La futura suegra arruinó las vacaciones

Life Lessons

Querido diario,

Hoy me he despertado con la sensación de que el plan de vacaciones que habíamos armado con Celia, mi hermano Juan y su esposa Violeta está a punto de convertirse en un verdadero caos familiar. Hace seis meses empezamos a soñar con una escapada a las Islas Canarias, convencidos de que la compañía de Juan y Violeta, con sus gustos tan afines a los nuestros, haría que cualquier bar, cualquier playa o cualquier excursión fuera una experiencia sin sobresaltos. Dos veces el año pasado fuimos juntos a la costa de Málaga y ambas veces quedamos satisfechos, así que pensé que la próxima vez sería igual de fácil.

Pero la cosa ha tomado un giro inesperado. Elvira, mi madre, ha decidido que no podemos ir solos con la niña de Celia, Paula, de diecinueve años, y que, como ella también está enferma de gripe, nos acompañará a todos. Ir sola con mi hija da miedo, no sabes qué puede pasar si algo ocurre, ha dicho con esa voz que siempre intenta recordarnos que la familia está por encima de todo. Con vosotros dos al menos no me sentiré tan sola, ha añadido, mientras nos aseguraba que nos tendría cerca en caso de cualquier imprevisto.

Celia, que todavía no había imaginado lo que significaba estar cerca de mi madre, ha suspirado: ¡Qué penoso!. Es verdad, no había pensado que tendría que soportar la compañía constante de mi madre, que a sus cuarenta y ocho años ya se cree experta en organizar la vida de los demás. Sin embargo, la idea de que Elvira compre los billetes de los hijos mayores, se lleve a Paula y se pase con Juan y Celia a Tenerife para calentar sus huesos y, de paso, coleccionar nuevas anécdotas, le parecía a Celía una propuesta razonable.

Yo, mientras tanto, escuchaba las quejas de mis amigas, que me decían: ¿Quién se apunta a ir de vacaciones con la suegra? ¡Ni de coña! Pero también escuchaba a Celía defenderse: Paula ya es una joven adulta, no necesita animadores familiares. En casa, ella y yo apenas hablábamos más que intercambiar saludos y pedir la sal al pasar la comida. Así que era poco probable que la futura cuñada se volviera la más sociable del grupo.

Al final, el plan quedó sellado. El avión partió rumbo a Tenerife, con Celía en el pasillo, yo en la ventanilla (aunque para mí la vista siempre ha sido menos importante que la pantalla del entretenimiento), y Elvira sentada junto a mí, temblando cada vez que el avión entraba en turbulencia, con lágrimas que casi se le escapan. Cuando la azafata nos pidió cambiar de asiento, acepté sin dudar; Elvira, con una sonrisa forzada, se acomodó en el pasillo y, tras el vuelo, se quedó dormida apoyando la cabeza en el hombro de Juan, sin importarle el murmullo de los demás pasajeros.

Al llegar al aeropuerto de Tenerife, la bienvenida de mi madre fue tan entusiasta como una visita de tías curiosas: tomó mis maletas, buscó una máquina de agua y, sin más, se instaló en la habitación como si fuera la dueña. Sentí, como si fuera un fantasma invisible, que mi presencia pasaba desapercibida mientras ella y Celía se ocupaban de todo lo demás. Incluso mi propio hermano no me miró, prefiriendo ayudar a mi madre a cargar los equipajes.

Al final del día, mientras observaba a mi madre intentar enseñarme a cocinar una tortilla de patatas a la antigua, me di cuenta de que, aunque la situación era incómoda, también estaba llena de pequeñas lecciones. Aprendí que la paciencia es la mejor aliada cuando la familia se junta sin avisar, y que a veces hay que ceder el asiento, el plato o incluso el protagonismo para que el viaje siga sin sobresaltos.

Hoy me llevo una reflexión clara: la convivencia familiar puede ser un torbellino, pero si la miras con humor y con la disposición de ayudar, el recuerdo que queda al final es mucho más dulce que cualquier malestar momentáneo.

Hasta la próxima, y que la vida nos enseñe a aceptar los imprevistos con una sonrisa.

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