– Oiga, caballero, pero no empuje Uff, ¿ese olor viene de usted?
– Perdone. murmuró el hombre, apartándose un poco.
Y añadió algo para sí, en voz baja, con ese tono de descontento triste. Estaba contando unas monedas en la palma de la mano. Seguramente le faltaba para una cerveza. Por puro impulso, me fijé en su rostro. Curioso No parecía un borracho.
– Disculpe, señor, no quería ofenderle me salió sin pensar, cuando ya estaba a punto de marcharme de la cola.
– No pasa nada.
Alzó la vista y me sorprendieron esos ojos, de un azul intensísimo e intacto. Aunque el hombre debía de tener mi edad, más o menos. Qué cosa Nadie tuvo ojos así ni en mis tiempos de juventud.
Le tomé del brazo casi sin darme cuenta y le llevé un poco apartado, lejos de la cola de la caja.
– ¿Le pasa algo? ¿Necesita ayuda? Intenté no fruncir el ceño por el olor.
Por fin comprendí de dónde venía. No era alcohol ni mugre, sino sudor rancio, impregnado en la ropa. Él callaba, metiendo las monedas en el bolsillo con una timidez apurada. Estaba incómodo. ¿Cómo iba a explicarle a una desconocida, vestida con buen gusto, qué había sido de su vida?
– Me llamo Margarita. ¿Y usted?
– Javier.
– Entonces, ¿de verdad no necesita algo? me di cuenta, casi asqueada de mí misma, de que me estaba metiendo donde no me llamaban.
Se lo ofrecía a un vagabundo, y él apenas se atrevía a mirarme tras ese primer destello azul. Bueno, ya había dicho que no Cuando me disponía a irme, balbuceó:
– Lo que busco es trabajo. ¿No sabrá de alguna chapuza por aquí? Algo de arreglos, o lo que sea. El pueblo es grande y bonito, pero no conozco a nadie. Perdóneme usted
Guardó de nuevo silencio y yo solo escuchaba sus palabras apagadas. Pensaba si podía fiarme de meter a alguien desconocido en casa. Resultaba que justo entonces había decidido cambiar el alicatado del baño; mi hijo tenía que hacerlo él mismo, no soportaba a los chapuzas malos. Pero siempre está trabajando, y para cuando lo hace
– ¿Sabe poner azulejos? pregunté.
– Sé.
– ¿Cuánto cobraría por un baño de diez metros cuadrados?
El hombre abrió mucho los ojos. Ese tamaño de baño le debió de impresionar.
– Habría que ver Lo que usted considere justo.
Javier hizo la obra de manera excepcional y pulcra. Primero pidió permiso para darse una ducha, cosa que me alegró que le saliera de él. Solo esperaba que no me dejara ninguna dolencia extraña. Le dí ropa de mi difunto marido, y la suya la lavó allí. El arreglo lo tuvo hecho en un fin de semana: quitó los azulejos viejos, recogió todo con esmero, limpió las herramientas y las recolocó en su sitio. Trabajó el cemento y la llana como un profesional y, la noche del domingo, los nuevos azulejos ya relucían en paredes y suelo.
Me puse algo nerviosa porque Javier estaba acabando la obra. Seguramente era un sintecho ¿Dejarle pasar una noche más? Tampoco es que me pareciera bien echarle a la calle de noche.
El sábado apenas dormí: cerré con llave y me dediqué a escuchar cualquier ruido. Pero Javier, agotado, durmió como un tronco en el sofá del salón.
– Ya puede revisar la obra, Margarita me llamó.
Nada más decir: ¡perfecto!
– Javier ¿y usted de qué ha trabajado? pregunté, admirando el resultado.
– Profesor de física. Me gradué en la Universidad de Salamanca.
– ¿Salamanca? pregunté extrañada.
– Sí, entonces aún era la vieja Universidad. Y respecto a los azulejos todo hombre que se precie debería saber hacer estas cosas. O eso creo yo.
Le di la paga que tenía pensada. No escatimé: lo mismo que hubiese pagado a un albañil de plantilla. Javier, sin mirar siquiera, guardó el dinero y se fue a calzar sus cosas. Ya se había cambiado a su ropa, limpia y seca.
– ¡Espere! ¿Así sin más se va a marchar? le dije, casi ofendida.
– ¿Y por qué no? me respondió, de nuevo con esos ojos increíbles.
– Por lo menos coma algo. Se ha pasado todo el día trabajando, y ni un descanso se ha dado. Solo un té, y ni eso quiso.
Javier titubeó un poco, se encogió de hombros y aceptó al fin.
– Bueno, no le digo que no, gracias.
Me senté a su lado y cenamos, yo también, aunque normalmente no pruebo bocado después de las seis. Pero con él la conversación era agradable. Javier resultó un hombre afable, inteligente de verdad, y perdido. Esa sensación de pérdida le acompañaba siempre. No le quitaban ni la ducha ni la charla cálida. Comprendí que, para curar esas heridas, hacía falta más tiempo.
– Javier, ¿pero qué ha pasado en su vida? Perdón por preguntar
Guardó silencio, luego contestó:
– Mire, si me explayo, parecería un teatro, una heroicidad. He escuchado tantas historias ridículas en los últimos ocho años Pero la mía fue real. ¿Para qué va a querer saber?
– Es que me sorprende Verle a usted, así, en esta situación.
Javier me miró intensamente, y justo coincidimos en levantarnos a la vez. Nos cruzamos; choqué con él, y el resto pasó por sí mismo. A mis cincuenta y tres años, jamás pensé sentir algo así. Creía que la pasión era cosa de jóvenes, y menos una pasión tan volcánica, que me volvía a hervir la piel después de toda una vida.
Después, me contó cómo hace ocho años intentó ayudar a uno de sus antiguos alumnos, muy brillante pero de familia problematica, que acabó en malas compañías. El chico buscaba salir de allí, pero no encontraba escapatoria. Así que Javier, entonces tutor, fue a hablar con el jefe de ese grupo. Un joven sin escrúpulos, con apenas veintidós años. No hubo diálogo: le atacaron entre varios. Solo que Javier había practicado judo toda la vida, así que se defendió y los redujo. Pero al cabecilla, por desgracia, le empujó contra una pared y se rompió la espalda. Murió. Javier mismo llamó a la policía y a la ambulancia, convencido de que solo le juzgarían por exceso de legítima defensa. Pero le cayeron doce años de prisión. Salió a los ocho, por buen comportamiento.
También se vive allí dentro fue lo único que comentó de su tiempo en la cárcel.
Al salir, nadie le esperaba. Su madre había fallecido antes, y vendido el piso para irse a vivir con un hermano. Su cuñada fue tajante: Aquí, ese expresidiario ni asomado. Su exmujer hacía tiempo que había rehecho su vida. Así que marchó de Salamanca a Madrid, pero no encontró fortuna. Trabajo estable, imposible después de ocho años preso. Logró algunos encargos en barrios del extrarradio madrileño, pero la gente desconfiaba, algunos incluso con gestos agresivos. Llegó a dormir en la calle, porque incluso el amigo que le acogió al principio le pidió, de buenas, que se buscase la vida.
– ¿Cuánto hace de eso? le pregunté mientras se encendía un cigarrillo con mi mechero.
– Ya van unas dos semanas.
Eran mis cigarrillos, de hecho; yo fumo uno cada lustro y me habían quedado. Javier quiso salir a comprar, pero no le dejé. Ahora, pensaba, ¿cómo será estar dos semanas viviendo en la nada?
A la luz de la brasa era más sencillo ser sincero. Aquella noche le dejé pasar a mi cama. No tenía sentido ocultarlo.
– ¿Tienes el DNI?
– Sí rió amargamente Lo que no tengo es empadronamiento. Y ahí empiezan casi todos los problemas.
Javier se quedó conmigo. Y en casa las cosas fueron bien. Le hice una empadronamiento provisional y consiguió trabajo, aunque no de físico, pero de algo había que empezar: dependiente en una ferretería del barrio. Y, en sus ratos libres, clases particulares de física y matemáticas, hasta irse haciendo una clientela. Así pasaron dos meses y medio, en paz y con amor, hasta que mi hijo apareció por casa.
Le vio, analizó la situación y me pidió que saliera a la calle a hablar.
– Mira mamá, echa a ese de casa.
– ¿Pero por qué dices eso? me quedé sin palabras.
Nunca nos metíamos en la vida del otro.
– Que no me fío. No quiero que te aproveches de ti ningún muerto de hambre. Está aquí porque no tiene otro sitio donde ir. ¿No ves que eres una ingenua?
Me sorprendió con una bofetada.
– No te atrevas a meterte en mi vida.
– Mamá, parece que se te olvida: soy tu heredero, y no pienso compartir nada con ese cualquiera. ¿Y si te casas con él? ¿Y si te pasa algo? Querrá parte de todo.
– ¿Me estás enterrando ya? le contesté dolida y enfadada ¿Qué tienes tú que heredar de mí? ¡Igual te sobrevivo yo a ti!
– Mamá, no me obligues a ponerme serio. Si no lo echas, no tendré piedad. Defiendo mis intereses. Si hubieras buscado a un hombre hecho y derecho, con dinero, no diría nada. Pero a este
– ¡Ah, claro! ¡Que aquí la decencia se mide por la cartera! ¿Así te he educado yo?
– Ya te lo he dicho todo insistió con aire serio Vuelvo en una semana y no quiero verle aquí. Luego no quiero quejas.
Entré en casa conteniendo el llanto.
– ¿Él es policía? preguntó Javier.
– Perdona, no te lo dije antes
– No pasa nada. Solo faltaba.
– Es fiscal en la Audiencia. Es bueno, Javier. Solo que demasiado precavido.
– ¿Y ahora qué haces? me miró, atento.
Me senté, perdida. ¿Qué hacer? No quería separarme de Javier, pero tampoco quería meterle, ni meterme, en problemas con mi hijo. No me fiaba del todo de que fuera capaz de cualquier cosa.
– Bueno, pues si no lo tienes claro, déjame hablar.
Asentí, tragando lágrimas. Estaba en un callejón sin salida.
– Llevo ahorrando algo. Aquí no llega para un terreno, pero a unos veinte kilómetros, sí. Pondremos una casita móvil, y la iremos ampliando. Yo seguiré dando clases y, si hace falta, me arreglo de cualquier manera. Construiré una casa para los dos. ¿Qué te parece?
Me quedé muda de la impresión. Él se preocupó.
– Ya sé que tú estás acostumbrada a la comodidad, pero es solo temporal. Después, yo levantaré lo que haga falta.
– Javier yo también tengo unos ahorros. Podemos invertirlos en la construcción le contesté, pensando en voz alta.
– No pretendo pedirte nada.
– ¡No me lo pides! Sale de mí. Esto es para los dos.
Javier vino, me abrazó, apoyó mi cabeza contra su pecho y me besó el pelo. Sentí calor, seguridad, amor. Quién iba a decir que aún había lugar para eso, a nuestra edad
Movimos ficha rápido. Formalizamos la compra, y aunque él quería dejarme como propietaria, yo no acepté.
– Tengo ya una vivienda. Que nos hayan echado no significa que no me quede nada. Pero tú no tienes nada. Nada que heredar, como dice mi querido hijo.
Montamos una casita prefabricada, pusimos luz, y Javier se arremangó para iniciar la obra. Pronto se vio que mis ahorros no bastaban, así que él intensificó las clases particulares. Acondicionó un rincón para dar clases virtuales, sin que se notase que era desde un módulo. Todo lo invertíamos en la casa. Poco a poco, ladrillo a ladrillo.
Las noches de verano nos tumbábamos sobre la manta en nuestro pequeño terreno, mirando las estrellas.
– ¿Qué sientes? preguntaba Javier abrazándome.
– Un segundo aliento contestaba.
– Ese debería sentirlo yo bromeaba Tú lo que tienes que sentir es mi amor.
Y claro que lo sentía.
Un día fui a casa a por ropa; llegaba el otoño y necesitaba abrigos, mantas, algo de menaje. Allí estaba mi hijo, fumando un cigarrillo en la cocina.
– Hola, hijo, solo paso un momento ¿qué tal todo?
Me miró, notando mi piel tostada y que había adelgazado.
– Mamá, ¿qué ocurre? Ya casi ni hablamos
– Tú trabajas mucho. Siempre has llamado tú.
– ¿Por qué no pasas tiempo en casa?
– Ya no vivo aquí. Solo venía a por unas cosas.
Dimitri se quedó callado. Había notado el cambio en mí. Era otra, no solo por fuera, sino también por dentro. Más ligera, más feliz.
– Cuando terminemos la casa, te invitaré, hijo. Ahora voy con prisa.
Metí dos bolsas de ropa, le besé la mejilla al pasar y seguí a lo mío.
– Mamá, ¿qué te pasa? me preguntó extrañado.
Me giré desde la puerta, y con una enorme sonrisa, contesté:
– Un segundo aliento, Dimi. Y amor. ¡Claro que sí, amor! Hasta pronto, mi vida y salí riendo.
No había tiempo que perder. Teníamos que construir el porche esa tarde.
Hoy, al escribir estas líneas, tengo claro que la vida no se mide por el pasado ni por lo que la sociedad opine de uno. El amor y el coraje, aunque lleguen tarde, llenan de sentido cualquier historia. Aprendí que aún se puede empezar de cero, y que la felicidad no tiene edad, ni miedo.







