La hija se apagaba, la madre florecía
Ese otoño en Villafuentes fue un auténtico castigo: húmedo, desapacible, de esos que el viento se cuela hasta los huesos y la lluvia repiquetea en los cristales del ambulatorio desde bien temprano, como quien dice, dejadme entrar, que no aguanto este frío. Y allí estaba yo, revisando historiales médicos mientras sentía en el alma, como dicen, un ejército de gatos cabreados arañándome por dentro. Todo tranquilo, no había nadie gravemente enfermo, pero la inquietud flotaba en el aire, igual que los mosquitos antes de la tormenta: zumbando, revoloteando, sin dejarme en paz.
De pronto, chirría la puerta, con ese sonido cansado y torpe, y ahí aparece Valentina Segovia en el umbral.
Ay, Valentina… Cincuenta y tantos años, y parece que la han sacado de una caja de joyas con una pizca de tristeza. El pañuelo gris caído, el abrigo colgando en sus hombros como harapos, bajo sus ojos unas ojeras negras como si se hubiera maquillado con carbón. Y esas manos. Madre mía, esas manos: rojas, hinchadas por el agua fría, temblando mientras juegan con el botón del abrigo.
Manuela, susurra ella, y apenas es voz, un suspiro ronco. Dame algún remedio, que el corazón no me deja vivir, lo oigo hasta en la garganta. Y a mamá… dale algo de valium, que ha tenido otra crisis, ni un ojo hemos pegado esta noche.
La miro por encima de las gafas y siento un escalofrío. Pensé: Esta mujer ya no está para quedarse mucho entre nosotros. Allí estaba, y la vida en ella como el agua que queda en el fondo de la charca en agosto.
Siéntate, le digo mientras saco el tensiómetro. Pero, ¿cómo te castigas así, criatura? No te queda ni sombra de persona.
No puedo, Manuela,ni se sienta, se apoya en el marco. Mi madre está sola, si quiere agua, si le sube la presión, tengo que correr. Dame el medicamento, por favor.
Le di los frasquitos, los agarro con esos dedos tiesos y salió corriendo, dejando en el ambulatorio una corriente de aire frío. La veo desde la ventana encorvada, pisando el barro camino de su casa y pienso: ¿Por qué le tocó semejante vida, Señor?. Porque lo que tiene allí no es una madre, es un yugo colgado del cuello.
Leonor Segovia fue toda la vida una mujer de carácter, de esas que llenan la sala con su voz. Se pasó la vida en el ayuntamiento, mandando como una general. Y cuando llegó la jubilación, pues se tumbó para siempre.
Las piernas, decía, no me sostienen. El corazón, gritaba, se me para.
Diez años lleva así. Diez años que Valentina le gira alrededor como una liana.
Al día siguiente, no pude aguantar más, me puse mi abrigo, fingí que iba a hacer una visita rápida a ver cómo estaban. Entro en la casa: reluciente, los suelos crujen y el aroma no es a medicina sino a empanada y col guisada.
Leonor en la cama, elevada como reina en su trono. Una montaña de almohadas, la cara sonrosada, lisa, ni una arruga de más, ojos vivos, clavados como cuchillos.
Vaya, Manuela,tronó, viniste al fin. Porque esta inútil, mira hacia la cocina, no vale de nada. Le digo: Valentina, me quema el pecho y me responde: Mamá, ahora mismo termino con la vaca. ¡Le importa la vaca más que la madre!
Y Valentina arrastrando un cubo de agua, pesado. Las piernas le flaquean, la espalda doblada. Deja el cubo, se arrodilla y empieza a fregar el suelo, en silencio, sólo el silbido del esfuerzo sale de su pecho.
Leonor,le digo severa, ¿por qué no piensas en tu hija? Ya casi es invisible.
¿Que la compadezca?Leonor casi salta de las almohadas. ¿Y a mí quién me compadece? Yo la crié, no dormía, y ahora ni un vaso de agua puedo pedir. Es mi cruz, Manuela, la enfermedad. Ella, mi hija, se debe a mí.
Miro a Leonor y veo que de salud anda sobrada para tres hombres. La enfermedad que tiene se llama amor propio sin fronteras. Le succiona la vida a Valentina como araña a la mosca. Y se lo cree, vaya si se lo cree, tanto que todos se lo creen.
Y Valentina, ni levanta la cabeza, sólo pasa la bayeta. Shh-shh. Shh-shh. Ese sonido se me quedó grabado para siempre. Sonido de resignación.
Pasó un mes. El invierno ya estaba merodeando, la primera nevada caía, afilada y brava.
Una noche, mientras me tomaba un té con rosquillas, de repente golpean la ventana tan fuerte que tiembla el cristal.
Abro y ahí está el vecino, Pablo, ojos como platos.
Manuela, ¡corre! Tía Valentina se ha desmayado, justo en el pozo. No puede levantarse.
No recuerdo ni cómo corrí, las piernas viejas se encargaron de llevarme. Llego y Valentina está tirada en la tierra helada, los cubos de agua volcada, empezando a congelarse. La cara más blanca que la nieve, labios azules.
Entre varios la metimos en casa.
Desde el dormitorio grita Leonor:
¿Qué es ese ruido? ¡Valentina, dónde te has metido! ¡Mi almohadilla está fría!
Me acerco a Valentina, le tomo el pulso una hebra, casi nada. Llamaron a urgencias, la llevaron al hospital provincial. Infarto. De los graves.
Leonor, sola.
Entro en su cuarto. Está sentada, pestañeando.
¿Dónde está Valentina? ¿Quién me va a sacar el orinal? ¿Quién me prepara la avena?
Valentina está en el hospital,le digo dura, no aguanto. La has dejado sin fuerzas, Leonor. Se muere.
¡Mentira!chilló. Lo hace aposta, quiere escapar de mí, ¡quiere abandonar a su madre indefensa! ¡Egoísta!
Me dio un asco, chicas… Le habría dado con el juramento hipocrático si pudiera. Le dejé agua, una pastilla y me marché. Pensaba: ¿cómo vas a sobrevivir tú sola…?
Pero el destino, que tiene imaginación, le tuvo otra sorpresa. Al día siguiente vino el autobús desde Madrid. De él bajó Paloma. Nieta de Leonor, hija de Valentina.
A Paloma en el pueblo no la tragaban. Se fue a la ciudad hace diez años, nada más terminar el instituto. No volvió nunca. Decían que era altiva, que despreciaba a los pueblerinos. Valentina lloraba por ella silenciosamente, escribía cartas, nunca hubo respuesta.
Y ahora vuelve. Con cazadora de cuero, corte de pelo moderno, mirada firme, dura. Nada parecida ni a la madre ni a la abuela.
Primero pasó por mi casa.
¿Cómo está mi madre?pregunta, seca, profesional.
Mal, le digo. En cuidados intensivos. Dicen los médicos: el cuerpo no tiene recursos, se le han agotado.
Paloma aprieta los labios, la mandíbula marcada.
Vale. Voy a ver a la abuela.
Lo que pasó allí nadie lo supo. Pero al día siguiente yo paso cerca de su casa y oigo un griterío infernal. Leonor vociferando. Pensé: La están matando. Entro corriendo.
Y la escena: Leonor en la cama, roja como una gamba, agitando los brazos. Paloma de pie, imperturbable, con un plato de sopa.
¡No me lo como!chilla la abuela. Está frío, ¡no tiene sal! Valentina siempre me lo daba calentito. ¿Dónde está mi hija?
Tu hija está en el hospital porque tú la has agotado,dice Paloma con voz plana. Y yo no soy Valentina. No salo la sopa. No quieres comer, allá tú. Cuando tengas hambre, comerás.
Deja el plato, se va.
¡El agua!le grita Leonor. ¡Tráeme agua, malvada! Que me muero.
Paloma se detiene en la puerta, se gira:
Ahí tienes la jarra, y el vaso. ¿Las manos te funcionan? Pues adelante.
Pensé que era el fin de Leonor. Llevaba diez años sin agarrar ni un vaso.
¡Manuela!me ve, me llama. Sé testigo. ¡Me tortura! ¡Me quiere matar de hambre!
Paloma me miró con esos ojos grises y vi tanto dolor en ellos que sentí ganas de llorar. No era crueldad, amigas. Era cirugía. Estaba cortando para sacar el pus.
Dos semanas adiestró Paloma a la abuela. Mano dura.
El orinal lo saco yo, dice. Pues el sillón-orinal ahí está. Si puedes sentarte, puedes cambiarte.
¿La cama? Cambiatela tú. Tienes manos.
Si gritas, cierro la puerta y me voy al huerto.
El pueblo murmuraba: ¡A esa vieja la destroza! susurraban en el pozo. Yo callaba. Porque veía que Leonor revivía.
Al principio casi explota de rabia. Luego, con hambre, empezó a manejar la cuchara. Y cuando Paloma no le servía el agua, vi yo con mis ojos: la abuela se levantó. Gruñendo, agarrada a la cabecera, llegó hasta la mesa.
Y al mes, o poco más, dieron el alta a Valentina.
Paloma la trajo en un taxi. Valentina, débil aún, demacrada, pero ya no transparente. Camina agarrada a la hija, temerosa de la casa. Pensaba: Ahora la abuela me va a achacar la pierna, el pie, cualquier cosa.
Entraron. Silencio.
La habitación de la madre: vacía, la cama hecha.
Valentina se lleva la mano al pecho:
¿Ha muerto?
No,sonríe Paloma. Está en la cocina.
Van a la cocina. Ahí está Leonor Segovia. Sentada, con gafas, pelando patatas. ¡Pelando patatas sola!
Ve a Valentina, deja el cuchillo.
Silencio tan estruendoso que se oyen los relojes. Tic-tac. Tic-tac.
Valentina se apoya en el quicio, lágrimas silenciosas.
Mamá ¿te has levantado?
Leonor la mira, luego a la nieta. Una expresión nueva en sus ojos. No el de antes, sino confusa, hasta tierna, como si despertara de un letargo.
Aquí hay que levantarse,gruñó, pero sin veneno. ¡Con esta sargento de falda!
Luego, en voz baja:
Siéntate, Valentina. Que la patata se enfría.
Las miro a todas: abuela, madre, nieta, y pienso cuánto tiempo gastamos en manipulaciones, en jugar a enfermos, a víctimas. Y la vida, mira, que no es un borrador, no hay segunda versión. A veces, para salvar a alguien, no hay que ponerle almohadón, sino quitárselo.
Pasó el invierno. La nieve se fue, llevándose esa vida vieja y rancia.
Llegó mayo. ¿Sabéis cómo es mayo en Villafuentes? El aire tan dulce de almendros que apetece comerlo a cucharadas. Las tardes azulísimas, y los ruiseñores cantan en los arroyos hasta dar la vuelta al alma.
Paso una tarde frente a la casa de los Segovia.
Puerta nueva, reluciente. En el jardín, tulipanes rojos: el orgullo de Valentina.
En el patio, mesa puesta. El samovar reluce al sol atardecido.
Sentadas las tres.
Leonor en la silla de ruedas (andar mucho aún le cuesta), pero con la taza en la mano, mojando bizcocho. Lleva un pañuelo brillante, de esos que parecen de fiesta.
Paloma sentada a su lado, se ríe de algo, portátil en la falda teletrabaja ahora desde aquí.
Y Valentina Valentina pasea por el jardín. No corre doblada, sino camina despacio, tocando ramas de los manzanos, oliendo las flores blancas. Su rostro tranquilo, luminoso. Arrugas siguen, claro, pero los ojos los ojos vivos.
Al verme, Valentina saluda:
¡Manuela! ¡Ven a tomar un té! Hemos abierto la mermelada de grosella, tu favorita.
Entro, la puerta chirría familiar y acogedora. Me siento con ellas. El té ardiente, humeante.
¿Sabes, Manuela? dice Leonor, mirando el sol. Yo creía que el amor era que te atiendan, te sirvan todo. Y mira El amor es cuando no te dejan caer. Cuando te hacen vivir aunque creas que no puedes.
Valentina la abraza por los hombros, en silencio. Paloma pone su mano sobre la de la abuela.
Nos quedamos así, la paz de verdad, sólo el grillo afina su violinito detrás del fuego, y una vaca muge lejos el ganado vuelve. Qué bien se está, Señor. Y dan ganas de creer que ahora sí, todo irá bien.
Y miro mi ambulatorio, nuestras calles polvorientas, las casitas con balcones de madera, y pienso: no hay mejor sitio en el mundo que tu pueblo cuando hay armonía en las casas. Aquí el aire cura, la tierra da fuerzas, si quitas el rencor del corazón como se quitan los cardos del huerto.



