Julia esperaba en la puerta del portal. Todos los vecinos sabían que la familia del piso 22 se había marchado por mucho tiempo, y ahora en el barrio vivía una perra decidida a esperarlos… Esto ocurrió a principios de los años 90 en una pequeña ciudad de provincia. Una mañana de junio, frente a la librería, se escuchó de pronto el chirrido de unos frenos. Las dependientas salieron corriendo ante el jaleo, pero al llegar a la calle, esta parecía desierta. Prácticamente vacía… Junto al bordillo yacía una perra. Gemía y trataba inútilmente de incorporarse, pero sus patas traseras no le respondían. La más valiente de las chicas, Vera, corrió enseguida hacia el animal. Hablándole con cariño y tocando con cuidado el hocico y el lomo, intentó averiguar lo sucedido. —¿Qué pasa, Vera? Junto a ella, sin atreverse a acercarse más, permanecían Natasha y la encargada, Elena Victoria. Les horrorizaba descubrir alguna herida espantosa, aunque la perra no mostraba lesiones externas. Pero la forma en que arrastraba sus patas traseras evidenciaba una grave lesión. —Chicas, deberíamos llevarla al almacén —propuso Vera—. Puede que se recupere. No podemos dejarla en la calle. Natasha miró a la encargada y ella, tras dudar un momento, accedió: —Vale, voy a preparar algo para que se tumbe… ¿Puedes tú sola? —Lo haré —respondió Vera, buscando la mejor postura. Era una mestiza de tamaño medio, con algo de pastor en la mirada. Flaca, sucia y sin collar: seguramente callejera. Todo el día permaneció tumbada en el almacén, y al caer la tarde, empezó a recuperarse del susto, bebió agua y comió algo, aunque sin moverse. No podía caminar. Al día siguiente, Vera convenció a su padre para que pasaran a recogerla en su descanso y la llevaran al veterinario. En la ciudad solo había una pequeña clínica, sin apenas medios, ni siquiera radiografías, así que el médico no pudo decir nada claro: —Quizás con el tiempo mejore… Es joven y fuerte. Con buenos cuidados vivirá —dijo seriamente—. Pero caminar… muy poco probable. De regreso, nadie habló. Vera abrazaba a la perra en el asiento trasero mientras su padre observaba por el retrovisor y suspiraba. Aquella noche, durante la cena, él le dijo: —Vera, procura no encariñarte demasiado. Ni enseñarle a estar contigo. En otoño nos mudamos. —Lo sé, papá —respondió Vera en voz baja. A la perra la llamaron Julia. Así se quedó viviendo en el almacén de la librería. Las siguientes dos semanas apenas se movió, y luego empezó a salir al patio, arrastrando las patas traseras. —¿Qué hacemos con ella? Se perdería en la calle, y nadie se la puede llevar a casa —comentaban las dependientas—. Menos mal que Elena Victoria permite que se quede aquí. Pero Julia parecía aceptar su situación. Poco a poco exploraba el patio, olfateaba todo, hacía sus cosas y regresaba a su sitio. Los fines de semana las chicas se la llevaban por turnos a sus casas, menos Vera: pronto, se trasladaría con su familia al lejano oriente por trabajo de su padre. Era cierto: el apego haría todo más difícil. Aunque Vera lo sabía bien: el cariño ya estaba allí. Desde el primer cruce de miradas en la carretera. Julia también la miraba de forma especial, con calidez y fidelidad. Un fin de semana, Vera tuvo que llevársela a casa: las demás no podían. —¡Solo una vez! —se excusaba ante la mirada severa de su padre—. Todas tienen planes, viajes, barbacoas… —Nosotros también vamos a la casa de campo —intervino su madre desde la cocina. Julia corrió hacia allí. Era como si supiera que debía ganarse a la madre, la persona clave. Las patas arrastradas causaban compasión, pero Julia además miró con ese gesto triste y hambriento, y en minutos la madre ya le ofrecía: —Pobrecilla… ¿Tienes hambre? Vera, ¿no la alimentáis en la tienda? No te preocupes, vendrás a la casa con nosotros. Habrá barbacoa, te gustará… Vera miró a su padre con intención, pero él solo negó con la cabeza. En la casa de campo Julia fue feliz: barbacoa, el perro vecino Bimo, que la aceptó como a una vieja amiga. Al regresar al piso, se acomodó al lado de la cama de Vera como si siempre hubiese vivido allí. Por eso el regreso matinal a la tienda fue un shock para la perra. Pasó inquieta el día, y al soltarla en el patio, simplemente desapareció. Las dependientas la llamaron, la buscaron, pero Julia no apareció al cierre. Vera estaba destrozada. Caminó llamando a la perra cada pocos pasos: —¡Julia! Julia, ¿dónde estás? Por favor, vuelve… Julia apareció: justo en la puerta del portal, agotada. Se notaba lo duro que le fue el camino. Al ver a Vera, estalló de alegría: chillaba, lamía las manos, se retorcía, como si hasta la cola quisiera moverse. Ya no tenía sentido devolverla a la tienda: conocía el camino a casa. Y tampoco Vera podría volver a encerrarla. —¿Y ahora qué? —preguntó el padre, mirando a Julia feliz junto a su hija. —La voy a curar, papá. Espero que me ayudes. En una semana Vera estaba de vacaciones, y luego pensaba dejar el trabajo. Los dos meses que quedaban antes de mudarse se los dedicaría a Julia. El padre las llevó varias veces a la capital de la provincia, donde sí había clínica con rayos X. Los médicos no garantizaban nada, pero accedieron a operarla —había esperanza. Vera y Julia se instalaron en la casa de campo. Vera la cuidaba cada minuto: medicinas, masajes, ejercicios. Julia parecía aprender a caminar de cero. Al principio parecía inútil. Los padres, en sus visitas, veían pequeñas mejoras: las patas ya no se arrastraban sin vida, aunque no iban rectas. En un mes, Julia corría tras Bimo, con un gracioso vaivén, y poco después solo quedaba una leve cojera. Vera se alegraba, aunque le dolía la cercana despedida. Apenas quedaba tiempo. La vecina, dueña de Bimo, propuso: —Déjamela. Se harán compañía, y el lugar le será familiar, sufrirá menos… El día de la mudanza, Vera llevó a Julia a casa de la vecina, “de visita a Bimo”. Esa tarde, la familia iba en tren a Madrid. Después, avión a Valencia y conexión a Alicante, para terminar en Elche. Tras instalarse y desempaquetar, Vera llamó a la vecina. Escuchó lo que más temía. Por la noche, Julia notó la ausencia de Vera y quiso escapar. Al despertar, solo estaba Bimo. Sin perder la esperanza, la vecina llevó a Julia de vuelta al portal de Vera. Julia la reconoció, pero gruñendo dejó claro que no pensaba moverse. Acudieron los vecinos —todos sabían que la familia del piso 22 se había marchado por largo tiempo, y ahora en el portal había una perra empeñada en esperar. El tiempo que hiciera falta. Ahora Vera llamaba a otra vecina —Olga Nicolasa, del piso 23. Ella la mantenía informada: —Tu Julia está en la puerta como un centinela. No deja que nadie se acerque. He visto a tu vecina de la casa algunas veces —le he intentado convencer, hasta con chorizo, pero nada! Vera trató de mandar dinero para la comida de Julia, pero Olga Nicolasa se negó rotunda: —¡Qué cosas dices, Vera! Todos en el barrio la alimentan. No hace falta dinero… Llegó el invierno. Los vecinos, incluida Olga Nicolasa, dejaban entrar a Julia en el portal para que se calentara. Subía al tercer piso, a la puerta del 22, y se tumbaba en la alfombra. Parecía entender que no había nadie, y al recuperar el calor, volvía a la calle a mantener su guardia silenciosa. Vera también mantenía contacto con las chicas de la librería. A veces iban a ver a Julia, quien las recibía con alegría y agradecía los regalos, pero rehusaba irse con ellas. Vera sentía el corazón partido: deseaba dejarlo todo y volver, pero las circunstancias, también económicas, la retenían en la costa levantina. A principios de los 90, la vida era difícil, y la gente sobrevivía como podía. Solo pudo regresar en junio. Al llegar al portal, Vera vio a Julia. La perra permanecía quieta, con las orejas tensas, pero el temblor del cuerpo delataba que había reconocido a su dueña y temía creer demasiado pronto en la alegría. Después vinieron los abrazos, las lágrimas y la sensación de un milagro. Vera sentía que el corazón le iba a saltar, y Julia también. El verano pasó en un suspiro. En agosto llegaron los padres —el padre tenía un mes de vacaciones, pero en septiembre tocaba otro traslado por trabajo, un año entero. Vera insistió en llevarse a Julia. La madre miró al esposo con incertidumbre y él guardaba silencio, se preocupaba y suspiraba. El viaje sería duro incluso para personas; para una perra sensible a los transportes y a las ciudades, más aún. Se notaba la tensión en el aire. Julia percibía los ánimos y no se separaba de Vera. Pero una mañana el padre dijo que preparasen la documentación de Julia: —Vamos. Hay que hacerle los papeles. Sin vacunas no puede ir ni en tren ni en avión. El veterinario local le hizo el pasaporte tras unas conservas y le puso las vacunas. No quedaba tiempo para más trámites. Por la noche el padre le hizo un bozal a Julia —en esa época era complicado encontrar accesorios para perros. Julia, en las pruebas, se portaba bien, como entendiendo lo crucial del momento, y rebosaba de alegría y orgullo. —Ya está, vendrás con nosotros —dijo el padre al dar la última puntada—. Solo te pido una cosa, Julia: no nos falles… Y Julia no falló. Nunca se arrepintieron de la decisión. Primero viajaron en tren, luego pasaron por aeropuertos y conexiones. Julia voló con ellos en aviones militares por toda la costa mediterránea, conoció la zona del Mar Menor y la costa de Almería. Al año siguiente volvieron a casa. Julia vivió a su lado trece años llenos de luz, bondad y verdadera felicidad —y siempre fue fiel, siguiéndole a Vera a dondequiera que fuera.

Life Lessons

Julia se sentaba junto al portal, como centinela silenciosa. Todos los vecinos sabían que la familia del piso 2ºC había partido por mucho tiempo, y ahora en el barrio vivía una perra con la firme intención de esperarlos

Era a comienzos de los años noventa, en una pequeña ciudad castellana de provincias. Aquella mañana de junio, temprano, un chirrido de frenos sacudió la calle frente a la librería. Al escuchar el alboroto, las dependientas salieron corriendo. Cuando llegaron a la acera, apenas había nadie. La calle parecía vacía salvo por la presencia de una perra tirada junto al bordillo. Lloriqueaba lastimosamente, intentando incorporarse, pero sus patas traseras no respondían.

La más valiente de las chicas, Vera, no lo dudó y se acercó al animal. Le hablaba con cariño y le rozaba la cabeza y el lomo con suma precaución, tratando de averiguar qué le ocurría.

¿Cómo está? preguntó Sofía, mientras la jefa del local, Doña Pilar, observaba nerviosa a cierta distancia. El temor las mantenía alejadas: no se veían heridas externas, pero el modo en que arrastraba las patas delataba una lesión seria.

Hay que meterla en el almacén propuso Vera. A lo mejor se recupera. No podemos dejarla aquí fuera.
Sofía miró a Doña Pilar, quien, tras vacilar, accedió:

De acuerdo, busco algo para ponerle ¿Puedes cargarla tú?
Sí respondió Vera, tanteando cómo levantarla.

Era una mestiza de tamaño medio, con trazas de pastor. Flaca, cubierta de polvo, sin collar: claramente callejera.

Pasó todo el día en el almacén, y por la tarde, algo más tranquila, aceptó agua y comida, aunque sin levantarse. No podía moverse.

Al día siguiente, Vera convenció a su padre para ir a buscarla en la pausa de la comida y llevarla al veterinario.

En la ciudad sólo había una pequeña consulta veterinaria, sin instrumental ni radiografías. El médico no pudo decir nada concluyente:

Quizás mejore con el tiempo Es joven y fuerte. Si la cuidan bien, vivirá bastante dijo con gravedad. Pero andar es poco probable.

El regreso fue silencioso. Vera en el asiento trasero, abrazando a la perra; su padre, mirándolas por el retrovisor y suspirando. Por la noche, en la cena, él comentó:

Vera, trata de no encariñarte demasiado, ni acostumbrarla a ti. En otoño nos mudamos, no lo olvides.
Lo sé, papá contestó Vera suavemente.

La llamaron Julia. Así quedó viviendo en el almacén de la librería. Las dos primeras semanas apenas se levantaba; después empezó a arrastrarse hasta el patio, siempre con las piernas muertas a la zaga.

¿Qué hacemos con ella? Si la dejamos fuera, se perderá, y nadie puede llevársela a casa comentaban las empleadas. Menos mal que Doña Pilar permite que se quede aquí.

Ella, en realidad, no parecía sufrir demasiado por su enfermedad. Exploraba el patio despacito, olisqueando cualquier cosa, hacía sus necesidades y volvía a su sitio.

Los fines de semana, las chicas se turnaban para llevársela a casa. Sólo Vera se negaba: en pocos meses partirían hacia Canarias por el trabajo de su padre, y la familia debía acompañarlo. Sabía que el apego lo haría todo mucho más difícil.

Pero Vera sentía que ya estaba encariñada. Desde el instante en que cruzaron miradas en la carretera. Julia también la miraba de forma cálida y fiel.

Un fin de semana Vera tuvo que llevar a Julia a casa: ninguna de las demás podía.

¡Sólo será por esta vez! se excusó ante la mirada severa de su padre. Todas tienen planes, excursiones, comidas en el campo
Nosotros también íbamos a la parcela se oyó la voz de su madre desde la cocina.

Enseguida, Julia fue a buscarla, como quien sabe que la madre es la persona principal a la que hay que conquistar. Sus patas arrastradas ya causaban pena, pero además miró con esa expresión triste y hambrienta; en un minuto, la madre ya estaba diciendo:

Pobrecita ¿Quieres comer? Vera, ¿no le dais suficiente allí en la librería? No pasa nada, te vienes a la parcela con nosotros. Tu padre prepara una parrillada, te gustará

Vera miró a su padre con complicidad, pero él sólo negó con la cabeza.

En la parcela Julia fue feliz: hubo carne asada y conoció al perro vecino, Rufián, que la recibió como si fuera vieja amiga. Al volver al piso al día siguiente, se tumbó junto a la cama de Vera como si aquel fuera su sitio de siempre.

Por eso, el regreso a la librería la afligió. Pasó todo el día inquieta, y cuando la soltaron al patio, desapareció.

Las empleadas la buscaron y llamaron, pero Julia no volvió al cierre.

Vera estaba destrozada. Recorrió las calles a pie, llamando sin descanso:

¡Julia! ¡Julia, dónde estás! ¡Vuelve!

Al final apareció: junto al portal de Vera, exhausta, casi sin fuerzas. Se notaba que el trayecto le había costado, pero al ver a Vera se desbordó de alegría chillaba, lamía sus manos, se retorcía como si tuviera castañuelas en vez de cola.

Ya no tenía sentido llevarla de nuevo a la librería: conocía el camino a casa. Tampoco Vera habría podido encerrarla de nuevo.

¿Y ahora qué hacemos? preguntó el padre, viendo a Julia feliz a los pies de la hija.
Quiero curarla, papá. Y espero que me ayudes.

En pocos días empezaban las vacaciones de Vera, y luego planeaba dejar el trabajo. Decidió dedicarle a Julia los dos meses largos que restaban antes de la mudanza.

El padre las llevó varias veces a Valladolid, donde había una clínica seria, con radiografías. Los médicos no prometieron nada, pero aceptaron operar; había esperanza.

Vera y Julia se instalaron en la parcela de verano. Vera la cuidaba todo el tiempo: medicación, masajes, ejercicios para las patas. Como si la perra aprendiese a caminar de nuevo.

Parecía inútil; pero los padres, al visitar, notaban leves mejoras: las patas ya no quedaban folladas, aunque se abrían un poco al andar.

Tras un mes, Julia perseguía a Rufián como podía, con una simpática torpeza; a los dos meses, sólo quedaba un ligero cojear.

Vera se alegraba por ella, pero sufría pensando en la despedida que se acercaba. Quedaba poco tiempo.

La vecina, dueña de Rufián, le ofreció:

Déjamela a mí. Así estará con compañía, este sitio lo conoce, no sufrirá tanto

El día de la partida, Vera llevó a Julia a casa de la vecina, «de visita con Rufián», y por la tarde la familia ya viajaba en tren rumbo a Madrid. De ahí volaron a Las Palmas; luego, trasbordo, finalmente en Telde.

Desempaquetaron y Vera llamó a la vecina. Escuchó lo que más temía.

Esa noche Julia intuyó algo y cavó bajo la valla hasta escapar. Por la mañana sólo Rufián quedaba en el patio. Sabiendo que no valía esperarla, la vecina fue al bloque de Vera.

Y encontró a Juliajunto al portal. Reconoció a la vecina, pero le gruñó marcando territorio: no pensaba marcharse. El ruido atrajo a los vecinos: todos sabían que la familia del 2ºC se había ido largo tiempo. Y ahora la perra de la casa aguardaba en la puerta, determinada a esperar cuanto hiciera falta.

Vera comenzó a llamar a Doña Carmen, vecina del 2ºD, quien le informaba de todo:

Tu Julia sigue aquí, como un guardián. No deja que nadie se le acerque. Hasta he intentado atraerla con jamón, pero nada funciona

Vera quiso mandarle pesetas para comida, pero Doña Carmen se negó rotunda:

¡Qué dices, hija! Aquí todo el bloque la cuida; olvídate del dinero

Llegó el invierno. Los vecinos, incluida Doña Carmen, le abrían la puerta para que Julia entrase y se calentara. Subía al segundo piso y se tumbaba en la alfombra delante de la 2ºC. Parecía entender bien que los dueños no estaban, y en cuanto sentía calor, volvía al exterior para seguir su silenciosa guardia.

Vera también llamaba a las chicas de la librería, que a veces se acercaban para ver a su antigua amiga. Julia las reconocía eufórica, agradecía sus regalos; pero jamás las seguía. Su puesto estaba junto al portal.

La angustia de Vera era inmensa: deseaba dejarlo todo y regresar, pero circunstancias serias, incluida la economía eran años de crisis y supervivencia se lo impedían.

Solo pudo regresar en junio. Al acercarse al portal, vio a Julia sentada muy erguida, orejas alerta. Su cuerpo temblaba: al reconocer a Vera, temía ilusionarse demasiado, por si la felicidad se evaporaba de nuevo.

Y entonces llegaron los abrazos, las lágrimas, esa certeza de que lo imposible acaba ocurriendo. El corazón de Vera latía desbordado, y el de Julia también.

El verano pasó volando. En agosto sus padres llegaron: su padre tenía vacaciones, pero en septiembre marcharía a otra misión, otro año lejos. Vera suplicó que llevaran a Julia con ellos. La madre lo miraba a él en busca de respuesta, y él callaba, fruncía el ceño y suspiraba. El trayecto sería difícil, incluso para humanos, y la perra apenas conocía trenes, aviones, ciudades ruidosas.

La tensión se palpaba. Julia, sensible al ambiente, se inquietaba y no se apartaba de Vera. Finalmente, una mañana el padre dijo que preparasen a la perra para viajar:

Nos vamos. Hay que hacerle documentación. Sin vacunas, no sube ni a tren ni a avión.

El veterinario local, a cambio de un par de tarros de membrillo, confeccionó el pasaporte y puso los sellos necesarios, todo con bastante discreción. No había tiempo para trámites oficiales.

Por la noche, el padre cosía a mano un bozal en esos años, conseguir artículos de animales era una odisea. Julia, que nunca había llevado nada semejante, aceptó tranquila las pruebas, como si comprendiera la gravedad del momento y se sintiera orgullosa y feliz.

Ya está, vienes con nosotros dijo el padre al dar la última puntada. Pero, Julia, no me falles

Julia nunca falló. Jamás se arrepintió la familia de su decisión. Primero viajaron en tren, luego tocaron aeropuertos y trasbordos. Julia los acompañó en aviones militares por toda Canarias, incluso visitó La Palma y El Hierro. Al año, la familia volvió a casa.

Julia vivió trece años intensos, luminosos y felices junto a ellos, siempre fiel, siempre al lado de su Vera, allá donde la vida las llevase.

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