¿Que vienen otra vez este sábado? Pero si habíamos quedado en que este finde lo pasaríamos tú y yo solos, saldríamos a la sierra o a la playa, necesito desconectar ¡He acabado molida con los cierres trimestrales del curro!
Ese comentario de Lucía retumbó por la pequeña cocina, rebotando entre los azulejos blancos. Ella, de espaldas, lavaba los platos casi en automático, frotando más fuerte de lo normal, mientras miraba reojo a su marido Mario, que, cabizbajo, removía su café ya frío y jugueteaba con el mantel de lino.
Luci, ¿qué quieres que te diga? suspiró él, poniéndose en plan conciliador. Ha llamado Laura. Dicen que tanto ella como Sergio y Pablo están deseando vernos, que hace mucho que no se pasan. Vamos, que el chaval, mi sobrino, quiere ver a su tío. ¿Cómo le voy a cerrar la puerta en la cara a mi hermana de sangre? Además, ya tienen el plan hecho.
¿Hacía mucho que no nos veíamos? Lucía cerró el grifo de golpe, con tanta fuerza que chirrió y todos los platos se estremecieron dentro del escurridor. Secándose las manos, se giró hacia Mario. Mira, Mario, estuvieron aquí hace dos semanas. Y antes, en Semana Santa, tres días del tirón. Y siempre pasa igual. Vienen con las manos vacías, se sientan, se lo zampan todo, yo me pego toda la mañana cocinando y, cuando se van, dejo la pila llena de cacharros por fregar y la nevera temblando. Y luego, adiós muy buenas.
Mario no podía disimular su fastidio, no soportaba esas discusiones, en su familia siempre se había enseñado que a los parientes había que abrirles la puerta y darles de comer a cualquier hora y aunque se cayera el mundo.
No empieces ahora a vigilar lo que comen o dejan de comer en tu casa murmuró él, apartando la taza. ¡Es mi hermana! Ya sabes cómo están, que con el trabajo de Sergio les han bajado la nómina y Laura está todo el día preocupada. Que vengan, echamos el rato. Mira, yo me encargo de ir al súper y compro lo que haga falta. ¡Y luego friego los platos, te lo prometo!
Lucía soltó una risa amarga. Ese discurso se lo sabía de memoria. Mario sí, a veces iba al súper, pero acababa comprando cuatro barras de pan, un par de botellas de agua y algo de fiambre barato, pensando que con eso ya había para toda una merendola en condiciones. Al final, el gasto y las horas de cocina caían siempre en Lucía, como si fuera lo normal. Y lo de fregar los platos eso sí que era un chiste: Mario se quedaba dormido en el sofá después de ponerse morado, y allí se quedaban Lucía y su paciencia, entre sartenes aceitosas y platos resecos.
Llevaban ya seis años de casados. El piso donde vivían era una herencia de la abuela materna de Lucía, que lo tenía mucho antes de conocer a Mario. Él ganaba bastante, pero gran parte del sueldo se le iba en el coche y en ayudar a sus padres, que estaban jubilados. Lucía, que trabajaba de farmacéutica en una cadena importante, llevaba el peso del día a día: la compra, la luz, la hipoteca, electrodomésticos, y hasta las vacaciones salían de su cuenta.
Y oye, Lucía era generosa lo era de verdad. Al principio, le hacía mucha ilusión recibir a la familia política. Curraba unos hornazos, guisos al horno, tartas Pero poco a poco se le fue quitando la gracia. Empezó a darse cuenta de que para Laura, la hermana de Mario, aquello se había convertido en un chollo semanal. Laura era un torbellino, segura de sí misma y convencida de que el mundo le debía algo. Para ella, esa casa era un restaurante gratis con servicio incluido.
El viernes por la tarde ya era rutina: Lucía arrastrando el carrito por Mercadona, consultando el móvil y la lista de la compra. Tenía que comprar buen filete para las chuletas que a Laura el pollo le parecía comida de pobres, salmón ahumado para los canapés, varios quesos, verduras que estaban por las nubes y la tarta que le gustaba al crío.
Cuando pagó en caja y el datáfono le enseñó el sablazo, casi se le salta una lágrima: noventa euros justos. Ese dinero lo quería para ahorrar para unos botines nuevos que los que tenía ya estaban deshechos, pero nada: los botines tendrían que esperar al mes que viene.
Llegó a casa arrastrando los brazos. Dos bolsas inmensas. Mario se había pasado la tarde en el taller, así que le tocó subir los tres pisos sin ascensor ella solita.
Al entrar en el piso, Lucía dejó las bolsas en el suelo de la entrada y se quitó los zapatos. Desde la habitación llegaba la voz baja de Mario, que debía de haber llegado hacía poco y andaba al móvil con alguien. Cogió las bolsas para la cocina, pero al pasar por la puerta entreabierta del dormitorio, se quedó parada en seco.
Mario tenía el manos libres puesto. Desde el altavoz sonaba clarísimo el tono mandón de Laura.
¡Compra los billetes ya! decía su cuñada. Nos hacen el descuento por reserva anticipada. Ese hotelazo en la Costa del Sol, el todo incluido. Sergio cobró el anticipo ayer y ya pagamos todo. Nos dejamos un dineral, casi mil quinientos euros, ¡pero la vida son dos días!
Vaya, pues bien respondió Mario, admirado. Pensaba que estáis apretados, ¿no le bajaron la paga a Sergio?
Laura soltó una risotada, de esas que suenan bien alimentadas.
Ay, Mario, que eres un crío Claro que estamos ajustados. Llevamos dos meses a base de fideos y salchichas. Nada de salir ni comprar cosas ricas. Para eso vamos a tu casa el finde. Lucía pone todo como en Nochebuena, siempre hay jamón, pescado bueno, que si asadillos, ensaladitas Comemos como reyes sábado y domingo, ¡y luego hasta el miércoles estamos solo con yogures! ¡Nos viene de escándalo para el ahorro! Bueno, dile a Lucía que acuerde lo del salmón, que a Pablo le chifla. Pues eso, mañana a la una nos plantamos allí, y además venimos muertos de hambre.
Colgó. Mario soltó una risita y tiró el móvil en la colcha.
Lucía se quedó congelada en el pasillo. Aquello le dolía más que las manos de arrastrar las bolsas. Notó el enfado y la rabia subir de golpe hasta inundarla entera.
¿No tenían dinero, decían? ¿Macarrones y salchichas? ¿Y se van a un hotelazo de más de mil euros? Y ella, escatimando en ropa mientras da de comer a esta panda de listos a mesa y mantel. Encima, les parecía estupendo ahorrar a su costa.
Dio media vuelta, fue a la cocina y puso las bolsas en el suelo, despacio. Encendió la luz, miró con cariño su pequeña cocina, su refugio. Observó todas esas compras las había pagado con su sudor. Y entonces se rompió algo dentro. Se le acabó la dulzura, las ganas de quedar bien.
Nada de berrinches. Nada de broncas. Lucía iba a actuar.
Sacó la carne para las chuletas y la metió en el fondo del congelador. Los quesos, el salmón, el lomo, los productos caros, a la parte baja del frigo, tapados con tuppers y ollas. El bizcocho lo partió por la mitad; una parte a la nevera camuflada con lo demás, la otra la tapó en un plato por si acaso.
En la cocina reinaba el orden: mesa limpia, fregadero vacío.
Terminó la noche haciendo una cena de andar por casa: arroz y filetes recalentados de ayer. Mario ni notó la diferencia, se tragó la cena viendo la tele y ni una palabra sobre la llegada de los huéspedes; seguro que daba por hecho que Lucía tenía todo preparado.
El sábado amaneció tranquilo. Lucía se despertó tarde, se remoloneó en la cama y fue directa a la ducha. Mario seguía en pijama. Cualquier otro día, a esa hora, ella andaría con el delantal, cortando ensaladillas, horneando, derritiéndose por tenerlo todo perfecto. Pero ese sábado, se hizo un café fuerte, cortó un trozo del queso escondido, desayunó tranquila y se acomodó en su sillón con un libro, frente a la ventana.
A mediodía, Mario salió de la cama, entró a la cocina y puso cara rara: allí no olía a nada. Ni asado ni nada.
Luci, ¿que no vas a cocinar? Que Laura y compañía llegan en una hora… ¿Se ha roto el horno? preguntó, escarbando en las cazuelas.
Para nada contestó, sin apartar la vista del libro. Hoy es mi día libre.
Mario se quedó parado, sin pillar el mensaje.
¿Cómo que libre? ¿Y qué les vamos a dar de comer?
No lo sé, Mario. Hazles arroz, hay algo de pollo de anoche. Y si no, el súper está enfrente. Tu cartera está en la entrada.
Mario sonrió, pensando que era una broma.
Venga, Luci, baja el enfado… Que yo lavo los platos, ¿eh? ¿Dónde has metido la compra de ayer? Te vi entrar con unas bolsas enormes
Son para la semana. Y no son para que nadie ahorre en mi casa para irse de vacaciones de lujo por fin lo miró, con una serenidad de hielo. Oí, de pe a pa, tu conversación de anoche. Así que te aviso: este bar se acabó.
La cara de Mario cambió de color. Justo entonces, el timbre sonó tan fuerte que casi saltó la vajilla del recibidor. Puntuales, ahí estaban.
Mario se fue corriendo a abrir. Risotadas, zapatillas, olor a colonia barata llenaron la casa.
¡Oye, menuda caravana para cruzar Madrid! tronó Laura. Vamos, Majo, ¿dónde están mis zapatillas? Pablo, ¡no manches la pared con la cazadora!
En la cocina desembarcaron los tres: Laura en chándal chillón, la coleta despeinada; Sergio, su marido, alto y con cara de no haber sonreído en meses, y el adolescente Pablo pegado al móvil.
Laura examinó la cocina, olfateó y frunció el ceño.
Luci, hola, ¿y aquí a qué no huele hoy? ¿Aún no estáis sentados? ¡Venimos con un hambre que ni desayunamos para hacer hueco a tus chuletas famosas!
Lucía cerró el libro, lo dejó a un lado, les miró con calma.
Buenas, Laura. Hola Sergio. No hemos puesto la mesa, ni la vamos a poner. Hoy no hay comida especial.
Laura parpadeó, sin entender.
¿Cómo que no? Mario dijo que nos esperabais, que éramos de la familia. ¡Es la una! El chaval necesita comer
Pues si tiene tanta hambre, lo suyo habría sido darle de comer antes de salir contestó Lucía, medio sonriendo. O paraos en una cafetería.
Sergio bufó y se sentó, cruzando los brazos.
¿Es una broma? masculló. Hemos cruzado todo Madrid para quedarnos mirando la mesa vacía… Lucía, saca ya las ensaladillas, que hay ganas de comer.
La palabra “comer” retumbó, pero Lucía ni se inmutó. Se acercó a la mesa, apoyó las manos y los miró a todos.
No hay ni ensaladas, ni chuletas, ni salmón. Anoche oí una conversación muy ilustrativa en la que descubrí que mi casa es el plan estrella para ahorrar y pagarse las vacaciones a mi costa.
Laura se atragantó, mirando fijamente a Mario.
¿Qué hacías con el manos libres, Mario? saltó, dejándose en evidencia.
Mario encogió los hombros.
Laura, no sabía que Luci estaba escuchando. Yo pensaba…
¡Pensabas! Laura se giró hacia Lucía, como quien ataca para defenderse. Pues sí, nos vamos de vacaciones. ¡Y ahorramos como podemos! Somos familia, tenéis que acogernos y cuidarnos. ¡No tenéis críos y os sobra el dinero! ¡No pasa nada por ayudar un poco! Un poco de carne, nada más, ¡qué agarrados sois!
Lucía se incorporó. Todo el hartazgo de años lo dijo con frialdad.
Mira, aquí no hay obligaciones. Este piso no lo pagaste tú ni tu hermano; lo heredé yo. Mi dinero no es vuestro y no voy a seguir pagando vacaciones ajenas. Solo en estos tres meses, vuestra dieta me ha costado casi seiscientos euros. ¡Se acabó el chollo!
¿Qué pasa, cuentas hasta lo que come mi hijo? ¡Vergüenza debería darte! Sergio, ¿oyes esto?
Sergio se levantó, cerrando los puños.
Oye, lista, que venimos por mi cuñado, ¿eh?
Sergio, calma salió Mario por primera vez en defensa de su mujer, poniéndose delante. A Lucía no se la trata así. Menos aquí.
¿En su casa? rió amargamente Laura. ¿Tú aquí qué pintas, Mario? ¿Ninguna voz ni voto? ¿Hombre o qué? Dile a tu mujer que nos sirva algo.
Mario miró a su hermana. Por fin, vio su cara sin maquillaje de víctima: solo una mujer aprovechada. Sintió rabia y un poco de vergüenza ajena. Se acordó de los días en que compraba solo fiambre barato dejando a Lucía todo lo difícil y lo caro. Ahora, por primera vez, le salió carácter.
Mi mujer no os debe nada, Laura, dijo, seco como el granito, y no va a volver a serviros. Tenéis toda la cara. Jamás habéis traído ni un pastel. Venís a explotar. Se acabó.
¡No vuelvo a poner un pie aquí! ¡Ya se lo diré a mamá, a ver lo que opina de ti! chilló Laura, arrastrando a Pablo y soltando amenazas. ¡Pillaros vuestros yogures, tacaños!
Lucía sonrió, con calma.
La puerta está ahí. Y si paráis en el súper, compradle algo de salchichas al chaval. Por ahorrar.
En un momento, ya habían salido, portazo incluido, dejando la casa en paz. Lucía se apoyó en la mesa y por primera vez en mucho tiempo sintió un alivio inmenso. Como si sus pies por fin se hubieran quitado unos zapatos apretados que llevaba años sufriendo.
Mario se acercó, cabizbajo, y le puso una mano tímida en el hombro.
Luci Perdóname, de verdad. He sido un tonto. Creía que era solo un tema de familia No vi cómo se aprovechaban de ti. Nos usaban. Bueno, a ti.
Lucía le miró y supo que hablaba en serio, que para él aquel corte había sido duro, pero había elegido bien.
Lo importante es que te has dado cuenta, Mario. Yo no tengo nada en contra de tu familia, pero aquí se viene con respeto y con detalles dijo, suave pero firme. Si quieren venir, les espero con tarta y con cariño, pero que antes vengan con otra actitud y sepan pedir perdón. Mientras tanto, esta historia se ha acabado.
Se ha acabado asintió Mario, y hasta se le dibujó una tímida sonrisa. ¿Y si pedimos pizza? Pago yo. De lo que más te apetezca. Y hoy, nada de fregar.
Lucía se echó a reír, de verdad, como no lo había hecho en días.
¡Pizza suena genial! Y pon esa peli que nunca vemos Hoy es nuestro día.
Mientras él hacía el pedido con el móvil, Lucía sacó del frigorífico la otra mitad del pastel guardado, se sirvió un trozo generoso y se sentó junto al café en la mesa limpia. Por fin, un fin de semana solo para ellos.




