Mi mujer y el padre
Claudia solo fingía que quería conocer a los padres de Javier. ¿Para qué los quería, en realidad? No iba a vivir con ellos, y de su padre, don Alfonso, que según decían tenía una buena posición, no iba a sacar otra cosa más que problemas y desconfianzas.
Pero el juego había que llevarlo hasta el final, ya que había decidido casarse.
Claudia se arregló con esmero, pero de manera sencilla, para que la percibieran como una chica afable.
La primera reunión con los padres del novio siempre está llena de trampas invisibles, y si, además, son gente lista, sientes que estás pasando un tipo de examen.
Javi pensaba que ella necesitaba ánimos:
No te agobies, Claudia, de verdad, tranquilízate. Mi padre es serio, pero flexible. No van a decirte nada terrible. Les caerás bien, seguro. Mi padre es un poco raro, sí pero mi madre es lo más simpático del mundo le decía él justo antes de tocar al timbre del chalet de sus padres, en Pozuelo.
Claudia simplemente sonrió, retirándose un mechón de pelo del hombro. Así que el padre era el serio, y la madre la alegría de la huerta. Bonita mezcla. Interiormente, se rió.
La casa no le sorprendió. Había estado en sitios más lujosos.
Les recibieron de inmediato.
Claudia no sentía especial nerviosismo. ¿Para qué preocuparse? Gente como cualquier otra. Marina, según contaba Javier, era ama de casa de toda la vida, muy poco trabajadora, de vez en cuando se iba de viaje con sus amigas en excursiones organizadas, pero nada más. El padre, don Alfonso, aunque callado y poco dado a bromas, imponía lo suyo. Pero el nombre le resultó extrañamente familiar
Les saludaron
Y Claudia se quedó de piedra, clavada en la entrada, sin atreverse a traspasar la puerta. Esto era el final No conocía a su futura suegra, pero a su futuro suegro lo reconoció al instante. Ya se habían encontrado, hacía tres años. No muy a menudo, pero de forma mutuamente beneficiosa. En bares, hoteles, algún restaurante elegante de Madrid. Por supuesto, ni Marina, ni su hijo Javier sabían nada de ese antiguo trato.
Menudo lío.
Don Alfonso también la reconoció. Se vio en los ojos ese destello entre sorpresa, disgusto y quizá alguna que otra mala idea que barruntaba, pero supo mantener la compostura.
Javi, tan ilusionado e ingenuo, la presentó feliz:
Mamá, papá, os presento a Claudia, mi prometida. Ya hacía tiempo que quería traérosla, pero es muy tímida, de verdad.
Ay
Don Alfonso le tendió la mano.
El apretón fue firme, casi duro.
Un placer, Claudia dijo, con un matiz difícil de identificar. ¿Rabia? ¿Advertencia? ¿O las dos cosas?
Claudia pensaba cómo iba a salir del apuro, convencida de que don Alfonso iba, en cualquier momento, a dejar caer quién era realmente.
El placer es mío, don Alfonso, respondió Claudia, esforzándose en disimular. Notaba el pulso acelerado. ¿Y ahora qué?
Pero no. No pasó nada.
Don Alfonso, forzando algo parecido a una sonrisa, incluso le retiró la silla para que se sentara a la mesa.
¿Esperaba a hacerle quedar mal después?
Pero la amenaza nunca llegó.
Fue entonces cuando Claudia comprendió no diría nada. Porque si hablaba, también se delataba ante su mujer.
Poco a poco, los nervios se apaciguaron. Marina contaba anécdotas de la infancia de Javi; don Alfonso parecía escuchar con interés a Claudia, preguntando por su trabajo. Vaya si sabía cosas de ella. Pero sus comentarios cargados de ironía ya no la herían; incluso se permitió una broma, y Claudia, para su sorpresa, acabó riéndose también. Eso sí, en sus chistes había dobles sentidos demasiado evidentes para ambos.
Por ejemplo, cuando miró fijamente a Claudia y dijo:
Sabe, Claudia, usted me recuerda a una antigua colega. También era muy lista. Sabía ganarse a todo el mundo. Literalmente, a cualquiera.
Claudia no dudó:
Cada uno tiene sus talentos, don Alfonso.
Mientras tanto, Javi, como buen enamorado, miraba a Claudia con absoluta adoración, sin captar nada de lo que flotaba en el ambiente. Él de verdad la quería. Eso, para él, era lo más importante. Y, seguramente, lo más doloroso.
Más tarde, cuando la charla derivó hacia los viajes, don Alfonso, con la vista fija en Claudia, comentó:
Yo, por ejemplo, prefiero los sitios tranquilos. Nada de agobios, ni bullicio. Sentarme a leer, pensar Y tú, Claudia, ¿qué sitios prefieres?
Menudo dardo.
A mí me gusta cuando hay ambiente, que haya risas y movimiento respondió Claudia, esquivando la trampa. Aunque a veces demasiados oídos pueden ser peligrosos.
Por un instante, Marina torció el gesto, notando algo raro, pero pareció dejarlo pasar.
Don Alfonso sabía que Claudia no era precisamente de buscar la tranquilidad. Y sabía perfectamente el motivo.
Esa noche, cuando llegó el momento de dormir, don Alfonso abrazó a Javi:
Cuida de ella, hijo. Es especial.
Sonó a cumplido y a broma a la vez. Pero nadie lo captó, salvo Claudia.
Ella sintió como si la temperatura de la sala bajara varios grados. Especial. Eligió esa palabra, a propósito.
***
Esa noche, mientras la casa dormía, Claudia no conciliaba el sueño.
Daba vueltas, dándole vueltas a todo y tratando de asimilar lo sucedido. El futuro pintaba complicado. Imaginaba que don Alfonso, igual que ella, tampoco había pegado ojo. Él, por la inesperada coincidencia; ella, por la conversación pendiente. Y, sinceramente, por todo.
Se levantó sigilosamente, se echó encima la sudadera que siempre llevaba en casa sobre el pijama y salió de la habitación. Bajó las escaleras, dejándose oír a propósito, aunque sin hacer demasiado ruido; buscaba que, si alguien estaba despierto, la oyese y saliera. Se encaminó a la terraza. Sabía que allí acabaría encontrándose con don Alfonso.
Y apenas esperó unos minutos.
¿No es capaz de dormir? escuchó su voz detrás.
No hay manera esta noche, respondió Claudia.
Soplaba una ligera brisa.
Reconoció su perfume. La analizaba con atención.
¿Qué buscas de mi hijo, Claudia? ya no quedaba ni rastro del antiguo tono. Sé muy bien de qué eres capaz. Sé cuántos como yo han pasado por tu vida. Y sé que siempre buscaste dinero, siempre. De hecho, ni siquiera lo ocultabas. El precio, aunque lo disimulabas, lo ponías desde el principio. Entonces, ¿para qué quieres a Javi?
Si él no estaba dispuesto a recordar el pasado, Claudia tampoco iba a irse de buenas. Se le torció una sonrisa:
Le quiero, don Alfonso canturreó. ¿Acaso no puedo?
No le creyó.
¿Que le amas, tú? No me hagas reír. Sé perfectamente quién eres, Claudia. Y pienso contárselo todo a Javi. A qué te dedicabas, quién eres de verdad. ¿Crees que seguiría contigo entonces?
Claudia se acercó lo máximo posible, dejando entre ambos un palmo. Inclinó la cabeza, mirándole. Como si no lo hubiera estudiado ya de sobra
Cuéntaselo, don Alfonso, pronunció despacio. Pero entonces tu esposa también sabrá nuestro pequeño secreto.
Eso
No es un chantaje, es justicia. Si tú cuentas cómo nos conocimos, será imposible ocultar todo lo demás. Créeme, puedo completarlo con muchos detalles.
No es lo mismo
¿No? ¿Se lo vas a explicar igual a tu mujer?
Don Alfonso se quedó inmóvil. Su intento de asustar a Claudia fracasó. Se vio acorralado. Iban en el mismo barco.
¿Y qué vas a contarle entonces?
No solo a ella. A todos. A Javi también. Les contaré qué clase de marido eres, dónde te entretenías cuando decías que trabajabas hasta tarde. No tendré ya nada que perder. ¿Quieres salvar a tu hijo de mí? Inténtalo.
Una decisión nada fácil.
Disuadir a su hijo de casarse era firmar su propio divorcio.
No te atreverás.
¿No? Claudia soltó una carcajada. Tú sí puedes, pero yo no, ¿no? Muy bien. No lo haré si tú tampoco te atreves a airear mi… ambición, teniendo tú mismo un secreto que podría costarte el matrimonio. Y Marina Valora tanto la fidelidad.
Recordaba aquellas confesiones de borrachos; él, avergonzado, se lamentaba de lo buena esposa que era Marina, de lo ruin que era él por engañarla. Sabía que Marina jamás se lo perdonaría. Jamás.
Y don Alfonso sabía que Claudia no blufeaba.
Vale admitió al fin. No diré nada. Y tú tampoco. Nadie dice nada. Olvidamos lo sucedido.
Por eso Claudia no temía. Él tenía más que perder.
Como digas, don Alfonso.
A la mañana siguiente abandonaron la casa de los padres de Javi. Bajo la mirada de odio de su futuro suegro, Claudia se despedía de su mujer, que se refería ya a ella como hija. A don Alfonso le temblaba el ojo de rabia.
Él sufría por no poder avisar a su hijo del peligro de Claudia, pero tenía pánico a destaparse él mismo. Perder a Marina suponía perder la mitad de su patrimonio. Ella no se iría sin nada. Y su hijo tampoco le perdonaría
Otra vez, Claudia y Javi se quedaron en casa de sus padres durante dos semanas de vacaciones.
Don Alfonso evitaba cruzarse con Claudia, alegando compromisos y trabajo. Pero un día, estando solo en casa, la curiosidad le pudo más. Decidió revolver entre el bolso de Claudia. Quizás hallase algo que pudiera esgrimir en su contra.
Rebuscó; cosméticos, agenda, cuaderno De pronto vio una pequeña caja: un test de embarazo, con dos rayas inconfundibles.
Y yo creyendo que la catástrofe era que mi hijo se casase con No, esto sí que es una catástrofe pensó, dejando el test de nuevo, aunque ni siquiera le dio tiempo a cerrar la cremallera.
Claudia ya le había pillado in fraganti.
Vaya, qué feo cotillear en las cosas ajenas, le reprendió ella, con sorna, aunque no parecía estar especialmente molesta.
Don Alfonso ni se molestó en disimular.
¿Estás embarazada de Javi?
Claudia se aproximó, recuperó el bolso de su mano y, mirándole, respondió:
Parece que le he estropeado la sorpresa, don Alfonso.
La furia llenó a don Alfonso. Ahora sí que Claudia no iba a soltar a su hijo, y si él hablaba Estaban todos acabados. Mejor seguir callando, aunque le fuese una tortura. Saber el pozo en el que caía su hijo le quemaba.
***
Pasaron nueve meses y medio año más.
Javi y Claudia criaban juntos a Lucía.
Don Alfonso evitaba visitarlos. No quería verlos, ni tratarlos. Ni siquiera reconocía a su nieta. Claudia le asustaba; la indiferencia con la que trataba a Javi y el pasado oscuro que conocía de ella.
Otra vez sucedió.
Marina tenía previsto ir a visitar a Javi y Claudia.
Alfonso, ¿vienes conmigo?
No, me duele la cabeza.
¿Otra vez? Empiezo a preocuparme.
Solo estoy reventado. Ve tú, anda.
Como tantas y tantas veces, fingió dolor, mareo, ciática, lo que hiciera falta. Incluso se tomó paracetamol de pega por si le revisaban. No podía, no soportaba estar cerca de Claudia. Pero tampoco podía soltar la verdad.
La tarde fue aburrida, si ignoramos los remordimientos.
Se tumbó.
Se puso a leer.
De pronto se dio cuenta de que Marina tardaba mucho. Eran ya las once y su mujer no regresaba. No respondía al móvil. Angustiado, llamó a Javi.
Javi, ¿todo bien? ¿Ha salido Marina? No está en casa.
Papá, eres la última persona con quien me apetece hablar ahora mismo.
Y le colgó
Don Alfonso estaba a punto de salir de casa cuando vio como aparcaba Claudia en la puerta. De haber sabido lo que traía, se habría desmayado.
¿A qué has venido tú ahora? ¡Habla! la zarandeó. ¿Qué ha pasado?
Claudia mantenía la calma. Se sirvió una copa de vino, se sentó cómoda en una mecedora.
Se ha ido todo al garete.
¿Qué dices?
Lo nuestro. Todo. Javi ha encontrado en la web de un restaurante de Malasaña unas fotos antiguas nuestras, de hace cuatro años, en aquella fiesta de El Rincón Tapas, ¿lo recuerdas? Mira que le rogué al fotógrafo que no publicara nada Pero ahí aparecemos juntos, tal cual. Ahora Javi está fuera de sí. Marina se plantea el divorcio. Y, como querías tú, yo también acabaré separada de tu hijo.
Don Alfonso se quedó mirando al vacío. Revivió mentalmente aquella noche, el temor, la incomodidad Sabía que podía acabar mal, pero jamás imaginó una coincidencia así.
Se dejó caer, exhausto, en el suelo.
¿Y tú por qué vienes aquí?
Porque necesitaba huir un poco respondió Claudia, sonriendo. Mi casa ahora mismo es un caos. Lucía se ha quedado con la canguro. ¿Quieres vino?
Le ofreció el mismo vino de su bodega.
Bebieron en silencio, sentados en la terraza. La única sintonía era el canto de los grillos.
Todo es culpa tuya dijo don Alfonso.
Claudia asintió, mirando el vino.
Ya ves.
Eres insoportable.
Es lo que hay.
Ni siquiera te importa Javi.
Me importa pero me importo más.
Solo te quieres a ti.
Ni lo niego.
De pronto, él le tomó la barbilla y la obligó a mirarle.
Sabes que nunca te quise susurró.
Te lo creo perfectamente.
***
Por la mañana, cuando Marina llegó para intentar arreglar todo, aunque le costase la mitad de su salud, encontró a Claudia y don Alfonso juntos. Dormidos aún.
¿Quién anda ahí? preguntó Claudia incorporándose.
Yo respondió Marina, viendo cómo su vida se venía abajo.
Claudia la miró, sonrió con calma. Don Alfonso despertaría poco después, pero no fue tras su esposa.







