La receta de la felicidad… Todo el portal observó cómo se instalaban los nuevos vecinos en el segundo piso: la familia del jefe de sección de la fábrica, pieza clave de una pequeña ciudad de provincias. – ¿Y por qué han decidido vivir en un piso antiguo? – comentaba la jubilada doña Nina Andrés a sus amigas. – Con sus contactos, podrían haber pillado un piso en una urbanización nueva. – No juzgues por ti, mamá. Aquí vivimos en una “staliniana”: techos altos, habitaciones separadas y grandes, un recibidor amplio, y la galería parece otra habitación… – le replicaba su hija Anica, de treinta años, soltera y de maquillaje llamativo. – Además, ya tienen línea fija. No todos en nuestro bloque tenemos teléfono, solo tres de nueve pisos… – A ti solo te gusta chismorrear por el teléfono – le cortó su madre. – No te atrevas a irte a cotillear con esos, que son gente seria y ocupada… – Tampoco tanto, son jóvenes, la niña tiene nueve años, se llama Natalia… – respondía Anica, – casi de mi edad, bueno, cinco años mayores quizás. Los nuevos vecinos resultaron amables y sonrientes: Lidia trabajaba como bibliotecaria de colegio y Juan ya llevaba diez años en la fábrica. Anica lo contaba todo por el patio, donde solía sentarse con las vecinas junto a su madre. – ¿Y cómo sabes tanto ya? – preguntaban las demás mujeres, – eres peor que una fiscal. – Porque voy a llamar desde su casa. Ellos, a diferencia de algunos, me dejan – insinuaba Anica a las veces que le negaron abrir la puerta cuando sabían que se podía tirar media hora al teléfono. Así Anica se fue presentando y llamaba continuamente: a amigas o a compañeros del trabajo, quedándose horas, llegando a casa de los vecinos con modelitos nuevos o batas cómodas, intentando hacer amistad con la pareja. Un día vio cómo Juan cerraba la puerta del salón donde veía la tele en cuanto ella se ponía al teléfono. Aquello se repitió varias veces. Anica sonreía a Lidia e iba a la cocina después del teléfono, pero Lidia solo asentía y le pedía por favor que cerrara la puerta al salir. – No puedo, Lidia, tengo las manos llenas de harina – decía Lidia levantando las manos – y la puerta se cierra sola, es una cerradura francesa. – ¿Estás horneando otra vez? ¡Vaya cantidad de repostería haces siempre! Yo no tengo ni idea… – respondía Anica. – Sí, son bollitos de requesón para el desayuno. Pero por la mañana no da tiempo, así que aprovecho ahora… – Lidia sonreía y volvía a su masa. Anica se marchaba molesta por la frialdad. – Oye, Lidia, entiendo que te incomode decírselo, – comentó Juan una tarde, – pero nuestro teléfono está ocupado todas las noches por esa señorita, y mis amigos no pueden llamarnos. Así no puede ser. – Sí, entra como si fuese su casa y se queda horas… – coincidió su mujer. Esa tarde, Anica, arreglada y maquillada, volvió a sentarse en el recibidor para hablar por teléfono con su amiga. – Anica, ¿vas a terminar pronto? Esperamos una llamada – le avisó Lidia a los diez minutos. Anica asintió, colgó, pero sacó una tableta de chocolate: – Hoy vengo con dulce. ¿Tomamos el té para celebrarlo? Entró en la cocina y dejó el chocolate en la mesa. – No, mejor guárdalo. Si Natalia lo ve se va a antojar, y no puede comer dulce. Es alérgica. Así que nada de merienda. No te ofendas, pero aquí el chocolate es tabú. – ¿Tabú? ¡Vaya! Bueno, como queráis. Era para daros las gracias. – No hace falta que agradezcas nada, pero tampoco llames tan a menudo, salvo para urgencias, llamar al médico, ambulancia o bomberos, eso sí, a cualquier hora – se esforzó en explicar Lidia; – llaman a Juan del trabajo y Natalia se distrae del estudio. Anica cogió su chocolate y se fue sin replicar, convencida de que Lidia la rehuía por celos. – Está claro que sabe que soy más joven y guapa, por eso se pone celosa, – le contaba a su madre, – quería ser cordial, ni té me ha ofrecido… ¡y yo con mi chocolate! – Qué cabeza tienes… Te lo he dicho: no se mete una en la familia ajena – replicaba la señora Nina Andrés. – Ya te han dejado claro cuál es la puerta. Si quieres amigos, cásate, pon teléfono y deja que vengan a llamar a casa. Como último intento para acercarse a Lidia, Anica llegó con una libreta para pedirle la receta de los bollitos. – Venía a pedirte la receta de los bollitos de requesón. Ya es hora de aprender algo… – Pregúntale mejor a tu madre, las nuestras saben mucho. Yo lo hago a ojo y no tengo cantidades exactas – respondió Lidia, – además, hoy voy con prisa. A tu madre, a tu madre. Anica volvió a casa y, sin mucho convencimiento, fue buscando en la gastada libreta de recetas de su madre, repleta de apuntes de ensaladas, croquetas y pescado en escabeche. No le apetecía cocinar, y su madre hacía tiempo que no horneaba, por la salud. Sin embargo, encontró la receta con sorpresa de su madre. – ¿Será que piensas hornear en serio? – preguntó doña Nina Andrés. – ¿Y por qué te sorprende? – Anica dobló la hoja y cerró la libreta. – ¿Será que te has arreglado con Slavito? – inquirió la madre, – pensaba que habíais roto como con los anteriores. – ¿Y por qué íbamos a romper? – replicó Anica. – ¡Pues venga! Ya es hora de casarte. ¿Qué buscabas en la libreta? Quizás yo pueda ayudarte… – No hace falta, mamá. Me preparo mentalmente. A los pocos días, la casa olía a repostería cuando la madre volvió. – ¡Esto sí que es novedad! Huele a bollos – exclamó la madre – ¡Estás enamorada, fijo! – Baja la voz, mamá, – sonrió Anica – ven a probar. Y no son bollos, son bollitos de requesón. Tradicionales. La tetera en la cocina, las tazas y una fuente de doradas “rosquillas” ya en la mesa. – Tienes madera, hija, hace siglos que no horneabas conmigo y ha quedado muy rico… – Mamá, dime la verdad, ¿de verdad han salido bien? – ¡Pruébalos! ¡Están riquísimos! Anica recordó las palabras de su padre: “están comestibles”. – Pronto invitaré a Slavito a merendar. ¿Crees que le gustarán? – Seguro. Su padre no podía resistirse a estos bollitos… – se reía su madre. A partir de entonces, Slavito comenzó a ir a casa de Anica. Menos peleas, más risas, y madre acostumbrada a verla más en la cocina, ayudada por su novio. El día que anunciaron que se casaban, Nina Andrés no pudo contener la emoción: por fin… Anica cambió: adelgazó para la boda. Slavito le preguntaba a menudo: – ¿Ya no preparas bollitos? ¿Me harás empanadas para la boda? Prepararon la boda en casa: Anica con su madre y su tía. Cocinaron dos días, aunque apenas esperaban veinte invitados, casi todos familiares. La joven pareja se instaló en una habitación independiente del piso familiar. Un año después, pusieron teléfono en todas las casas del bloque. Anica llamaba a todos, pero ya no se enrollaba tanto: – Rita, lo dejamos aquí, tengo la masa subiendo y Slavito vuelve del trabajo. Hasta luego. Corría a la cocina, la masa subida como un almohadón, y con el corazón lleno: ya embarazada, de baja en breve, pero sin dejar de hornear para su marido, para ella, para los dos: bollitos de requesón caseros, deliciosos. Y su esposo la adoraba, por esos dulces y por todo el cariño que le daba.

Life Lessons

Receta de la felicidad…

Todo el portal observa cómo la familia nueva se muda al segundo piso. Son la familia del jefe de taller de una fábrica importante para esta pequeña ciudad de provincia.

¿Y cómo se les ha ocurrido venirse a vivir a este edificio antiguo? pregunta la jubilada Carmen Molina a sus amigas. Con los contactos que tienen podrían haber conseguido un piso en una de esas urbanizaciones nuevas.

No juzgues por ti misma, mamá. ¿Para qué querrían mudarse a un bloque moderno si aquí tenemos un edificio clásico con techos altos, habitaciones amplias e independientes, un recibidor grande y una terraza que parece una habitación? le responde su hija, la soltera Clara, de treinta años, siempre con un maquillaje llamativo. Además, les han puesto el teléfono nada más llegar. Aquí en el edificio sólo hay tres teléfonos entre nueve pisos…

Tú siempre pensando en llamar y charlar por teléfono le corta Carmen a su hija, tienes ya aburridos a los vecinos. Ni se te ocurra ir a casa de los nuevos a molestar; son gente seria y ocupada…

Pues tampoco son tan serios, mamá. Son jóvenes, tienen una niña de apenas nueve años que se llama Lucía responde Clara, molesta, mirándola. Si casi tienen mi edad, serán cinco años mayores como mucho.

Los vecinos nuevos resultan ser amables y simpáticos. Pilar trabaja en la biblioteca del colegio e Ignacio lleva ya diez años en la fábrica.

Todo esto lo comenta Clara, cuando sale al patio por la tarde a sentarse con las amigas de su madre.

¿Pero cómo lo sabes todo ya? le preguntan las señoras. Clara, pareces abogada del diablo.

Porque voy a su casa a llamar. Ellos sí me dejan, no como otras lanza con tono de reproche a las veces que los vecinos le cerraban la puerta sabiendo que se pasaría media hora hablando de trivialidades con alguna amiga.

Así es como Clara termina intimando con los recién llegados, acudiendo a su casa para hacer llamadas a amigas y compañeras de trabajo, quedándose sin ningún reparo horas charlando al teléfono. Clara aparece a veces estrenando modelitos, otras en bata de andar por casa, muy en busca de amistad con la pareja.

Un día ve cómo Ignacio, al verla llegar de nuevo a telefonear, cierra la puerta del salón nada más ella pasa. Eso se repite varias veces. Clara sonríe a Pilar y le da las gracias cuando termina la llamada, asomándose a la cocina, pero Pilar sólo asiente y le pide que cierre la puerta al salir.

No puedo cerrarla, Pilar, que llevo las manos llenas de harina le enseña. Y la cerradura es de esas francesas, se cierra sola.

¿Qué estás preparando? ¿Otra vez bollos? Vaya, lo bien que huele siempre vuestra casa… Yo no tengo ni idea comenta Clara.

Voy a hacer bollos de requesón para el desayuno. Por la mañana no tengo tiempo de hornear, así que lo hago ahora responde Pilar sonriendo de vuelta a la masa.

Clara frunce el ceño, molesta por la frialdad de la relación.

Oye, Pilar, comprendo que te dé corte decirlo le comenta Ignacio en voz baja, pero nuestro teléfono está todo el rato ocupado por esta chica y mis amigos no pueden llamarme. No puede ser, mujer.

Sí, lo noto. Llega como si estuviera en casa, se sienta y habla sin parar… asiente Pilar.

Esa misma tarde, Clara aparece acicalada, se sienta en el taburete junto al recibidor y empieza a hablar con una amiga.

¿Te falta mucho, Clara? Esperamos una llamada le dice Pilar a los diez minutos.

Clara asiente, termina la conversación y, sacando una tableta de chocolate del bolso, sugiere:

Hoy traigo dulce, ¡vamos a tomar un té para celebrar que nos hemos conocido!

Se va a la cocina y deja la tableta sobre la mesa.

No, por favor, guárdalo. Si lo ve Lucía, lo va a querer y no puede tomar dulces, es alérgica. Así que, té, nada. Lo siento mucho, pero el chocolate, en esta casa, está prohibido.

¿Prohibido? se sonroja Clara. Bueno, yo sólo quería agradeceros, de corazón.

No hace falta agradecer, pero tampoco puedes venir tan a menudo a hacer llamadas, salvo que sea una emergencia: médico, ambulancia, bomberos. Eso, por supuesto, a cualquier hora, responde Pilar con esfuerzo. Pero el resto, mejor no. Mi marido espera llamadas del trabajo, Lucía tiene que hacer los deberes y evitamos el ruido.

Clara recoge de nuevo el chocolate y, sin decir nada, se va. No comprende esas actitudes y está convencida de que Pilar simplemente le tiene celos por su marido.

Sabe que soy más joven y resultona que ella le comenta a su madre. Pero yo lo único que quería era ser amable, ni té me ofreció… ¡y yo con mi chocolate!

¡Qué niña más cabezota y tonta eres! le reprocha Carmen. Seguro que te he malcriado. No hay que meterse en la vida de las familias ajenas. Tus llamadas no les hacen falta y su casa no es la portería. Así que te han puesto en tu sitio, y todavía te ofendes. Déjate de celos. Búscate un novio, pon tú un teléfono y deja que los vecinos vayan a tu casa a llamar si quieren. Así harás amigas.

El último intento de Clara por acercarse a Pilar es cuando se presenta con una libreta:

Pilar, quería pedirte la receta de esos bollos de requesón. ¡Ya me va tocando aprender algo! La apunto y ya me voy a practicarlos.

Pregúntale mejor a tu madre, seguro que sabe más. Ellas sí que sabían de esas cosas se extraña Pilar. Yo la masa la hago a ojo, nunca he seguido cantidades fijas. Las manos ya saben solas. Además, voy con prisa, Clara, ¡pregúntale a tu madre!

Clara, otra vez nerviosa, vuelve de mala gana a casa. Sabe perfectamente que Carmen guarda en un mueble de la cocina un cuaderno viejo y manchado, lleno de recetas: ensaladas, albóndigas, sopas, incluso pescado relleno, y muchos postres que antes preparaba a menudo.

Pero a Clara no le apetece hornear, y su madre hace tiempo que dejó la repostería por el peso y la tensión.

Aun así, Clara saca el cuaderno y, hojeándolo distraída, encuentra la receta exacta que buscaba, para sorpresa de Carmen.

¿A que vas a hornear algo? le pregunta su madre, ilusionada.

¿Y por qué te sorprende? responde Clara, doblando la página elegida antes de cerrar el cuaderno.

¿No será por Jesús? Pensaba que tú y él ya habíais terminado, como todos tus pretendientes.

Pues no hemos terminado responde enfadada. Verás cómo vuelve a estar detrás de mí cuando le dé la gana.

Pues que sea pronto, hija, ya va tocando boda. ¿Qué has mirado, te ayudo? se interesa Carmen.

No hace falta. Me estoy mentalizando elige Clara.

Un par de días después, cuando Carmen vuelve del paseo, huele el aroma a repostería recién hecha.

¡Qué bien huele! ¿Desde cuándo aquí se hacen bollos? se asombra. Esto es porque te has enamorado, hija, ¡nunca has cocinado por gusto!

No digas nada, mamá, ven a probar. No son bollos cualquiera, son de requesón, los de toda la vida.

En la mesa ya humea un té recién hecho, con la tetera preparada y el plato repleto de bollos brillantes como soles.

Tienes arte, hija. Hace tanto que no hacíamos repostería juntas… pensaba que se te habría olvidado, pero has salido a tu madre después de todo le dice Carmen.

No me digas cosas bonitas, ¡dame tu opinión sincera! pide Clara.

Tú misma lo puedes decir. ¡Pruébalos! responde su madre. En ese momento Clara recuerda a su padre, y el elogio que solía decir él: es comestible. El mayor halago.

Pues nada, voy a invitar pronto a Jesús a merendar. ¿Crees que le gustarán?

Seguro. A tu padre lo conquisté a base de estos mismos bollos se ríe Carmen. ¡Tú hazlos y verás! Yo me iré a ver una película con mi vecina. Por fin has espabilado: los hombres no se enamoran sólo con vestidos y rizos.

Así Jesús empieza a visitar a Clara. Discutían menos y Carmen se acostumbra a ver a su hija en la cocina, con Jesús ayudando y el alegre bullicio de ambos.

Cuando Clara le cuenta a Carmen que han ido al registro civil, a formalizar la boda, a Carmen se le saltan las lágrimas: por fin

Clara cambia: pierde peso para estar guapa en la boda. Jesús a menudo pregunta:

¿Ya nunca haces bollos? ¿Vas a hacer para la boda?

El día de la boda, en casa, cocinan tres: Clara, Carmen y la tía Julia, la hermana de Carmen. Pasan dos días preparando todo, aunque sólo esperan a una veintena de familiares.

La pareja joven vive en la habitación grande del piso de tres dormitorios. Al año, ponen teléfono a todos los vecinos que quieren. Clara ya no gasta tanto tiempo al teléfono y termina las conversaciones rápidamente.

Mira, Rita, te dejo ya, que la masa ha subido y Jesús viene ya del trabajo. Un beso.

Se apura hacia la cocina donde la masa sube en el bol. Clara está embarazada y pronto cogerá la baja. Pero no para: sigue cocinando y horneando para complacer a su marido, además de disfrutar ella misma de los bollos de requesón. Caseros, de los que dan sabor a hogar. ¡Menuda delicia! Y Jesús la adora, por los bollos y por su cariñoCon la llegada del bebé, el aroma a bollos de requesón se convierte en la nueva señal de alegría del edificio. Ahora, cuando alguien sube la escalera, adivina al instante si Clara ha encendido el horno. Los vecinos, que antes la veían siempre apurada y parlanchina, comienzan a acudir, primero con cualquier excusa y pronto directamente a preguntar por la receta o a dejarle huevos frescos y leche. Incluso Pilar, la distante vecina, un día toca la puerta con Lucía de la mano.

No vengo ni a que me preste el teléfono ni a pedir azúcar le dice sonriendo. Lucía tiene que llevar algo casero al colegio y me he acordado de tus bollos. ¿Podrías mostrarme cómo los haces?

Clara les abre la puerta de par en par, mientras Carmen revuelve la masa y Jesús vigila otra tanda en el horno. Las risas resuenan por la casa: Lucía busca el cuaderno de recetas de la abuela Carmen, Jesús se ofrece a batir huevos, y Pilar descubre el secreto: no hay proporciones fijas, sólo el instinto alegre de las manos.

La vida en el edificio antiguo sigue su curso, un poco menos rígida, un poco más cálida. El teléfono suena menos pero el timbre suena más. Y cuando, desde la terraza, el aroma a bollos recién hechos recorre los pisos, todos en el portal concluyen que, al final, quizá la auténtica receta de la felicidad no estaba en el cuaderno de la abuela. Más bien, era compartir lo mejor de uno mismouna risa, un trozo de masa, una tarde cualquieray dejar que la casa, como la masa, subiera sola hasta sentirse hogar.

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