Mira, te cuento algo que llevo clavado dentro desde hace años. Te lo cuento como se lo diría a una amiga, con el alma en la mano.
¡Hace tiempo que te deberías haber ido a un internado! ¡Fuera de nuestra familia! le grité un día, con la voz temblándome de rabia.
¿Y sabes a quién le solté todo eso? A mi primo Álvaro.
¿Sabes? De pequeña, le adoraba. Rubio como el trigo de Castilla, ojos azul cielo y una risa traviesa que te conquistaba. Él era así, Álvaro.
Las reuniones familiares en casa de los abuelos, los días de fiesta en nuestro piso de Salamanca, siempre tenían un brillo especial cuando venía él. Entre todos los primos, Álvaro era mi favorito. Tenía un don para contar historias y te hacía reír con cualquier cosa. Además, lo que dibujaba era impresionante: se sentaba un rato y te hacía en nada cinco o seis dibujos a lápiz. Yo los guardaba en secreto en mi cajón, como si fueran tesoros. Los cuidaba más que a mis apuntes del colegio.
Álvaro era dos años mayor que yo.
Pero, mira, el golpe vino un año que nadie se lo esperaba. Tenía Álvaro 14 años cuando se quedó huérfano: su madre, mi tía pequeña, de repente no despertó una mañana. El mundo se nos vino abajo.
¿Y ahora qué? ¿Dónde iba a ir Álvaro? Pues empezó la peregrinación: primero lo intentaron con su padre, pero costó dar con él porque hacía tiempo que se había divorciado y vivía ya con otra familia en Madrid. Directamente dijo que no quería complicarse la vida. Uno tras otro, el resto de la familia se encogía de hombros: que si ya teníamos demasiados líos, que cada uno con lo suyo… Cuando hay problemas de verdad, la familia se deshace como el azúcar en el café.
Total, mis padres, con dos hijos ya, asumieron la tutela de Álvaro, porque mi tía era la hermana pequeña de mi padre. Yo, la verdad, al principio estaba ilusionada de tenerlo en casa como uno más. Pero, amiga, parecía que la vida tenía otros planes.
No te exagero: el primer día que pisó nuestra casa, noté que algo no cuadraba. Mi madre, queriendo animarlo un poco, le preguntó qué le apetecía, que no se cortara. ¿Sabes lo primero que pidió Álvaro? Pues nada más y nada menos que un tren eléctrico. De los caros, de los que sólo veíamos en El Corte Inglés por navidad. Y yo pensando: Madre mía, se te ha muerto tu madre y tú pensando en trenecitos de juguete ¿En serio?
Pues ahí tienes a mis padres, como locos, buscando el dichoso tren y comprándoselo. Y luego siguieron sus antojos: que si un walkman, unos vaqueros Levis, una cazadora buena Mira, eran los años ochenta, y esas cosas valían un dineral y, además, no se encontraban fácilmente. Pero mis padres, siempre volcados en Álvaro, nos sacrificaban a nosotros por darle lo que pedía. Mi hermano y yo nunca nos quejábamos, lo entendíamos. Pero, joder, dolía.
Y al poco, cuando cumplió los 16, le entraron las ganas de novias. Pero Álvaro no era un chico normal: empezó a meterse conmigo, su prima, y a lanzarme indirectas que me daban asco. Menos mal que siempre fui más fuerte que él y podía defenderme, pero a veces acabábamos a gritos, hasta peleándonos a empujones. Me pasaba las noches llorando, pero nunca le comenté nada a mis padres, no quería preocuparles por algo tan incómodo.
Como vi que no tenía nada que hacer conmigo, al momento Álvaro se fijó en mis amigas. Y te digo, ellas se peleaban por llamar su atención, no sabes cómo.
Otra cosa: Álvaro robaba en casa y se quedaba tan pancho. Nunca se me olvidará cuando una vez, después de meses ahorrando mis pesetas para comprarles un regalito a mis padres, de repente mi hucha estaba vacía. Y Álvaro jurando y perjurando que no había sido él, ni se inmutaba. De verdad, me sentía traicionada en mi propia casa.
Yo, cada vez más enfadada, ya no podía ni verle. Un día exploté, le dije de todo, que estaba destrozando nuestra familia. Y desde ahí, ni le dirigía la palabra. Mis padres intentaban calmarme, pero ya estaba hecho. Supe luego que el resto de la familia ya había visto cómo era Álvaro, que no era sólo cosa nuestra. Muchos eran testigos de cómo se portaba.
Sus profes de secundaria en el instituto también advirtieron a mis padres. Decían que Álvaro podía acabar mal y que le iba a hacer daño a nuestros hijos.
Pasaron los años y en el instituto Álvaro conoció a Nuria, que se enamoró perdidamente de él. Se casaron en cuanto acabaron la selectividad y tuvieron una niña. Nuria soportaba todas sus mentiras y sus rollos con otras chicas, como si nada. Ya sabes lo que dicen aquí: Soltera y amargada, casada y más desgraciada.
Por si fuera poco, le tocó hacer la mili y le destinaron a una base cerca de Zaragoza. Allí, de pronto, montó otra familia durante sus permisos. Cuando terminó, se quedó un tiempo allí porque había tenido un hijo con otra chica. Nuria, ni corta ni perezosa, fue hasta Zaragoza, habló con quien tuviera que hablar y consiguió traérselo de vuelta.
Mis padres nunca recibieron ni unas gracias sinceras de parte de Álvaro, y eso que le dieron todo, no porque esperaran recompensa, sino porque era familia.
Hoy Álvaro ya anda por los sesenta. Ahora va todos los domingos a misa en la iglesia del barrio, sigue con Nuria y ya tienen cinco nietos. En apariencia, todo les va bien, pero yo sigo con esa espinita, esa amargura por dentro cuando pienso en él Que ni con miel se me va.







