Palabra clave
Carmen sujeta una bolsa con yogures y pan mientras espera en la caja del supermercado del barrio de Chamberí, cuando el lector de tarjetas emite un pitido y aparece en la pantalla: «Operación denegada». Pasa la tarjeta de nuevo, como si pudiera convencer a la máquina, pero la cajera le mira con esa mezcla de cansancio y recelo.
¿Quiere probar con otra tarjeta? pregunta la dependienta.
Carmen niega despacio, saca el móvil del bolso y ve un mensaje del banco: «Se han suspendido las operaciones en su cuenta. Contacte con atención al cliente». Inmediatamente llega otro sms de un número desconocido: «Préstamo aprobado. Contrato nº». Siente una oleada de calor subirle a las orejas. Un joven se impacienta tras ella.
Paga en efectivo con el dinero que siempre lleva por si acaso y sale a la calle. La bolsa le corta los dedos y en la cabeza no deja de darle vueltas la misma idea: tiene que ser un error. Seguro que es un error.
De camino cruza el Paseo del Prado y llama al banco. El contestador le hace marcar varios números, suena una música horrenda y tras casi diez minutos, por fin, una voz.
Su cuenta se ha bloqueado por operaciones sospechosas dice el operador, sin inflexión. En su historial de crédito constan nuevas obligaciones. Debe acudir a la oficina con su DNI.
¿Qué obligaciones? Carmen intenta sonar calmada. Yo no he pedido nada.
Hay dos microcréditos y una solicitud de duplicado de SIM a su nombre el tono es de quien enumera un recibo del agua. No podemos levantar el bloqueo hasta revisar todo.
Cuelga y se queda quieta unos segundos en la parada del autobús, mirando la pantalla. Hay tres sms más sobre préstamos: en uno prometen período de carencia, en otro avisan del interés acumulado. Intenta entrar en el área de cliente del banco: Acceso restringido. La angustia es tan fría y precisa como la luz de la consulta de un médico.
Al llegar a casa deja la bolsa en la mesa sin quitarse el abrigo. Su marido, Javier, está en el salón con el portátil.
¿Qué ha pasado? pregunta él al alzar la vista.
La tarjeta ha dado error. El banco la ha bloqueado. Mira le pasa el móvil. Y aparecen unos préstamos a mi nombre.
Javier frunce el ceño.
¿Seguro que no diste un consentimiento en algún sitio? Igual marcaste alguna casilla
¿Yo? A Carmen le pica la rabia. ¡Si nunca he pisado una financiera de esas!
Él suspira, como si fuera una avería en el baño.
Ya se aclarará. Mañana lo ves.
Ese lo ves suena igual que hablar de un recibo pendiente. Carmen se va a la cocina, pone agua para el té y nota que le tiemblan las manos. Guarda el móvil en el bolsillo, lo vuelve a sacar. Una llamada perdida de Recobros. No devuelve la llamada.
No duerme apenas esa noche. Vuelven y vuelven palabras ajenas: sospecha de fraude, obligación financiera, duplicado de SIM. La asalta el miedo de no poder demostrar lo evidente el día siguiente en la oficina bancaria, de que la tomen por culpable de algo que no ha hecho.
Por la mañana sale pronto y pide un permiso en el trabajo. A la jefa le dice que son cosas del banco; ella la mira con extrañeza pero no pregunta. Ese silencio da más rabia aún que la compasión.
En la oficina del banco la cola serpentea entre jubilados, autónomos y familias jóvenes, todos con DNI y algún papel. Cuando llega su turno, la empleada pide el DNI y escribe sin levantar la cabeza.
Hay dos contratos de microcrédito: uno por veinte mil euros y otro por quince mil. Y una solicitud de duplicado de SIM al operador Además un intento de transferencia a una cuenta de un tercero.
Eso yo no lo he hecho Carmen repite como un mantra.
Debe rellenar aquí la reclamación y aquí la denuncia por fraude le tiende los folios. Podemos darle extracto de movimientos y justificante del bloqueo. Le recomiendo que pida su informe de solvencia.
Carmen coge los papeles. Abajo, en letra pequeña, pone que el banco no garantiza una resolución favorable. Firma mientras intenta no torcerse. Pregunta:
¿Cómo puede pasarme esto? Si tengo los mensajes de verificación
Si le han duplicado la SIM, los códigos irían al número nuevo. Hable con su operador.
Sale de la oficina con la carpeta: extracto, copia de la reclamación, el justificante. Esos papeles pesan como prueba de una vida que no siente suya.
En la tienda del operador de telefonía el aire es denso. El chico tras el mostrador sonríe como quien quiere vender fundas.
Efectivamente, hay una SIM expedida a su nombre tras verificar el DNI. Se emitió anteayer, en otra tienda.
Yo no he pedido nada Carmen nota el estómago apretado. ¿Cómo se la pudieron dar?
Basta con el DNI original. O una copia. O con poder notarial, pero eso queda registrado. ¿Desea bloquear la línea? Puede dejar constancia aquí mismo. Y puedo darle la dirección de la tienda donde se hizo.
El chico imprime una hoja: dirección, hora, número de gestión. El teléfono de contacto es su antiguo número de toda la vida. Al lado: Reemplazo SIM. Alguien hizo un duplicado.
Carmen marca el número del registro de solvencia. Le indican el proceso: alta en la Sede Electrónica, validar identidad, esperar el informe. Junto al escaparate, pulsa botones y códigos, y cada código parece más una burla que una barrera.
A mediodía vuelven a llamar.
¿Carmen Gómez? voz seca de hombre. Tiene usted cuotas vencidas de microcrédito. ¿Cuándo abonará?
No he pedido nada. Es un fraude.
Eso lo dicen todos responde el tipo. Aquí tenemos su contrato y sus datos. Si no paga, procederemos.
Carmen cuelga. El corazón le late desbocado, una congoja vergonzosa creciendo con el miedo como si la hubieran pillado en algo sucio, aunque no tenga culpa.
Al caer la tarde acude a la comisaría de Policía. El olor a papeles antiguos y a suelo encerado se le mete en la ropa. El agente toma nota sin interrumpirla.
Son microcréditos, duplicado de SIM, intento de transferencia ¿Ha perdido el DNI?
Nunca. Pero alguna copia hay. Para un seguro laboral, y vacila. Cuando recalcularon la comunidad, también me pidieron copia.
Las copias circulan resopla el agente. Pero lo relevante aquí es el duplicado de la SIM. Eso puede aclarar mucho. Haga la denuncia, adjunte todo y la dirección de la tienda. Nosotros cursamos las diligencias.
Le da el formulario y un bolígrafo. Carmen escribe sin llorar, aunque la expresión autores desconocidos le resulta absurda; tiene la certeza de que es alguien cercano.
Al regresar, Javier la espera en la entrada.
¿Qué? quiere saber.
He denunciado. Bloquearon la SIM. Mañana tengo que ir al Registro Civil, pedir certificaciones, luego tema informes lo suelta deprisa, como si poder decirlo frenara los daños.
Javier se remueve incómodo.
Oye, igual sería mejor pagar lo que sea y ya está. Los nervios no valen la pena.
Carmen lo mira incrédula.
¿Pagar lo de otro? susurra. ¿Y si mañana hay más?
No sólo digo. Ya sabes cómo marcha la policía
Ella entiende otra cosa: él quiere que todo desaparezca, aunque desaparezca también su derecho a decidir sobre su propia vida.
A la mañana siguiente acude al Registro Único. Hay cola, gente con carpetas, discusiones en los terminales. Coge número y se sienta abrazando los papeles; se imagina la palabra deudora escrita en la frente. La funcionaria le explica cómo tramitar vetos a préstamos, cómo usar la Sede Electrónica, las opciones para notificar fraudes. Carmen apunta todo en una libreta porque siente que ya no le cabe nada más en la cabeza.
Por la tarde llega el informe de solvencia: dos microcréditos, otra solicitud denegada. Todo con sus datos, domicilio, empresa y en la ficha, ve el campo palabra clave. Y allí está esa palabra que sólo conocen los más próximos.
Lo relee varias veces. Esa palabra la inventó años atrás, como protección adicional al abrir la cuenta. Se rió eligiendo un término fácil de recordar. Lo compartió una vez con Javier y el hijo cuando sacaron la tarjeta familiar. Y recuerda ese día de enero en que ayudó a su sobrino, Santi, hijo de Javier, con un trabajo de prácticas. Él estuvo en la cocina mientras le rellenaba el currículum online, bromeando: esas contraseñas no las recuerda nadie. Carmen, sin pensar, pronunció la palabra para testar cómo sonaba.
Cierra el portátil. Dentro le queda un vacío demoledor. La palabra clave no se pierde en la nube: no se fotocopia con el DNI. Sólo la escuchó gente muy cercana.
Busca la carpeta de documentos en el armario. Entre viejas fotocopias, certificados y contratos, encuentra una copia del DNI con un post-it para uso exclusivo que hizo justo para Santi, cuando éste necesitó ayuda para la nómina. Le dijo que sólo la usaría por un problema con la app, y Javier remató: échale un cable, no pasa nada, está pasando un mal momento.
La copia lleva su firma escrita en grande. Pero eso no frenó nada.
En la cocina, hojando la copia, evoca cómo Santi fue a pedirle dinero hasta cobrar, cómo Javier entonces le restó importancia: No empieces, Carmen, el chico ya remonta. Santi siempre bromista y huidizo. Siempre saliendo con prisas.
Javier entra.
¿Qué te pasa? pregunta.
Le coloca delante el informe y la copia del DNI.
Aquí aparece la palabra clave. Y con mi DNI sacaron la SIM. Santi tenía la copia.
Javier palidece.
¿Insinúas? balbucea.
Quiero saber quién más conocía la palabra. Y quién tenía la copia Carmen lo dice con la calma tensa de quien reprime un grito.
Javier aparta la silla bruscamente.
¡Venga ya! No puede ser él. Está pasando una mala racha, sólo eso.
¿Una racha? siente un enfado glacial naciendo en ella. Yo también tengo la mía. Me llaman para cobrar, bloquean mi cuenta y hasta me aconsejan pagar por tranquilidad.
Javier calla. No es aceptación, es resistencia. Defiende su orden, donde los suyos jamás harían algo así.
Al día siguiente Carmen se planta en la tienda donde sacaron la SIM. Un pequeño local en un centro comercial de Alcorcón. Pide hablar con la encargada y muestra el DNI.
No podemos dar datos de terceros le responde la dependienta. Si sospecha que han cometido un fraude, acuda a la policía.
Ya he presentado denuncia replica Carmen. Sólo quiero saber qué documento se presentó.
La chica la estudia atentamente y susurra:
Aquí pone que trajeron el DNI original, la foto coincidía, firmó. Todo registrado.
Carmen siente cómo se le entumecen los dedos. O era un DNI falso o alguien muy parecido. O con sus datos, pero otro rostro que daba el pego. Le viene la imagen de Santi, ese gesto huidizo, ese período difícil. Le imagina en el mostrador diciendo que ha perdido la SIM; y al empleado agotado, sin ganas de líos.
Al salir llama a su amiga Lucía, abogada en un bufete pequeño.
Necesito tu consejo. Y creo que tendré que decir un nombre.
Lucía no le hace preguntas.
Ven por la tarde le dice. Tráete todo. Y ni se te ocurra pagar nada.
En el despacho de Lucía huele a café y papel. Carmen saca todos los papeles, reclamaciones, el informe con la tienda.
Bien hecho dice Lucía. Ahora, sigue reclamando: a las financieras, pide copia de cada contrato, exígeles los documentos. Pon auto-veto a créditos online, reduce el riesgo.
¿Y si es un familiar? le cuesta pronunciarlo.
Lucía la mira sin rodeos.
Pues con más razón. Si lo tapas, entenderá que puede seguir haciéndolo. No es el dinero, son los límites.
Carmen asiente. Límites: algo ajeno a su familia, donde los tuyos siempre pueden pedir ayuda.
El sábado aparece Santi, por fin. Javier le hace pasar al salón: tenemos que hablar. Carmen le mira desde la puerta. Santi saluda, bromea.
Supongo que ya sabes todo. Carmen no le ofrece sentarse. Han sacado préstamos y SIM a mi nombre. Incluso han puesto mi palabra clave.
Santi parpadea, se le borra la sonrisa.
¡Qué horror, tía! Eso pasa mucho
Y tú tienes mi copia del DNI remata Carmen.
Javier aprieta los puños.
Carmen, no vayas por ahí dice bajo.
Sólo pregunto.
Santi baja la mirada, se justifica rápido:
Sólo necesitaba cerrar unas deudas pensaba devolverlo antes de que lo notaras. Los intereses me comían. Ya no podía más. Nadie me prestaba. Tú siempre ayudabas
Esas palabras duelen más que la confesión. Tú ayudabas suena a derecho.
Javier interviene, pálido.
¡Santi, esto es delito! ¿Lo entiendes?
Lo devolveré, lo juro No me lo pongáis difícil
Carmen saca la copia de la denuncia.
Ya he denunciado. Y no la voy a retirar.
Santi se queda blanco.
Pero soy familia
La familia no hace esto responde ella, sintiéndose más fuerte que nunca.
Javier la mira con una mezcla de pena y algo indefinible. Quiere protegerle, pero sabe el precio.
Vete, Santi. Ahora dice Javier.
El chico titubea, pero sale. La puerta se cierra. El silencio duele después del cortocircuito.
Javier se deja caer sobre el taburete, cubriéndose la cara.
No creía que fuera capaz
Yo tampoco responde Carmen. Pero no quiero vivir en la ilusión de que confiar basta.
¿Y ahora? pregunta él.
Ahora voy hasta el final. Y en casa igual: copias, contraseñas, móvil sólo yo. Nada de favores rápidos.
Javier asiente, resignado.
Las siguientes semanas se convierten en una sucesión de gestiones. Carmen manda burofaxes a las financieras, adjunta denuncia, exige copias y grabaciones. Cambia de banco, traslada la nómina. Limita solicitudes de crédito online y activa alertas. En la operadora saca número nuevo, el antiguo queda anulado. Solicita que futuros duplicados sólo puedan hacerse en persona y con verificación extra.
Cada paso deja rastro: notariales de envío, copias digitales, contraseñas anotadas y guardadas en un sobre aparte. El cansancio pesa, pero con él empieza a recuperar el timón de su vida.
Las llamadas de recobro siguen, pero Carmen ya no se disculpa:
Todo por escrito responde seca. Denuncia puesta, referencia tal. Llamada grabada.
Algunos cuelgan. Otros insisten, pero ella graba, guarda y reenvía todo a Lucía.
Por fin un correo de una financiera: Contrato impugnado, paralizamos intereses hasta finalizar investigación. No es victoria final, pero es la primera confirmación oficial de que no debe demostrar lo obvio eternamente.
Javier se ha vuelto más callado. No protesta cuando Carmen esconde los papeles bajo llave. No pregunta cuál es su nueva contraseña. Cuando menciona a Santi, Carmen lo para:
No pienso hablar de él responde. Mientras esto siga.
No se siente orgullosa, sólo vigila por instinto, como después de un incendio.
Al final de mes recoge en el banco la confirmación de que su caso ha sido archivado y las operaciones fraudulentas anuladas. La cajera recomienda:
Si puede renueve el DNI, y siga el historial financiero de cerca.
Carmen sale a la Gran Vía y respira hondo. Compra un cuaderno y un bolígrafo en un quiosco, se sienta en un banco del Retiro. Abre la primera hoja y escribe, grande: Normas. No hay lemas, sólo una lista:
No entregar copias. No decir palabra clave. El móvil solo yo. Dinero solo por acuerdo y sólo si puedo decir no.
Guarda el cuaderno en el bolso, cierra la cremallera. Aún está inquieta, pero la preocupación ya no la paraliza: sabe que el confiar no se ha perdido, solo ha dejado de ser un acto ciego.
En casa pone el hervidor, guarda el sobre de contraseñas en una bolsa ignífuga recién comprada. Javier entra, en silencio, y coloca dos tazas a su lado.
Tenías razón. Yo sólo echaba de menos lo de antes.
Carmen le mira.
Ahora antes no existe. Pero podemos empezar de otra manera. Cuidándonos más en los hechos, no en sólo palabras.
Él asiente. El clic del cajón bloqueado suena minúsculo, pero ahí está todo lo que necesita: ese control recuperado a base de actos.




