La Masa Silenciosa
Elena, ¿te das cuenta de quién vendrá el sábado? Javier se plantó en el marco de la puerta de la cocina, mirándola como si, una vez más, hubiese cometido alguna torpeza. Solo observaba, inmóvil, con esa expresión tan suya.
Elena iba justo entonces a pasar la masa a la tabla. Tenía las manos llenas de harina hasta los codos, el delantal bien ajustado.
Lo sé. Tus compañeros del despacho, con sus esposas. Ya me lo has dicho tres veces.
No son solo compañeros. Es Ortiz, con su esposa. Él es socio. Y Carrillo. ¿Sabes quién es Carrillo, al menos?
Javier, estoy cocinando. ¿Podemos hablarlo luego?
A él no le gustaba pasar mucho rato en la cocina. Le incomodaba esa vida que latía en la estancia, los aromas, las ollas, los paños un poco húmedos en los ganchos.
No luego. Quiero que lo entiendas ahora. Esta gente viaja a Europa de vacaciones. Sus mujeres se visten en boutiques. Van a restaurantes donde ya ni hay carta de papel.
¿Y qué hago, entonces? Elena lo miró a los ojos.
Nada de tus empanadas, eso haces. Encarga algo elegante. Hay servicios a domicilio, traen todo como en restaurante, en cajas bonitas. Yo te doy dinero.
Elena calló. Miró la masa, luego de nuevo a él.
La masa ya está hecha.
Elena.
Javier, la he hecho, me he levantado a las seis, voy después al mercado por la carne. Todo saldrá bien, no te preocupes.
Él negó con la cabeza, con esa condescendencia que la hacía sentir ingenua, una niña.
No conoces a esta gente dijo antes de salir.
Elena se quedó un instante, mirando por la ventana. Fuera era marzo, gris y húmedo. Un gorrión en la rama, absorto. Bajó la vista a la masa y volvió a amasar.
***
Tenía ya cincuenta y dos años, veintiocho al lado de Javier. Se conocieron en Valladolid, cuando él recién ascendía a jefe de departamento aún usaba americanas con hombreras anchas, propias de la transición y ella era contable en una constructora. Recordaba su torpeza con las mujeres, ese tic entre humano y patético de mover el botón de la manga si se ponía nervioso. Se enamoró de eso, su fragilidad real.
Vinieron después los traslados. Primero a Salamanca, luego a Madrid. Cada mudanza sumando objetos, cargando al gato, buscando de nuevo tiendas y ambulatorios, aprendiendo a saludar a vecinos distintos. Javier ascendía peldaños; cada ascenso se lo llevaba un poco, como el río se lleva arenilla cada año.
No tuvieron hijos. No tocó. Los médicos primero decían una cosa, después otra, después ya ni hablaban de ello. Elena lloró por dentro, sola, y encontró una cierta paz. Toda la energía no gastada en maternidad la volcó en la casa: la cocina, un huerto de alquiler, flores en la ventana; niños del rellano a quienes a veces regalaba rosquillas.
La masa era su idioma. Lo entendía aunque jamás lo hubiera dicho así. Cuando no encontraba palabras, o cuando éstas no servían, se iba a la cocina. Cuando estaba alegre, también. La masa la sentía mejor con sus manos que con un termómetro o receta: sabía por la textura, el calor, la respuesta bajo sus palmas.
Javier comió su cocina veintiocho años. Comió en silencio. Ahora comprendía que ese silencio era el verdadero mensaje.
***
El viernes por la noche estuvo de pie hasta medianoche. Hizo una empanada de ternera y cebolla, como su abuela la preparaba, con la corteza dorada que cruje al romperse y perfuma la escalera. También rellenos de patata y queso; preparó aspic que debía cuajar para la mañana. Una ensalada de col fermentada, zanahoria y arándanos. En el horno, paleta de cerdo estofada con ajo y tomillo.
Javier entró a casa a las once, vio todo aquello y no dijo nada. Se fue al dormitorio.
Elena recogió la cocina, colgó el delantal y se sentó al taburete junto a la ventana. Tomó un té. Al día siguiente vendría la gente, se sentarían y ella les daría lo que mejor sabía hacer. Le parecía sencillo, comprensible.
Se acostó a la una y durmió rápido.
***
Los invitados llegaron a las siete. Seis eran: Ortiz con su esposa Miriam, Carrillo con Silvia y un tercer hombre, al que Javier presentó como don Manuel, solo así, con tanto respeto en la voz que Elena comprendió que era el pez gordo.
Miriam Ortiz era delgada y elegante, unos cuarenta y tantos, con un vestido negro que debía costar lo que la pensión de Elena en un mes. Al entrar escaneó el piso, el sofá, las cortinas, a Elena, y puso todo en su lugar. Silvia Carrillo era más joven, rubia de bote, cejas finísimas, perfume invasivo que llegó a la cocina antes que ella. Sonreía abiertamente, algo forzado, como quien aprende a hacerlo para una cámara.
Don Manuel rondaría los sesenta, corpulento, manos de labrador, ojos atentos. Solo él estrechó la mano de Elena.
¿La anfitriona? Encantado.
Los condujo al salón, mesa dispuesta con mantel de lino bordado, las velas, los cubiertos bien puestos. El aspic en bandeja con perejil, los rellenos abarrotando el bol, la empanada ya cortada y expuesta sobre tabla de madera, dorada y humeante.
Se sentaron. Javier descorchó la botella que trajo Ortiz, un vino italiano con nombre largo. Sirvió a todos.
Miriam miró la mesa y susurró, audible:
Oh. Aspic. Hacía años que no veía uno así.
En sus palabras se colaba un tipo de fastidio invisible, parecido al gas que huele uno antes de notar el peligro que Elena percibió, aunque no lo entendió de inmediato.
Servíos ofreció. Empanada de carne, rellenos caseros, paleta aquí.
¡Paleta! Silvia cruzó una mirada con Miriam. Por Dios, no pruebo paleta desde hace quince años. ¡Es tan grasienta!
Sabrosa rectificó Miriam, riéndose con una risa de esas que te hacen mirar si has pisado algo.
Los hombres se acercaron a los platos. Ortiz probó aspic, asintió, no dijo nada. Carrillo cogió empanada. Don Manuel pidió agua y miró la mesa con aire pensativo.
Javier, no cocinas tú, ¿a que no? preguntó Silvia, sonriendo.
No, Elena es la chef en casa respondió Javier, con ese tono entre risa y paciencia.
Elena, ¿de familia pequeña, verdad? ¿De pueblo?
De Valladolid respondió.
¡Eso! exclamó Miriam, como quien resuelve adivinanza simple. Allí perviven estas cosas. Todo esto de la comida casera, empanadas, aspics. Eso ya es de aldea, entiéndeme bien, no lo digo a mal. La gente de ciudad lleva tiempo lejos de eso. Los nutricionistas dicen que la gelatina es terrible para las arterias.
Elena la miró.
La gelatina, bien cocida, es colágeno. Beneficia a las articulaciones.
Bueno, esos son datos viejos Miriam desestimó. Llevamos tres años sin carne. Solo pescado y superfoods. Javier, ¿has probado? Tenemos amigo nutricionista, un fenómeno.
Javier reía esa risa que pone uno cuando no sabe qué responder y debe disimular.
Elena es muy conservadora concluyó.
La palabra «conservadora» se quedó flotando sobre la mesa como una moneda que nadie recoge.
Después, Silvia comentó que la masa estaba demasiado densa y que con la edad hay que cuidar la línea. Miriam habló de un restaurante en el centro con cocina molecular y chef formado en Barcelona. Luego cambiaron a dinero y pisos; Elena supo que para ellos era un adorno, la anfitriona que prepara y calla sonriente.
Ella sonreía. Servía vino, traía bandejas, recogía. Nadie daba las gracias.
Hacia las nueve, Miriam miró de nuevo la empanada, casi intacta:
Sinceramente, lo digo porque estamos entre amigos, toda esta comida es muy… provincial. No lo tomes a mal, Elena. Pero cuando se reúne cierto círculo, esto no encaja. Es otro nivel.
El silencio se erigió. Elena miró a su marido.
Javier miraba su copa.
Bueno, cada uno con sus tradiciones dijo por fin don Manuel, con una autoridad que calló a Miriam.
Pero Javier ya había empezado:
Elena, te lo dije: encarga algo decente. ¡Otra vez lo tuyo!
Elena se levantó, recogió platos y cruzó la casa hasta la cocina. Caminaba despacio, con ese peso invisible que te dobla los hombros. Apoyó los platos en el fregadero. Miró por la ventana. Fuera, las farolas amarillas reflejaban la garúa sobre el asfalto.
Oyó risas otra vez en el salón. Cristales tintineando, una copa depositada.
Se quitó el delantal, lo colgó, luego, pensándolo mejor, lo dobló despacio y lo dejó sobre la silla.
Volvió al salón.
Perdonad, me duele la cabeza. Servíos, todo está en la mesa.
Nadie pareció notarlo.
***
Elena guardó la comida hacia la una, ya solos. Javier se fue a dormir sin decirle palabra, cerrando la puerta tras él.
Ella colocó la empanada en una bandeja grande, cubriéndola con film. Los rellenos a la cazuela. El aspic, envuelto en papel. La paleta, cada pieza por separado.
Salió a la calle a la una y media. Por fortuna, el portal daba a una obra; seguían allí los barracones y, aunque ya era tarde, había luz.
Tres obreros en mono, tomando té de un termo. Uno fumaba; los otros se calentaban las manos.
Buenas noches dijo Elena. Disculpad la hora. Traigo comida, si os apetece.
Se quedaron de piedra.
¿Qué trae? preguntó el que fumaba.
Empanada de carne. Rellenos. Paleta asada, y aspic, aunque eso mejor frío.
Se miraron entre sí.
¡No fastidie! Uno se levantó. Le ayudamos.
Cogieron las fuentes, las pusieron en la mesita. Uno abrió enseguida el film, arrancó un trozo de empanada, y su cara se iluminó; Elena sintió una oleada caliente en el pecho.
Esto es casero dijo, masticando. Madre, casero.
Mi madre lo hacía igual apuntó otro, probando los rellenos. Tal cual.
¿Viene de ahí arriba? preguntó el tercero, señalando el edificio. ¿Qué, fiesta había?
Vinieron invitados respondió Elena. No la quisieron.
Una pena. Buena comida.
Ya lo sé contestó.
Se quedó unos minutos, viéndolos comer de verdad, a gusto, sin ceremonia ni vergüenza. Uno ya iba por más.
Gracias, señora.
A vosotros respondió Elena y se marchó a casa.
***
Esa noche no durmió. Se tumbó en el sofá del salón, las luces apagadas, el techo quieto. Del dormitorio no salía nada, Javier debía dormir bien.
Pensó: veintiocho años son casi una vida entera. Pensaba en aquel «otra vez, lo tuyo». No «te has equivocado» ni «no estoy de acuerdo». Simplemente: «lo tuyo», como si tener lo tuyo fuera faltar al decoro, casi una vergüenza.
Pensaba en los obreros, comiendo con gratitud callada. «Buena comida», dicho como se dice la verdad, sin pregunta ni excusa.
Pensaba que en esa casa ya no cabía. No ella misma, no; a ella la toleraban. Pero a ella con su masa, su despertador a las seis, la receta de la abuela, su lenguaje sin palabras, no le quedaba sitio.
Ese sitio lo ocupaban otras cosas desde hace tiempo.
A las cuatro de la madrugada, Elena lo decidió. Sin drama, como quien, al fin, pide cita médica: ya va siendo hora.
***
Escribió una nota, su letra firme, grande, clara como siempre.
«Javier. Me voy. No porque me hayan herido. Porque al fin lo he entendido. Gracias por los años. Llaves en la mesilla. Elena».
Dejó las llaves, la del portal y la del buzón.
Preparó una bolsa pequeña con lo justo: documentos, ropa interior, móvil, cargador, el dinero recién transferido. No cogió más comida; le pareció simbólico: se iba sin sus platos, como si de veras dejara una parte atrás, ligera, a ver qué ocurría.
A las cinco amanecía. Paró un taxi, pidió ir al otro extremo de Madrid, a casa de su amiga Inés.
Inés abrió en bata, cabello revuelto, legañosa, sin preguntas. Solo se apartó, dejó pasar a Elena y dijo:
¿Te pongo el agua?
Ponla.
Bebieron té en la cocina, silencio compartido, Inés lanzando de tanto en tanto una mirada sin prisas. Era de esas amigas que saben estar calladas.
¿Te has ido? preguntó al cabo.
Me he ido.
¿Para siempre?
Elena reflexionó.
Para siempre.
Inés asintió, sirvió más té.
***
Las primeras semanas fueron raras. Javier llamó al principio: «¿Dónde estás, vuelve?». Luego: «Hablemos». Al final: «¿Sabes lo que haces?». Después, nada.
Elena se quedó con Inés. Dormían separadas, desayunaban juntas, alguna noche veían series. Inés nunca le aconsejó nada; Elena se lo agradecía doblemente.
A la tercera semana, Elena se puso con los papeles. Como buena contable, hizo todo sola, optando por el divorcio sencillo. El piso era ganancial. Javier, práctico, le ofreció su parte en dinero. Ella aceptó; no quería pleitos.
Depositó el dinero en su cuenta, lo miró e intentó valorar: ¿veintiocho años pesan mucho o poco? No lo sabía. Sabía solo que para empezar bastaba.
No comenzó a buscar empleo enseguida. Se dio tiempo; a los pocos días caminaba durante horas por Madrid, entraba a pastelerías pequeñas, tomaba café, miraba a la gente. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía ella misma, fuera lo que fuese eso.
Un día entró en una cafetería de barrio, de esas donde las casas todavía tienen alturas humildes y hay árboles frondosos. El cartel, «Al Paso». No había diseño, solo mesas de madera, la carta en una pizarra, el televisor en un rincón sin sonido, pero el pan olía a horno y el ambiente a café recién molido.
Pidió té y una napolitana de cereza. Era industrial, se notaba.
Tras la barra, una mujer de unos sesenta, rostro redondo, cansada, con un delantal celeste.
¿Está rica la napolitana? le preguntó.
Un poco seca respondió Elena, sincera.
La mujer suspiró.
Sí, lo sé. El panadero se fue demasiado pronto este mes. Nos las trae una panadería, pero tampoco es de las buenas.
Elena dudó.
¿Busca panadera?
La mujer se interesó.
¿Sabe usted?
Sí sé contestó Elena.
***
Se llamaba Eulalia, y había abierto la cafetería hacía ocho años, justo al jubilarse. La cafetería era su empeño, su propósito, a veces ganando menos de la cuenta, pero viva. Eulalia, decidida, confiaba en el instinto.
Venga mañana temprano dijo. A probar.
Elena acudió a las siete. Se puso el delantal, miró alrededor; cocina pequeña, bien ordenada, eficiente.
Preparó empanadas de patata y cebolla. Hizo bollos de canela. Puso a fermentar masa madre para bizcocho de manzana.
Eulalia llegó a las ocho, se asomó y la miró largo rato.
¿De dónde sale usted?
De la vida respondió Elena.
Los primeros clientes probaron las empanadas a las ocho y media. Una señora repitió a los diez minutos para llevar otra. Un obrero con casco compró una bolsa de bollos y exclamó: «Así sí». Un estudiante no se decidía entre manzana o patata, eligió ambos.
Eulalia ni contaba las ventas de la barra de lo animada que estaba.
Al mediodía concretaron el trabajo: mañanas de siete a tres, salvo domingos. El sueldo era modesto, pero Eulalia prometió: «Si funciona, mejoramos».
Funcionó.
***
A los tres meses, «Al Paso» era conocido en varios barrios. No hubo publicidad, bastaba el boca a boca: «Ahí hacen empanadas como en casa, tienes que ir».
Elena inventó menú por días. Lunes: empanadillas de bacalao. Martes, cocas de verduras. Miércoles, pan de masa madre, con cola desde temprano. Jueves, tortitas con nata y mermelada, éxito de las jubiladas. Viernes, empanada de carne, agotada antes del mediodía.
Los domingos, su único día libre, Elena iba al mercado no por compromiso, sino por placer. Elegía las manzanas, las olía. Charlaba con las señoras del requesón. Compraba mantequilla siempre al mismo puestecillo.
Vivía ya en su piso nuevo, alquiler modesto cerca de la cafetería. Una habitación con ventana a un patio silente, muebles viejos pero sólidos. Colgó cortinas de lino en la cocina, puso geranio en la repisa; el lugar era acogedor.
Inés la visitaba dos veces al mes. Hablaban tomando té.
Te veo mejor decía Inés.
Duermo bien aseguraba Elena.
Se nota.
Por las noches, tras el trabajo, leía alguna novela, o alguna película, o solo contemplaba el patio y el susurro del chopo. Apreciaba ese privilegio: estar sin hacer, sin rendir cuentas.
***
Al hombre llamado Agustín lo vio por primera vez en octubre. Entró un miércoles, día de pan, cuando ya no quedaba.
¿He llegado tarde? preguntó Eulalia.
Sí, tarde repuso él con una frustración ligera. ¿Habrá mañana?
El pan, solo miércoles. Mañana, empanadas.
Miró la pizarra, pidió café y empanadilla de col, y se sentó junto a la ventana con un libro de tapas gastadas.
Al siguiente miércoles, media hora antes, ya estaba allí. Elena sacaba el pan.
Ahora sí a tiempo sonrió ella.
Rió también él; tenía la cara marcada, con arrugas que cuentan tiempo de camino y pensamiento.
El próximo martes vengo a hacer guardia aquí por si acaso.
Eulalia no le dejará, cierra a las ocho.
Pues me duermo en la puerta.
Así se conocieron. A través del pan, la risa, la rutina espontánea que se vuelve verdadera.
Agustín tenía cincuenta y ocho. Era ingeniero, divorciado desde hacía siete años, dos hijos ya independientes. Sereno, sin prisas.
Empezaron a conversar. Primero en la barra, después con café, algún paseo corto a mediodía.
Preguntaba por su trabajo, sin cortesía, con interés. Elena explicaba los trucos de la masa, la temperatura, lo dichoso que es el pan de masa madre. Agustín escuchaba, nunca interrumpía.
Un día le confesó:
Un día alguien me dijo que todo esto era rancio, antiguo: empanadas, aspic, comida de casa.
Agustín guardó silencio.
Depende de qué consideres anticuado. Para mí, fingir sí que está pasado dijo finalmente.
Ella lo miró.
Bien dicho.
Se hace lo que se puede contestó él.
***
El destino de las mujeres no es una línea recta. Elena lo sabía bien. La felicidad no llega de golpe, se va acumulando despacio, como el agua en un pozo después de la lluvia; pasa inadvertido hasta que, al mirar, hay algo verdadero.
En marzo, ella y Agustín empezaron a verse. Sin prisas, sin pretextos. Un día él preguntó si quería ir al cine. Ella aceptó. Después, cenaron juntos algo sencillo en un restaurante del barrio; él pidió pan.
¿El pan aquí es bueno? preguntó ella.
Probó él un trozo, pensativo.
No, no como el tuyo.
No lo dijo por halagar, fue sinceridad.
Ella sonrió, para sí, y guardó el momento.
En la cafetería, Eulalia había ampliado el menú, añadió platos de cuchara. Contrató otra ayudante, pensaba poner terrazas en verano.
Elena soñaba con su propio local. Un rincón tranquilo donde oliera a pan recién hecho desde temprano. No tenía prisa. Aprendía a esperar.
***
Javier apareció a finales de abril.
Elena lo vio desde la ventana de la cafetería, mirando el rótulo perdido. Tardó un instante en reconocerlo; luego el corazón le hizo tum-tum y se estabilizó.
Entró.
Eulalia estaba en la trastienda. En la sala, algunos clientes. Elena, en la barra.
Hola saludó Javier.
Estaba mayor. O quizá solo más parecido a lo que siempre fue. Más arrugas, la mirada más cansada, vacilando como quien pasea por una ciudad donde nada reconoce.
Hola respondió.
Te busqué por Inés. Me dijo que trabajabas aquí.
Así es.
Él miró las mesas de madera, la pizarra, la vitrina de empanadas. Algo, una emoción indescifrable, cruzó veloz su cara: ¿pena, asombro?
¿Te apetece un café?
Vale.
Ella le sirvió, lo dejó en la barra. Él lo sostuvo, lo fue tomando sorbo a sorbo.
He oído que esto va bien.
Va.
Dicen que tus empanadas son las mejores de la zona.
Me alegro.
Javier dejó la taza.
No estoy en mi mejor momento. Ortiz y yo ya no trabajamos juntos. La empresa se ha complicado. Difícil todo.
Elena lo atendió. No había en ella rencor, sí una observación sincera, como ante un desconocido cansado que despierta compasión pero no más.
Siento que tengas dificultades.
Quiero que vuelvas.
La cafetería se hizo más silenciosa. O eso creyó ella.
Podemos empezar de cero. Tengo planes. Igual cambiar de ciudad. Otro ritmo.
Javier.
Espera. Lo digo en serio. Sé que me equivoqué entonces. Le he dado vueltas.
Me alegro de que lo pienses.
Así que sí me escuchas.
Elena cruzó las manos en la barra.
Escucho. Una cosa: ¿recuerdas aquella noche, lo de «otra vez lo tuyo» delante de todos?
Él hizo memoria.
Sí.
No defendiste ni mi comida ni mi razón. Solo dijiste «otra vez», ese diminutivo que engulle años enteros.
Él bajó los ojos.
Me puse nervioso. Era importante, gente muy influyente, yo solo quería
Gente importante repitió Elena. También lo eran los obreros que compartieron mi empanada esa noche en chándal, aunque no los conozcas.
Él la miró, despistado.
A veces no te entiendo.
Lo sé respondió ella, calma. Es tu respuesta.
Al fondo sonó la cafetera. Dos nuevos clientes entraron; Elena, en automático, se volvió a ellos.
Un segundo les indicó, y miró a Javier. Debo trabajar.
Elena.
Javier, no te guardo rencor. No volveré, no por orgullo ni por heridas. Es que este sitio es el mío. Por primera vez desde hace años, estoy en mi sitio.
Javier la contempló unos segundos; después asintió, despacio ese asentimiento resignado de quien acepta lo que no quiere y debe marchar.
De verdad que tienes mejor aspecto reconoció, sin intentar reparar nada. Era solo un dato.
Gracias.
La puerta se cerró.
***
Despachó a los clientes. Uno compró pan y una empanada; otro preguntó por el guiso, ella indicó: a partir de las doce.
Fue a la cocina, llenó un vaso de agua y bebió. Miró el reloj, casi las once, tocaba preparar la masa para mañana.
Cogió la harina, la pesó. Mezcló la masa madre de su frasco bullente, que cuidaba como a algo vivo y esencial.
Las manos sabían solas.
***
Agustín llegó ese día a las tres, justo para el final del turno. A veces lo hacía, sin avisar.
¿Jornada buena?
Singular.
¿Me cuentas?
Salieron a la calle. Era un día luminoso, tibio, primavera; las sombras largas, los árboles plenos. Pasearon despacio.
Vino mi exmarido.
Agustín ni cambió el paso.
¿Y?
Quería que volviera.
Y dijiste que no.
Dije que no.
Él tardó en responder.
¿Fue duro?
Elena lo meditó.
Menos de lo que pensaba. Me dio algo de pena. Parecía quien llega a un sitio después de mucho andar y lo encuentra vacío.
Eligió su camino.
Sí. Y aun así, da lástima.
Agustín asintió. Era un gesto amable, de quien escucha y respeta.
¿Sabes? Quería decirte algo hace mucho, y nunca encontraba el momento.
Dímelo.
No conozco manos como las tuyas. No lo digo solo por el pan. Es algo más, y creo que lo sabes.
Elena lo miró de perfil.
Creo que sí.
Bueno. Solo quería eso.
Volvieron a andar, dejando atrás patios, bancos de jubilados, niños chillando en el parque. El cielo, azul lavado, apenas nubes.
Agustín dijo ella.
Dime.
Este año he entendido una cosa: mucho tiempo esperé que me aprobaran, que dijeran: bien, buen trabajo, correcto. Después dejé de esperarlo. La vida fue más fácil en ese instante.
Uno debe empezar por juzgarse a sí mismo.
Justo. Lo aprendí tarde.
Nunca es tarde aseguró él. Hay quien nunca lo aprende.
Elena sonrió para sí.
***
En verano, «Al Paso» funcionaba a pleno. Pusieron terrazas explotadas; siempre llenas en los días buenos. Eulalia negociaba ampliar el local; le propuso a Elena una participación. Ella pidió reflexionar.
Pensó poco. Aceptó.
Era una sabiduría sencilla, no de libros sino vivida: no ocultes lo que sabes hacer mejor. No te disculpes. Encuentra el sitio donde se valore y quédate ahí.
Y se quedó.
***
Una tarde de junio, al fin ya abiertas las ventanas, sentada en su cocina Elena escribía en un cuaderno. No era un diario; apuntaba pensamientos a veces recetas, a veces confidencias. Siempre lo hizo así.
Afuera, el chopo susurraba. La geranía florecía. En la nevera, la masa madre aguardaba la mañana.
Anotó: «Lo extraño de la vida es que lo mejor empieza justo cuando crees que todo se acaba».
Lo tachó.
Reescribió: «La empanada sale bien cuando no tienes prisa».
Sonrió para ella misma. Cerró el cuaderno.
***
Inés llamó el domingo al alba.
¿Todo bien?
Sí. He dormido hasta las ocho.
Madre mía. Hasta las ocho. Me alegro por ti.
Ven cuando quieras. Tengo empanada en el horno.
¿De qué?
Manzana y canela.
Voy, dijo Inés colgando.




