¿Pero tú te has vuelto loca? ¡Si le he dicho a Carmen que ibas a venir! He quedado especialmente para que te guardara el mejor trozo de carne.
Lucía se quedó paralizada con la bolsa en la mano. Su suegra, María Isabel, estaba en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados, mirándola como si en vez de comprar carne en el supermercado hubiera atracado un banco.
María Isabel, de verdad que no me ha dado tiempo a ir al mercado intentó mantener la calma Lucía. Después del trabajo fui a recoger tu vestido a la tintorería y luego a la farmacia…
¿Y llamar? ¿Avisar? Carmen te estuvo esperando hasta el cierre. ¡Me ha tenido una hora llorando por teléfono porque la dejaste tirada!
Lucía dejó la bolsa sobre la mesa. Algo se le encogió por dentro.
La carne está bien, es fresca sacó el paquete, enseñándolo a su suegra. Mira, ternera gallega, bien fresca…
María Isabel ni se dignó a mirar. Se acercó a la mesa y apartó la bolsa con las puntas de los dedos, como si fuera algo repugnante.
Esa porquería de supermercado, llena de porquerías químicas. Eso mi hijo no se lo toma, que tiene el estómago delicado.
La semana pasada fue él quien lo compró le salió a Lucía sin pensar.
Mal. La suegra se puso roja como un tomate.
¡Eso! ¡El marido tiene que ir a hacer la compra mientras la mujer anda no se sabe dónde! Tres años, Lucía. Tres años en esta familia y para qué. Cocinar, cero. Ayudar en casa, cero. ¡Y tener hijos… tampoco te apuras!
María Isabel, eso ya no es justo.
¿Injusto? resopló la suegra. Yo le besaba los pies a mi suegra, no me atrevía a decirle ni pío. Y tú, siempre con el morro alto, pasando de todo, haciendo lo que te da la gana…
María Isabel salió al recibidor, agarró el bolso del perchero. Cada gesto era una punzada.
Hace tiempo que lo digo: Alejandro tiene que divorciarse antes de que sea tarde. Que se busque una mujer de verdad, que le valore…
Hizo un gesto con la mano, sin acabar la frase. Se puso los zapatos sin siquiera mirar si se doblaba el talón.
Lucía estaba en el marco de la puerta, agarrada al quicio con los dedos.
Adiós, María Isabel.
Ni respuesta. La puerta se cerró y la casa quedó en silencio.
Lucía se dejó caer por la pared, sentándose en el suelo frío de la cocina. La ternera gallega reposaba en la mesa, triste y sola, y ni ganas tenía de mirarla. Ni a ella, ni a la cocina impecable, ni a las fotos de la boda colgadas en las paredes donde María Isabel sonreía con una mueca como si tuviera una chincheta en el zapato.
Tres años. Tres años esforzándose. Aprendiendo las recetas que Alejandro adoraba desde pequeño. Aguantando almuerzos de domingo en casa de su suegra, donde cada plato era comentado: “Alejandrito está acostumbrado a las patatas cortadas en daditos, no en tiras”. Sonreía, asentía, pidiendo disculpas por cosas de las que ni tenía culpa.
Y aún así, nunca suficiente. Siempre “mejor sería que os divorciarais”.
Lucía apoyó la cabeza en la pared. El techo pedía una manita de pintura. Había que avisar a Alejandro.
Aunque, qué importa ya.
Dos semanas vivió Lucía como una sombra en territorio enemigo. Alejandro contestaba las llamadas de su madre, los almuerzos de domingo siempre cancelados con cualquier excusa, y si la suegra la veía, era un simple “hola y hasta luego”.
Y entonces llamó el notario.
El abuelo de Lucía, a quien apenas vio cinco veces en su vida, había fallecido. Resulta que le había dejado una casita en el campo, a cuarenta kilómetros de Madrid. Un terrenito en una urbanización con el dulce nombre de “Aurora”.
Al menos deberíamos ir a ver qué hay Alejandro giraba entre los dedos unas llaves con un llavero de fresa pelada. ¿Vamos el sábado?
Lucía asintió. Sábado será.
Pero se le olvidó un detalle.
¡Alejandrito, voy con vosotros! María Isabel apareció en la puerta a las siete y media de la mañana, con botas de goma y una cesta. Allí tiene que haber setas, me lo dijo Carmen.
Lucía fue a preparar el termo en silencio. Se avecinaba el maravilloso día.
Y la casa del pueblo era justo como Lucía la imaginaba.
Un casita torcida, el terreno lleno de maleza, el vallado que se sostenía por milagro y dos clavos oxidados. Dentro, olía a humedad y a periódicos viejos.
Ale, Lucía le susurró a su marido. Vendámosla, ¿no? ¿Qué vamos a hacer aquí? Venir cada fin de semana, limpiar la huerta… No es nuestra vida.
Alejandro abrió la boca pero no llegó a contestar.
¿¡Venderla!? María Isabel apareció detrás, como por arte de magia. ¿Estáís locos? ¡Esto es tierra! ¡Un terreno propio! Yo pagaría por tener esto…
Se llevó las manos al pecho, con los ojos húmedos de emoción.
Dadme las llaves. Yo lo arreglo todo, planto flores, retoco la casa. En un año me lo vais a agradecer.
Lucía miró a su suegra. Ahí estaba, perdida entre las hojas secas y brillando de felicidad, con las botas embarradas.
María Isabel, aquí hay trabajo para…
Luci, Alejandro le apretó el codo. Déjala, que la hace feliz. ¿Te importa?
No le importaba, pero le parecía raro. Discutir, menos aún.
Lucía le tendió las llaves, con la fresa pelada.
…Dos meses pasaron como en un sueño. Un sueño surrealista, donde María Isabel solo llamaba para cosas prácticas, no se presentaba sin avisar y, lo más increíble, nunca mencionó ni la carne del mercado, ni los nietos que no llegaban, ni las patatas mal cortadas. En el teléfono solo sonaba una voz animada: “Alejandrito, todo bien, estoy ocupadísima, ya hablamos”.
Lucía no entendía nada. ¿Trampa? ¿Calma antes de la tormenta? ¿Se habría puesto enferma y lo ocultaba?
Ale, le preguntó una noche. ¿Seguro que tu madre está bien?
Perfectamente, respondió Alejandro encogiéndose de hombros. Está con la casa del pueblo, dice que entre tanta faena ni duerme.
El viernes llamó María Isabel en persona.
¡Mañana os espero en la casa! Preparo barbacoa, os enseño todo. ¡He hecho tanto! Venid y lo veis.
No quiero ir murmuró Lucía cuando Alejandro le pasó la invitación. Dos meses en paz, y ahora otra vez…
Luci, la mujer se ha esforzado. Se va a enfadar si no vamos.
Siempre se enfada.
Anda, por favor Alejandro la miró con esa carita de cachorro y ella se rindió.
Pues sábado…
Ese sábado, Lucía no reconoció a su suegra.
María Isabel esperaba en la puerta, con un vestido de lino, las manos tostadas por el sol y los mofletes colorados. No era una sonrisa forzada, sino una sonrisa de verdad que le quitaba años de encima.
¡Ya estáis aquí! Abrió los brazos y Lucía se dejó abrazar sin pensarlo dos veces. María Isabel olía a tierra, a eneldo y, por alguna razón, a miel.
La parcela era otra. Huertos bien alineados, la valla firme, las nuevas matas de grosella llenas de hojas, y bajo las ventanas florecían los tajetes.
Venid, venid, que os enseño María Isabel se los llevó casi a rastras. Aquí fresas, que me ha dado la vecina, y en junio ya salen las primeras. Allí tomates, pepinos… En otoño hago conservas, os las paso todas, para mí solo guardaré un par.
Lucía lanzó una mirada a Alejandro, igual de sorprendida.
¿Mamá, todo esto sola? preguntó él, mirando el terreno.
¿Quién sino? Se rio María Isabel, fresca y feliz. Puedo con todo. Si no sé algo, las otras me lo dicen. Aquí la gente es otro mundo… Nada que ver con la ciudad.
Los llevó al interior. Dentro también otro aire: cortinas nuevas, ventanas limpias, mantel bordado en la mesa. La humedad había desaparecido, ahora la casa olía a tartas y hierbas.
Mira, María Isabel puso sobre la mesa un tarro de leche y un paquete envuelto en papel. Se lo he comprado a Pilar, la del tercer chalet. Leche de sus cabras. Y la carne también es suya, que tiene ternera. Os lleváis lo que hay, y además tenéis queso fresco y nata.
Lucía miró el paquete, sin decir ni pío. Carne casera, de la vecina. Nada de regaños por no ir al mercado.
María Isabel… ¿usted aquí es feliz?
La suegra se sentó en el taburete, con los ojos brillantes de algo suave y desconocido.
Lucía, la llamó por primera vez así, esto era mi sueño. Un terreno, una casa, las manos en la tierra, la cabeza libre. En Madrid me ahogaba, ni sabía por qué. Pero aquí…
Miró por la ventana.
Aquí sí que estoy viva.
Regresaron en silencio. Alejandro conducía, y en el asiento trasero tintineaban los tarros de leche y queso.
Oye rompió el silencio Alejandro, ¿y si ahora sí nos animamos a tener niños? Aquí tienen donde veranear…
Lucía soltó una risita y sonrió.
Mira, yo pensaba vender esta casa, ese primer día. Me parecía un estorbo.
Me acuerdo.
Pero esta casita… Lucía se quedó pensando. Esta casita ha arreglado todo entre tu madre y yo. En dos meses hizo lo que yo no conseguí en tres años.
Alejandro se detuvo en el semáforo, se giró hacia ella.
Mi madre era desgraciada. Ahora, ya no.
Lucía asintió. Fuera las luces de la ciudad empezaban a brillar. La casa les esperaba, con todas esas fotos de la boda, y por primera vez en tres años, volver era fácil.
Tenemos que venir más a menudo dijo en voz baja.
Y se sorprendió de decirlo en serio. De corazón.






