La abuela reunía a toda la familia

Toda la familia se reunió para ayudar a preparar el equipaje de la abuela. Sin disimulo, le decían claramente cómo les cansaba su presencia y que, por fin, la primavera había llegado y ella partiría al pueblo hasta que el otoño fuera ya tardío. Los nietos eran distantes, la nuera no le tenía cariño. Y el hijo vivía de viaje por trabajo, pero cuando regresaba a casa no mostraba ni una pizca de afección hacia su madre.
En aquella casa, la abuela era un peso. Ella lo comprendía perfectamente y soportaba ese dolor con las pocas fuerzas que le quedaban, aguardando cada año la primavera como a lo más fiel y verdadero. Lo mejor que podía esperar.
Este año la primavera irrumpió pronto. La abuela pasaba horas sentada bajo el portal, admirando el cálido cielo de Madrid, sintiendo el sol como una caricia. Su aspecto era el de una pequeña golondrina desgastada por el tiempo: delgada, vestida de harapos antiguos y unos gastados zapatos sujetados con alpargatas de goma.
A pesar del desdén de los suyos, los vecinos le tenían aprecio. Siembre le saludaban, preguntaban por su salud y la ayudaban a subir las escaleras hasta el quinto piso. Incluso los chicos del barrio alguna vez le llevaron la bolsa del supermercado cuando la cruzaban a la salida del colegio.
Aunque los años pesaban sobre ella, la abuela no dejaba de cumplir con su deber en el hogar: cocía, lavaba, ordenaba. La nuera rara vez se hacía cargo de esas tareas.
Si estás todo el día en casa, hazlo todo tú decía la nuera al llegar del trabajo, dejando los zapatos tirados en la entrada con descaro.
Los nietos no le dirigían palabra. Cuando traían amigos, ella prefería no salir de su cuarto; uno de ellos le confesó que su aspecto era una vergüenza. La abuela jamás contradecía a nadie. A menudo callaba. Y, por las noches, cuando todos dormían, lloraba discretamente por su suerte en el pequeño cuarto.
La llevaron a la estación en taxi para evitar el trasiego de autobuses. Su equipaje era escaso: una maleta envejecida y una bolsa con ropa gastada. Apoyada en su bastón, se desplazaba lentamente por el andén. Se sentó en un banco. Pronto llegó el tren, subió al vagón y, mirando por la ventana, sus ojos se llenaban de bondad y luz. Cuando el tren partió, sacó de su maleta una fotografía arrugada. Su hijo, nietos y nuera sonreían en ella. Sus sonrisas, ahora, sólo las encontraba allí. Besó la foto y la guardó con cuidado.
Bajó en la estación y caminó despacio hacia el pueblo, donde alguien la acercó hasta casi la puerta de su casa. Abrió la verja y cruzó el sendero embarrado por la humedad hacia la casita de ladrillo desnudo. Todo allí era suyo, propio, y por fin era necesaria: para las paredes ajadas, el jardín desordenado, el despacho desvencijado. Allí la esperaban.
El pueblo significaba para ella todo. Allí nació, allí nacieron sus hijos y allí murió el esposo. Había vivido allí casi media vida. Incluso había visto partir al hijo mayor, que no alcanzó a los días presentes.
Abrió las contraventanas, encendió la chimenea. Al sentarse junto a la ventana en el banco, se quedó pensativa. En ese banco, sus hijos habían aprendido a leer. Ahí comieron, durmieron en esas camas, pisaron ese suelo y miraron ese mismo cielo. Los recuerdos se volvían voces de niños, gritos y risas entre las paredes. En esos días, era la madre más necesaria, la más amada.
El sol brillaba igual que antes; la primavera era siempre generosa en esa tierra. Sonrió a la primavera del pueblo, acogedora como un abrazo.
***
La abuela no despertó aquella mañana. Permaneció para siempre en su tierra. Sobre la mesa quedaron muchas fotografías antiguas y una reciente, arrugada, en la que, el día anterior, los suyos aún le sonreían.
Mientras vivimos, todo está por hacer: pedir perdón, dar las gracias, confesar lo que sentimos. No debemos postergar estos actos, porque si una persona parte, nunca regresa, y esos pesos en el corazón serán piedras imposibles de llevar.
Hay que vivir con fe, con verdad, haciendo el bien desde lo más hondo, queriendo y esperando, apreciando los afectos de otros, recordando a quien nos dio la vida y nos sostuvo.

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