Querido diario,
Hoy, mientras releía algunos recuerdos, me vino a la mente la conversación que tuve hace poco con mi nieta Jimena. Ya tengo más de sesenta años, pero sigo sintiéndome con las fuerzas y la vitalidad de siempre, aunque últimamente me pesa un asunto que no consigo despejar de mi alma.
Le dije a Jimena: “¡Hija mía, llevo esperando demasiado! ¿Me vas a dejar morir tranquila de una vez? ¿Cuándo vas a casarte? Quiero irme a otro mundo con el corazón apaciguado. Tú ya casi tienes veintisiete, ¡y todavía sigues sin pareja! ¿Crees que me fui toda la temporada a la casa de campo en Segovia a soportar a la pesada de doña Carmen sólo para darle vueltas a sus eternas quejas de hemorroides? ¡Todo eso era por ti! Para que arreglaras tu vida amorosa. ¿Y ni siquiera has conocido a algún hombre interesante!”
Jimena, siempre tan dedicada a su trabajo como historiadora del arte, me miró sorprendida y me respondió: “Abuela, ¿cuándo y dónde esperas que conozca a alguien? Trabajo, inglés, tesis… Y en el museo solo hay hombres solteros como don Julián, que ya lo conoces.”
Suspiré pesadamente: “Don Julián, hija, ni siquiera es un cangrejo en aguas estancadas, es una gamba a medio morir…”
No aguanté más. Al día siguiente llamé a la pesada de Carmen y averigüé que su nieta había conocido a su marido en una discoteca de Madrid. Claro, Jimena nunca va a esos lugares… Así que me tocaba a mí valorar dónde podría encontrarle un buen candidato, o buscar otros entornos.
Me informé y en la discoteca las mujeres entraban gratis de nueve a doce. No perdí tiempo: esa noche me planté allí, avisando a Jimena que salía a pasear antes de dormir. Al llegar, el portero intentó soltarme alguna tontería sobre mi edad, pero lo dejé callado con un par de palabras, y con su ayuda me senté en la barra. Observé a todos los presentes; la atmósfera se tensó como una reunión de padres cuando el director sorprende a los alumnos bebiendo cerveza en el patio.
El camarero, con timidez, me ofreció un cóctel sin alcohol, cortesía de la casa. “¿Le gusta el ambiente?”, preguntó. Me limité a contestar que era totalmente inútil: “Una chica decente aquí no tiene qué buscar. Por cierto, no estaría mal añadir un chorrito de coñac al cóctel. ¿Y ese pelirrojo? ¿Tiene problemas de cadera o así bailan ahora?”
Hasta que llegó la Nochevieja me recorrí conciertos de rock, espectáculos de fuego, recitales de cantautores tristes, competiciones de ciclismo extremo, torneos de mus y, ya desesperada, un seminario de jóvenes poetas. Los poetas terminaron por hartarme. Ni siquiera valía la pena lanzar la caña por si mordía alguno.
Le confesé a Jimena: “Te entiendo, hija. En mis tiempos tuve para elegir entre tu abuelo y otros tantos hombres, ninguno peor. Incluso Carmen tuvo opciones, aunque siempre miró con ojos llenos de deseo a tu abuelo. Pero ahora, Jimena, los jóvenes han perdido toda la chispa. No hay por quién suspirar.”
En marzo fui a visitar a Carmen y decidí pasar por el museo de Jimena. Al acercarme me resbalé en la acera y caí, por suerte sin lesionarme. Un militar que pasaba corrió a ayudarme a levantarme. Apoyándome en su brazo, me aseguré de no tener fracturas y lo miré con atención:
“Caballero, veo por su uniforme que es de la caballería. Mi difunto marido dirigió un regimiento de tanques. ¿Tiene usted una hora libre?” El mayor, resignado y pensando que tendría que llevar a esta vieja comandante a casa, asintió.
“Estupendo. ¿Ha visitado el Museo Histórico alguna vez? No? ¡Pues vaya usted ahora! Y pida que le haga la visita Jimena Montenegro. Es la mejor guía, no se va a arrepentir.”
El mayor ni supo cómo acabó entrando al museo. Yo lo miré y casi lo hipnoticé…
***
Hace poco le susurré a mi bisnieto Mateo, mientras dormía: “Tú, mi sol, mi pequeño osito, pronto irás al colegio, tu padre terminará la academia militar y tu madre, por fin, acabará su tesis. Podré irme al otro mundo con la tranquilidad del deber cumplido. Pero, ¿vas a crecer solo, mi gorrioncito? No, necesitas una hermanita. Y cuando nazca tu hermana, y luego ella también llegue al colegio, y más adelante… Bueno, ya veremos qué nos depara el destino…”




