Cruz, ven al discoteca hoy, tengo algo que decirte dice Salvador de paso, cuando ella sale del mercadillo y él se apresura a algún sitio.
Cruz mira su espalda y asiente, pero él ya gira la esquina sin verla.
Este Salvador es raro, siempre me mira serio; tal vez sea porque lleva seis años más que yo piensa Cruz mientras recorre el sendero de tierra que la lleva a casa, en la sierra de Ávila.
Irás al discoteca por la noche, pero no sabes de qué quiere hablar Salvador. Verónica siempre le ronda, impide que otras chicas se acerquen. En el pueblo todo sabe que Verónica no deja paso a Salvador y se le pega al cuello como si fuera su sombra. Cruz ha visto a Salvador esquivar a Verónica cuando ella le invita a bailar en la pista.
Déjate, Verónica escucha Cruz, y la chica sólo se ríe.
No vas a escaparte, te enamorarás y te casarás, y aun así serás mía canta Verónica.
Si un chico me dijera eso, lo evitaría a toda costa, me daría vergüenza reflexiona Cruz.
En el discoteca, su corazón palpita con fuerza. Tiene diecinueve años, le espera toda una vida; sueña con casarse con un buen hombre, amable, y tener dos hijos.
Salvador es un buen chico, aunque tenga seis años más, pero su mirada me eriza la espalda se dice frente al espejo, admirando el vestido nuevo que le queda perfecto. Me ha acompañado a casa tres veces, siempre con discreción, sin tomarse de la mano, a diferencia de otros que se lanzan a abrazar.
El discoteca está ya lleno y ruidoso. Cruz entra y se cruza con la mirada de Salvador, que la esperaba; él se lanza hacia ella. Busca a Verónica con la vista, pero no la ve, tal vez llegue después.
Hola, Cruz le dice Salvador, vamos a bailar. La lleva al centro de la sala y suena Estrella brillante.
Sin tiempo de observar, ya bailan. Salvador, serio como siempre, deja entrever una sonrisa. La cercanía le acelera el pulso; la sostiene firme de la cintura. Bañados de música, siguen girando cuando Verónica aparece, lanzando una mirada fulminante a la pareja, mientras Salvador no deja de invitar a Cruz a moverse.
Antes de que terminen, Salvador susurra:
Cruz, salgamos a pasear.
Vamos acepta ella, y salen del discoteca mientras Verónica sigue bailando.
Caminan fuera del pueblo, en silencio, solo el crujir de los grillos y el frescor del río, con la niebla que se cuela entre los árboles. El aroma de hierbas silvestres llena el aire, quizá por la cercanía de Salvador.
Cruz, no quiero andar con rodeos, casa, cásate conmigo declara él.
Cruz se queda paralizada; no esperaba esa propuesta, creía que sólo confesaría su amor.
¿Qué pasa? se inquieta Salvador.
¡Ay, Salvador! No lo veía venir pero acepto responde, soltando una risa tímida, mientras él la abraza y la besa.
La boda es alegre, se casan por amor y ambos son felices. Tras la ceremonia, Cruz se muda a la casa de su marido, viviendo con sus padres. La familia política la recibe con cariño; aunque temía los cuentos de suegras, su relación con la madre de Salvador resulta excelente.
Cruz siempre sigue los consejos de su esposo, pues él es mayor y, según ella, el jefe de la familia. Salvador no la menosprecia, la apoya en los momentos difíciles. Pronto nace un hijo, y Cruz asume las tareas de madre; la suegra cuida al pequeño, incluso se levanta de noche para calmarlo.
Tres años después, llega una hija; los abuelos adoran a los nietos. Cruz no se agobia con los niños porque su madre y su suegra le echan una mano constante.
Cruz, construiremos una casa dice Salvador algún día. Todo hombre debe tener su hogar. Ella aprueba y él se pone a trabajar.
El hijo tiene cinco años, la niña aún es pequeña, y a Cruz le alegra la noticia. Lleva tiempo deseando vivir independiente, aunque sus suegros la traten bien; ser dueña de su propia casa le atrae.
En mi casa haré todo a mi manera, como me guste sueña Cruz. Los niños tendrán su habitación, y nosotros nuestra habitación de pareja. Expone sus ideas y Salvador las cumple.
Finalmente la casa está lista; se mudan y la alegría inunda el hogar. Salvador juega con los niños como si fuera uno más, corre tras el gato que han adoptado y les hace reír.
Cruz, ¿pensamos en un tercer hijo? sugiere Salvador. No me opongo.
Podemos considerarlo responde ella, sonriente. Ahora tenemos espacio, mira qué casa tan grande hemos construido.
Pero el destino no lo permite. De repente, Salvador se agarra el pecho tras el desayuno. Cruz lo ayuda a recostarse en el sofá y corre a buscar al médico. Cuando llega, Salvador ya ha fallecido.
El dolor de Cruz es enorme; ¿cómo vivir sola con los niños en la nueva casa?
Sólo quiero seguir viviendo, quizá con otro hijo, llora, sin encontrar consuelo. ¿Por qué se llevan a los buenos maridos? lamenta, quedando viuda con dos hijos.
Al principio sufre día tras día, recordando a Salvador, pero debe seguir adelante por los niños.
No tengo quien me acompañe ahora, pero debo resistir, hay gente que sigue viva se dice.
Trabaja en dos empleos para que sus hijos no les falte nada, aunque sus padres la ayudan. Poco a poco recupera su aspecto, aparecen hombres que le proponen matrimonio, pero ella no piensa en eso hasta que sus hijos sean mayores.
¿Y si los niños no aceptan a otro, o él no será un buen padre, o los maltratará? mil preguntas giran en su cabeza, y decide esperar. Cuando mis hijos crezcan, quizá lo vuelva a intentar.
Los hijos crecen: el hijo se gradúa en la Universidad, la hija termina el colegio, ambos forman sus propias familias y Cruz ya tiene dos nietos. Tiene cuarenta y ocho años. Los fines de semana la visitan hijos y nietos. Un día su hijo le dice:
Mamá, sigues joven y guapa, no vivas sola, busca a alguien decente y cásate. No queremos que la soledad te haga sentir vacía.
Hijo, también lo he pensado, pero no sé si encontraré a alguien como Salvador. Rechazo a los pretendientes porque muchos beben, pelean o no trabajan. Yo tengo mi casa y mis ocupaciones, y todo tiende a decaer, ¿sabes? Al menos tú eres aplicado.
Una vecina le presenta a su primo, Gregorio, viudo con hijos adultos. Gregorio llega en su coche, trae regalos y una botella de vino de la zona.
Cruz lo recibe con pasteles, pone la mesa y saca la botella de vino que le ha traído su hijo. La vecina asegura que Gregorio no bebe, pero él abre la botella y sirve dos copas, una para él y otra para ella.
Mientras comen, Cruz observa que Gregorio se ha bebido casi toda la botella. Él comenta:
Vaya, qué buen vino tienes, Cruz, ¿de dónde lo sacaste? No había probado nada igual.
El hijo lo trajo responde ella, notando el brillo en los ojos de Gregorio.
Gregorio, animado por el vino, dice:
Mira, Cruz, viviremos en mi casa. Tengo una casa grande, pero la mía también es buena, no la dejo. Allí pasé la mitad de mi vida y seguiré allí. Así que mañana te mudas conmigo. Podemos vender esta casa, ¿para qué te sirve?
Gregorio, mis hijos son dueños de esta casa, la construyó su padre replica Cruz.
¿Y entonces qué traes a mi casa? protesta él. No vienes con las manos vacías
Cruz se levanta y responde:
Gregorio, no funcionará entre nosotros. Vuelve a tu casa. Somos muy diferentes, no nos llevaremos bien.
¿Qué te pasa, Cruz? Solo nos conocemos dos horas y ya dices que no nos llevaremos bien replica Gregorio.
Ya no me interesa, lo tengo claro.
Cruz lo echa de la casa, sin importarle cómo llegue al pueblo conduciendo su coche, aunque haya bebido bastante. Cierra la puerta con llave.
En esta casa no habrá otro marido. Viviré sola. Que sea aburrido, que sea duro, que haya huerta y tareas, pero no necesito a ningún hombre se dice en voz alta y se ríe.
Anoche, Cruz, no pienses en hombres, ya no hay como Salvador. Viviré sola por mis hijos y nietos. La soledad no engalana la vida, pero tampoco quiero cualquier compañía, así que la vida sigue.







