Hijo de sangre —¡Lena, no te lo imaginas! ¡Matvey y yo hemos decidido que el año que viene volvemos a Turquía! —el tono de mi padrastro rezumaba felicidad—. Dice que otra vez quiere ese hotel con vistas al mar. ¿Y yo qué puedo hacer? ¡Es mi hijo de sangre! Como quien aclara, casi sin darse cuenta, que es su “hijo de sangre”. —Me alegro por vosotros —respondí recordando lo bien que estaba todo antes de que Matvey apareciera—. Hijo de sangre… Y tú siempre decías que éramos familia, que no importaba si era de sangre o no. Eso decía. Que yo era su hija, que daba igual si era biológica. —Otra vez con lo mismo… ¡Lena! ¡Eres mi hija, eso no se discute! Sabes que te quiero como a una hija de verdad. Pero Matvey… Ni él mismo se dio cuenta de que me daba la razón. —Matvey es hijo. Y yo, por lo visto, simplemente una conocida. —¿Lena, qué dices? Te lo repito: eres como una hija para mí. —Como una hija… ¿Y alguna vez me llevaste al mar? En estos quince años que dices ser mi padre. No. Nunca me llevó. Arturo siempre repetía que entre Matvey y yo no había diferencia, pero cada vez que oía lo que hacía por su hijo, veía que la diferencia era abismal. —No se pudo, Lena. Ya sabes que antes el dinero escaseaba. No eres una cría, sabes lo que cuesta pasar dos semanas en un cinco estrellas… Carísimo. —Lo entiendo —asentí—. Gastos. Salgo cara para esos viajes. Pero a Matvey, a quien conoces apenas hace medio año, ya quieres comprarle un piso con hipoteca, para que pueda llevar allí a su mujer. ¿Eso sí entra en el presupuesto, si se trata del hijo? —No estoy comprando ningún piso. ¿Quién te lo ha dicho? —Gente bien intencionada. —Diles a esos bien intencionados que no propaguen cotilleos. Noté algo de alivio. —¿De verdad no compras? —Claro que no. ¡Oye! Adivina, ¿adónde vamos este sábado? —me adelantó—. ¡Al karting! En la uni Matvey participó en carreras y yo… bueno, voy por acompañarle. —Karting —repetí—. Suena emocionante. —¡Pues claro! —¿Puedo ir con vosotros? —me salió sin pensar. Arturo, que no quería llevarme, se apresuró: —Eeeh… Lena… Te vas a aburrir, en serio. Es… una cosa de chicos. Matvey y yo hablaremos de nuestras cosas, de padre e hijo. Qué dolor… —O sea, ¿a ti te puede divertir y a mí no? —No es eso… —Arturo se removió nervioso—. Es solo que, como no nos hemos visto en toda la vida, queremos recuperar el tiempo perdido. Ir solos. ¿Lo entiendes? Lo entiendes. La frase más cruel de nuestro nuevo vocabulario. Había que entender que la sangre pesa más que la familia elegida. Que mi sitio ya no estaba a su lado. Matvey, la verdad, era encantador. Se crió sin padre porque su madre nunca le contó a Arturo que tenía un hijo, pero a pesar de todo, triunfó en la vida. Listo, apuesto, bueno. —Papá, he estado ayudando en una protectora y arreglando las jaulas de los perros. —Papá, ¿sabes que tengo matrícula de honor? —Papá, mira, he arreglado tu móvil. No era solo hijo. Era el hijo perfecto. Esa noche, tras la visita de Arturo, me puse a mirar fotos antiguas… La boda de Arturo y mi madre (mi madre, que murió hace cinco años, dejando a Arturo y a mí solos). En la casa de campo… Mi graduación… Nada volvería a ser igual. *** —¿Lena, duermes? Tengo que preguntarte algo. Es urgente —mi padrastro se presentó a las ocho de la mañana. —¿Y qué urgencia es esa? Me retiré el flequillo, puse en marcha la cafetera. —Lo del piso para Matvey. —Entonces, ¿es verdad? —se me escapó. —Perdona, sí… es verdad. —Y a mí me mentiste. —No quería preocuparte. Pero necesito tu consejo. Creo que hay que apresurarse, que tarde o temprano querrá casarse. Mientras es joven, hay que comprarle un nidito. Yo pasé por lo mismo… —Hipoteca y listo —solté, sin ganas de seguir hablando del piso de Matvey. ¡Qué bien vive Matvey! —Sí, sí, lo sé. Pero ya sabes mi historial crediticio… Matvey merece que su padre, del que estuvo privado toda la vida, le ayude. —¿Y qué esperas de mí? —¿Me ayudarías? Si te lo pido. —Depende de cómo. —Mira, tengo doscientos mil euros para la entrada. El banco a mí no me da la hipoteca, pero a ti sí, tu historial es limpio. firmamos a tu nombre y la pago yo. Naturalmente. La ilusión de “no hay diferencia entre vosotros” se rompió. Sí la hay. El favor, de ponerse en riesgo, me tocaba a mí, no a Matvey. —O sea… ¿piso para Matvey, hipoteca para mí? ¿Es eso? Arturo negó con una ofensa tan genuina, que parecía que la idea había sido mía. —¿Pero qué dices? ¡Pago yo! Solo es papeleo, nada más. Piénsalo… —¿Sabes, Arturo? No es la hipoteca lo que me hace dudar. Es que ya no me consideras tu hija. Ahora tienes un hijo. Le conoces hace seis meses, a mí desde hace quince años, pero solo importa que él sea de sangre. —¡No es cierto! —saltó Arturo—. Os quiero igual. —No. No igual. —¡Lena, no es justo! Es que él es… de sangre. Fin de la farsa. Ya no era su hija. Era la acogida, la cómoda, la útil, mientras no apareciera el hijo verdadero. —Pues nada —intenté ser cortés—. No puedo, Arturo. Algún día tendré que comprarme mi propio piso. No me darán dos hipotecas. Pareció caer en la cuenta de que yo tampoco tenía casa. —Ah, claro, tú también lo necesitas… —se ajustó el reloj—. Pero mientras no lo compres, podrías ayudarme. Son solo un par de años, tengo los doscientos mil, no hay que añadir mucho más. —No. No firmaré nada. Ni esperaba que Arturo entendiera. —De acuerdo —dijo—. Si no puedes ayudarme como hija… ya me las arreglaré. ¿Alguna vez me sintió su hija? Ya no importaba. Ahora Arturo solo vivía en las fotos. Una noche vi esto en las redes. Foto en el aeropuerto. Arturo y Matvey. Ambos con chaquetas claras. Arturo con la mano sobre el hombro de Matvey, el pie de foto: “Volamos juntos a Dubái. La familia es lo primero”. Familia. Aparté el móvil. Recordé algo de mi infancia, mucho antes de que mamá se casara con Arturo. Yo tenía cinco años. Vivíamos muy justos y se me rompió una muñeca de mi abuela. Lloraba, y mi padre biológico me soltó: “¿Lena, lloras por una chorrada? No me molestes”. Nunca se le podía molestar. Solo prestaba atención a la botella. Se puede decir que nunca tuve padre. Pensé que Arturo lo había sustituido… Un tiempo después, Arturo lo intentó de nuevo. —Lena, creo que debemos hablar de tu desconfianza… —¿Qué desconfianza, Arturo? Te lo he dejado claro: no. —No entiendes la situación. Matvey… nunca tuvo padre. Hay que compensar ese vacío. Es un adulto, necesita casa. Solo te pido que estés presente, garantizo que ni un euro gastarás. —¿Quién compensa mis vacíos…? Él se enfadó de verdad. —¡Lena, basta ya! No quiero discusiones. Te quiero, de verdad. Pero entiende… Matvey es mi verdadera familia. Cuando tengas hijos, lo entenderás. Sí, os quiero de forma distinta, pero eso no significa que no te necesite. —Sí. Como recurso. —¡Lena, baja el tono! Exageras. —Medio año le conoces, Arturo —le dije—. No te hago elegir. La elección está clara. Has sido sincero: Matvey es tu hijo de verdad. Y yo… nunca lo fui. Pasaron seis meses. Ni una llamada de Arturo. Un día, de nuevo en las redes, nueva foto. Arturo y Matvey. De fondo, una montaña. Arturo, a la última con su equipo de esquí. Pie de foto: “¡Enseñando a papá a hacer snowboard! Se le da bien, aunque para esto ya tenga una edad. Pero con un hijo, todo se puede”. Lena miró la foto un buen rato. Volvió al escritorio para terminar su informe cuando llegó un mensaje de un número desconocido. “Hola, Lena. Soy Matvey. Papá me dio tu número, él no se atreve a llamarte. Me pide que te diga que ha encontrado solución para el piso sin ti y que le importas. Y que desearía que vinieras en mayo a vernos. No sabe cómo decirlo, pero lo pide de verdad”. Escribió una respuesta y la borró varias veces. “Hola, Matvey. Dile a Arturo que me alegro mucho de que le vaya bien. También pienso en él. Pero no iré. Tengo otros planes para mayo. Me voy al mar”. Ni aclaró que el billete lo pagó ella, que no era Turquía sino la Costa del Sol, y que su viaje era con una amiga, no con papá. Lena pulsó “enviar”. Y pensó que también podía ser feliz así.

Life Lessons

Elena, ¡no te imaginas! ¡Con Mateo hemos decidido que el año que viene volvemos a Tenerife! el padrastro relucía de alegría. Dice que necesita otra vez ese hotel con vistas al Atlántico. ¿Qué quieres que haga, si es mi hijo de verdad?

Sin darse cuenta, remarcó ese de verdad.

Me alegro por vosotros contestó Elena, recordando lo bien que todo iba antes de que aquel Mateo apareciera en escena. Tu hijo Siempre me decías que éramos una familia, que no importaba si era hija de sangre o no.

Eso le decía. Que ella era su hija, que lo demás no tenía importancia.

Ya estamos otra vez… Mira, Elena, tú eres mi hija, eso ni se discute. ¡Sabes que te quiero como a una propia! Pero es que Mateo

Sin darse cuenta, confirmaba lo que ella sentía.

Mateo es el hijo. Y yo, parece, solo una conocida.

Elena, ¿cómo dices eso? Insisto, eres como de la familia.

Como de la familia… ¿Alguna vez me has llevado a la costa? ¿En estos quince años desde que te presentas como mi padre?

Nunca la llevó. Arturo repetía que no había diferencia entre ella y su hijo, pero Elena, oyendo lo que hacía por Mateo, sabía que sí la había, y mucha.

No se pudo, Elena. Tú sabes que antes estaba la cosa muy justa. No eres una cría, entiendes lo que vale quincena en un cinco estrellas Es caro.

Claro asintió Elena. Gastos. Salgo cara yo. Pero para Mateo, al que conoces hace medio año, ya piensas hipotecarte para comprarle un piso para que tenga dónde vivir con su mujer. ¿Eso no cuesta tanto si es tu hijo, verdad?

No voy a comprarle ningún piso. ¿Quién te ha dicho eso?

Gente bien intencionada.

Pues diles a esos que no hablen de más.

Elena sonrió apenas.

¿De verdad no lo harás?

Por supuesto que no. ¡Ah, espera! Adivina a dónde vamos el sábado No le dejó responder. ¡A los karts! En la uni Mateo hasta fue de carreras alguna vez, y yo, para hacerle compañía.

Karts repitió Elena. Suena emocionante.

¡Vaya que sí!

¿Puedo ir con vosotros? le salió sin pensar.

Arturo, incómodo, se apresuró:

Esto Elena te aburrirías, en serio. Es más bien de chicos. Con Mateo hablamos de cosas nuestras, de padre e hijo.

Qué doloroso

O sea, ¿para ti puede ser divertido y para mí no?

No es eso Arturo se removía inquieto. Es que al llevar toda la vida separados, queremos recuperar el tiempo perdido. Preferimos ir solos. ¿Me entiendes?

¿Me entiendes?: la frase más hiriente de su nuevo vocabulario. Había que comprender que lo de sangre era más importante. Que ahora su sitio estaba fuera, tras la verja.

La verdad, Mateo era un buen chico. Creció sin padre porque su madre nunca se lo contó a Arturo. A pesar de todo, era capaz y le iba bien. Listo, guapo, buen tipo.

Papá, hoy ayudé en un refugio. Repare las jaulas de los perros.

Ah, papá, ¿sabes que tengo matrícula de honor?

Mira, papá, te arreglé el móvil.

No era solo un hijo. Era el hijo perfecto.

Esa tarde, cuando Arturo se marchó, Elena hojeó fotos antiguas. La boda de Arturo con su madre (la madre que murió hacía cinco años, dejando a Elena sola con él). Ellos en la casa del pueblo Elena acabando el instituto

Ya nada sería igual que antes.

***

Elena, ¿sigues despierta? Necesito hablar. Es importante Arturo apareció en su casa a las ocho de la mañana.

¿Qué pasa tan urgente?

Elena apartó su flequillo con una diadema y puso la cafetera.

Lo del piso para Mateo.

¿Así que es cierto? exhaló ella.

Perdóname, sí… es verdad.

Y a mí me mentiste.

No quería que te preocuparas. Pero necesito tu consejo Creo que tengo que hacerlo cuanto antes. Algún día se casará y necesita un sitio. Ya sabes lo que me costó a mí encontrar algo

Pues pide una hipoteca masculló Elena, harta de hablar del beneficio de Mateo. ¡Qué suerte tiene ese Mateo!

Sí, sí, ya sé Pero sabes que mi historial en el banco Y Mateo merece esa ayuda. Que su padre, al que siempre le faltó, le compre su primer piso.

¿Y a dónde quieres ir a parar?

¿Me ayudarás si te lo pido?

Depende.

Te explico. Tengo treinta mil euros; servirán para la entrada. Pero a mí el banco no me concede hipoteca, a ti sí. Eres solvente. Lo ponemos a tu nombre Yo lo pago, claro.

La ilusión de no hay diferencia entre vosotros se rompió. Claro que la hay. No pondrán a Mateo de avalista.

Es decir, a Mateo el piso, y a mí la deuda. ¿Eso quieres decir?

Arturo negó con una ofensa tan sincera que parecía que la idea de Elena era descabellada.

¿Qué dices? Yo, pagaré Solo es para que figure a tu nombre. Piénsalo

Mira, Arturo, no estoy pensando si me meto en la hipoteca. Pienso en que ya no me consideras hija. Tienes a tu hijo, al que conoces de hace seis meses, mientras yo llevo quince años a tu lado y solo cuenta que él es de tu sangre.

¡Eso no es cierto! se encendió Arturo. ¡Os quiero igual!

No. No igual.

¡Eso es injusto! Es mi hijo

Telón. Ya no era hija. Era aceptable, útil. Lo justo hasta que llegara el de verdad.

Entiendo Elena intentó ser amable. No puedo, Arturo. También yo necesitaré un piso, y otro préstamo no me lo darán.

Parece que de pronto recordó que Elena tampoco tenía casa propia.

Ah, sí Tú también necesitarás se miró el reloj. Pero ahora mismo podrías ayudar, ya que aún no piensas comprar. Solo sería un par de años.

No. No voy a poner nada a mi nombre.

Ni esperaba que Arturo lo entendiera.

Vale dijo él. Si no puedes ayudarme como hija ya me apañaré.

Si alguna vez la vio su hija, daba igual. Ahora solo estaba en fotos.

Una noche, hojeando las redes, vio la imagen.

Aeropuerto de Madrid. Arturo y Mateo. Chaquetas claras. La mano de Arturo sobre el hombro de Mateo, y abajo: Rumbo a Dubái con mi padre. La familia es lo primero.

Familia.

Elena dejó el móvil.

Recordó, de pronto, un día de su infancia, antes de que su madre se casara con Arturo. Tenía cinco años. Vivían a lo justo y se le rompió la muñeca que le regaló la abuela. Lloraba, y su padre biológico le dijo: ¿Pero a qué viene ese drama? No me molestes. Nunca se le podía molestar. El único interés era el vino. Se podría decir que nunca tuvo padre. Creyó que Arturo podría serlo

Tiempo después, Arturo probó a convencerla de nuevo.

Elena, tenemos que hablar de tu desconfianza

¿Qué desconfianza, Arturo? Creo que hablé claro: no.

Es que no entiendes mi situación. Mateo nunca me tuvo. Hay que compensarlo. Es adulto, necesita vivienda. Y a ti solo te pido estar en la firma, ni un euro vas a pagar, te lo aseguro.

Ojalá alguien me compensara a mí

Eso pareció enfadarle.

Basta, Elena. No quiero peleas. Te quiero, en serio, pero entiende Mateo es mi verdadera familia. Si tienes hijos, verás. Sí, os quiero distinto, pero no significa que no me importes.

Importo. Como trámite.

¡Elena, para ya! Estás exagerando.

En medio año te has volcado en él, Arturo dijo Elena. No te pido elegir, aunque es evidente a quién prefieres. Tienes razón: Mateo es tu hijo. Yo nunca lo fui.

Medio año después, ni una llamada de Arturo.

Un día, curioseando las redes, apareció otra foto.

Arturo y Mateo. Detrás, la Sierra Nevada. Arturo, con ropa moderna de esquí. ¡Mateo me enseña snowboard! Aunque uno ya tenga sus años, con el hijo, se puede todo.

Elena miró mucho rato la imagen.

Fue a terminar su informe de trabajo, cuando sonó el móvil. Número desconocido.

Hola, Elena. Soy Mateo. Papá me dio tu teléfono, pero él no se atreve a llamarte. Quiere que sepas que ya pudo resolver lo del piso sin ti y que le preocupas. Además, quiere que vengas con nosotros el puente de mayo. No sabe cómo decírtelo, pero le hace mucha ilusión.

Escribió y borró varias veces antes de enviar:

Hola, Mateo. Dile a Arturo que me alegro mucho de que todo le vaya bien. También pienso en él, pero no iré. Este año en mayo tengo otros planes. Me voy al mar.

No explicó que los billetes se los había comprado ella sola, que no era en Tenerife, sino en Benidorm, y que iría con una amiga, no con su padre.

Elena pulsó enviar.

Y pensó que también se puede ser feliz sin él.

La vida a veces nos enseña que quienes te llaman familia no siempre saben quererte como tal. Pero también nos da la libertad de elegir nuestro propio lugar en el mundo y buscar la felicidad por nosotros mismos.

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