Diario personal, 14 de marzo
Hoy he vuelto a hablar con mi vecina, Doña Magdalena. Me contó algo que me dejó el alma hecha pedazos.
¿Desde cuándo no habla con su hijo? le pregunté, inquieta.
Hace ya seis años que no le veo me respondió mientras sus ojos se llenaban de nostalgia. Cuando se fue a vivir con su esposa a Valencia, al principio aún me llamaba de vez en cuando… Pero poco a poco, fue dejando de hacerlo. Recuerdo una vez, para su cumpleaños, compré una tarta de la pastelería, cogí el tren y fui a su casa…
Aquí bajó la mirada y las lágrimas le corrieron por la mejilla.
¿Y qué pasó? musité, con un nudo en la garganta.
Fue mi nuera la que abrió la puerta. Me dijo que no era bienvenida. Mi hijo no dijo nada, ni una palabra, solo me miró como si yo hubiera hecho algo imperdonable. Apartó la mirada. Fue la última vez que estuvo delante de mí.
¿No la ha vuelto a llamar? le pregunté, sin dar crédito.
Yo le llamé una vez, cuando decidí vender el piso grande de Chamberí para mudarme a este más pequeño aquí en Lavapiés. Por supuesto, le di algo de dinero, unos pocos miles de euros… Él vino, firmó los papeles, se llevó el dinero y nunca más volvió a llamar.
¿Siente usted mucha soledad, o ya se ha acostumbrado a estar sola? quise saber.
Estoy bien, hija. ¿Sabes? Cuando era joven, me quedé sola con mi hijo porque mi marido se fue con otra. Le saqué adelante yo sola, con trabajo y mucho cariño. Todo lo que tenía era para él. Cuando me dijo que quería independizarse y alquilar su propio piso, sentí orgullo… Me alegré porque pensaba que se estaba haciendo responsable, pero, en realidad, era por su novia. Fue ella quien insistió en buscar un sitio solo para ellos, para que nadie se metiera en su vida. A poco tiempo, se quedó embarazada.
¿No le duele contarlo tan serena? ¿No le da pena que su hijo la haya dejado así, en esta edad? le pregunté sinceramente sorprendida.
Ya estoy acostumbrada. Me gusta este piso nuevo. Tengo suficiente dinero para vivir, nunca me falta nada. Por las mañanas, me levanto con calma, pongo la cafetera y salgo a la terraza a tomar un té, mirando cómo despierta Madrid. Cuando era joven, soñaba con poder dormir hasta tarde, porque tenía que trabajar en dos turnos. Me imaginaba una vejez rodeada de familia. Pero quizás mi destino era estar sola.
¿Y por qué no un animalillo? Dicen que en compañía se vive mejor.
Ay, cielo, hasta los gatos abandonan a sus dueños a veces. Y no podría tener un perro No sé si mañana me despertaré o no. No podría hacerme cargo de nadie a quien no pudiera proteger. Ya metí la pata una vez. Con eso basta…
La pobre Magdalena luchaba por no venirse abajo, pero al final rompió a llorar en silencio.
¡No abandonéis nunca a vuestros padres! Sois parte de ellos; el día que se vayan, sentiréis cómo una parte de vosotros se va también.







