Hoy tengo 33 años, pero aún recuerdo con vergüenza lo que hice cuando tenía 18, casi 19.

Hoy tengo ya 33 años, pero aún me invade la vergüenza al recordar lo que hice cuando tenía 18 y casi rozaba los 19.
Estudiaba en la universidad, y mi vida era cómoda.
No éramos ricos, pero tampoco nos faltaba de nada.
Mi madre, Rosario Herrera, era profesora de matemáticas en el instituto; mi padre, Don Fermín, trabajaba como dentista.
En nuestro hogar siempre reinaban la estabilidad, la comida caliente y el orden.
Teníamos a Clara, una señora que venía a ayudarnos con la limpieza, así que mi única obligación era mantener mi habitación recogida y sacar buenas notas.
Desde pequeña entendí que mi trabajo era estudiar y no causar preocupaciones.
En la universidad llevaba saliendo más de un año con un chico, Guillermo Martín.
Era un joven tranquilo, educado, de familia semejante a la mía, también estudiante, con modales correctos.
Mis padres le miraban con buenos ojos.
Juntos íbamos al cine, paseábamos por El Retiro o nos tomábamos un helado en una terraza de la Gran Vía.
Todo era sereno, predecible, sin sobresaltos.
Ignoraba entonces que la estabilidad era un privilegio.
En una fiesta de una compañera de clase conocí a otro.
Llegó en moto, vestido de manera distinta, hablando alto y riendo aún más fuerte.
No estudiaba, trabajaba como mecánico en un taller del barrio de Vallecas.
Desde aquella noche empezó a buscarme.
Me escribía mensajes, me esperaba a la salida de la universidad, me decía que era demasiado guapa para perderme con chicos aburridos.
Empecé a salir con él a escondidas.
Mentía a mi novio, a mis padres, a mis amigas.
Con el mecánico, Luis García, todo era adrenalina: paseos en moto por la Castellana, cañas en el bar de la esquina, música estridente, carreras a ninguna parte.
Me sentía viva, diferente, una rebelde.
Solo unos meses después me propuso irme a vivir con él.
No fui capaz de romper con el buen chico, porque no sabía cómo afrontar aquello, pero aun así acepté marcharme.
Una noche llené una bolsa con ropa, mientras mis padres dormían, les dejé una nota y me fui.
Fui a casa de Luis, donde vivía todavía con sus padres.
Allí empezó la realidad.
La casa era pequeña, caótica y sofocante.
Pronto abandoné la rutina de ir a la universidad.
Ahora, mi día arrancaba para hacer desayunos, barrer, fregar suelos, limpiar los baños, lavar la ropa a mano.
Apenas sabía cocinar más allá de arroz blanco y filetes fritos.
Su madre, Maruja, me miraba con desaprobación cuando la comida era demasiado simple; su padre, Ramón, se quejaba de todo.
Lloré muchas veces en el baño, sintiéndome inútil.
Dejé la universidad: no tenía dinero para el transporte ni tiempo para estudiar.
Luis empezó a cambiar.
En el taller se quedaba bebiendo cerveza porque hacía calor, y los fines de semana desaparecía con sus amigos.
Volvía borracho, gritaba, protestaba por la casa, que no sabía ser una mujer de verdad.
Me decía que era una mimada e inútil, que mis padres habían hecho de mí alguien incapaz.
Me sentía atrapada: no tenía dinero, ni estudios, ni adónde ir.
Los días pasaban y pensaba continuamente en mi vida anterior.
Mi cuarto ordenado, la cama limpia, los apuntes de la universidad, mi madre preguntándome si había comido, mi padre llevándome en coche.
Y pensaba mucho en Guillermo, en lo callado y atento que siempre fue conmigo.
¿Cómo pude cambiar todo aquello por mi situación actual?
Un día, tomé una decisión.
No avisé a nadie.
Me mandaron a un supermercado barato que estaba a una media hora andando.
Sabían que solía tardar.
Salí con la bolsa vacía, caminé dos calles y, en vez de seguir hacia el supermercado, cogí un autobús hasta la casa de mis padres.
Durante todo el trayecto temblaba, temerosa de su reacción.
Mi madre me abrió la puerta y quedó en silencio unos segundos, hasta que empezó a llorar.
Yo también lloré.
Habían pasado casi diez meses sin tener noticias mías.
Mi padre salió del despacho y me abrazó, sin palabras.
Aquella noche dormí en mi cama limpia, segura, sin gritos y sin miedo.
Nunca logré recuperar a Guillermo.
Él ya había seguido con su vida.
Pero recuperé a mis padres.
Volví a la universidad.
Retomé los estudios.
Y comprendí algo que me dolió admitir: no era infeliz antes.
Mi vida no era aburrida.
Era estable.
Yo fui la que no supo valorar lo bueno hasta que conocí lo malo.

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