– Abuela, tengo que pedirte un favor. Necesito dinero. Mucho.
Mi nieto vino a verme por la tarde y se le notaba muy inquieto. Normalmente pasa por casa un par de veces a la semana, si me hace falta algo de la tienda o sacar la basura, él se ofrece enseguida. Hasta me arregló el sofá hace unos meses, que todavía aguanta de maravilla. Siempre le veo tranquilo, seguro de sí mismo. Pero ese día estaba nerviosísimo.
Siempre he sido precavida, porque hoy en día nunca sabes por dónde van a salir las cosas.
– Sergio, hijo, ¿puedo preguntarte para qué necesitas el dinero? ¿Y cuánto es eso de “mucho”? – sentí un nudo en el estómago al preguntarlo.
Sergio es mi nieto mayor, un chico noble y muy bueno. Acabó el bachiller hace un año, y ahora compagina la universidad a distancia con un trabajillo. Que yo sepa, sus padres nunca han tenido quejas con él. Pero, ¿para qué puede necesitar tanto dinero?
– No puedo contártelo ahora, pero te lo devolveré, abuela. Palabra. Solo que será en varias veces, no de golpe.
– Sabes que vivo de la pensión, hijo – no tenía claro qué decisión tomar -, ¿cuánto exactamente necesitas?
– Mil euros.
– ¿Y por qué no se lo pides a tus padres? – pregunté automáticamente, aunque ya me imaginaba la respuesta. Mi yerno, el padre de Sergio, siempre ha sido muy estricto. Dice que el chaval tiene que aprender a solucionar sus propios problemas por sí mismo, según su edad, y que no se le debe andar solucionando la vida.
– No me lo van a dar, abuela – dijo Sergio, confirmando lo que yo pensaba.
Me invadieron las dudas. ¿Y si está metido en algún lío? Y si le doy el dinero y complico más las cosas ¿O si no se lo doy y acaba peor? Le miré de reojo con preocupación.
– Abuela, de verdad, nada malo. Te prometo que en tres meses te lo devuelvo, confía en mí. ¿No confías en tu nieto?
Quizá debería darle el dinero. Incluso aunque no lo recupere. Al menos una persona en este mundo tiene que estar cuando te hace falta. No puede perder la fe en la gente. Ese dinero lo tengo ahorrado, por si acaso Y quizá el por si acaso haya llegado ya. Vino a mí, después de todo. Ya habrá tiempo de preocuparse de mi funeral más adelante, todavía no toca. Hay que pensar en los vivos. Y en confiar en los tuyos.
Dicen que si prestas dinero, es mejor olvidarse de él. Los jóvenes hoy en día son un misterio, nunca sabes por dónde salen. Pero por otro lado, Sergio nunca me ha fallado…
– Está bien, te lo dejo tres meses como dices. Pero, ¿no sería mejor que tus padres supieran algo?
– Abuela, tú sabes que te quiero mucho. Siempre cumplo mi palabra. Pero si no puedes, no pasa nada, saco un crédito, que para eso estoy currando.
A la mañana siguiente fui al banco, saqué los mil euros y se los entregué a Sergio.
Se le iluminó la cara, me dio un beso y me abrazó:
– Gracias, abuela, eres la mejor. Te lo devolveré, de verdad. – Y salió disparado por la puerta.
Me senté en la cocina, me puse una taza de té delante y me quedé pensando en cuántas veces en la vida me había visto yo necesitadísima de dinero. Y siempre, de una forma u otra, aparecía alguien que me echaba una mano. Hoy todo parece más complicado, cada uno va a lo suyo… Qué tiempos más difíciles vivimos.
La semana siguiente Sergio volvió, tan feliz como unas castañuelas:
– Abuela, toma, aquí tienes una parte, he cobrado el anticipo. ¿Te importa si mañana paso, pero no vengo solo?
– Claro, ven con quien quieras, ¡mañana te hago tu bizcocho de amapolas favorito! – le dije sonriendo. Ojalá así se aclarara todo. Tenía ganas de comprobar que Sergio de verdad estaba bien.
Esa tarde, Sergio llegó con una chica muy delgadita:
– Abuela, te presento a Carmen. Carmen, esta es mi abuela Pilar. La mejor abuela del mundo.
Carmen me sonrió con dulzura:
– Encantada, señora Pilar. Muchas gracias por todo.
– Pasad, por favor, qué alegría – me relajé por dentro. La muchacha me cayó bien desde el primer momento.
Nos sentamos a merendar, bizcocho y té en la mesa.
– Abuela, antes no podía contarte nada. Carmen estaba agobiadísima porque a su madre le surgió un problemón de salud de repente. Y nadie podía ayudar. Y claro, ella es muy de pensar que si cuentas las cosas, se gafan. Por eso me pidió silencio. Pero ahora ya está todo bien, a su madre la operaron y va a salir adelante – Sergio miró a Carmen y le cogió la mano -. ¿Verdad?
– Le estoy muy agradecida, de verdad, es usted un sol – Carmen se secó una lágrima discreta.
– Venga, Carmencita, no llores, todo ha pasado ya – Sergio se levantó. – Abuela, nos marchamos que es tarde, la acompaño.
– Claro, hijos, buenas noches, que todo os vaya bien – les dije, y como mi madre hacía, les hice la señal de la cruz.
¡Qué mayor está mi nieto! Es un buen chico, he hecho bien en confiar en él. No era solo cuestión de dinero; ahora estamos más unidos.
Dos meses más tarde Sergio me devolvió el resto y se sentó conmigo:
– Abuela, ¿te puedes creer que el médico dijo que llegamos por los pelos y que, si no hubieras ayudado entonces, todo habría salido mucho peor? Gracias, de verdad. No sabía cómo ayudar a Carmen Ahora sé que en la vida siempre aparece alguien que te tiende una mano cuando más lo necesitas. Lo que necesites, abuela, yo por ti lo que sea.
Le revolví el pelo como cuando era pequeño:
– Bueno, anda, vete, y traed a Carmen cuando quieras, que me alegra mucho veros.
– Por supuesto, abuela – y me dio un abrazo.
Cerré la puerta y me acordé de las palabras de mi propia abuela: A los tuyos siempre hay que ayudarles. Así es como lo hacemos en España, quien va de cara siempre encuentra a su gente a su lado. No lo olvides nunca.







