La madre, la verdad, deja mucho que desear — ¡Ana, otra vez has dejado la toalla mojada en el perchero del baño? La voz de la suegra retumbó desde el pasillo, justo cuando Ana apenas acababa de cruzar el umbral tras una dura jornada. Valentina, brazos cruzados, la observaba con mirada de reproche. — Está secándose allí —se descalzó Ana—. Para eso está el perchero. — En las casas decentes las toallas van a la secadora. Pero claro, tú de eso poco sabrás. Ana pasó de largo, sin dignar a su suegra con ninguna respuesta. Veintiocho años, dos carreras universitarias, un puesto de responsabilidad —y ahí estaba, aguantando reproches sobre toallas. Día tras día. Valentina la miró, insatisfecha. Esa manía de callar, de ignorar, de comportarse como si la casa fuera suya. Cincuenta y cinco años le habían enseñado a Valentina a calar a las personas, y su nuera le desagradaba desde el principio. Fría. Altiva. A su hijo, a su Maximiliano, le hacía falta una mujer hogareña, cariñosa. No esa estatua. En los días siguientes Valentina observó. Apuntó. Retuvo cada detalle… — Arturo, recoge los juguetes antes de la cena. — No quiero. — No te estoy preguntando si quieres o no. Hazlo. El pequeño de seis años frunció el ceño pero fue recogiendo los soldaditos. Ana ni lo miró, siguiendo con las verduras. Valentina lo vio todo desde el salón. Ahí estaba, esa frialdad, esa falta de ternura. Ni una sonrisa, ni una palabra dulce. Solo órdenes. Pobrecito. — Abuela, —se subió Arturo al sofá con ella cuando Ana fue al cuarto a doblar ropa— ¿por qué mamá está siempre tan enfadada? Valentina lo acarició con dulzura. El momento perfecto. — Verás, cariñito… Hay personas que no saben expresar el cariño. Es triste, sí. — ¿Y tú sabes? — Por supuesto, mi niño. La abuela te quiere mucho. La abuela no es mala. Arturo se acurrucó más. Valentina sonreía. Cada vez que se quedaban a solas, ella añadía pinceladas al cuadro. Discretamente. Poco a poco. — Mamá hoy no me ha dejado ver los dibujos —se quejó Arturo días después. — Pobrecito. Tu madre es muy estricta, ¿verdad? A veces también me parece que se pasa contigo. Pero no te preocupes, yo siempre te entiendo. El niño asentía, empapando cada palabra. La abuela es buena. La abuela entiende. Y mamá… — ¿Sabes? —susurraba Valentina en tono cómplice— Hay madres que simplemente no saben ser cariñosas. No es tu culpa, Arturito. Tú eres un niño estupendo. Es tu madre la que es mala. Arturo la abrazaba. Algo frío y raro comenzó a crecer en su pecho cuando pensaba en su madre. Un mes después, Ana notó el cambio. — Arturo, ven aquí, cariño, que te dé un abrazo. El niño se apartó. — No quiero. — ¿Por qué? — Simplemente, no quiero. Corrió hacia su abuela. Ana se quedó en medio del cuarto, los brazos abiertos en el aire. Algo se había roto y no sabía cuándo. Valentina presenció la escena desde el pasillo. Su sonrisa era de satisfacción. — Cariño —Ana se sentó junto a él esa tarde—, ¿estás enfadado conmigo? — No. — Entonces, ¿por qué no quieres jugar conmigo? Arturo se encogió de hombros. Su mirada era ajena, distante. — Quiero estar con la abuela. Ana lo dejó ir. Un dolor sordo, incomprensible se le instaló en el pecho. — Maxi, no reconozco a Arturo —le dijo a su marido esa noche ya dormidos todos—. Me evita. Antes no era así. — Bah, mujer, son cosas de niños. Hoy una cosa y mañana otra. — No son caprichos. Me mira como si… como si yo hubiera hecho algo malo. — Ana, exageras. Mi madre está con él mientras trabajamos. Se está encariñando. Ana pensó en replicar, pero calló. Maxi ya se había girado para mirar el móvil. — Tu madre te quiere —decía horas después Valentina a su nieto, ya en la camita—. Pero a su manera. Fría. Estricta. No todas las madres saben ser buenas, ¿lo entiendes? — ¿Por qué? — Así es la vida, pequeño. La abuela nunca te hará llorar. Siempre te defenderá. No como mamá. El niño dormía con esas palabras. Cada día miraba a su madre con más recelo. Pronto lo dejó claro: sabía a quién prefería. — ¿Vamos a pasear, Turo? —Ana le tendió la mano. — Quiero ir con la abuela. — Arturo… — ¡Con la abuela! Valentina le cogió la mano rápido. — ¿No ves que no le apetece? ¡Déjalo ir! Vamos, Arturito, que la abuela te compra un helado. Se fueron. Ana los miró alejarse, una losa sobre el pecho. Su niño, su propio hijo, la rechazaba por su abuela y no entendía qué pasaba. Esa noche Maxi la encontró en la cocina, inmóvil, frente a una taza de té frío. — Ana, hablaré con él —prometió. Ella solo asintió, sin fuerzas para palabras. Maxi se sentó en la habitación con el niño. — Cuéntame, Arturo. ¿Por qué no quieres estar con mamá? El niño no respondía. No sabía explicar. La abuela decía que mamá era mala, fría. Así debía ser. Los abuelos no mienten. Maxi salió de allí sin respuestas… Valentina planeaba. Ana estaba en las últimas; pronto haría las maletas. Maxi merecía otra mujer. Una verdadera esposa, no esa estatua de hielo. — Arturito —le murmuró al día siguiente cuando Ana se duchaba—, tú sabes que la abuela te quiere más que nadie, ¿verdad? — Lo sé. — Y tu madre… Mamá es bastante mala, ¿no crees? Nunca te achucha, ni te mima, siempre enfadada. Pobre de mi niño… No oyó los pasos tras ella. — Mamá. Valentina se giró. Maximiliano estaba en el marco de la puerta. Pálido. — Arturo, a tu cuarto —ordenó en voz baja. El niño salió corriendo. — Maximiliano, yo solo… — He escuchado todo. Un silencio pesado. — ¿Has estado manipulando a mi hijo contra Ana todo este tiempo? — ¡Solo me preocupaba por mi nieto! ¡Ella es un ogro! — ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Valentina reculó. Nunca la había mirado así su hijo. Con desprecio. — Maxi, escúchame… — No. Escúchame tú. Has enfrentado a mi hijo contra su madre. Mi esposa. ¿Comprendes el daño? — ¡Solo quería lo mejor! — ¿Lo mejor? ¡Ahora Arturo rehúye a su madre! ¡Ana está destrozada! ¿Eso es lo mejor? Valentina levantó la barbilla. — Muy bien. Ella no es para ti. Fría, mala, desalmada… — ¡¡Basta!! Los dos despertaron del grito. Maxi respiraba con dificultad. — Haz las maletas. Hoy mismo. — ¿Me echas de casa? — Estoy protegiendo a mi familia. De ti. Ella abrió la boca. La cerró al leer el veredicto en sus ojos. Sin negociación, sin segundas oportunidades. Una hora después, Valentina se marchó. Sin despedidas… Maxi encontró a Ana en el dormitorio. — Ya sé por qué Arturo ha cambiado. Ana lo miró, los ojos enrojecidos. — Mi madre… ha estado diciéndole que eres mala, que no lo quieres de verdad. Todo este tiempo lo ha manipulado contra ti. Ana se quedó helada. Respiró hondo. — Creí que me estaba volviendo loca. Que era mala madre. Maxi la abrazó. — Eres una madre maravillosa. Mi madre… No sé qué le pasó. Pero no volverá a acercarse a Arturo. Las semanas siguientes fueron duras. Arturo preguntaba por la abuela, no entendía su ausencia. Los padres le hablaban, suaves, con paciencia. — Hijo —le acariciaba Ana—, lo que dijo la abuela de mí… no es verdad. Te quiero muchísimo. Él la miraba entre desconfiado y confundido. — Pero eres mala. — No mala, sino estricta. Porque quiero que seas buena persona. La firmeza también es amor, ¿lo ves? El niño lo meditó… mucho rato. — ¿Y me abrazas? Ana lo apretó con fuerza, y Arturo se echó a reír… Poco a poco —día tras día— Arturo volvía a ser el de antes. El que corría a enseñar a mamá sus dibujos, el que se dormía con sus nanas. Maxi los miraba jugar y pensaba en su madre. Ella había llamado varias veces. Maxi no contestaba. Valentina se quedó sola, en su piso. Sin nieto. Sin hijo. Y todo por querer salvar a Maxi de una mujer “equivocada”. Al final, los perdió a ambos. Ana recostó la cabeza en el hombro de su marido. — Gracias por arreglarlo todo. — Perdóname por no ver lo que pasaba. Arturo se les subió encima entre risas. — ¡Papá, mamá! ¿Vamos mañana al Zoo? La vida, al fin, parecía volver a su cauce…

Life Lessons

Madre, la nuestra, tampoco era para tanto

Lucía, ¿otra vez has dejado la toalla mojada colgada en el baño?

La voz de la suegra sonó desde el pasillo en cuanto Lucía cruzó el umbral tras la jornada en la oficina. Carmen estaba allí, con los brazos cruzados, lanzándole una mirada implacable.

Se está secando ahí respondió Lucía mientras se sacaba los zapatos. Para eso está el perchero.

En las buenas casas, las toallas se ponen en el tendedero. Pero claro, tú eso no lo sabes.

Lucía pasó de largo sin prestarle respuesta. Veintiocho años, dos carreras, jefa de departamento, y tenía que aguantar broncas de toallas. Cada día, sin falta.

Carmen la siguió con la mirada, descontenta. Ese aire suyo de callar, ignorar, andar por casa como si fuese reina de Castilla. A sus cincuenta y cinco años, Carmen se jactaba de conocer a las personas, y a esa chica nunca la tragó. Helada. Altiva. Su hijo Jaime necesitaba una mujer de su casa, arropada y dulce, no esa estatua.

Durante los días siguientes Carmen no hizo más que observar. Tomaba nota, grababa en la memoria cada detalle…

Daniel, recoge los juguetes antes de cenar.

No quiero.

No es cuestión de querer o no. Recoge.

Daniel, seis años, puso morros pero fue recogiendo a sus pequeños caballeros. Lucía ni miró; seguía cortando el pimiento para la ensalada.

Carmen, desde el salón, veía claro lo que pasaba. Esa frialdad que ella siempre sospechó. Ni una sonrisa, ni una palabra tierna. Pura orden. Pobre chaval.

Abuela Daniel se subió junto a ella en el sofá cuando Lucía se fue al dormitorio con la ropa limpia, ¿por qué mamá está siempre tan enfadada?

Carmen le acarició el cabello. El momento era perfecto.

Mira, cielo… Hay personas así. No saben expresar cariño. Es triste, sí.

¿Y tú sí sabes?

Por supuesto, mi amor. Tu abuela te quiere mucho. Abuela nunca se enfada.

Daniel se apretó contra ella. Carmen sonrió.

Cada vez que quedaban a solas, Carmen iba pintando su cuadro. Lenta, astuta.

Mamá no me ha dejado ver los dibujos hoy se lamentó Daniel días después.

Pobrecito. Mamá es muy estricta, ¿a que sí? A veces también pienso que es demasiado dura contigo. Pero no te preocupes, ven a mi lado, abuela siempre te entiende.

Daniel asentía, absorbiendo cada palabra. Abuela es la buena. Abuela comprende. La madre…

Verás, Carmen bajaba la voz hasta convertirla en secreto, hay mamás que nunca aprenden a ser cariñosas. No tienes la culpa, Dani. Eres un niño perfecto. La que falla es tu mamá.

Daniel la abrazaba más fuerte. Algo frío y confuso comenzó a crecer en su pecho cuando pensaba en Lucía.

Un mes más tarde Lucía notó el cambio.

Daniel, hijo, ven, te doy un abrazo.

El niño se apartó.

No quiero.

¿Y eso?

No me apetece.

Y se fue corriendo a la abuela. Lucía quedó sola en la habitación infantil, con los brazos extendidos. Algo se había roto, y ni sabía cuándo.

Carmen contemplaba la escena desde la puerta, esbozando una sonrisa satisfecha.

Cariño por la noche, Lucía se sentó con Daniel, ¿estás enfadado conmigo?

No.

Entonces, ¿por qué no juegas conmigo?

Daniel encogió los hombros. Su mirada era extraña, distante.

Quiero estar con la abuela.

Lucía lo dejó ir. Sentía una punzada sorda en el pecho.

Jaime le dijo esa noche a su marido, ya en la cama, Daniel me rehuye. Antes no era así.

Mujer, es cosa de críos. Hoy una cosa, mañana otra.

No son niñerías. Me mira como si… como si yo fuera mala.

Lucía, exageras. Mamá pasa tiempo con él mientras trabajamos, nada más. Se han encariñado.

Lucía quiso replicar, pero Jaime ya se había girado hacia su móvil.

Mientras tanto, Carmen, cada noche que Lucía y Jaime llegaban tarde, seguía susurrando:

Tu madre te quiere, hijo. A su manera, pero fría, estricta. No todas las madres saben ser buenas… ¿lo entiendes?

¿Por qué?

Así es. Pero yo, abuela, nunca te haría daño. Siempre te defenderé. No como mamá.

Y Daniel se dormía con esas palabras danzando en la cabeza. Cada mañana miraba a Lucía con nuevos recelos.

Pronto no se escondió en su preferencia:

Dani, ¿vamos de paseo? Lucía alargó la mano.

Con la abuela quiero ir.

Daniel…

¡Con la abuela!

Carmen tomó rapidito la mano del nieto.

Deja en paz al crío, ¿no ves que no quiere? Ven, Dani, la abuela te invita a un helado.

Se marcharon. Lucía los vio alejarse con un peso en el pecho. Su hijo la evitaba, huía hacia la suegra. ¿Qué le ocurría?

Esa noche Jaime encontró a Lucía sentada en la cocina, con el té frío y la mirada fija en la pared.

Lucía, hablaré con él. Te lo prometo.

Ella asintió apenas; no le quedaban fuerzas.

Jaime se sentó junto al niño:

Daniel, dinos, ¿por qué no quieres estar con mamá?

Él apartó la vista.

No sé.

Eso no vale, hijo. ¿Te ha hecho daño mamá?

No…

Entonces, ¿por qué?

Daniel calló. Con seis años, no sabía explicar lo inexplicable. La abuela decía, mamá es mala, fría. Pues así debía ser. La abuela no mentía.

Jaime salió de la habitación, frustrado…

Carmen, por su parte, planeaba el último acto. Lucía andaba ya tan apagada, que no quedaba mucho para que hiciera la maleta sola. Jaime merecía otra esposa, una de verdad, no ese témpano.

Dani lo encontró en el pasillo mientras Lucía se duchaba, tú sí sabes que la abuela te quiere más que nadie, ¿verdad?

Sí.

Y tu madre… la nuestra es bastante regular. No te abraza, no te acaricia, siempre enfadada. Qué disgusto tiene mi niño.

No oyó pasos por detrás.

Mamá.

Carmen se giró. Jaime estaba parado en la puerta, pálido.

Daniel, ve a tu cuarto su tono era tan bajo que Daniel no dudó y salió corriendo.

Jaime, yo…

He escuchado todo.

El silencio llenó el pasillo.

Tú… Jaime tragó saliva, ¿has estado enfrentando a Daniel con Lucía? Todo este tiempo, ¿has sido tú?

Sólo cuido de mi nieto. Ella lo trata como una guardiana de convento.

¿Has perdido el juicio?

Carmen retrocedió. Era la primera vez que su hijo la miraba así, con esos ojos de asco.

Jaime, escúchame…

No. Escúchame tú. Has manipulado a mi hijo contra su madre, mi mujer. ¿Eres consciente de lo que has hecho?

Quería lo mejor para vosotros.

¿Mejor? ¡Daniel le huye a su propia madre! Lucía está destrozada. ¿Eso es ‘lo mejor’?

Carmen alzó el mentón.

Me da igual. Ella no es para ti. Fría. Dura. Sin corazón…

¡Basta!

El grito los detuvo. Jaime respiraba con esfuerzo.

Prepara tus cosas. Esta noche te vas.

¿Vas a echar a tu madre de casa?

Estoy protegiendo a mi familia. De ti.

Carmen quiso decir algo, pero no pudo. En los ojos de su hijo vio la sentencia: no habría perdón, no habría vuelta atrás.

Una hora después, la puerta se cerró tras ella. Sin despedidas.

Jaime se acercó a Lucía, en el dormitorio.

Ya sé por qué Daniel ha cambiado.

Los ojos de Lucía, enrojecidos, buscaron a su marido.

Era mi madre. Ella… llevaba tiempo diciéndole que eras mala, que no le querías. Lo ha estado poniendo en tu contra.

Lucía quedó inmóvil. Luego respiró hondo, muy hondo.

Llegué a pensar que estaba volviéndome loca. Que era una mala madre.

Jaime la abrazó fuerte.

Eres una madre maravillosa. La culpa es de mi madre… No sé en qué pensaba, pero no volverá a pasar.

Las siguientes semanas fueron difíciles. Daniel preguntaba por abuela. No entendía por qué de repente no estaba. Sus padres le hablaron, con cariño y paciencia.

Cariño Lucía le acariciaba el pelo, lo que decía la abuela de mí no es verdad. Yo te quiero muchísimo.

Daniel la miraba desconfiado.

Pero eres muy seria.

Soy seria, sí. Quiero que crezcas bien, que seas un buen hombre. Ser firme también es amor, ¿vale?

El niño pensó mucho, en silencio.

¿Me das un abrazo?

Lucía lo abrazó tan fuerte que Daniel rompió a reír…

Poco a poco día tras día volvió a ser el Daniel risueño de siempre. El que corría a enseñarle a mamá sus dibujos. El que dormía arropado por sus nanas.

Jaime miraba a Lucía y a Daniel jugando en el salón y pensaba en Carmen. Llamó varias veces. Jaime nunca contestó.

Carmen quedó sola, en su piso de Lavapiés. Sin nieto, sin hijo. Solo quiso salvar a Jaime de una esposa equivocada. Y al final, los perdió a los dos.

Lucía apoyó la cabeza en el hombro de Jaime.

Gracias por arreglarlo.

Perdona por haber tardado tanto en ver lo que pasaba.

Daniel vino corriendo, se subió a las rodillas de su padre.

Papá, mamá, ¿vamos mañana al Retiro a ver a los animales?

La vida parecía, por fin, volver a su cauce…

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