En un rincón sombrío, Alejandro lloraba desconsolado. No comprendía qué había hecho mal. ¿Por qué sus padres le habían dejado y lo habían llevado a un orfanato? Siempre había querido a sus padres, siempre había sido obediente, pero aun así, se sentía abandonado.
Su madre biológica le dejó en la maternidad. Después, Carmen y Javier, sin hijos propios, decidieron adoptarlo. Lo llevaron del hospicio a su propio hogar, pensando que así formarían la familia que tanto anhelaban. Pero Javier nunca pudo sentir a Alejandro como suyo de verdad. Siempre pensó que aquel pequeño era el hijo de otros y jamás sería realmente suyo. Carmen, en cambio, se volcó en el niño, le arropaba y cuidaba con cariño, aunque tampoco logró llegar a ser, en lo más profundo, su verdadera madre.
Pasaron los años y Alejandro creció en aquel hogar, siempre mostrando amor a sus padres adoptivos. Un día, sin embargo, Carmen descubrió que estaba embarazada. La noticia llenó la casa de alegría, eufóricos lo celebraron los dos.
Desde entonces, Alejandro pasó a ser un estorbo. Empezó a molestarles y cualquier travesura les irritaba. Javier, incapaz de contener su ira, comenzó a pegarle. Pronto decidieron que no podían tenerlo más con ellos. Redactaron un documento renunciando a la tutela y un tribunal les privó de los derechos parentales.
Tras la sentencia, Carmen se acercó a Alejandro y le dijo que a partir de ese momento viviría en un orfanato. Alejandro, de apenas cinco años, lloró llamando a su madre, pero esta le dio la espalda y se fue. Así fue traicionado dos veces: una, por su madre biológica y otra, por quienes creía sus padres de verdad.
La jueza que dictó la sentencia observaba la escena con el corazón encogido. Tras un instante, se acercó a la directora del orfanato y anunció que quería adoptar al niño. A la jueza, que se llamaba Catalina, le dolía ver cómo aquel pequeño era dejado atrás una vez más. Catalina se encargó personalmente de acelerar los trámites y, poco después, sacó a Alejandro del orfanato.
Desde el primer día comenzó a llamarle con ternura Alejandrito, y el niño, poco a poco, fue olvidando el dolor del pasado, entregándose al cariño de Catalina. Los años pasaron. Estudió mucho y terminó el bachillerato con matrícula de honor. Se matriculó en la facultad de Medicina de la Universidad de Salamanca y, al concluir, le ofrecieron un trabajo en una prestigiosa clínica de Madrid.
Un día, atendiendo en consulta, se presentó un hombre que Alejandro reconoció al instante: era Javier, su primer padre adoptivo. Javier le confesó que su esposa había muerto al dar a luz y el bebé no sobrevivió. Hundido por la desgracia, cayó en la bebida. Sólo cuando conoció a Teresa, quien le ayudó a salir de aquel pozo y le animó a rehabilitarse, decidió buscar a Alejandro.
A pesar de ser joven, Alejandro no había olvidado el daño que le hicieron. Pero, recordando el juramento hipocrático, se negó a guardar rencor y atendió a Javier. El destino ya había castigado duramente a Javier y Carmen. Porque, como bien sabemos en Castilla, nunca se debe hacer daño a un huérfano. Alejandro, con nobleza y el juicio de la experiencia, no buscó venganza. La vida ya les había enseñado la lección más dura.



