Ruptura por defecto
Todo va a ir bien susurré, intentando que mi voz sonara convencida. Inspiré hondo y pulsé el timbre. La noche prometía ser complicada, ¿pero cómo podía ser distinto? Conocer a los padres siempre es un salto al vacío…
La puerta se abrió enseguida. En el umbral estaba doña Carmen Rodríguez. Impecable: el pelo recogido en un moño pulcro, vestido de línea recta, maquillaje suave y discreto. Observó fugazmente a Paula, reparó en la cesta de pastas que llevaba en la mano, y después apretó los labios casi imperceptiblemente. Fue un gesto rápido, difícil de captar, pero Paula lo notó.
Pasad dijo doña Carmen, retirándose a un lado para dejarnos entrar, con una voz más ceremonial que cálida.
Entré sin mirarla, y Paula me siguió, saltando el umbral con cierta cautela. El piso nos recibió con luz tamizada y un aroma tenue a incienso. Era acogedor, aunque todo resultaba meticulosamente perfecto. Ni un objeto fuera de lugar, ningún libro olvidado o una bufanda descuidadamente abandonada. La armonía general gritaba control y orden.
Doña Carmen nos acompañó hasta el salón: una estancia amplia, presidida por una ventana cubierta con gruesas cortinas color crema. El sofá, tapizado con tela costosa, ocupaba el centro junto a una mesa baja de madera oscura. Nos señaló el sofá con un gesto seco.
¿Queréis té? ¿Café? preguntó, sin mirar apenas a Paula, su tono plano, como si cumpliera con un trámite más que mostrando hospitalidad.
Un té estaría bien, gracias contestó Paula, procurando que su voz sonara serena y cordial. Dejó la cesta en la mesa, desató la cinta y levantó la tapa. El aroma de las pastas caseras llenó el salón. He traído pastas, las hice yo misma. Si quiere probarlas…
Durante una fracción de segundo, doña Carmen posó la vista en la cesta y asintió.
Muy bien. Ahora mismo traigo el té.
Cuando se marchó a la cocina, me incliné hacia Paula y musité:
Perdona. Mi madre es siempre así un poco distante.
No pasa nada sonrió Paula, apretando mi mano. Lo importante es que estamos juntos.
El silencio se adueñó del salón mientras la madre preparaba el té. Paula paseó la mirada por la estancia: todo en su sitio, bonito, pero inexplicablemente impersonal y frío. Parecía la casa piloto de una inmobiliaria antes que un hogar vivido.
Doña Carmen regresó pronto, con una bandeja donde reposaban tazas de porcelana con motivos florales, una tetera de plata y un plato con las pastas ordenadas con mimo. Sirvió el té y se sentó frente a nosotros, cruzando las manos sobre las rodillas.
Bueno, Paula comenzó, observando a la chica como si quisiera desmenuzar cada detalle de su presencia, hasta la forma de sostener la taza, Juan me ha contado que estudias ¿para maestra de infantil?
Sí, estoy en tercero asintió Paula, dejando la taza para no mostrar el temblor leve de sus manos. Me encanta trabajar con niños, me parece importante ayudarles a desarrollarse y descubrir el mundo.
Con niños repitió la señora Carmen, alzando una ceja. Es una labor digna, sí. Pero sabes que el salario de una maestra de infantil no es alto, ¿verdad? Hoy en día hay que pensar en el futuro, en la estabilidad.
No tardé en interrumpir, quizá con más vehemencia de la prevista:
Mamá, no hace falta hablar ya de dinero. Lo fundamental es que le gusta su vocación. Ya nos apañaremos. Lo importante es apoyarse el uno al otro.
Ella giró la cabeza y guardó silencio unos instantes, bebiendo su té con parsimonia.
Amar tu trabajo es precioso, sí concedió por fin, dirigiéndose de nuevo a Paula. Pero la realidad es otra. ¿Ya sabes dónde piensas trabajar al terminar? ¿Tienes planes concretos para los próximos años?
Paula respiró hondo y respondió, serena:
Sí. Me gustaría entrar primero en una guardería, para ganar experiencia. Luego estudiar cursos enfocados en la atención a niños con necesidades especiales. Sé que será difícil, pero me motiva, creo que es realmente mi vocación.
Carmen asintió en silencio, cauta, reservando su opinión. La observaba calculadora, buscando entender hasta dónde llegaban los límites de Paula.
No espero que Juan me mantenga añadió Paula con claridad. Quiero trabajar y ser independiente; aportar a nuestra familia, no solo económicamente. Prefiero ganarme la vida con lo que me hace sentir realizada.
Interesante murmuró Carmen. Pero, ¿no te has planteado otra profesión? Con tu presencia podrías probar en ventas, o marketing. Los sueldos son mucho mejores.
Iba a intervenir, pero Paula levantó la mano, decidida.
¿Y usted en qué trabaja? preguntó de pronto, mirándola a los ojos.
La pregunta a Carmen la desconcertó, pero se recompuso enseguida:
No trabajo fuera. Mi marido siempre ha podido mantenernos. Yo llevo la casa y le ayudo con temas de organización. Es trabajo, aunque no lo paguen.
Lo entiendo asentó Paula con firmeza. Pero si una elige quedarse en casa, ¿por qué exigen a las demás buscar solo una nómina abultada, dejando de lado su propio deseo? Yo no quiero que Juan me sustente.
El silencio se hizo en el salón. Carmen miraba ahora a Paula con aire escrutador.
Mi marido insistió en que dejara de trabajar, porque él sí podía añadió finalmente. Pero Juan
Sentí el estómago encogerse. Miré a mi madre, de gesto pétreo, y a Paula, que mantenía el tipo, aunque sus ojos mostraban ya perplejidad.
Paula, tú sabes dije a media voz, inseguro. Mamá solo quiere lo mejor para nosotros, que no tengamos que lidiar con problemas evitables.
Paula me miró con sorpresa. Hace un momento le mostraba mi apoyo y ahora parecía dar la razón a mi madre. Sentí su decepción.
¿Así que opinas como ella? preguntó, con el tono templado. Dices que no debería dedicarme a lo que amo sólo porque se gana mejor en otro sitio.
No digo eso exactamente Pero mamá tiene razón en algo: hay que pensar en el futuro, en la estabilidad. No podemos vivir solo del presente, tenemos que asumir responsabilidades.
Carmen me dedicó una mirada satisfecha, después giró nuevamente hacia Paula y adoptó un tono más suave, pero irreductible:
Dime, Paula, ¿crees de verdad que mi hijo debería abandonar su sueño? Juan siempre ha deseado ser periodista, viajar, escribir Y ahora parece que debe renunciar a todo por sostener una familia
Paula iba a contestar, pero no la dejé:
Mamá, yo
No, Juan me interrumpió mi madre. Dímelo tú. ¿Estás dispuesto a tirar por la borda tus ilusiones solo por una chica? ¿Vas a sacrificar los reportajes, los viajes, todo por una relación?
Me quedé helado. Miré a Paula, que aguantaba con dignidad, dándome espacio para elegir. En mi interior chocaban dos versiones de mí mismo: uno que quería luchar por Paula, otro que temía que mi madre tuviera razón.
No quiero renunciar a mi sueño. Pero tampoco quiero perder a Paula. Creo que podemos encontrar un equilibrio. Seguir trabajando como periodista, aunque tenga que viajar menos. Y que Paula esté conmigo, apoyándonos.
Carmen resopló y negó con la cabeza, pero se calló, echándose hacia atrás en el sillón.
Qué curioso dijo Paula con media sonrisa. ¿Así que Juan no puede renunciar a lo suyo, pero yo sí? ¿Yo tengo que buscar un trabajo mejor pagado mientras él disfruta de lo que le gusta? No tiene lógica, ¿verdad?
Bajé la mirada, nervioso. Sentía las manos heladas sobre la taza de porcelana. Mi mente giraba en bucle. No hallaba un punto común entre madre, Paula y yo.
Quizá podamos compaginarlo musité, esquivando las miradas.
¿Compaginar? se burló mi madre, dejando claro que sabía que eso era imposible. Ya lo sabes, Juan: una profesión hay que vivirla a fondo, no a medias. La vida no permite medias tintas.
Quise replicar diciendo que los tiempos han cambiado, pero las palabras se me atascaban. Mamá tenía el don de hacerme sentir un crío ante el mundo.
Creo que por hoy es suficiente sentenció doña Carmen, incorporándose con su habitual dignidad. Ya anochece, y por esta zona se comenta que no es segura por las noches. Será mejor que te marches, Paula. Juan, tú y yo tenemos que hablar muy seriamente ahora mismo.
No admitía discusión, era una orden disfrazada de consejo.
Intenté protestar:
Mamá, ¿puedo al menos acompañarla hasta el metro?
Tú, ni lo pienses me cortó casi sin girarse. Me preocuparía. Quédate.
Me desmoroné. Bajé los hombros, dejando las manos sin fuerza sobre las rodillas. Sabía que insistir era inútil.
Lo siento, Paula susurré. Mejor vete sola. Pide un Cabify, ¿vale?
Paula asintió en silencio. No discutió con mi madre, ni se defendió. Simplemente dejó su taza sobre la mesa, cogió su bolso y se levantó.
Está bien dijo fría pero educadamente. Me marcho ya.
Recolocó el jersey mientras se dirigía a la puerta. No sonreía. Solo quería irse cuanto antes de aquel piso donde cada objeto subrayaba que no era bienvenida.
Gracias por el té dijo, con una cortesía que esta vez sonó cortante, más regla que deseo.
Adiós respondió Carmen, sin mirarla siquiera, con la cabeza girada hacia otra parte, como si Paula ya no mereciera ni saludo.
Paula salió despacio. Yo la vi desde el sofá, derrotado, la mirada pegada al suelo. No fui capaz ni de llamar su nombre. Ese silencio escribió el punto final.
En la calle, Paula aspiró hondo el aire fresco del atardecer. La tensión seguía atenazándola. Dolor, rabia, decepción Todo se le agolpaba en la garganta. Por fin estaba claro: para Juan, su madre siempre vendría primero.
Paula caminaba deprisa, casi huyendo de sus propios pensamientos, repitiéndose: “Ni siquiera intentó defenderme. No me dijo a su madre que respetara mi elección. Prefiere agradarla a ella antes que apoyarme a mí”. Apretaba los puños en los bolsillos. Quería gritar, pero lo único que hizo fue contener las lágrimas con dificultad.
Llegó a casa ya entrada la noche. Las calles de su barrio estaban vacías y las farolas brillaban sobre el asfalto húmedo tras la lluvia. Cerró la puerta, se quitó los zapatos, se dejó caer en el taburete del recibidor. El silencio era como un abrazo tibio que invitaba por fin a relajarse, a dejar de fingir.
Mirando al vacío, notó cómo se le pasaba el torbellino. Los pensamientos se ordenaban, menos tormentosos. Entendió que aquello no era el fin del mundo; solo el final de una historia que probablemente nunca debió comenzar. Aspiró aire, lo soltó despacio. Mañana sería otro día, otra oportunidad. Supo que saldría adelante.
***********************
Al día siguiente, Paula no contestó ninguna llamada de Juan. El móvil vibró varias veces en su bolsillo, pero ella lo miraba y lo guardaba sin responder. Necesitaba tiempo para aclararse, para decidir lo que deseaba de verdad. ¿Merecía la pena vivir eternamente entre la madre y él, compitiendo por ser escuchada? Imaginó el futuro: cada decisión pasaría antes por el filtro de Carmen Rodríguez, y eso la angustiaba.
Durante días, Paula cumplió rutinas: clases, trabajos, cafés con compañeras. Iba en automático, sin querer recordar la última noche: la falta de apoyo, el silencio de Juan.
Unos días después, regresando a casa tras la universidad, lo vio esperándola en el portal. Estaba encorvado, manos en los bolsillos, los ojos bajos. Me acerqué a ella con cierta timidez, miedo de que me rechazase antes de escucharme siquiera.
Tenemos que hablar dije, mirando hacia el suelo. Mi madre en fin, piensa que no eres para mí.
Paula alzó las cejas. No reaccionó, solo mantuvo la compostura.
¿Y tú? le preguntó, seria.
Titubeé, incapaz de mirar sus ojos.
Bueno es mi madre. Solo quiere que yo esté bien. No quiero defraudarla.
No había firmeza ni convicción en mi voz. Todo sonaba a excusa más que a argumento sólido. Paula me miró en silencio. ¿Realmente era eso lo que sentía o solo evitaba afrontar la verdad?
¿Así que estás de acuerdo con ella? insistió, aunque ya conocía la respuesta.
No, no es eso Pero no puedo ignorarla, es mi familia. No puedo darle la espalda.
Esperaba que ella encontrase solución, que improvisara algo para sacarnos del embrollo. Pero Paula no dijo nada. Pensó: “¿Y si esto nunca cambia? ¿Si cada vez que surja una decisión importante, él mira antes a su madre que a mí?”
¿De verdad quieres estar conmigo? me preguntó, sin apartar la mirada.
No supe qué decir, sólo bajé los hombros, derrotado.
Paula asintió, como si corroborase sus sospechas. No pidió explicaciones ni suplicó. Se dio la vuelta y entró al portal, dejándome solo en la acera.
Me quedé plantado, observando su espalda desaparecer. Me pregunté, en esa soledad, si había actuado bien.
Esa noche Paula salió a pasear. Las calles estaban silenciosas, alumbradas a intervalos por las farolas. En el aire flotaba ese olor a hojas húmedas, a lluvia y tierra, a principio de otoño. Caminó sin rumbo, permitiendo que sus pensamientos fluyeran.
De repente, se echó a reír. Fue una risa ligera, casi ingenua, espontánea. Se paró y, mirando las luces a lo lejos, entendió: quizá habrá dificultades, pero sabrá enfrentarlas. Porque, después de todo, ya no tiene que vivir a la sombra de nadie ni justificar su valor ante los demás. Era libre. Y eso, después de todo, lo era todo.







