revive de inmediato.
Sí, Álvaro, sí. Ya no puedo con todo esto. Aquí el aire, la naturaleza, mis padres… Pero en invierno, ¡qué aburrimiento! Y ese piso vacío, metida gente extraña, lo destrozan, paso un disgusto…
Mamá, son buena gente, una familia dice Álvaro.
¡Buena gente, sí! resopla Carmen. Fui la última vez, la cortina mal colgada. Y olía… distinto. No es mi olor.
Así que ¿para qué os complicáis tanto en este barrio de las afueras? Iros conmigo a Madrid. Hay sitio de sobra.
Beatriz lanza una mirada a Álvaro.
Carmen, ¿y tú dónde vivirías? pregunta.
Carmen alza las cejas, sorprendida.
¿Cómo dónde? Aquí, con mis padres. Tal vez vaya algún día a Madrid, a ver médicos, hacer análisis… Tengo conocidos allí en el centro de salud.
¿Algún día…? ¿Cada cuánto?
Pues un par de veces por semana. O me quedo algún día si hace mal tiempo. ¡Mi cuarto es mi cuarto! Ahí no pongáis a los niños. Usad el grande. Pero mi dormitorio, ahí que nadie duerma. Por si acaso.
A Beatriz se le hincha la vena.
O sea, ¿la idea es que nos mudemos a un piso de tres habitaciones, pero reservamos una para ti? ¿Y quedamos los cuatro en dos cuartos?
¿Reservarla? se extraña Carmen. ¡Usadla! Pero no mováis mis cosas. Y el aparador, no toquéis el cristal. Ni los libros.
Álvaro, ¿te lo he dicho? ¡La biblioteca no se toca!
Álvaro se revuelve en la silla.
Mamá, si nos mudamos, habría que adecuarlo: poner camas a los niños…
¿Para qué camas? Si el sofá-cama es maravilloso, lo compró tu padre. No malgastéis.
Beatriz se levanta brusca.
Álvaro, vamos fuera un momento.
Sale al porche sin esperar. Álvaro la sigue, nervioso.
¿Has oído? Beatriz muerde. El sofá no se mueve, mi cuarto, vengo cuando quiera. ¿Te das cuenta?
Beatriz, es miedo al cambio…
No, Álvaro. Solo quiere que le cuidemos el piso gratis. ¡Y ni podremos mover un mueble!
Entrará cuando le apetezca con sus llaves, para controlar hasta cómo cuelgo las cortinas o hago la cama.
Pero está más cerca del trabajo… balbucea él.
Me da igual. Prefiero los atascos y tener mi casa, donde mando yo.
Álvaro calla, mirando al suelo. Se da cuenta. Claro que lo sabe. Pero la idea fácil había nublado el juicio.
Además, ¿recuerdas el tema del piso? Entonces nos dejó tirados por el prestigio. Ahora es por aburrimiento. Solo quiere entretenimiento, que estemos ahí para tener a quien mandar o regañar.
Entonces Carmen sale al porche.
¿Qué cuchicheáis?
Beatriz se gira.
No queremos molestar. No nos vamos a mudar.
¡Vaya tontería! resopla Carmen. Álvaro, ¿vas a dejar que lo decida todo tu mujer?
Álvaro levanta la cabeza.
Mamá, Beatriz tiene razón dice firme. No nos vamos. Este es nuestro hogar.
Carmen frunce los labios. Entiende que han decidido, pero no lo va a reconocer.
Pues vosotros veréis. Yo solo quería ayudar. Luego no os quejéis de los atascos.
No lo haremos le asegura Álvaro. Mamá, ¿necesitas más medicina?
¡No necesito nada! da media vuelta y entra en la casa dando un portazo.
Vuelven a Madrid en silencio. Los atascos a la entrada de la ciudad ya han despejado, pero el GPS marca todavía atasco en su barrio.
¿Molesta? pregunta Beatriz en un semáforo.
Álvaro niega.
No. Me he visto a Diego saltando en el sofá de papá y a mi madre dándole un ataque. Tienes razón. Mala idea.
No me niego a ayudar, Álvaro, le toma la mano. Si necesita algo, llevaremos comida, medicinas. Contrataremos a alguien si hace falta. Pero nuestra vida, es nuestra vida. La distancia es la clave de una buena relación.
Sobre todo con mi madre bromea él.
***
Por supuesto, Carmen guarda rencor.
Incluso ya había echado a los inquilinos, segura de que su hijo y Beatriz se mudarían.
Durante un mes acosó a Álvaro con llamadas.
Él aguantó firme. Al final, uno aprende que decir no no cuesta tanto cuando es necesario.







