La llamada que pudo cambiar mi vida: Cuando yo mismo intenté advertirme desde el futuro y todo acabó…

Life Lessons

Miguel ya casi está saliendo corriendo del piso cuando de pronto suena el teléfono en la habitación. No le apetece nada volver atrás, sobre todo porque sus amigos ya le esperan abajo, junto al portal. Hace un rato dejó caer el balón y le aguarda un partido decisivo en el campo de fútbol detrás de su edificio. Se detiene unos segundos en la puerta, esperando que el timbre pare, pero el teléfono suena y suena, insistente.

¿Quién será ahora? murmura con fastidio mientras corre hacia la habitación, sin molestarse en quitarse las zapatillas.

Descuelga el auricular, listo para soportar algún encargo de su madre o las eternas preguntas de su abuela: ¿Te has comido la merienda? ¿Te has lavado las manos? ¿Por qué a los adultos les preocupa tanto todo eso?

Sí, ¿diga? gruñe, visiblemente molesto.

¡Hola! ¿Miguel? pregunta la voz desconocida de un hombre.

Mis padres no están responde, decidido a colgar porque cree que están llamando para hablar con su padre o su madre, pero la voz lo detiene.

Miguel, escúchame, por favor. No cuelgues. Es muy importante la voz guarda un breve silencio antes de continuar. Quizás no me creas, pero por favor, hazme caso. Coge ahora mismo un bolígrafo y un papel y apunta todo lo que te voy a decir. No tengo mucho tiempo para explicarlo todo. Soy tú mismo, pero del futuro. Sé que te costará creértelo, pero por favor, haz lo que te pido. Es esencial. ¿Tienes ya el bolígrafo y el papel?

Miguel se considera un chico educado y eso es quizá lo único que evita que cuelgue el teléfono. Además, su abuela siempre dice que con los locos es mejor no discutir. Hay que escucharles, luego hacer lo que uno quiera. Y a este señor claramente le falta un tornillo. O está gastándole una broma, algo que también él y sus amigos hacen a veces: marcan un número cualquiera y preguntan ¿Tienen agua? Pues llenen la bañera que vamos a llevar a un elefante a bañarse. O cosas así. Siempre les hace gracia. Así que Miguel decide seguirle un poco el juego, sin mostrar enfado y esperando a ver cómo termina la broma. Si es que es una broma.

Lo tengo responde serio. ¿Y en el futuro tengo un cacharro de esos que leen la mente?

¿Un qué…? la voz duda. ¡Miguel! No estoy de broma. Si me haces caso y apuntas todo tal cual te digo, tendrás un iPhone y muchas otras cosas.

Vale, apunto contesta Miguel, mientras mira por la ventana y se hurga la nariz. Seguramente los chicos no van a esperarlo y se irán sin él. Mejor acabar rápido la llamada y volver al partido, sobre todo si el yo del futuro dice que no tiene mucho tiempo.

La voz empieza a recitar fechas y años. Le recomienda alejarse de una tal Lucía de la clase paralela, mantenerse a distancia de una pirámide financiera, comprar y vender dólares en determinados momentos, y otra vez comprar. Habla del martes negro, de máquinas tragaperras, de casinos, de criptomonedas, del mercado inmobiliario y un montón de conceptos extraños para Miguel que apenas ha terminado los deberes…

¿Lo has apuntado todo? pregunta la voz.

Todo dice Miguel.

Cuento contigo. Guarda ese papel como si fuera el mapa de un tesoro. No se lo enseñes a nadie y no lo pierdas dice la voz con un hilo de esperanza, antes de que el auricular solo devuelva un pitido intermitente.

Miguel cuelga y sale corriendo hacia el patio. Al anochecer, cuando vuelven a casa sus padres tras el trabajo, recuerda la llamada y les cuenta lo sucedido, que un hombre extraño había llamado diciendo ser Miguel… ¡del futuro!

Nunca hables con desconocidos dice su padre, tajante. Menos aún si te empiezan a hablar de comprar dólares o de historias del futuro. Si pasa otra vez, di que vas a llamar a la Guardia Civil y cuelga.

Por supuesto asiente su madre. Además, ¿a quién le interesan esos dólares? ¿Qué se supone que haríamos con ellos?…

***

El tiempo pasa y Miguel se olvida por completo de aquella conversación. Las preocupaciones de la infancia acaban relegando a un rincón los martes negros y las criptomonedas. Los años siguen su camino entre estudios y la despreocupación de la juventud. En cuarto de ESO llega al instituto una chica nueva que le gusta enseguida. A pesar de estar en otra clase, nada le impide entablar amistad y poco a poco, tras notas discretas y paseos improvisados hasta su casa, surge algo más profundo.

Después de la universidad, Miguel y Lucía se casan. Los años noventa ya rugen por toda España. El espejismo de la abundancia se desvanece y deja paso al desencanto y a un largo resacón tras demasiada sangría. Saltando de una crisis a otra, la promesa de comprarle unas botas nuevas a Lucía queda en agua de borrajas, pues ni para unas zapatillas blanquitas da el sueldo. Una hipoteca asfixiante en un minipiso les aplasta con sus cuatro paredes y cuotas mensuales…

***

Ahora, Miguel se sienta solo en un banco de la Plaza de Oriente. Abre una botella de cerveza sin miramientos y le da un trago. Saca un cigarro, lo enciende y observa sin interés a los transeúntes, perdido en su propio laberinto. No se da cuenta cuando un hombre mayor, con gafas y maletín de cuero, se sienta a su lado.

¿Le importa? pregunta cortésmente el hombre, aunque ya se ha acomodado.

Miguel le echa una mirada rápida y asiente. Da otro trago largo a su cerveza.

Hoy el día está gris comenta el hombre, mirando al aire más que a Miguel.

Como casi toda la vida responde Miguel, resignado.

¿No le parece curioso? el hombre se gira. Es como si los días grises solo llegaran con los años. Cuando recuerdo la infancia, todo era sol: en primavera charcos y barquitos de papel, los veranos olían a césped recién cortado y al río, el otoño era colorido y hasta el crujido del invierno bajo los pies tenía algo mágico. Ni un solo día gris en mis recuerdos.

En la infancia no hay preocupaciones reflexiona Miguel. Son ellas, las preocupaciones, las que tiñen los días. ¿Acaso pensaba yo de niño que acabaría así?

Y Miguel, sin saber muy bien por qué, le cuenta al anciano todos sus fracasos y desengaños. Cómo los timos y las promesas de riqueza le han perseguido: desde los juegos de azar hasta negocios ruinosos. Invertía siguiendo las promesas de felicidad inmediata y acababa atrapado en préstamos a largo plazo. Lucía se marchó, dejándole solo y sin nada, para irse con otro a Marbella. Ahora vive como puede, saltando de un trabajo a otro, de sueldo en sueldo.

Aunque ahora me han ofrecido una idea sonríe Miguel. He hecho un curso de Mentalidad de millonario. El profesor aconseja invertir en cripto y promete un 500% de rentabilidad. Esto sí que es seguro añade, dando una calada soñadora. Resulta que hasta ahora todo lo hice mal.

Disculpe, joven el anciano se ajusta las gafas. ¿Usted qué formación tiene? ¿En qué trabaja?

Trabajar… es para los tontos dice Miguel y vuelve a beber. Hay que saber ganar dinero, no trabajar. Ojalá saber siempre en qué invertir…

Pasan varios minutos en silencio. Miguel sueña con las fortunas virtuales, mientras que el hombre mayor parece absorto en sus propios pensamientos.

¿Cree usted entonces prosigue el anciano que si alguien supiera todo de antemano, su vida cambiaría?

Por supuesto afirma Miguel.

Usted me parece interesante dice el hombre. Déjeme probar en usted un invento mío. Abre su maletín y, para sorpresa de Miguel, saca un viejo teléfono de baquelita con disco de marcar. Según algunas teorías, el tiempo no es ni lineal ni cíclico, sino que todo existe al mismo tiempo.

No le sigo confiesa Miguel.

Verá el hombre se quita las gafas y se masajea la frente. No existe un antes ni un después, todo sucede ahora. En este mismo instante, usted vive todas las etapas de su vida simultáneamente.

No me entero repite Miguel, encogiéndose de hombros.

No importa dice el hombre, girando el teléfono hacia él. Con este aparato puedo llamar a mi yo del pasado, cuarenta años atrás, exactamente. Lo he probado. Y, al ver la expresión escéptica de Miguel, añade. Sólo llamé para preguntar el año que era. Me pregunto cómo debe de sentirse un chaval al que le llama un desconocido solo para preguntar en qué año está. Pero lo cierto es que yo no recuerdo este episodio en mi infancia. ¿Si llamas al pasado y cambias algo, se repite el presente, o este puede variar? ¿Cómo afecta eso al futuro?

Miguel piensa, evidentemente, que el abuelo ha perdido el juicio. Pero al mismo tiempo, ¿por qué no probar? Hay gente en internet que habla de cosas aún más raras y les va de maravilla; igual ellos han descubierto algún secreto. Lo lógico sería que, si estos secretos funcionan, los vendan. Los que los llaman timadores nunca prueban nada, solo repiten lo que han oído y se quejan en las redes… Miguel no es así.

¡Venga, vamos a probarlo! exclama animado.

¿Recuerdas tu número de casa? pregunta el anciano. Tiene que ser justo a esta hora, hace exactamente cuarenta años, y tienes que estar en casa para contestar.

Miguel recuerda perfectamente el número. Y ahora, cuarenta años antes, seguro que estaría llegando del colegio. Coge con cuidado el vetusto teléfono y marca los siete dígitos con el pulso acelerado.

Tendrás muy poco tiempo advierte el hombre mayor. Consume mucha energía; la batería da para un par de minutos, no más. Y no me hago responsable de las consecuencias.

Me basta afirma Miguel, marcando el número. El teléfono da largos tonos. Tranquilo, viejo, si de verdad funciona, arreglamos el presente en un segundo.

Cuando Miguel está a punto de rendirse pensando que todo es un disparate, alguien descuelga en el otro extremo.

¿Sí? responde una voz infantil, molesta.

¿Hola? ¿Miguel? pregunta Miguel, sorprendido y nervioso.

Mis padres no están le responde el Miguel niño, y Miguel del presente se apresura, antes de que cuelgue.

Miguel, escúchame, no cuelgues, por favor, es muy importante Miguel se atasca, no sabe ni qué decir, pero sigue. Igual no me crees, pero hazme caso. Coge ahora mismo un bolígrafo y apunta todo lo que te diré. Me queda poco tiempo. Soy tú mismo, pero del futuro. Sé que cuesta creerlo, pero por favor, hazlo. Es esencial. ¿Tienes ya boli y papel?

Lo tengo responde el niño. ¿Y en el futuro tendré una máquina para leer la mente?

¿Una qué…? Miguel se contiene, recordando que habla con un niño, aunque sea él mismo. ¡Miguel! No es una broma. Si apuntas todo y me haces caso, tendrás un iPhone y mucho más.

Vale, apunto le tranquiliza la voz infantil.

Miguel le cuenta todo lo que puede recordar: cómo tras acabar la selectividad, se metió en un trabajo prometedor, pero se dejó llevar y junto a Lucía se fundió hasta el último euro. Le advierte de evitar a Lucía, que no le conviene, y que aprenderá todo lo importante en la vida y tendrá cien veces lo que habría tenido con ella. Le cuenta que compre dólares con cada paga. Le da la fecha exacta del martes negro y le explica cuándo debe vender, cuándo volver a comprar. Le insiste en mantenerse lejos de los juegos de azar y que, si invierte con amigos en máquinas recreativas, tendrá ingresos para años. Que no caiga en timos piramidales. Que invierta pronto en vivienda, mientras sea barata. Que en agosto del 98 cambie de nuevo todo a dólares. En 2009, parte a bitcoins. Todo lo que recuerda, se lo resume en los dos minutos que le da el aparato.

¿Lo has apuntado todo? pregunta al niño Miguel.

Todo afirma el pequeño.

Cuento contigo. Guarda ese papel como un tesoro. No se lo enseñes a nadie y no lo pierdas quiere añadir algo más, pero la comunicación se corta de pronto.

***

Miguel, por supuesto, no apunta nada de lo que le están diciendo. Espera a que el hombre termine con esa extraña charla y, colgando, sale corriendo al patio. Si era una broma, tampoco tenía mucha gracia.

Tengo que contarle esto a mis padres esta noche, por si acaso, piensa Miguel, mientras se lanza a la cancha bañada por el sol y el bullicio de sus amigos.

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