Juanito García se despierta a los 118 años: revisión técnica ocular, llamada del Instituto Nacional …

Life Lessons

Iván Fernández se despertó

En realidad, el día ya empezaba bastante bien. Cuando uno cumple 118 años, despertarse ya es todo un logro.

Lo primero era pasar revisión: abrió el ojo izquierdofuncionaba; luego el derechonublado. Se lo lavó, se echó unas gotascomo nuevo.

Doblegó lo que aún se podía doblar, lo que no, lo engrasó con paciencia.

Comprobó el paso hacia adelante y atrás, chequeó la movilidad del cuello. Comprobando que todo giraba y crujía como debía, repiqueteó dos veces los pies, dio tres palmadas y así comenzó un nuevo día.

A las ocho en punto, como cada mañana, llamó desde la Seguridad Social:

Lidia, buenos días gruñó alegre al teléfono el cumpleañero.

Lo mismo le digo, don Iván respondió con tristeza Lidia, ¿qué tal se encuentra hoy?

Nada de qué quejarme contestó el anciano, sonriendo hacia el auricular.

Qué lástima, don Iván, ¡ya llevo cinco avisos por su culpa este año! ¡Hoy hace treinta años que cambió de la pensión privada a la estatal!

Bueno, disculpe. ¿Y este mes han subido la paga, dicen?

Sí subida su voz sonaba ahora aún más derrotada, como de payaso triste. No estará usted trabajando de tapadillo, ¿no? intentó, por si acaso.

No, por desgracia, con lo que tengo ya me basta.

Lástima Le deseo no terminó la frase y colgó.

A las nueve, Iván Fernández se sentó a desayunar con su tataranieto, que aunque no vivía allí, entraba siempre con su propia copia de la llave. Al entrar, solía dedicarse a hacer mediciones: que si la cocina, que si el baño. Luego se sentaba calculando materiales, presupuesto, bocetos de muebles.

Hoy había llegado sin su metrolo olvidó.

Cógelo del aparador propuso Iván Fernández, lo dejó allí tu abuelo rió melancólicamente, sirviendo el té.

El chico suspiró hondo y se dispuso a comer la celebérrima tortilla de su tatarabuelo.

A las diez, el anciano salió a fumar a la puerta del edificio.

¡Hombre, Fernández, dándole al cigarrito otra vez! ¿Sabías que fumar causa? el vecino se atragantó al ver tan vivo a quien empezó a fumar a la edad en la que otros ya no cuentan para causas ni estadísticas.

Hoy nos vamos a Madrid, ¿sabes?

¿Y qué vais a hacer allí?

Montar en el metro, pasear por la Gran Vía, ver la Puerta del Sol y, si llegamos, entrar al Prado.

Bueno, ¿y qué interés tiene ver a Goya en persona?

¿Pero tú lo has visto alguna vez?

Sí, una vez vino a nuestro pueblo.

¿En un ataúd?

No, en un vagón litera.

A ver, ¿pero cuántos años tienes tú realmente?

Pues dieciocho recién cumplidos mascullaba el viejo entre calada y calada.

Anda ya.

Sí, sí, me ha tocado repetir.

¡Feliz mayoría de edad entonces!

Gracias dijo Iván Fernández, regresando al portal.

A las once llamó el director de Movistar, suplicándole que cambiase de tarifa. El plan que tenía don Iván solo existía ya para él, y, recalculando en euros actuales, Movistar le pagaba a él, no al revés.

A las cinco de la tarde, Iván Fernández apareció en el supermercado. Por su cumpleaños, el hipermercado ofrecía un descuento igual a sus años. Iván se llevó una tarta, un kilo de plátanos y una televisión panorámica. Con la vuelta, pidió un taxi y unos mozos de carga.

A las siete llamaron del tanatorio pidiendo, por fin, que viniera a recoger su póliza y sus zapatillas.

A las ocho llegaron los invitados, Iván Fernández puso la mesa, encendió su televisor nuevo y sirvió vino de Rioja.

Los brindis fueron breves. Los amigos no sabían ya qué desearle, así que solo se levantaban por turno.

A las diez, llegó la policía a pedir que bajaran el ruido, ya que había ancianos viviendo al otro lado de la pared. Fue el propio cumpleañero quien abrió, provocando en los agentes una especie de colapso de la lógica.

Iván Fernández se acostó cerca de medianoche, cuando las extenuadas visitas ya se habían marchado a sus casas o, incluso, a hospitales. Sonrió a la oscuridad mientras sacaba de su dedo y metía bajo la almohada el anillo de oro mágico que todos estos años le había prolongado la vida. En él, grabada con diminutas letras, se leía la frase mágica que su esposa mandó tallar antes de marcharse: “Vive por los dos”.

Y así lo hizo élA la mañana siguiente, el sol despuntó sobre las cortinas, deslizándose como un dedo curioso sobre el rostro tranquilo de Iván. Apenas sintió el calor dorado, abrió ambos ojos, primero el izquierdo funcionando, luego el derecho, ya sin niebla. Se estiró, oyó los ecos de huesos cansados, y por primera vez en décadas pensó: “Hoy quizá descansaré, solo por un instante.”

Metió la mano bajo la almohada, palpó el anillo con ternura y sonrió, imaginando la voz de su esposa susurrándole al oído, como cada mañana: “Arriba, que los días, como los buenos dulces, se terminan antes de lo que creemos.”

Iván se sentó en la cama y acarició el anillo, no con pesar, sino con gratitud. Después de tanto tiempo, comprendía al fin. Había vivido por dos, por tres, por cientos por todos los que amó y por sí mismo. Se levantó, abrió la ventana, y dejó entrar el aire fresco, la vida y el bullicio joven de la calle. Su risa, ronca y brillante, llenó la habitación mientras pensaba que, tal vez, el verdadero secreto no era el oro ni la magia, sino la promesa.

Ese día, antes de salir, Iván dejó el anillo bien visible sobre la mesa de la entrada. Junto a él, una nota: “Para quien necesite un día más para vivirlo por todos”.

Y, al abrir la puerta, dejó que el sol le iluminara de nuevo el rostro, dispuesto a celebrar su cumpleaños número ciento diecinueve o quizá, su primer día realmente suyo.

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