¡Hombre, Lucía! exclama Teresa, sentándose en la silla de al lado en la cafetería de la Gran Vía de Madrid. Hacía siglos que no te veía. ¿Cómo va todo?
Hola, Tere contesta Lucía, algo ausente. Todo bien, la verdad.
¿Ah, sí? Pues no me mires así, que te conozco. ¿Otra vez Jaime te ha hecho alguna? ¿Qué ha pasado ahora?
Ay, no empieces con tus dramas responde Lucía, rodando los ojos y lamentando haber entrado en esa cafetería tan famosa. Está todo en orden, de verdad. Entre Jaime y yo todo va genial, él es buen tío. Anda, deja ya el tema.
Lucía ni siquiera escucha a su amiga indignada; recoge el bolso y se va, dejando media porción de roscón sobre el plato. No quiere hacer caso a nadie, convencida de que la envidia es lo que hace hablar a los demás.
Jaime era tan especial. Guapo, atento, con un buen trabajo y detallista. Eso sí, a veces era muy raro con ciertas cosas. Por ejemplo, le prohibió teñirse de rubio.
Ese fue el motivo de su primera bronca fuerte. ¡Y casi lo dejan! ¿Por una tontería así?
Un día Lucía fue a la peluquería para cortarse las puntas. Su peluquero, ángel de la guarda, le aseguraba que tenía alma de rubia. Sin pensárselo mucho, salió del salón con el pelo en un platino impecable.
La reacción de Jaime fue completamente inesperada: se puso lívido de rabia. Una novela que leía tranquilamente en el sofá acabó volando hacia Lucía. Soltó toda clase de insultos y ordenó que se tiñera al instante, con la excusa de que en su casa, rubias no.
Lucía, aguantando las lágrimas, volvió corriendo a la peluquería. Intentaron convencerla para que no lo hiciese, pero al verla llorar, le devolvieron su color castaño.
Jaime, por su parte, asintió satisfecho y no comentó nada más. Por la mañana, para compensar, le regaló una pulsera de oro carísima.
Tampoco le permitía vestir de blanco. Podía escoger el color que quisiera: rojo, azul, verde Cualquier cosa, menos el blanco. Un día, bromeando, Lucía le preguntó qué color tendría su vestido de novia, y recibió una mirada tan perturbadora que nunca más volvió a hacer la broma.
Deberías huir de él le insistía Teresa. Huye ahora, sin mirar atrás. Hoy no puedes vestir de blanco, ¿mañana qué? ¿No podrás ni salir a la calle? El chico será lo que quieras, pero tú necesitas a alguien más normal.
Cada uno es como es se encogía de hombros Lucía. Lo nuestro va muy en serio. Incluso estamos pensando en tener un bebé. Jaime quiere una niña, ya le ha puesto nombre y todo: Ángela. Y tú diciendo que huya
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Lucía debería haber hecho caso a su amiga. Porque por más que se mintiera, Jaime era inquietante. Y no tardaría en comprobarlo.
En el piso, había una habitación a la que Lucía nunca podía acceder. Siempre estaba cerrada con llave. Un día, la chica bromeó:
¿No serás primo de Barba Azul, verdad?
Tranquila respondió Jaime, esbozando una sonrisa torcida, no oculto cadáveres de antiguas esposas.
Y ahí terminó la conversación. Todo cambió cuando, por casualidad, volvió a casa antes de lo esperado: cancelaron su última clase en la Universidad Complutense. Sabía que Jaime estaba en casa, pero no lo encontraba por ninguna parte. Al pasar junto a la puerta prohibida, escuchó una voz confusa. Se acercó y, espiando por la rendija, vio una imagen que la dejó helada.
Un enorme retrato de una joven abarcaba toda la pared. Jaime estaba de rodillas ante el cuadro.
La chica del lienzo sonreía dulcemente, tendiendo los brazos hacia alguien invisible. Lucía se dio cuenta con horror de que la joven se parecía muchísimo a ella, salvo que era rubia platino.
Aguanta un poco más, Ángela Pronto estaremos juntos otra vez repetía Jaime. Lucía sentía rabia y miedo, iba a entrar a gritos, pero se detuvo al escuchar lo siguiente:
Ella me dará una niña, lo sé. Y entonces, tu alma podrá entrar en ese pequeño cuerpo. Podremos estar juntos para siempre. Te cuidaré; cuando crezcas, nuestro amor continuará
«¡Chiflado!», pensó Lucía, y huyó aterrorizada. Sus amigas tenían razón, ¿cómo escapar ahora de este psicópata? Y lo peor era que estaba embarazada, aunque era demasiado pronto para contarlo.
Sus padres vivían en Valladolid, lejos, y su única amiga de confianza era Teresa. A ella debía acudir.
Jamás habría creído esto de Jaime susurraba Lucía, temblando. Si no lo veo, no me lo creo.
Cálmate Teresa le ofreció un vaso de agua. Hay que tomar una decisión. ¿Vas a volver con él?
Nunca más contestó Lucía. Está loco. Me aterra lo que pueda hacerme a mí o a mi hija. Ahora lo entiendo todo: por eso las prohibiciones, quería que me pareciese a esa chica
Menos mal que lo ves antes de casarte reflexionó Teresa. No le has contado lo del embarazo, ¿verdad?
Se lo quería dar como sorpresa
Mejor. Dile que tienes a otro y vete. Vuelve con tus padres, terminas la carrera allí, y punto. Mantente alejada.
Eso haré
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Para Lucía, los últimos seis meses han sido un infierno. No tanto por lo físico, sino por el desgaste mental. Volver a casa de sus padres a Valladolid, hablarles en la mesa del comedor, dejar la universidad No pudo abortar: el bebé, pensaba, no tenía culpa de nada. Al final nació una niña, como Jaime quería.
Para su sorpresa, al enterarse de que se iba, Jaime sólo indicó que no hablara de más y dejó que Lucía se marchara sin más preguntas. Ni siquiera le importó a dónde iba.
A veces, en noches como esta, cuando acuesta a la pequeña Gela y mira a la calle desde la ventana, Lucía duda de si hizo bien marchándose sin contarle nada a Jaime.
Llaman a la puerta. Es un repartidor de Glovo, con la cena que Lucía pidió. Jamás aprendió a cocinar bien. Cena rápido, decide ponerse a estudiar, quiere acabar la carrera.
Pero las letras en los apuntes bailan, la cabeza le da vueltas Lucía intenta marcar el 112 desde su móvil, pero los dedos no responden. No puede moverse. Antes de desmayarse, ve a Jaime entrando, tomando en brazos con cuidado a su hija recién nacida
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Lucía despierta en el hospital. Su madre, afortunadamente, había llegado a visitarla en ese momento.
La Policía busca a la niña, pero sin resultado. Jaime ha desaparecido con la pequeña, como si nunca hubiera existido.
Años después, una sola señal llegará: una foto en la que Jaime aparece abrazando a una preciosa niña de pelo rubio, igual que el retrato de aquella habitación prohibida.







