La mujer se sentó en el asiento trasero y se dio cuenta de que su hijo ya no cabría allí.

Life Lessons

Querido diario,

Hoy me he quedado pensando en lo ocurrido durante nuestra última excursión fuera de España. Mi marido, Javier, nuestros dos hijos, Álvaro y Miguel, y yo habíamos reservado una visita guiada a los pueblos de la Ribeira en Portugal. Decidimos dedicar un día entero, pagando cuatro billetes de 45, para disfrutar de los paisajes que sólo se pueden alcanzar en autobús.

Al subir al vehículo, una mujer corpulenta llamada Concepción, con su bebé Santos, se coló entre los asientos. Intentó sentarse en la parte trasera, pero al darse cuenta de que su hijo no cabía, se puso de pie y buscó otro sitio libre. Al observar a mis hijos, decidió colocarse a su lado.

Javier se interpuso de inmediato, recordándole que ya habíamos pagado por esos asientos y que no había razón para empujar a los niños. Concepción no cedió; empezó a discutir con el guía y a insistir en que debíamos ceder nuestro sitio. Llegó incluso a proponer que abandonáramos la excursión y devolviéramos los boletos. Otros turistas se unieron al alboroto, lanzándonos comentarios sarcásticos y pidiéndonos selfies.

Al final, los niños se movieron para que la visita pudiera continuar, mientras el conductor esperaba a que se calmara la situación. La atmósfera quedó arruinada y el encanto del día se desvaneció.

Me pregunto ahora: ¿estábamos en lo cierto al defender nuestro derecho a los asientos que habíamos pagado? ¿Era justo que mis hijos tuvieran que viajar apretujados cuando yo les había comprado la entrada? No sé qué pensar, pero la reflexión me deja un sabor agridulce.

Hasta mañana.

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