La carta que nunca llegó La abuela llevaba un buen rato sentada junto a la ventana, aunque apenas había nada que mirar. En el patio oscurecía temprano, la farola bajo su ventana se encendía y apagaba, como si le diera pereza. Sobre la nieve se dibujaban huellas dispersas de perros y personas, a lo lejos se oía arrastrar una pala —seguramente la portera— y luego otra vez, silencio. En el alféizar reposaban unas gafas de montura fina y un viejo móvil con el cristal resquebrajado. A veces el teléfono vibraba cuando caían fotos o audios al chat familiar, pero hoy estaba en silencio. En el piso reinaba una calma espesa; el tic-tac del reloj en la pared sonaba más fuerte de lo habitual. Se levantó, fue a la cocina, encendió la luz. La bombilla del techo derramaba un círculo amarillento y tenue. En la mesa, una fuente de varéniki fríos, tapados con un plato. Los había cocido por la tarde, “por si acaso viene alguien”. Nadie vino. Se sentó a la mesa, tomó uno, lo mordió y enseguida lo dejó: la masa, de tanto esperar, estaba gomosa. Se podía comer, pero no daba alegría. Se sirvió el té de su vieja tetera esmaltada, escuchó cómo caía el agua en el vaso y, sin querer, suspiró en voz alta. Un suspiro denso, como si algo se desprendiera del pecho y se sentara a su lado en el taburete. “¿Y yo de qué me quejo?”, pensó. “Están todos vivos, gracias a Dios. No me falta techo ni comida. Pero aun así…” Aun así, le acudían a la memoria retazos de conversaciones recientes: la voz de su hija, tensa como una cuerda: “Mamá, no puedo seguir así con él. Otra vez…”, y la de su yerno, casi burlona: “Ella se te anda quejando, ¿verdad? Dile que la vida no es como uno quiere”. Y el nieto, Santi, que ya solo respondía “eh” al teléfono cuando la abuela preguntaba cómo le iba. Ese “eh” dolía más que nada. Antes podía pasarse horas contándole del cole y los amigos. Ahora, claro, ha crecido. Pero aún así… No discutían a gritos delante de ella, ni cerraban puertas de un portazo. Pero entre palabras se levantaba un muro invisible: pequeñas punzadas, silencios, reproches no confesados. Y ella, de orilla a orilla, procurando no decir de más, a veces sintiendo culpa, como si hubiera educado mal, aconsejado mal, callado cuando debió hablar. Bebió un sorbo, se quemó y, de pronto, recordó una carta que había escrito con Santi cuando era pequeño: “Querido Papá Noel, tráeme, por favor, un mecano y que papá y mamá no discutan”. Ella se reía entonces, le acariciaba la cabeza y decía que Papá Noel lo escucharía. Ahora esa memoria le daba algo de vergüenza, como si entonces hubiera engañado al niño. Sus padres nunca dejaron de pelear, solo aprendieron a hacerlo bajito. Retiró el vaso, limpió la mesa que ya estaba limpia y fue al escritorio. Allí, casi sin escribir ya a mano, solo mensajes, caritas y audios en el móvil, la esperaba un bolígrafo en un vaso con lápices, junto a una libreta de cuadritos. Se quedó mirando un rato. Y pensó: “¿Y si…?”. La idea sonaba absurda, infantil, pero de pronto le calentó el pecho: escribir una carta. De verdad, en papel. No por un regalo. Solo por pedir. No a personas, que todos tienen lo suyo, sino a alguien que, en teoría, no le debe nada a nadie. Se sonrió ante sí misma. “Se me ha ido la cabeza, una vieja escribiendo al personaje de los cuentos”. Pero su mano ya buscaba el bolígrafo. Se sentó, colocó bien las gafas y abrió la libreta por una hoja limpia. Dudó un poco y escribió: “Querido Papá Noel”. La mano le tembló. Sentía vergüenza, como si alguien espiara por encima del hombro. Miró a la habitación vacía, la cama bien hecha, el armario cerrado. Nadie. “Pues qué más da”, susurró, y siguió: “Sé que tú eres de los niños, y yo ya soy mayor. Pero no te voy a pedir ni abrigo, ni tele, ni cosas. Tengo lo que necesito. Solo quiero pedirte una cosa: haz que en mi familia haya paz. Que mi hija y mi yerno no discutan, que mi nieto no me hable como un extraño. Que podamos sentarnos a la mesa sin miedo a decir algo que no toca. Sé que la culpa es de las personas, que no es tu asunto, pero quizá puedas ayudar un poco. Seguramente no tengo derecho a pedirte esto, pero igual lo hago. Si puedes, haz que nos escuchemos de verdad. Un saludo, la abuela Nina”. Repasó lo escrito. Las palabras le parecieron ingenuas y torpes, pero no quiso tacharlas. Se sintió más ligera, como si, al menos, hubiera hablado con alguien. Dobló la hoja con cuidado, pensó qué hacer ahora —¿ventana?, ¿buzón?, qué tontería— y la metió en el bolsillo del bolso, donde llevaba el DNI y los recibos de la luz. A la mañana siguiente salió más temprano de lo habitual, para llegar antes de la hora de comer. Había nieve y resbalaba. En la oficina de Correos buscó el buzón para la correspondencia a los Reyes Magos, pero no quedaba más que el expositor de sobres y sellos. Ya fuera, junto al quiosco de juguetes, colgaba una caja de cartón con el cartel: “Cartas a Papá Noel”. Pero la dependienta la estaba quitando. “Ayer fue el último día, señora. Ya es tarde, no llegan”. Nina asintió, dio las gracias por compromiso y se fue a casa. La carta quedó en el bolsillo de la bolsa, como un pequeño nudo cálido, molesto de recordar, imposible de tirar a la basura. Al poco, su hija envió un mensaje: “Mamá, el finde vamos a verte, ¿vale? Santi busca unos libros que tú tienes”. Se le encogió el corazón, y luego se le ensanchó. Van a venir. Quizá no está todo perdido. Respondió: “Claro que sí. Os espero”. El sábado, a última hora, oyeron los pasos por el rellano, el portazo del portal; Nina miró por la mirilla y vio las siluetas familiares: hija con bolsa, yerno con caja, Santi con mochila y ya tan alto que casi tocaba el marco de la puerta. –Hola, abuela –saludó él primero, entrando y dándole un beso algo torpe en la mejilla. –Pasad, pasad, os tengo las zapatillas preparadas —se apuró ella. Enseguida la casa fue bulliciosa y olía a calle, a nieve y a dulce. El yerno refunfuñaba porque en el portal estaba sucio, Santi en silencio, quitándose las zapatillas y tirando la mochila. –Mamá, hoy no podemos estar mucho –avisó la hija–. Mañana vamos a casa de sus padres, ya sabes. –Ya, ya… Pasad, que tengo sopa hecha. Comieron casi sin hablar, solo el tintinear de las cucharas. Luego la conversación fue aflojando: tráfico, trabajo, precios. Bajo las palabras aún flotaba una tensión callada. –Santi, los libros de historia… –recordó la hija cuando terminaron de comer. –Ah, sí –pareció despabilar el chico–. Abuela, ¿tienes algo de la guerra? El profe dijo que buscáramos algo aparte. –Claro, tengo ahí toda una colección. Ven, te enseño. Entraron en el cuarto. Nina encendió la lámpara y alargó la mano a la estantería, sacando volúmenes con tapas gastadas. –Mira, aquí la Posguerra, aquí memorias… ¿Qué buscas? –Lo que sea, con tal de que no sea un tostón. Se le apareció de nuevo aquel niño curioso de antes, aunque ahora callaba. –Llévate este, que es ameno. Lo leí cuando era joven. Él hojeó el libro. –Gracias, abuela. Todavía charlaron sobre la guerra, lo que le pedía el profesor…, y Nina disfrutaba de que él le contara cosas. Ya saliendo de casa, ella no supo que Santi, al quitarse la chaqueta, tropezó sin querer con el bolso de la abuela. De su bolsillo asomó el sobre blanco con la leyenda: “Querido Papá Noel”. Lo vio, dudó un segundo, lo guardó en su sudadera y salió a la cocina fingiendo normalidad. Al llegar a su casa, leyó la carta solo. Le dio vergüenza ajena y después, una tristeza enorme, sobre todo al releer “que mi nieto no me hable como un extraño”. Recordó todas sus respuestas secas y evasivas. Ya en la cama, pensó contarle a su madre, pero imaginó su reacción: “¡Qué ocurrencias tiene la abuela!”. O peor. Decidió que no lo haría. Al día siguiente, mientras comían en otra casa, la carta no se le quitaba de la cabeza. Luego, escribió a su abuela: “Abu, ¿puedo pasar otra vez? Tengo dudas de historia”. Ella respondió enseguida: “Claro, vente”. Esa tarde, volvió y, mientras la abuela preparaba la merienda, él devolvió en secreto la carta al bolso. No le dijo nada, pero la charla fue distinta. En algún momento, mientras partía un pepino para la ensalada, soltó: “Abu, ¿tú crees en Papá Noel?”. Ella se sorprendió, pero le respondió con ternura y evasivas. Unos días después, Santi propuso en casa hacer una cena familiar en casa de la abuela sin excusas. Cuesta convencer a sus padres, pero con esfuerzo, lo logra. El sábado siguiente, llegaron con bolsas y él la ayudó a cocinar. A la mesa, la atmósfera fue poco a poco soltándose, se oyeron carcajadas y recuerdos. Por primera vez desde hacía mucho, parecía que todos se escuchaban de verdad. Ya de noche, al despedirse, Santi se quedó un segundo, tocó el cuaderno de su abuela y le dijo: –Abu, si necesitas algo, dínoslo. No hace falta escribirlo por ahí. Solo pídelo. Ella lo miró y asintió: –Si hace falta, lo diré. Al quedarse sola, la abuela recogió la mesa. Sentía en el pecho una sensación nueva, como si hubiera entrado aire fresco en casa. Las peleas y silencios seguirán, lo sabía, pero algo se había movido. Se apoyó en la ventana y, viendo a los niños jugar, sonrió apenas, como para sí misma. En el bolsillo de la sudadera de Santi aún estaba la carta, no como petición a un cuento, sino como recuerdo de lo que realmente importa. Y desde aquel día, Santi cada vez que oía: “Hoy no vamos a la abuela”, respondía: “Pues yo sí voy”. No por fiesta, no por compromiso. Solo porque sí. No era un milagro, sólo un pequeño paso hacia esa paz que alguien, no tan niña, había pedido en una carta que nunca llegó. Y a veces, eso basta para que la casa vuelva a estar un poco más cálida.

Life Lessons

La carta que nunca llegó

La abuela llevaba un buen rato sentada junto a la ventana, aunque fuera no había mucho que ver. El patio se oscurece pronto en Madrid; la farola bajo la ventana parpadea, apagándose y encendiéndose como si estuviera cansada. Sobre la acera del patio se distinguen algunas huellas de perros y personas; a lo lejos, una vecina barre la acera con desgana, y enseguida el silencio lo cubre todo de nuevo.

En el alféizar reposan sus gafas de montura fina y su viejo móvil, con el protector de pantalla agrietado. A veces el teléfono vibra un momento, cuando en el chat familiar aparece alguna foto o un mensaje de voz, pero hoy permanece silencioso. El piso está en calma. El tic-tac del reloj de pared es más estridente de lo que desearía.

Se levanta y va a la cocina. Enciende la luz. La bombilla del techo arroja un círculo amarillento y débil. Sobre la mesa, un bol con restos de croquetas frías y recubierto con un plato. Las había preparado por la tarde, por si se acercaba alguien: pero nadie lo hizo.

Se sienta a la mesa, coge una croqueta, la muerde y la deja de inmediato; la masa ha endurecido y ya no apetece comerla. Puede comérsela, sí, pero no le da alegría alguna. Se sirve una taza de té del viejo hervidor esmaltado y escucha cómo el agua cae en el vaso. Inesperadamente, suelta un suspiro, pesado, un suspiro que le sale tan de dentro que parece que el corazón se le haya caído y sienta a su lado en el taburete.

¿A qué me quejo?, se dice. Todos vivos, gracias a Dios. Un techo no me falta. Pero aun así

Aun así regresan a la cabeza fragmentos de recientes conversaciones. La voz tensa como una cuerda de su hija Beatriz:

Mamá, no aguanto más con él. Otra vez lo mismo

Y la voz condescendiente de su yerno, Javier:

¿Ya se queja contigo? Dile que la vida no es siempre como uno desea.

Y su nieto, Diego, que ya solo responde con un “sí” rápido al teléfono cuando ella le pregunta cómo le va. Y esos sí duelen más que nada. Antes podía pasarse horas contándole cosas del colegio, de sus amigos. Ahora ha crecido, claro. Pero aún así

No gritan ni pelean en su presencia. No dan portazos. Pero entre las palabras, hay un muro invisible. Pequeños reproches, frases a medias, rencores no confesados. Y ella, entre dos orillas, de la hija al yerno, procurando no pasarse ni una palabra de más. A veces, siente que la culpa es suya; tal vez no educó bien, tal vez no supo aconsejar, tal vez calló lo que debió decir.

Da un sorbo al té, se quema y arruga la cara, y de pronto, recuerda cuando Diego era pequeño y escribían juntos la carta a los Reyes Magos. Él, con su letra infantil, escribió entonces: “Por favor, traedme un juego de construcción y que mamá y papá no discutan”. Ella se rió entonces y lo acarició diciendo que los Reyes lo escuchaban todo.

Ahora le da vergüenza recordar aquello, como si hubiera engañado al niño. Mamá y papá nunca dejaron de discutir. Solo aprendieron a hacerlo más bajo.

Aparta el vaso, repasa la mesa con la servilleta, aunque ya está limpia. Va al dormitorio, enciende la lamparita de la mesa. El haz de luz cae sobre el viejo escritorio, donde ya casi nunca escribe a mano. Ya todo va en el móvil: mensajes, emoticonos, audios. La pluma sigue allí, en el bote de los bolígrafos, cerca de la libreta de cuadros.

Se queda un momento contemplándolos, y le asalta de pronto un pensamiento: ¿y si?

La idea es infantil, absurda, pero le calienta el pecho. Escribir una carta. Una de verdad. No tanto por un regalo. Sólo pedir. No a personas con sus cuentas pendientes, sino a alguien que en teoría no debe nada a nadie.

Se sonríe para sí. Menuda vieja, que ahora va a escribir a los Reyes Magos Pero la mano ya se extiende hacia la libreta.

Se sienta, se coloca bien las gafas, toma la pluma. En la primera página hay anotaciones viejas. Da vuelta a la hoja, busca una limpia. Duda un momento y escribe con letra temblorosa: «Queridos Reyes Magos».

La mano le tiembla. Siente vergüenza, como si alguien estuviera mirando detrás. Echa un vistazo a la habitación vacía, la cama perfectamente hecha, el armario cerrado. Nadie.

Bueno, da igual murmura casi en voz alta y continúa:

«Sé que sois para los niños y yo ya soy mayor. No os voy a pedir abrigo, tele ni otras cosas. Tengo lo que necesito. Solo quisiera una cosa: que haya paz en la familia.

Que Beatriz y Javier dejen de pelear, que Diego no esté callado como si fuera un extraño. Que podamos sentarnos todos juntos a la mesa y no tener miedo de que alguien diga algo errado. Sé que es culpa de las personas, no vuestra. Pero quizá podéis ayudar un poco, solo un poco. Tal vez no debería pediros esto, pero lo hago. Si podéis, haced que sepamos escucharnos unos a otros.

Con cariño, la abuela Carmen».

Lee lo escrito. Son palabras que le parecen ingenuas y torpes, como dibujos de niño. Pero no lo borra. Se siente más ligera, como si al fin hubiera dicho algo en voz alta.

La hoja cruje bajo sus dedos. La dobla con cuidado, luego otra vez. Se queda sentada con el papel entre las manos, sin saber qué hacer. ¿Tirarla por la ventana? ¿Dejarla en el buzón? Ridículo.

Va al pasillo a por el bolso. Recuerda que mañana tiene que ir al supermercado y a Correos a pagar el recibo del gas. Bueno, la echo también en un buzón de cartas para los Reyes decide, que ahora ponen por todas partes. Así ya voy menos avergonzada. No soy la única.

Guarda la carta en el bolsillo del bolso, junto al DNI y los recibos, y apaga la luz. El reloj sigue marcando los segundos en el silencio. Se acuesta, da vueltas largo rato, escuchando el silencio, hasta que por fin duerme.

Por la mañana sale antes de costumbre, para volver antes de comer. La acera resbala; la escarcha cruje al pasar. En la puerta del portal, su vecina Mercedes pasea a su perrita “Trufa”, la saluda y pregunta por su salud. Intercambian unas frases, y Carmen sigue su camino, apretando el asa del bolso.

En Correos hay mucha gente; la cola avanza despacio hacia la ventanilla de pagos. Ella se coloca la última, saca los recibos y la carta doblada. Pero no hay caja de correo para los Reyes Magos. Solo están los buzones normales y una vitrina con sobres y sellos.

Carmen se queda parada un instante. Vaya ocurrencia la mía. Podría tirarla a la papelera, pero no le sale. Lo guarda de nuevo en el bolso, paga el recibo y sale a la calle.

Junto a Correos hay un kiosco de juguetes y espumillón. En él cuelga una caja de cartón con un letrero: «Cartas a los Reyes Magos». Pero la caja está vacía y la dependienta está quitando ya el celofán.

Ya no se recogen más le dice al verla mirar. Ayer fue el último día. Ya es tarde, no llegan.

Carmen asiente, pero realmente no le corre prisa. Agradece, aún sin motivo, y regresa a casa. La carta sigue en el bolso, como un pequeño nudo cálido, incómodo de recordar pero imposible de tirar.

Llega a casa y se descalza en el recibidor, cuelga el abrigo, deja el bolso sobre la banqueta para vaciar la compra más tarde. El móvil vibra en el bolsillo del abrigo. Mira: mensaje de Beatriz.

«Mamá, hola. Este finde vamos a verte, ¿vale? Diego preguntó por tus libros viejos para el cole».

Siente un nudo que de pronto se suelta. Al menos, vendrán. Al menos, todo no está perdido. Escribe con premura: «Claro, os espero encantada».

Se va a la cocina, coloca la compra, pone el caldo a cocer. La carta sigue en el bolsillito del bolso, olvidada en la banqueta.

El sábado por la tarde suenan pisadas y portazos en el portal. Carmen asoma y reconoce las siluetas: la hija con una bolsa, el yerno con una caja, Diego con su mochila colgada de un hombro. Alta, delgada, pelo descuidado asomando bajo el gorro.

Abuela, hola dice él el primero, entrando y dándole un torpe beso en la mejilla.

Venga, pasad, pasad se apura Carmen, apartándose. Quitaos los zapatos, os he preparado zapatillas.

El recibidor se llena de ruido y gente. Huele a calle, a frío, a algo dulce en la bolsa de Beatriz. Javier se queja del ascensor y del portal que nunca limpian, Diego se saca las zapatillas, rozando el perchero con la mochila.

Mamá, no nos quedamos mucho avisa Beatriz, dejando la bolsa en el suelo. Mañana vamos a comer con los padres de Javier.

Lo sé, lo sé responde Carmen. Pasad a la cocina, tengo sopa preparada.

Se sientan de forma torpe en la cocina, Javier junto a la ventana, Beatriz a su lado, Diego enfrente de la abuela. Se sirven la sopa en silencio; solo suenan las cucharas. Luego, poco a poco, la conversación gira hacia el trabajo, el tráfico, los precios. Las palabras van limpias, sin picos, pero debajo flota una tensión persistente.

Diego, tú querías algo para el cole le recuerda Beatriz cuando terminan.

Ah, sí él, como si despertara. Abuela, ¿tienes algún libro de historia sobre la guerra? El profe dijo que quien leyera algo extra podía comentarlo en clase.

Tengo varios, claro se alegra Carmen. Ven, te enseño.

Se van juntos al salón. Carmen enciende la lamparita, trepa hacia la estantería alta con los libros de tapas desgastadas.

Mira, estos son de la Guerra Civil, estos de los partisanos… ¿Qué necesitas?

No sé, cualquiera para que no sea un rollo.

Él observa con interés, cabeza torcida; y Carmen ve al niño de antes, al que hacía preguntas infinitas. Ahora calla más, pero vuelve a brillarle la curiosidad.

Llévate este le da uno con la tapa desvaída. Es ameno; me lo leí yo de joven.

Gracias, abuela.

Charlan un poco más sobre el instituto, sobre el profesor de historia, «es majo, pero a veces se mete mucho». Ella escucha, asiente, pregunta detalles. Se siente bien por el solo hecho de oírle.

Asoma Beatriz:

Diego, en media hora nos vamos, ve preparándote.

Ok responde metiendo el libro en la mochila.

Cuando se despiden, el recibidor otra vez se llena de abrigos, bolsas, frases de llama, no te olvides, te lo paso luego. Carmen les acompaña hasta la puerta, espera a que se cierre el ascensor y regresa al piso.

La soledad cae como una manta. Recoge la mesa. Sobre la banqueta está el bolso y dentro la carta. Mete la mano en el bolsillo, palpa el papel doblado. Por un instante quiere sacarlo y romperlo, pero lo deja ahí y cierra la cremallera.

No sabe que en el pasillo, mientras ella buscaba los libros, Diego, al dejar la mochila, dio con el pie en el bolso que se abrió un poco y asomó la esquina blanca del papel. Inconscientemente la metió, leyó Queridos Reyes Magos y se quedó petrificado.

No la sacó, no había ocasión, los adultos pululaban alrededor. Pero ese título quedó grabado como una chispa.

Esa noche, en casa, Diego se acordó de la carta mientras sacaba el libro de historia. Pensar que su abuela, una mujer mayor, sigue escribiendo a los Reyes, primero le hizo gracia, luego le pareció raro y finalmente le entró tristeza.

El día siguiente lo pasó en casa de los otros abuelos, comiendo empanadillas, soportando charlas aburridas y toqueteando el móvil. Pero al fondo de la cabeza, flotaba la imagen de ese papel blanco.

Un par de días después, tras clase, escribió a su abuela: «Abuela, ¿puedo pasarme? Tengo más dudas de historia». Respondió enseguida: «Claro, ven cuando quieras».

Fue tras las clases, mochila a la espalda, auriculares. El portal olía a col cocida y a limpiador. Carmen le abre casi antes de que llame.

Pasa, Diego, quítate el abrigo. Te he hecho tortitas dice, retrocediendo.

Él pone la mochila sobre la banqueta, con el bolso abierto y la esquina blanca del papel visible. Le da un vuelco el corazón.

Mientras la abuela trajina en la cocina, él, fingiendo atarse un zapato, saca la carta. El corazón le late tan fuerte que le sobresalta. Sabe que está haciendo algo feo, pero no puede evitarlo.

Guarda la carta en el bolsillo de la sudadera, se levanta rápido y va a la cocina.

¡Tortitas! exclama, intentando sonar natural. ¡Qué buena pinta!

Comen hablando del instituto, del tiempo, de las vacaciones. Ella le pregunta, entre cucharada y cucharada, si no tiene frío, si necesita zapatos. Él responde entre bromas y evasivas.

Luego pasan al salón, Diego hojea el libro que se llevó, se despide no más tarde de lo normal.

Solo al llegar a su habitación saca la carta. Se sienta en la cama, la abre. El papel está algo arrugado, con las esquinas dobladas. La letra cuidada, redondeada.

Empieza a leer. Al principio le incomoda, como si escuchara una confesión privada. Luego, al encontrar la frase que tu nieto no esté callado como si fuera un extraño, siente un nudo.

Relee el párrafo. Recuerda cómo últimamente solo respondía con monosílabos a la abuela, cómo rechazaba sus llamadas. No por falta de cariño, sino por pereza, hastío, falta de tiempo. Y ella lo notaba.

Lee hasta el final, sobre paz, sobre la mesa, sobre escucharse. Siente una compasión por la abuela que le dan ganas de ir a abrazarla y asegurar que todo va a salir bien. Pero también le da vergüenza su propio sentimiento.

Se tumba boca arriba, la carta a su lado, blanca sobre la colcha oscura.

¿Y ahora qué?, se pregunta. ¿Decírselo a mamá, a papá? Se reirían o se enfadarían. ¿Devolver la carta a su sitio y fingir? Ella sabría que la ha leído. Ambos sentirían bochorno.

Se gira sobre el costado. En la cabeza resuenan palabras: que tu nieto no esté callado, que podamos sentarnos los tres. No es una súplica a los Reyes, se da cuenta, sino a él mismo.

En la cena empieza varias veces con: mamá, la abuela, pero siempre lo interrumpen con otras cosas. Al final, traga la pasta en silencio.

Por la noche, no puede dormir. La carta guarda en el cajón del escritorio. Saberla allí le inquieta.

En clase lo cuenta a su amigo Pablo, que primero se ríe:

¡Qué gracia! Mi abuelo solo cree en la paga.

No tiene gracia salta, sorprendiéndose del tono seco.

El amigo se calla. Diego se queda solo con su peso.

Por la tarde, marca el móvil de la abuela, pero cuelga antes de oír el tono. Mira el chat familiar: la foto de una ensalada, un chiste de atascos, invitación a una cena del trabajo. Cosas superficiales, ninguna carta.

De pronto escribe: Mamá, ¿por qué no celebramos el Año Nuevo donde la abuela Carmen? y lo borra. Imagina la respuesta: ¿Estás loco? Ya hemos quedado con los padres de papá. Discusiones. Se desanima.

Va al escritorio, saca la carta. Lee de nuevo la frase de sentarnos a la mesa. Esta vez le surge una idea que le da miedo y a la vez le parece valiente.

No Nochevieja. Solo una cena. Sin motivo, o casi.

Va a la habitación donde su madre navega en el portátil.

Mamá dice desde la puerta. ¿Por qué no vamos donde la abuela todos juntos? Así, rollo cena familiar.

Ella lo mira medio entrecerrando los ojos.

¿No vamos ya?

No igual. No un rato, bien. Comer, hablar. Yo puedo ayudar a cocinar.

Su madre esboza una sonrisa.

¿Tú? Cocinar. Quiero verlo. Pero no hay tiempo, tu padre sale tarde, yo tengo que trabajar

En fin de semana insiste él. Sábado. Si no, vamos a quedarnos en casa.

Ella suspira.

Diego, no sé. Tu padre refunfuñará, querrá descansar

Mamá la interrumpe, sintiendo que algo le sube, está sola ahí. Lo dijiste. Solo una vez

Le sorprende su propia insistencia. La madre lo mira como si lo descubriera nuevo.

Bueno accede al fin. Se lo comento a tu padre. No prometo nada.

Él asiente y se va, con las mejillas candentes. Su primer gesto incierto, pero un paso.

Por la noche escucha a sus padres en la cocina:

Lo pide él dice la madre. Lo ha propuesto él.

¿Y qué hacemos allí? refunfuña el padre. Hablar de achaques, de la pensión

Pero está sola murmura ella. Y a Diego parece que, por fin, le importa.

Silencio, luego un suspiro.

Está bien. Vamos el sábado.

Diego se siente como quien ha ganado una pequeña batalla. Pero queda la segunda: con la abuela.

Al día siguiente la llama él.

Abuela, hola. Que este sábado iremos todos a cenar. Yo voy antes para ayudarte.

Silencio corto en el otro lado.

Por supuesto dice ella. ¿Qué quieres cocinar?

Da igual. Yo pico la ensalada, o pelamos patatas.

Eso de la ensalada no lo has hecho nunca se ríe. Ya aprenderás.

El sábado llega pronto, con dos bolsas de compra.

¡Pero cuántas cosas! exclama Carmen. ¿A quién vamos a invitar, al barrio?

­Así mejor protesta él. Mejor que sobre.

Preparan juntos la cena, pelan patatas, cortan verduras. Carmen supervisa:

Así no, los dedos fuera.

Que sí, abuela.

En la cocina huele a cebolla y a carne guisada. La radio suena al fondo. Fuera, el patio va oscureciendo.

Abuela dice de pronto, mientras trocea pepino. ¿Tú crees en los Reyes Magos?

Ella se sobresalta tanto que se le cae la cuchara en la sartén. La radio también parece apagarse.

¿Por qué preguntas eso?

Él se encoge de hombros.

Nada. Debatíamos en clase.

Ella remueve la carne, apaga el fuego y lo mira con cautela.

De niña, sí. Luego no sé, quizá hay Reyes, pero de otra manera. ¿Por qué?

Por nada aclara él. Molaría si existieran.

Callan. Vuelve cada uno a lo suyo. En el fondo, los dos saben de qué hablan, pero no lo dicen.

Llegan los padres. El padre cansado, pero menos serio. La madre trae bizcocho.

Vaya festín bromea el padre. Aquí come media parroquia.

Todo obra de tu hijo ríe Carmen. Ha ayudado.

¿Tú? ¡No me lo creo! le dice el padre a Diego.

Para lo que es protesta él.

Se sientan. Al principio hay tensión, cada uno escoge palabras. Pero la cena ablanda el ambiente. Salen historias de la infancia de Beatriz, anécdotas del trabajo de Javier. Carmen ríe, tapándose la boca.

Diego los observa, pensando en su carta. Cree oír un diálogo invisible, justo el que pedía la carta: escucharse.

Mientras sirve el té, Beatriz dice:

Mamá, perdona por no venir más. Siempre corriendo

No lo dice como reproche, sino confesión. Carmen baja la mirada.

Lo entiendo responde despacio. Tenéis vidas propias, no me enfado.

Diego siente un pinchazo. Sabe que sí se enfada, aunque lo niegue. Pero es más, un intento de no presionar.

Podemos venir más, sin motivo dice, y se sorprende a sí mismo. Como hoy.

Los adultos lo miran. Él se ruboriza, pero insiste.

No está mal, ¿no?

El padre sonríe, sin ironía.

No, está bien. Está muy bien.

La madre asiente.

Hay que intentarlodice, con un tono nuevo.

La charla sigue, de estudios, de futuro, de si necesita repaso extra. Carmen escucha e interviene. No entiende todo de nuevas tecnologías, pero hace por seguirles.

Al irse hay de nuevo tropel de abrigos y besos de despedida. Javier ayuda a Carmen con la cazuela, Beatriz recoge platos.

Mamá, la próxima vez avísame antes promete.

Encantada responde Carmen.

Diego se queda sólo con Carmen.

Abuela, si alguna vez quieres que cambiemos algo, dínoslo. No escribas cartas, dínoslo a nosotros.

Ella lo observa, primero sorprendida, luego con ternura.

Lo haré, Diego. Si me atrevo, lo haré.

Él asiente y sale. Se cierra la puerta, baja el ascensor.

Carmen en la calma, recoge la vajilla. El olor a guiso y a té aún flota. Pasa la mano por el mantel, arrastra las migas.

Siente algo raro. No alegría total, ni euforia. Como si hubiera abierto la ventana y entrara aire fresco. Sabe que los conflictos seguirán, que Beatriz y Javier volverán a discutir, que Diego tiene sus secretos. Pero hoy, en esa mesa, parecen haberse acercado un poco más.

Recuerda la carta. No sabe qué fue de ella. Quizá sigue en el bolso, quizá la perdió, quizá alguien la encontró. De repente se da cuenta de que eso ya no le importa tanto.

Se acerca a la ventana. En el patio, bajo la farola, unos niños juegan y modelan bolas de nieve. Un chiquillo con gorro rojo ríe, su voz le llega clara hasta el tercero.

Carmen apoya la frente en el cristal frío y sonríe, levemente, como contestando a una señal lejana pero conocida.

En el bolsillo de la chaqueta de Diego, en el recibidor, sigue la carta doblada. A veces la saca, lee un par de líneas y la vuelve a guardar. No como petición a un rey mágico, sino como recordatorio de lo que realmente espera quien cuece el caldo y aguarda una llamada.

No llegó a contar lo de la carta a nadie. Pero la próxima vez que su madre dice que está cansada para ir a casa de la abuela, responde serenamente:

Pues voy yo solo.

Y va. No por fiesta ni por compromiso. Solo porque sí. No es un milagro. Solo un paso más hacia esa paz de la que alguien escribió un día en una hoja cuadriculada.

Carmen, al abrir la puerta, se sorprende, pero no pregunta. Solo dice:

Pasa, Diego. Justo acabo de poner la tetera.

Y eso basta para que el piso sea, otra vez, un poco más cálido.

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