La petición del nieto. Relato – Abuela, necesito pedirte un favor, necesito mucho dinero. Mucho. El nieto vino a verla por la tarde. Se notaba que estaba nervioso. Normalmente, venía dos veces por semana a visitar a Lidia Fernández. Si hacía falta, iba a la compra, sacaba la basura. Incluso una vez le arregló el sofá, que aún aguanta. Y siempre tan tranquilo, seguro de sí mismo. Pero aquella tarde estaba hecho un manojo de nervios. Lidia Fernández siempre vivía con cierta inquietud —¡con todo lo que pasa hoy en día! – Denis, ¿puedo preguntarte para qué necesitas dinero? ¿Y cuánto es “mucho” exactamente? – Por dentro, Lidia se tensó. Denis era su nieto mayor. Buen chico, noble. Había terminado el colegio el año pasado. Trabajaba y estudiaba a distancia. Sus padres nunca le habían dado problemas. Pero, ¿para qué necesitaba tanto dinero? – No puedo decirte aún el motivo, pero te lo devolveré, aunque será poco a poco – Denis dudó – no podría ser todo de golpe. – Sabes que yo vivo de la pensión, – Lidia no sabía qué hacer – ¿Cuánto necesitas? – Cien mil. – ¿Por qué no se lo pides a tus padres?, – preguntó Lidia casi de manera mecánica, sabiendo ya la respuesta. Su padre, su yerno, siempre había sido muy estricto y pensaba que su hijo debía resolver las cosas solo, según su edad. Sin meterse donde no debía. – No me lo darían, – confirmó Denis, como ella esperaba. ¿Y si estaba metido en algún lío? Si le daba el dinero, ¿sería peor? ¿Y si era todo lo contrario, y si no se lo daba Denis tendría problemas? Lidia miró a su nieto interrogante. – Abuela, no pienses mal, – dijo Denis al ver su mirada – te juro que en tres meses te lo devuelvo… ¡De verdad! ¿No confías en mí? Quizá debo dárselo. Aunque no lo devuelva. Siempre debe haber alguien en el mundo que te apoye. No debería perder la fe en las personas. Ese dinero lo tengo guardado por si acaso. ¿Y si este es ese acaso? Ha venido a mí. Y de pensar en mi funeral, ya tendré tiempo. Ahora lo que cuenta es ayudar a los vivos. Y confiar en los tuyos. Se dice: Si das dinero prestado, considéralo perdido. Los jóvenes hoy son tan impredecibles… nunca sabes qué piensan. Pero nunca me ha fallado. – Está bien, te lo dejo. Como pides, tres meses. Pero quizás sería bueno que tus padres se enterasen. – Abuela, sabes que te quiero mucho y siempre cumplo lo que prometo. Pero si no puedes, me pediré un crédito, que trabajo. A la mañana siguiente, Lidia fue al banco, retiró la cantidad y se la dio a su nieto. Denis se iluminó, le dio un beso a su abuela y la abrazó: – Gracias, abuela, eres lo más importante para mí. Te lo devuelvo, te lo prometo – y se fue corriendo. Lidia volvió a casa, se sirvió un té y se puso a pensar. Cuántas veces en su vida había necesitado ayuda urgente y siempre había habido alguien a su lado. Ahora los tiempos han cambiado, cada uno va a lo suyo. ¡Qué tiempos difíciles! A la semana, Denis pasó en excelente ánimo: – Abuela, toma, aquí tienes parte del dinero, ya me han pagado. ¿Puedo venir mañana con alguien? – Claro que sí, – Lidia sonrió – te haré tu tarta favorita, la de amapola. Y pensó que así quizá todo se aclararía. Quería estar segura de que Denis estaba bien. Denis vino por la tarde. No venía solo. A su lado una chica menudita: – Abuela, te presento a Elisa… Elisa, esta es mi abuela, Lidia Fernández. Elisa sonrió tímidamente: – Encantada, Lidia Fernández. Muchas, muchas gracias. – Pasad, un placer, – Lidia respiró hondo por dentro. La chica le cayó bien al instante. Se sentaron a tomar té y tarta. – Abuela, antes no podía decírtelo, – confesó Denis – Elisa estaba muy preocupada por su madre, surgieron problemas de salud de repente y no había quién pudiera ayudarles. Y Elisa es supersticiosa, me prohibió decirte para qué era el dinero. Pero ahora todo está bien, operaron a su madre a tiempo y los médicos dan buen pronóstico – Denis miró a Elisa con ternura – ¿Verdad? Le cogió la mano. – Muchas gracias de verdad, usted es una persona maravillosa, – Elisa desvió la mirada y se sonó la nariz. – Ya está, Lisi, no llores, lo peor ha pasado, – Denis se levantó – abuela, nos vamos, que es tarde y voy a acompañar a Elisa. – Sí, niños, buenas noches y que vaya todo bien, – Lidia los santiguó al salir. Ha crecido mi nieto. Un chico estupendo. Hice bien en confiar en él. No era cuestión solo de dinero, también de confianza y cariño. Dos meses después, Denis devolvió el dinero y confesó a Lidia Fernández: – Imagínate, el médico dijo que llegamos justo a tiempo. Si no hubieras ayudado, habría acabado muy mal. Gracias, abuela. Ahora sé que siempre habrá alguien que te ayude cuando más lo necesitas. ¡Eres la mejor del mundo y haría cualquier cosa por ti! Lidia le revolvió el pelo, como cuando era niño: – Anda, vete, venid a verme con Elisa, ¡que me hace ilusión! – Claro que iremos, – Denis abrazó fuerte a su abuela. Lidia cerró la puerta y recordó lo que su propia abuela le decía: “A los tuyos siempre hay que ayudarles. Así lo hemos hecho siempre aquí en España: si vas de frente con los demás, los tuyos nunca te darán la espalda. No lo olvides nunca”

Life Lessons

– Abuela, tengo que pedirte un favor. Necesito dinero. Mucho.

Mi nieto vino a verme por la tarde y se le notaba muy inquieto. Normalmente pasa por casa un par de veces a la semana, si me hace falta algo de la tienda o sacar la basura, él se ofrece enseguida. Hasta me arregló el sofá hace unos meses, que todavía aguanta de maravilla. Siempre le veo tranquilo, seguro de sí mismo. Pero ese día estaba nerviosísimo.

Siempre he sido precavida, porque hoy en día nunca sabes por dónde van a salir las cosas.

– Sergio, hijo, ¿puedo preguntarte para qué necesitas el dinero? ¿Y cuánto es eso de “mucho”? – sentí un nudo en el estómago al preguntarlo.

Sergio es mi nieto mayor, un chico noble y muy bueno. Acabó el bachiller hace un año, y ahora compagina la universidad a distancia con un trabajillo. Que yo sepa, sus padres nunca han tenido quejas con él. Pero, ¿para qué puede necesitar tanto dinero?

– No puedo contártelo ahora, pero te lo devolveré, abuela. Palabra. Solo que será en varias veces, no de golpe.

– Sabes que vivo de la pensión, hijo – no tenía claro qué decisión tomar -, ¿cuánto exactamente necesitas?

– Mil euros.

– ¿Y por qué no se lo pides a tus padres? – pregunté automáticamente, aunque ya me imaginaba la respuesta. Mi yerno, el padre de Sergio, siempre ha sido muy estricto. Dice que el chaval tiene que aprender a solucionar sus propios problemas por sí mismo, según su edad, y que no se le debe andar solucionando la vida.

– No me lo van a dar, abuela – dijo Sergio, confirmando lo que yo pensaba.

Me invadieron las dudas. ¿Y si está metido en algún lío? Y si le doy el dinero y complico más las cosas ¿O si no se lo doy y acaba peor? Le miré de reojo con preocupación.

– Abuela, de verdad, nada malo. Te prometo que en tres meses te lo devuelvo, confía en mí. ¿No confías en tu nieto?

Quizá debería darle el dinero. Incluso aunque no lo recupere. Al menos una persona en este mundo tiene que estar cuando te hace falta. No puede perder la fe en la gente. Ese dinero lo tengo ahorrado, por si acaso Y quizá el por si acaso haya llegado ya. Vino a mí, después de todo. Ya habrá tiempo de preocuparse de mi funeral más adelante, todavía no toca. Hay que pensar en los vivos. Y en confiar en los tuyos.

Dicen que si prestas dinero, es mejor olvidarse de él. Los jóvenes hoy en día son un misterio, nunca sabes por dónde salen. Pero por otro lado, Sergio nunca me ha fallado…

– Está bien, te lo dejo tres meses como dices. Pero, ¿no sería mejor que tus padres supieran algo?

– Abuela, tú sabes que te quiero mucho. Siempre cumplo mi palabra. Pero si no puedes, no pasa nada, saco un crédito, que para eso estoy currando.

A la mañana siguiente fui al banco, saqué los mil euros y se los entregué a Sergio.

Se le iluminó la cara, me dio un beso y me abrazó:

– Gracias, abuela, eres la mejor. Te lo devolveré, de verdad. – Y salió disparado por la puerta.

Me senté en la cocina, me puse una taza de té delante y me quedé pensando en cuántas veces en la vida me había visto yo necesitadísima de dinero. Y siempre, de una forma u otra, aparecía alguien que me echaba una mano. Hoy todo parece más complicado, cada uno va a lo suyo… Qué tiempos más difíciles vivimos.

La semana siguiente Sergio volvió, tan feliz como unas castañuelas:

– Abuela, toma, aquí tienes una parte, he cobrado el anticipo. ¿Te importa si mañana paso, pero no vengo solo?

– Claro, ven con quien quieras, ¡mañana te hago tu bizcocho de amapolas favorito! – le dije sonriendo. Ojalá así se aclarara todo. Tenía ganas de comprobar que Sergio de verdad estaba bien.

Esa tarde, Sergio llegó con una chica muy delgadita:

– Abuela, te presento a Carmen. Carmen, esta es mi abuela Pilar. La mejor abuela del mundo.

Carmen me sonrió con dulzura:

– Encantada, señora Pilar. Muchas gracias por todo.

– Pasad, por favor, qué alegría – me relajé por dentro. La muchacha me cayó bien desde el primer momento.

Nos sentamos a merendar, bizcocho y té en la mesa.

– Abuela, antes no podía contarte nada. Carmen estaba agobiadísima porque a su madre le surgió un problemón de salud de repente. Y nadie podía ayudar. Y claro, ella es muy de pensar que si cuentas las cosas, se gafan. Por eso me pidió silencio. Pero ahora ya está todo bien, a su madre la operaron y va a salir adelante – Sergio miró a Carmen y le cogió la mano -. ¿Verdad?

– Le estoy muy agradecida, de verdad, es usted un sol – Carmen se secó una lágrima discreta.

– Venga, Carmencita, no llores, todo ha pasado ya – Sergio se levantó. – Abuela, nos marchamos que es tarde, la acompaño.

– Claro, hijos, buenas noches, que todo os vaya bien – les dije, y como mi madre hacía, les hice la señal de la cruz.

¡Qué mayor está mi nieto! Es un buen chico, he hecho bien en confiar en él. No era solo cuestión de dinero; ahora estamos más unidos.

Dos meses más tarde Sergio me devolvió el resto y se sentó conmigo:

– Abuela, ¿te puedes creer que el médico dijo que llegamos por los pelos y que, si no hubieras ayudado entonces, todo habría salido mucho peor? Gracias, de verdad. No sabía cómo ayudar a Carmen Ahora sé que en la vida siempre aparece alguien que te tiende una mano cuando más lo necesitas. Lo que necesites, abuela, yo por ti lo que sea.

Le revolví el pelo como cuando era pequeño:

– Bueno, anda, vete, y traed a Carmen cuando quieras, que me alegra mucho veros.

– Por supuesto, abuela – y me dio un abrazo.

Cerré la puerta y me acordé de las palabras de mi propia abuela: A los tuyos siempre hay que ayudarles. Así es como lo hacemos en España, quien va de cara siempre encuentra a su gente a su lado. No lo olvides nunca.

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