La segunda petición de matrimonio o la importancia de hacer regalos a los hombres

Life Lessons

La pareja llevaba ocho años casados. Él hacía de todo por ella: la cuidaba, la protegía, la mimaba sin medida. Todo el mundo le decía a la mujer lo afortunada que era con semejante marido. Una vez, ella perdió su alianza en la playa de la Concha y, esa misma semana, su esposo apareció con un anillo nuevo.

Para que todo el mundo sepa que estás ya pillada y que eres mía le explicó, al entregarle el regalo envuelto con más esmero que un paquete de turrón.

A ella, para qué negarlo, le hacía ilusión tanto la atención constante como los regalos caros. Se refugiaba tras su marido como tras la muralla de Ávila y, la verdad, ni se percataba de que recibía mucho más de él de lo que daba. Jamás le hacía un regalo por su cumpleaños como mucho, organizaba una cena romántica tirando de reserva en El Botillo de la esquina mientras que él, además del clásico ramo de rosas, siempre sorprendía con algo original y con un buen pico gastado en ello. En cuanto a cocinar, tampoco se lucía: después de trabajar ambos todo el día prefería el bocadillo rápido o pedir algo a domicilio, porque eso de preparar paella juntos era cosa de otros.

Él nunca le echó nada en cara, pero su madre sí.

Tú, luciendo tu segundo anillo, y tu marido sin ninguno. ¿No se te ha ocurrido comprarle uno en estos años? Todas las chicas se le quedan mirando como no lleva alianza, nadie sabe que está casado.

Eso a la mujer sí que le dolió. Prefería que no mirasen a su marido, ya que, admitámoslo, era más guapo que una tarde en la plaza Mayor. Ni se le había pasado por la cabeza que la falta de anillo pudiera tener algo que ver.

El caso es que, en su boda, no les dio para más que un solo anillo de oro, y él tuvo que pedir prestado el suyo a un amigo solo para la ceremonia, devolviéndolo acto seguido. Luego, cuando ya pudieron permitírselo, él nunca llegó a comprarse uno: siempre había otro gasto antes que ese pequeño lujo.

Sin buscar más excusas ni pensar en fechas señaladas, la mujer se fue de compras al centro de Madrid y le compró un anillo sencillo de oro, sin filigranas. Aquella tarde, cuando él llegó a casa, le esperaba encima de la mesilla una cajita de terciopelo.

¿Qué es esto? preguntó él, sin entender nada. ¿Te has comprado algo nuevo?

Es para ti contestó ella, intentando no emocionarse demasiado.

Por supuesto, él no se esperaba nada de eso. Pero al abrir la caja y ver el anillo, se quedó de piedra (y eso que no era de Salamanca).

¿Lo has comprado para mí? repetía, poniéndose el anillo en el dedo anular y abrazando a su mujer como si acabasen de ganar una cesta de Navidad. ¡Gracias! Pensaba proponerte que lo eligiésemos juntos, pero recibirlo así, de ti, ha sido tan especial. ¿Esto cuenta como tu segunda pedida de mano?

Se rieron, se fundieron en un abrazo y se metieron juntos en la cocina, dispuestos a hacer la cena a medias, porque el fin de semana estaba a la vuelta de la esquina y, por una vez, el menú no dependía de un bocadillo ni de una aplicación de reparto.

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