La anciana se giró hacia mí y me dijo unas palabras que me pusieron la piel de gallina: Hoy será un día bonito y soleado. Tendremos tiempo de sobra para hacer algo.
Viajaba en el tren un tranquilo miércoles, y el vagón apenas tenía pasajeros. Una señora mayor se subió y se sentó a mi lado, visiblemente en camino hacia su huerta en algún pueblo, igual que yo y muchos más en el vagón. Al verla, me asaltaron los recuerdos de mi difunta esposa. Solíamos ir juntos a nuestra parcela, pero desde que ella enfermó, yo evitaba volver allí, perseguido por la soledad y la nostalgia.
Cuando el tren se detuvo en la estación, la señora se giró hacia mí y me dijo exactamente aquellas palabras: Hoy será un día bonito y soleado. Tendremos tiempo de sobra para hacer algo. Eran las mismas palabras que solía decirme mi esposa antes de ponerse a trabajar entre los almendros. Desconcertado, asentí con la cabeza y empezamos a charlar. Hablamos de la mala cosecha de ese año, del invierno duro y de las esperanzas que teníamos para el verano que se acercaba.
Al llegar a la parada del autobús rural, me sorprendió no haberme cruzado antes con aquella mujer. Caminamos juntos un rato por el camino de tierra hasta que cada uno siguió su rumbo. Cuando llegué a mi terreno, me encontré con que la maleza se había adueñado del sitio durante mi larga ausencia. Sin embargo, la conversación con la señora del tren me había levantado el ánimo y me animó a recorrerlo todo de nuevo.
Con un impulso renovado, me puse a cavar la tierra y a arrancar hierbajos. La satisfacción de ver de nuevo la tierra fértil me hizo decidirme a no vender el terreno, al menos por ahora. Disfruté de un descanso sentado en el banco de madera, saboreando un bocadillo de jamón y un café con leche en termo. Ver mis claveles mecidos por el aire y las manzanas rojas bajo el peral joven me trajo recuerdos llenos de ternura.
Poco a poco mi ánimo mejoró y tomé la decisión de venir más a menudo al huerto. Cuando recogía setas en el bosque cercano, sentí como si me hubiera quitado un gran peso de encima. Me prometí seguir trabajando en la tierra, porque eso me daba sentido y alegría.
De regreso al final del día, me encontré de nuevo con la señora, que resultó llamarse Adela. Compartimos unas manzanas y reímos hablando del trabajo y de lo que habíamos logrado aquella tarde. Ella me recordó, con voz cálida, que todavía me quedaba mucha vida por delante, y me animó a no perder de vista toda la alegría que seguía ofreciéndome mi pequeña huerta. Cuando bajé en mi estación, sonreí al sol que se ocultaba tras los olivos, sintiéndome en paz y ligero, ya sin la carga de la tristeza.



