Pues hemos pensado, y mira tú, hemos decidido que para qué va a estar vuestro chalet muerto de risa, ¿no? Que vamos nosotros con los críos en las vacaciones de Reyes. Aire puro, parque al lado, leña para la chimenea. Total, Lucía, tú siempre estás trabajando y a Juanito le vendría bien desconectar, que dice que sueña con dormir la siesta. Así que nada, danos las llaves, que mañana por la mañana pasamos.
Silvia, la cuñada de Lucía, gritaba tanto en el teléfono y con tanta seguridad que Lucía tuvo que alejar el móvil de la oreja. Allí estaba, en medio de la cocina, secando un plato, y tratando de digerir lo que acababa de oír. La desfachatez de la familia política era leyenda en toda Salamanca, pero esto ya era otro nivel.
Espera, Silvia dijo Lucía despacio, tragándose la rabia. ¿Cómo que habéis decidido? ¿Con quién lo habéis hablado? Que la casa no es un hostal ni una casa rural, es nuestro hogar, Juan y mío. Y, por cierto, pensábamos escaparnos nosotros.
¡Ay, déjate, mujer! respondió Silvia, con la boca llena, seguro de algún trozo de roscón. A Juan se le escapa todo, dijo a mamá que os quedabais en casa, viendo la tele. Si total, hay espacio de sobra, dos pisos. Si os da el venazo por venir, no molestamos. Aunque mejor que no vengáis, que somos una panda ruidosa. Genaro llevará a los colegas, ponemos la barbacoa, la música… Vosotros con vuestros libracos os aburriríais.
Lucía notó cómo se le encendía la cara. Se le presentó la escena en la cabeza: la tropa de Genaro, ese adicto al reggaetón a gritos y a la cerveza, los dos hijos adolescentes que pensaban que prohibido era una sugerencia, y su pobre chalet, donde había dejado cada euro ahorrado estos cinco años.
No, Silvia dijo Lucía, firme. No te doy las llaves. La casa no está preparada para invitados, el sistema de calefacción es complicado y el pozo negro puede dar sustos. Además, no quiero una fiesta de desconocidos en mi casa.
¿¡Desconocidos!? chilló la cuñada, dejando de mascar. ¿Nosotros, la familia de tu marido? Que te has helado el corazón de tanto hacer números. Ahora llamo a mamá, verás cómo te retrata.
Lucía escuchó como colgaban con aires de tragedia. Dejó el móvil en la mesa, las manos temblándole de pura ira contenida. Sabía que esto era sólo el principio. Muy pronto, llegaría la artillería pesadasu suegra, Doña María del Carmeny empezaría el sitio.
Juan apareció en la cocina al poco, con cara de ¡tierra, trágame!; había escuchado la conversación desde el salón, apostando a que su mujer se las apañaba sola.
Luci, por qué te pones… tan tajante. Ya sabes cómo es Silvia, pero es familia, se van a molestar.
Lucía le fulminó con la mirada, agotada y firme como nunca.
Juan, ¿te acuerdas del mayo pasado?
La cara de Juan puso expresión de mala digestión.
Bueno, sí, algo pasó…
Algo pasó, ¿no? empezó a alzar la voz. Vinieron dos días a la brasa y a la barbacoa. ¿Te suena? El manzano que plantó mi padre, partido. La alfombra nueva quemada, tardé una semana y aún así huele raro. Un Everest de platos pringosos porque Silvia: tengo las uñas hechas, tú tienes lavavajillasque ni lo pusieron, lo atascaron de restos de cena. La maceta rota, los peonías pisoteados. ¿Sigo?
Bueno… los niños… murmuró Juan, mirando los azulejos.
Niños dice. Tu sobrino tiene quince años, y tu sobrina trece. No son bebés. Montaron una sauna finlandesa en la bodega y casi nos la queman por cerrar el tiro. ¿De verdad quieres dejarlos una semana, EN INVIERNO?
Silvita dice que tendrían cuidado… Genaro estará pendiente.
Sí, pendiente de que no le falte cerveza cortó Lucía, mirando por la ventana. No, Juan. Lo he dicho y lo cumplo. La casa es mía también, que vendí el piso de la abuela para arreglarla. Sé cada clavo. No la convierto en un chiquero.
Aquel anochecer reinó el silencio. Juan intentó encender la tele, pero acabó yéndose a la cama. Lucía se quedó, remojando galletas en el té y recordando cada sacrificio hecho para levantar esa casa de campo. No era un simple refugio: era su pequeño paraíso.
El sábado sonó el timbre. Lucía miró por la mirilla y tragó saliva. Doña María del Carmen, con abrigo de visón, labios rojos y una bolsa enormede donde asomaba una cola de merluza congelada. Entró al recibidor como un destructor.
¡Venga, Lucía, ábreme, que tengo que hablar contigo! tronó sin saludo.
Lucía abrió. La suegra llenó el espacio sin apenas caber la gracia. Juan salió corriendo del cuarto, sonriendo-atemorizado.
¡Mamá! ¿Y ese asalto?
¿Ahora tengo que pedir cita para ver a mi hijo? bufó, lanzando el abrigo a Juanito. Venga, prepara un té, y valeriana, que me duele el corazón de los disgustos.
Ya en la cocina, la suegra adoptó pose de presidenta de comunidad. Lucía, sabiendo que venía la embestida, sirvió té y bizcocho.
Anda, nuera, cuéntame, ¿qué te ha hecho Silvia? Que si no le das las llaves, pobrecilla, si viven con la obra desde hace cinco años, y los niños asfixiados. ¡Y vosotros con esa casa vacía como un castillo! ¿Te cuesta tanto?
Doña María del Carmen contestó Lucía, fría pero correcta, primero, de castillo nada: casa normal y esta no se cuida sola. Segundo, la obra de Silvia ya es broma nacional. Tercero, aún huele a tabaco en la habitación de invitados. Ya fue mucho pedir que no fumaran en casa.
Bah, ¡un cigarrito! hizo aspavientos la suegra. Abre la ventana. Te obsesionas con las cosas y olvidas lo importante: la familia. Así crie a Juanito, generoso, no un avaro. Que, hija, la casa no te la vas a llevar a la tumba.
Mamá, Lucía se ha dejado la piel en esa casa, la verdad… intentó Juanito.
¡Cállate! le cortó su madre. ¡Estás dominado! ¿Y que tu hermana y sobrinos pasen frío en la calle? Si Genaro cumple cuarenta y cinco el tres de enero, quieren celebrarlo como Dios manda. ¿Ahora qué, lo anulamos?
No es culpa mía que hayan invitado a la mitad de Salamanca a un sitio que no es suyo atajó Lucía. Eso es tener mucho morro, Doña María del Carmen.
La suegra se puso granate. No estaba acostumbrada a que le replicaran. Pero Lucía no era de las que retrocedían.
¿Mucho morro? teatralizó la suegra llevándose la mano al pecho. ¡Así que ahora ya no somos nada para ti! ¡Si te traté como a una hija! ¡Juanito, mira cómo me habla! Si no dais las llaves, yo maldigo esa casa. ¡No piso más ese sitio!
Si nunca va, no le gustan ni las verduras no se calló Lucía.
¡Serás lagarta! chilló la suegra tirando la silla. ¡Juan, dame las llaves! ¡Ya se las llevo yo a Silvia! ¿Quién manda en esta casa?
Juanito miró a su mujer, luego a su madre, partido en mil trozos. Recordó cómo tuvo que arreglar el porche tras el último festival.
Las tiene Lucía. Y… bueno… a lo mejor vamos nosotros.
¡Mientes! sentenció la suegra. Mañana viene Silvia. Que estén las llaves y el manual para encender la caldera. O dejo de ser tu madre. ¡Y tú! señaló a Lucía, de esto te vas a acordar.
El portazo resonó por toda la plaza. Unos largos minutos después, Juan preguntó apenas susurrando:
¿No vas a ceder, verdad?
No pienso. Es más, mañana nos vamos nosotros al chalet.
Pero… tú querías acabar los informes.
Cambio de planes. Si no nos plantamos, estos se cuelan por la ventana. Y aquí la frontera la marco yo.
Esto es la guerra…
No, es defensa. Haz la maleta.
Salieron antes del alba, con la ciudad aún vacía y bellísima bajo las luces de Navidad pero ellos sin pizca de espíritu festivo. Juan iba con el móvil silenciado y la angustia hecho nudo.
Hora y media después entraban al pueblo, el chalet parecía de cuento bajo la nieve. Lucía respiró hondo. Allí, nadie mandaba salvo ellos.
Pusieron la calefacción y su vida recuperó la calma entre el olor a pino y mandarina. Juan limpió la entrada, Lucía sacó los adornos, por la casa se esparcía el calor y la familiaridad. Parecía que incluso Juan, a base de pala, empezaba a entender el verdadero valor de aquel refugio.
A las tres de la tarde, retumbó el claxon. Lucía se asomó: dos coches frente a la verja. El viejo todoterreno de Genaro y un utilitario desconocido. Bajaron Silvia, Genaro, los niños, una pareja desconocida y un pedazo de perro, un mastín sin bozal. Encabezando la expedición, Doña María del Carmen.
Juan se quedó congelado con la pala.
¡Abrid, que hemos llegado! rugió Genaro.
Lucía, con el abrigo y las botas de andar por casa, salió al porche. Juan estaba clavado en la verja.
¡Juan, que hace frío, hombre! gritaba Silvia. ¡Lucía, baja ya, que esto era sorpresa! ¡Si estáis aquí, mejor! ¡Lo celebramos juntos!
Lucía se acercó a Juan y, de voz alta para que todos escucharan:
Buenas tardes. No esperábamos visita.
Anda, deja de hacer teatro dijo Genaro, con tufo que ni el botellón de las fiestas de San Juan. ¡Si hemos traído carne, un cajón de vino! Mira, Toñín y su mujer también, y el perro, que es buenazo. Dejadnos pasar, pringaos.
¿El perro? Lucía vio cómo el mastín levantaba la pata sobre su ciprés preferido. ¡Apartad el perro de mis plantas!
Que es un árbol solo rió Silvia. ¡Venga, abrid! ¡Los niños tienen que ir al baño!
Pues lo tenéis a cinco kilómetros, en la gasolinera pronunció Lucía con cada sílaba afilada. Ayer os dije: la casa está ocupada. Estamos descansando. No hay sitio aquí para diez personas y un perro.
Hubo un silencio de desconcierto. La táctica del asalto por sorpresa se les había truncado.
¿No nos dejas pasar? la voz de Doña María del Carmen temblaba de ira. ¿Me vais a dejar a la intemperie? ¡Juanito, di algo!
Juanito miró a Lucía, buscando salvavidas.
Luci, ya están aquí… ¿Cómo les vamos a hacer esto?
Así, Juan y lo miró fijo. Si abres esa verja, en una hora esto es una verbena. El perro arranca las plantas, los niños destrozan el piso, tu hermana me dice cómo hacer un cocido y tu cuñado se lía a fumar. Adiós tranquilidad. ¿Quieres eso? ¿O quieres un año nuevo conmigo tranquilo? Elige ya.
Juan miró a la banda al otro lado, Genaro ya zapateaba las ruedas, Silvia berreaba insultos, los niños lanzaban bolas de nieve a las ventanas y Doña María del Carmen hacía el clásico numerito cardíaco.
Y de pronto, lo vio claro. Recordó cómo, la última vez, acabó cansado, avergonzado y sin ni un día de paz.
Se irguió, avanzó hacia la verja y, sin mucho volumen, pero con firmeza, dijo:
Mamá, Silvia. Lucía tiene razón. Os avisamos de que no, no hay llaves ni sitio para montarla. Marchaos.
¿¡Qué!? coral de indignación.
Escuchadme. Es mi casa también. No quiero jaleo. Daos la vuelta.
¡Tú yo te! arrancaba Genaro, agarrando el cerrojo.
Genaro, déjalo Juanito agarró la pala con fuerza. Llamo a la Guardia Civil. Hay vigilancia aquí.
¿Desconocidos? Doña María del Carmen casi estallaba¿Nosotros? ¡Que Dios os maldiga!
¡Vamos, vámonos de aquí! gritó Silvia, arrastrando a Genaro. ¡Están locos! ¡A la casa de Toñín, que aunque esté a medio hacer al menos hay buen rollo!
Eso, vámonos Toñín, incómodo, secundó. Encendieron motores y arrancaron, Silvia aún tuvo tiempo de hacerle una peineta a Lucía y Doña María iba en el asiento de copiloto, estatua de hielo camino de la tragedia.
Cinco minutos después, sólo la nieve y la mancha amarilla bajo el ciprés. Juan dejó caer la pala y se sentó en las escaleras.
Qué vergüenza susurró. A mi madre…
Lucía se sentó a su lado y lo abrazó.
Vergüenza no. Madurez. Por primera vez defendiste nuestra familia. La nuestra, no su clan.
No me lo perdonará.
Sí, cuando necesite algo, volverá. No saben enfadarse si no les renta. Pero ahora saben que aquí hay un límite. Y acabarán respetándote. Poco a poco.
¿Lo crees?
Estoy segura. Y si no, más tranquilos viviremos. Anda, entra, te preparo un buen vino caliente.
Entraron. Lucía echó las cortinas y el resto del mundo quedó fuera. Pasaron la tarde acurrucados mirando la chimenea, en silencio, pero ese silencio bonito que sella la complicidad.
Tres días de pura gloria: paseos, carne asada (solo para dos), una sesión de sauna y libros. Móviles en silencio, los parientes en huelga de comunicación.
El 3 de enero llegó un mensaje de Silvia al móvil de Juanito: no era una disculpa, sólo una foto. Un cobertizo cochambroso, una estufa de leña, cajas de vino y caras de juerga. ¡Nos lo pasamos bomba sin vosotros! ¡Ajo y agua!
Lucía miró la foto, miró a su marido dormido y susurró:
Desde luego, envidia cero, Silvia. Y borró el mensaje para que no lo leyera.
Una semana después, Doña María llamó, seca y dolida, para que Juan la llevara a la consulta médica. Ni una mención al chalet. La frontera ya estaba dibujada. Y aunque hubo alguna escaramuza, la fortaleza se mantuvo inexpugnable.
Lucía lo comprendió al fin: a veces hay que ser la mala para los demás, para poder ser buena contigo misma. Y las llaves, por si acaso, ahora quedaban bien guardaditas en la caja fuerte.







