La tierra quedó lisa. Preparé para Marina unas parterres llenas de flores. Levanté una pérgola en el jardín. En la casa, también, se sentía la mano segura de un hombre. No, Marina eligió bien a su marido. Muy bien, claro que sí. Además, Ignacio aportaba dinero al hogar. Siempre buscaba formas de sorprender a Marina con algún detalle.
Pero tú nunca me amaste. Te casaste conmigo sin amar. Y ahora me dejarás, ahora que he caído enfermo…
¡No te dejaré! dijo Marina abrazando a Ignacio. ¡Eres el mejor marido! Nunca te abandonaré…
Le costaba creer que aquello fuera cierto. Su ánimo seguía sombrío
Marina pasó veinticinco años casada y todos esos años fue mujer de admiración y deseo para los hombres. Ya de joven era muy solicitada.
¡Incluso en el colegio! Casi todos los muchachos iban tras Marina. Y eso que nunca habría sido considerada bella en el sentido tradicional.
Tampoco se separó nunca de su marido, aunque Alfonso fuera por momentos difícil de sobrellevar.
No, Marina vivió con Alfonso hasta su último día. Criaron juntos a su hija, la casaron como Dios manda. El joven esposo se llevó a Clara a Italia: desde allí enviaban fotos preciosas y la invitaban a visitarles. Pero ni Marina ni Alfonso llegaron a ir Quizá Marina todavía viaje. Alfonso, ya no.
El marido de Marina falleció en un accidente de coche. Tan absurdo Aunque después le dijeron a Marina que, probablemente, le dio un desmayo al volante. El corazón falló, se aturulló, perdió el control.
¿Quizás perdió el conocimiento? aventuró ella.
Ya nunca lo sabremos suspiró su amiga Carmen, médica de profesión. Causa: heridas múltiples incompatibles con la vida.
Marina quedó en estado de choque. Su amiga de toda la vida, Carmen, le ayudó a organizar todo.
Ella se enteró de todos los detalles por sus contactos. A Alfonso lo enterraron y Marina se encontró sola en la gran casa que durante toda la vida había construido junto a su marido.
Para dos no parecía tan grande, y menos aún cuando había invitados. Pero para una sola, para una mujer se hacía enorme y hasta penosa.
Hogar es hogar. Hace falta la mano masculina
Clara llegó para despedirse de su padre. Habló con su madre sobre vender la casa, comprar un piso y la posible mudanza de Marina a Italia.
¡De ninguna manera! exclamó Marina. No construí esta casa para venderla. Y a vuestra Italia no me apetece ir. Ya he visto Italia
¡Mamá!
¡Ay, Clarita, qué inocente eres! sonrió Marina entre lágrimas. Estoy bromeando.
Bueno, si bromeas, será que no todo está tan mal.
Todo era tan ambiguo como el propio difunto. Por un lado, Alfonso fue un esposo atento y cariñoso.
Por el otro, era persona de humor cambiante. Había temporadas en que conseguía agotar completamente la paciencia de Marina. Luego se arrepentía y pedía perdón, y Marina, de naturaleza ligera, no le daba más vueltas. Así pasaron veinticinco años. Para volverse loca…
Clara volvió con su esposo a Italia, pues él trabajaba mucho y ella tenía prisa para cuidar el hogar. Marina quedó sola.
Bueno, sabiendo cómo era, intuía que esa situación no duraría mucho.
Y así fue. Estuvo de luto medio año, pero cuando se secó las lágrimas ya tenía pretendientes rondando la casa.
Hasta la madre de Marina, en su época, se sorprendía de semejante demanda.
¿Qué les verán a ti? ¡Caen a tus pies como troncos! Si no eres una belleza… ¿O es que yo no entiendo nada?
Eres un sol, mamá le contestaba, pintándose los labios. La belleza es ruido vacío. Una mujer tiene que tener encanto y personalidad. Un no sé qué.
Anda, anda, sal y diviértete reía la madre. Que como tardes, el pretendiente se cansa y se marcha.
Vendrá otro encogía los hombros Marina, divertida.
Han pasado cerca de treinta años desde aquella charla con su madre; y nada ha cambiado. Las mujeres se quejan de que no hay hombres libres ni con quién casarse pasados los cuarenta.
Esa preocupación, Marina nunca la entendió. A sus cuarenta y seis tenía nada menos que dos pretendientes y los dos, formales.
Su corazón la llevaba hacia Daniel. Le gustaba mucho, física e intelectualmente. Simpático, educado. Hablar con él era un placer y pasear juntos, un motivo de orgullo.
Eso sí, Daniel tenía maña solamente para conversar. Marina, con la experiencia que dan los años, comprendía que ese hombre no era para compartir la vida. No para llevar una casa grande.
El segundo, Ignacio, era un hombre sencillo y fuerte. De esos que, en una fiesta, pueden tomarse una barrica de vino, pero con los que todo funciona, todo prospera. Un hombre auténtico, de manos de oro y carácter fácil, pero con carácter.
Con su mujer sería dulce como un cachorro, pero si hacía falta, movería montañas por ella. Solo que a Marina le atraía menos cosas del corazón femenino.
Él no le decía frases bonitas. De sobrio, Ignacio era hombre callado. Solo si bebía un poco, se arrancaba con algún cuento divertido o sostenía la conversación de la mesa.
Eso sí, tenía buen aguante al vino, pero a la mañana siguiente estaba listo y en pie, duchándose con agua fría, activo nuevamente. Pocas palabras, pero mucha faena. Ese fue el que eligió Marina.
Daniel se molestó al ver fracasar sus galanterías y se alejó.
Marina se casó con Ignacio, quien, por su parte, era el hombre más feliz. Bebió de más en la boda, cantó y bailó hasta el amanecer.
Anda que le dijo Carmen, entre risas. ¡No ha pasado ni un año de lo de Alfonso y ya estás casada de nuevo! Nada te cambia. Otras no encuentran hombre ni con lupa, y tú solo tienes que poner un pie fuera.
Ni me digas aquello de «¿qué verán en ti? Si ni siquiera eres tan guapa».
No, no lo diré, pero siempre has tenido ese raro éxito, es así.
Ni yo sé lo que encuentran en mí. Pregúntale a mi madre.
Marina guiñó a su amiga y se fue a bailar con su marido. Mientras bailaba, repasaba sus dudas al ritmo de la música.
Bueno, Ignacio parece tosco, ¿y qué? Es fuerte. Tiene manos de artista. Y es guapo a su manera. Que sea callado tampoco está tan mal.
¿Y si hubiera elegido a Daniel? De las palabras bonitas no vive el hombre.
En pocos meses Ignacio convirtió el terreno de Marina en un jardín de ensueño. Quitó árboles de más. Niveló la tierra. Le hizo a Marina parterres para sus flores. Construyó una bonita pérgola de madera. El hogar tenía vida y calor de hombre.
No, Marina eligió bien. Muy bien.
Además, Ignacio traía dinero a casa. Siempre inventando cómo regalarle algo especial a Marina.
Ella comparaba sus primeros meses de ese matrimonio con los veinticinco años con Alfonso, y sinceramente lamentaba no haber conocido antes a Ignacio. ¡Un hombre de oro!
Cuando hacía buen tiempo, cenaban en la pérgola, donde Ignacio había puesto una mesa de madera y bancos preciosos.
Marina, tras comerse el pincho moruno, se relamía como un gato satisfecho. Ignacio sonreía mirándola.
¿Qué miras, Ignacio?
Nada. Que soy feliz.
La primera esposa de Ignacio era una sosa. Jamás pensó que encontraría una mujer tan maravillosa.
Fueron dichosos cuatro años, hasta que Ignacio empezó a encontrarse mal
Se le acababa la energía rápidamente. Adelgazaba sin razón. Y si bebía que a veces gustaba de hacerlo se ponía fatal.
¡Ignacio, tienes que ir al médico! insistía Marina, alarmada. ¿A qué esperas? Algo va mal, claramente.
¡No digas tonterías, Marina! Se pasará solo.
¿Qué medievalismo es ese? ¿Y si no se te pasa? ¿Qué, miedo a los médicos como todos los hombres?
No.
No quería decirle a Marina lo único que de verdad temía. Que si estaba gravemente enfermo, ella lo abandonaría. Que no aguantaría vivir con un enfermo.
Bobo no era. Sabía que Marina se casó con él más por sensatez que amor profundo. Pero él la quería. Contra todo.
La vio un día distraída en el supermercado, buscando la cartera en el bolso, y se enamoró. Aquella torpeza suya le enterneció.
Sintió ganas de acercarse, abrazarla y protegerla siempre. Aunque su madre, al ver a Marina, le susurró en tono bajo:
Hijo bueno, ya eres mayorcito. Pero no sé qué le has visto. Ni guapa es. Ya pasa de edad. Podrías encontrar una más jovencita sin levantar un dedo.
Ignacio no necesitaba a nadie más. Solo a Marina. Pero, si caía enfermo, ¿sería ya necesario para ella?
Jamás logró convencerlo de acudir al médico. Era un sábado por la tarde. Carmen y su marido, Bernardo, estaban de visita. Ignacio y Bernardo preparaban el asado en el jardín. Carmen, cortando la ensalada con Marina, preguntó:
¿Ignacio está malo?
¡No lo sé! exclamó Marina desesperada. Le ruego que vaya al médico, pero no hay manera. Tú eres doctora, ¿verdad que no está bien?
Bueno se le ve peor. Más delgado. Y me pareció que la piel le tiraba a amarilla.
¡Dios mío! Carmen, por favor, ¡hazle ir al médico! Igual a ti te escucha, que eres médica.
Carmen la miró fijamente:
Marina ¿tú le amas? Recuerdo tus dudas al principio…
Marina mordió el labio y no respondió.
Carmen no llegó a convencer a Ignacio, porque durante la cena, se desmayó. Llamaron a una ambulancia; Marina se fue con él. Ignacio no recuperó el sentido. Marina le cogía la mano y rezaba.
Le operaron casi de inmediato.
Tumor en el hígado.
¿Cáncer? se asustó Marina.
Esperamos los resultados.
Resultó benigno, pero el tamaño del tumor era respetable cuando llegó al quirófano.
Los médicos prohibieron a Ignacio casi todo y advirtieron que la recuperación sería larga y, con su edad, incierta.
Ignacio cayó en profunda tristeza. En el hospital lo visitó su madre.
Marina estaba en el trabajo; su madre llegó temprano, trayendo comida permitida la dieta era corta y monótona.
¡Hijo, no te reconozco! dijo doña Teresa. ¿Qué te ocurre? Has sobrevivido. No tienes cáncer. ¡Debes estar contento! Toma, come estas albóndigas al vapor.
No quiero comer.
¡Debes comer! ¿Marina viene a verte?
Viene por ahora dijo él.
¿Qué dices? ¿Que temes que te deje? ¡Pues sería una necia!
Ya nada puedo hacer. Ni trabajar. Nada. En junio cumplo cincuenta y ya soy un inútil. ¿Para quién sirve un inútil?
¿Qué ruido es ese? sorprendida, Marina entró a la habitación. Gritando se os escucha en toda la planta. Buenas tardes, doña Teresa.
Me voy ya. Adiós, Marina. Y hasta luego.
¿Qué ocurre?
La madre hizo un gesto y se fue. Marina se lavó las manos y se acercó a su esposo derrotado.
¿Y a ti qué te pasa, inválido? Manos y pies tienes. Todo se cura. ¿Sabes qué leí del hígado?
¿Qué?
Que es el órgano más capaz de regenerarse. Si queda el cincuenta y uno por ciento, se recupera sola. A ti te queda sesenta. Dale tiempo. Ya verás.
¿Tengo tiempo?
¿Qué?
Tiempo.
Ignacio, ¿hay algo que no me han dicho? ¿Has pedido a los médicos que me oculten algo?
No, no es eso
Le dieron el alta a Ignacio. Y empezó el tiempo más duro. Si se esforzaba un poco, se cansaba enseguida. Eso le frustraba.
Y se acercaba su cumpleaños, que por vez primera le llenaba de tristeza. No podía ni comer ni beber. Vaya celebración…
Marina, como si no notara sus limitaciones, se sumaba a la dieta y le animaba.
Marina al fin se atrevió. ¿Qué será ahora de nosotros?
¿Cómo?
Que tardo en mejorar. ¿Me abandonarás? Dímelo ahora.
¿Y por qué iba a irme? Se está bien contigo.
Eso era cuando trabajaba y hacía cosas. Ahora ni yo mismo me aguanto.
¡Venga ya! ¡Anímate!
Lo intento Pero vaya una vida. Dos martillazos y ya estoy agotado.
Marina se acercó y lo abrazó por detrás, apoyando la mejilla en la nuca.
Te quiero. Y nunca te dejaré. Recupérate sin prisa. Que sea como tenga que ser.
¿De veras me quieres?
Claro.
Marina no dejó a Ignacio. Poco a poco fue recuperándose.
El cumpleaños se celebró sin alcohol, para que no sufriera.
Vinieron unos amigos, charlaron en la pérgola, echaron unas partidas a las cartas.
Eres un afortunado con tu esposa, Ignacio le dijeron los amigos al irse.
¿Saldréis ahora a celebrar mi salud con unas copas? bromeó él.
Rieron y se marcharon. Por la noche, él y Marina se sentaron en el porche, mirando las estrellas. Felices. Aquella noche Ignacio, por primera vez en meses, se sintió mejor.
Sintió que se recuperaba. Y que su mujer nunca lo abandonaría. La apretó más fuerte.
¿Qué pasa, Ignacio?
Todo está bien dijo él.
Ya era hora respondió Marina con una sonrisa, besándole la mejilla.
Y fueron felicesIgnacio cerró los ojos y respiró profundo. Ya no quedaba rastro de la amargura, solo el fresco aroma de la noche y el roce cálido de la mano de Marina entrelazada con la suya.
El jardín que Ignacio había construido seguía allí, más vivo que nunca: las flores dulcemente perfumadas, la pérgola robusta, la tierra fértil preparada a golpe de sudor y esperanza. Todo testimonio de ese amor sencillo, sin fuegos artificiales, pero irremplazable.
En un rincón, las luces suaves temblaban, como si supieran que aquellas dos siluetas sentadas juntas en la penumbra estaban a salvo de las tormentas del pasado. El aire traía una promesa: el tiempo seguiría avanzando, y Marina e Ignacio lo andarían juntos, aunque fuera con pasos más cortos.
Pasaron un rato largo en silencio, compartiendo el invisible hilo que sólo los que se han elegido de verdad sienten cosiendo sus almas.
De repente Ignacio, con su voz grave y sencilla, susurró:
Gracias por no rendirte conmigo. Eres mi fortuna, Marina.
Ella apretó su mano, sonriendo de lado:
¿Quién se rinde teniendo un jardín así? y señaló las flores, los bancos, la pérgola. Aquí no se abandona nada, Ignacio. Aquí, todo vuelve a crecer.
La luna despuntó tras las ramas. Las flores blancas reflejaban la luz, y en ese minuto frágil y perfecto, supieron sin grandes palabras que habían llegado juntos al centro mismo de la vida: la quietud de un hogar, un jardín, y las manos del otro. Las promesas quedaban en pie; el futuro, aunque incierto, ya no daba miedo.
Vamos dentro susurró Marina, levantándose despacio. Hay que regar las flores mañana.
Ignacio asintió. Se apoyó en ella, y, abrazados, entraron en la casa. Detrás de ellos, el jardín susurró ternura en la oscuridad, y la noche, por fin, fue un refugio lleno de paz.






