-Mamá, me caso con Lucía. En tres meses llegará nuestro hijo, mi hijo me lanzó la noticia como si fuera una sentencia.
No puedo decir que me sorprendiera; ya había conocido a Lucía con anterioridad. Pero me inquietaba su juventud: ni dieciocho primaveras había cumplido la muchacha, y mi hijo aún debía hacer el servicio militar. Eran casi niños pidiendo boda y ya venía un bebé en camino.
Buscar el vestido de novia para Lucía fue un pequeño calvario. A sus siete meses de embarazo, nada le sentaba bien, todo parecía fuera de lugar.
Después de la boda, Lucía y mi hijo fueron a vivir a casa de los padres de ella. Sin embargo, cada semana él venía a mi casa, se encerraba en su habitación y pedía que no le molestáramos. Como madre, no podía evitar preocuparme.
Llamé a Lucía.
¿Todo bien con Alejandro?
Por supuesto, ¿por qué lo preguntas? su tono era frío, casi glacial.
Lucía, ¿sabes dónde está tu marido ahora mismo?
Señora Rosa, ocupe usted de sus cosas. Nosotros sabremos manejarlo sin su ayuda, fue la primera, pero no la última, de las respuestas cortantes que recibí de mi nuera.
Perdona por quitarte tiempo, respondí, cortando la llamada mientras me invadía la incomodidad.
Soy una mujer serena, pacífica. Por eso, decidí no entrar en sus asuntos, que resolvieran ellos sus propios líos. No sería yo el estorbo.
Con el tiempo, Lucía trajo al mundo a mi nieta, a la que bautizaron como Jimena. Nunca fui fan del nombre, así que, para mí, siempre será Chiqui.
A Alejandro lo llamaron para cumplir con la mili. Estaba lejos, perdido en alguna ciudad andaluza. Durante los dos años de servicio, yo me desvivía por ver a Chiqui. Cada visita a Lucía era igual: ella suspiraba ostensiblemente, me entregaba en brazos el carrito de la niña y me invitaba, sin palabras, a irme de paseo. Sus miradas, cortantes, me hacían sentir siempre de más. Lucía nunca me hizo sentir bienvenida, y yo solo podía desear salir de aquella casa.
Lucía estudiaba en la Universidad de Madrid; su belleza, llamativa y desbordante, me robaba el sueño. Sabía cuántos peligros acechaban a jóvenes como ella en la universidad, y no podía evitar pensar que no esperaría a Alejandro.
Pasaron los años, mi hijo cumplió la mili y regresó con su familia. Me alegré al verlos tan felices: Chiqui crecía sana, Alejandro se deshacía en atenciones por su esposa, Lucía se mostraba hábil y buena administradora del hogar. Parecían haber encontrado el equilibrio. Así vivieron quince años de tranquilidad.
Pero entonces, como si el viento hubiera cambiado de dirección, Lucía dejó de parecerse a sí misma. Los amantes comenzaron a desfilar uno tras otro, sin ocultarse. Dicen en mi pueblo que la cabra siempre tira al monte; a Alejandro le costó tres años soportarlo. Amaba a Lucía y sufría silenciosamente.
Ella, por su parte, le lanzaba pullas y se burlaba. Nunca me atreví a hablar con Lucía del asunto; le temía como el diablo al agua bendita. Tenía una mirada capaz de espantar a cualquiera.
Hijo, ¿qué pasa con Lucía? ¿Hay problemas? intenté indagar.
No te preocupes, mamá, todo irá bien me tranquilizaba Alejandro.
Le notaba arrepentido, cargando una culpa secreta que le obligaba a aguantar los desplantes de su mujer. Al fin, decidí enfrentarme a Lucía por aquel divorcio que ya parecía inevitable.
Lucía, ¿puedo preguntarte algo? pregunté lo más suavemente que pude.
Señora Rosa, mejor pregúntele a su hijo qué hace y con quién trabaja en la empresa. Mi tía, que está allí, me lo ha contado todo. Su hijo me ha engañado. ¡Él empezó! me gritó Lucía, casi perdiendo los papeles.
En aquel instante me arrepentí de haber metido la nariz. No le conté nada a Alejandro; que fuera lo que tuviera que ser. Vida hay una y a todos es imposible dar gusto.
Al final, Lucía y Alejandro se separaron. Chiqui se quedó viviendo con su madre.
Él, perdido, se dedicó a coleccionar amantes. Morenas, rubias, castañas nunca le faltó compañía. Lucía, en cambio, se casó enseguida, y el propio Alejandro me dio la noticia, llorando como un niño. Por su voz supe, sin duda, que Lucía, a su manera, había sido una buena esposa.
La siguiente mujer fue Sonia, pequeña, astuta y dominante. Alejandro contaba treinta y cinco años, ella cuarenta. La adoraba como un adolescente, se rendía a sus pies. Pero Sonia fue contundente: boda por lo civil, piso para su hija y manutención total. Alejandro, ciego, le daba todo.
Sonia, a diferencia de Lucía, buscaba ganarse mi favor; me tuteaba y me llamaba por mi nombre. Aquella confianza forzada me incomodaba, pero no soy de polemizar, así que aguanté. Los regalos que me hacía, siempre con dinero de mi hijo, siguen guardados sin estrenar. No les tengo aprecio.
Sonia sonreía con desgana, hablaba sin alma y, en el fondo, se notaba que no amaba a Alejandro. Sólo buscaba una cartera con patas. Lucía, aunque gritaba, tenía el corazón limpio; me llamaba señora y, sobre todo, quiso a Alejandro.
Sonia nunca cocinaba. Si alguna vez la animé a preparar algo sencillo para Alejandro, su respuesta cortante era siempre la misma:
Mujer, no pretendas enseñar a una zorra a bailar jotas me soltó una tarde.
Sus amigas eran su prioridad: saunas caras, interminables cafés, tiendas exclusivas Eso era Sonia. Si algo no le gustaba, enseguida armaba una tormenta de rabietas y lágrimas.
No entiendo cómo pudo Alejandro soportar a una mujer así. Siento que ese matrimonio nunca debió existir; una unión fallida, simple error.
Cada vez recuerdo con mayor ternura a Lucía. ¡Cuánto la echo de menos! Sus guisos de merluza, aquellos increíbles pimientos rellenos, sus tartas de frutas ¿Por qué Alejandro no supo mantener a semejante mujer? Él mismo se lo buscó.
Me consuela, al menos, que mi nieta Chiqui no me haya olvidado; de vez en cuando me alegra la casa con algún regalo sencillo.
Lucía será, aún hoy, mi auténtica nuera, aunque sea la ex. No sabes cuánto vale algo hasta que lo pierdes. Sonia, para mí, es sólo una sombra fugaz en la vida de mi hijo. Me duele verle vacío, porque presiento que, a pesar de todo, el corazón de Alejandro sigue perteneciendo a Lucía. Pero a veces, el camino de vuelta se cierra para siempre…







