Hija, ¿cómo estás? ¿Y el niño? Por cierto, ¿ya tienes pensado el nombre?
No tiene nombre, mamá. Que lo llamen como quieran sus nuevos padres después. Voy a dejarlo… Lo dejaré… No le importamos a nadie, estamos solas en este mundo.
Zoila, ¿te traigo al niño para que le des de comer?
No, ya lo he dicho. Voy a firmar la renuncia.
La enfermera niega con la cabeza y sale. Zoila se vuelve hacia la pared y empieza a llorar. Las demás madres en la habitación se miran entre ellas y siguen alimentando a sus pequeños.
Zoila ha llegado de madrugada, todo ha ido muy rápido. Un niño de tres kilos y medio, sano, precioso. Al mirarlo, a la recién estrenada madre le saltan las lágrimas, pero no de alegría.
Venga, todo ha ido bien, ¿por qué lloras? Es un niño fuerte y guapo. ¿Querías una niña, tal vez? No pasa nada, ya volverás a por la niña.
Lo dejaré aquí No me lo llevo.
Pero, por favor, ¿por qué? No digas tonterías, piénsalo, es tu hijo, ¿cómo no vas a sentir lástima?
Dariana, la compañera de habitación de Zoila, está sentada en el pasillo del hospital, conversando con su marido sobre lo gracioso que es su hijita moviendo la naricilla. Ríen felices cuando una señora con una bolsa en la mano se acerca y le pide que llame a Zoila.
Dariana va a la habitación y regresa con Zoila.
Hija, ¿cómo estás? ¿Y el niño? ¿Ya has pensado en el nombre?
No tiene nombre, que lo llamen como quieran. Lo dejaré, mamá Nadie nos quiere, estamos solas en el mundo.
Zoila se tapa la cara con las manos y rompe a llorar. Dariana, incómoda, se despide rápidamente y se va.
No estás sola, hija, me tienes a mí. Y Julián no tiene perdón, ¿qué puedo decirte? Ha sido esa fulana que le ha calentado la cabeza, diciéndole que no es suyo, que lo has tenido con otro. Por eso se ha enfurecido y se ha marchado. Ya se le pasará y volverá. Toma, te traigo algunas cosas de casa, tienes que comer para que tengas buena leche. ¿Y por qué no le llamas Ignacio al niño?
Zoila mete la bolsa en la mesilla y sale al pasillo, donde se oyen los lloros de los bebés. Se acerca a la enfermera.
¿Ese no es mi niño?
El tuyo, sí.
Tráemelo, por favor, quiero darle de comer.
La enfermera le acerca al niño, que llora con la carita roja del esfuerzo.
Venga, no llores así Mamá va a alimentarte, ya verás.
Zoila intenta acomodar al pequeño sin mucha destreza. Dariana se acerca y le ayuda. El niño se calma y empieza a succionar. El rostro de Zoila se ilumina con una sonrisa: qué simpático es este pequeñín, resoplando tan decidido.
A partir de entonces, le traen a Ignacio cada vez que le toca comer. Zoila se entretiene observando su naricilla, su ceño fruncido de bebé.
Oye, Zoila, ¿esa señora que vino era tu madre? Parece amable.
No, era mi suegra. Mi madre murió cuando yo era pequeña y mi padre ni se preocupó, siempre de juerga. Me crió mi tía. Después me casé y me fui a vivir a la casa de mi marido. Todo fue bien hasta que él se fue con otra.
¿Y ahora qué vas a hacer con el niño?
Mi suegra me ha propuesto que viva con ella, está sola, su marido murió y su único hijo ya ves, se ha largado. Siempre se ha portado bien conmigo, es buena mujer.
Pues vete con ella. Te ayudará con el nieto. Igual tu marido regresa y recapacita.
Zoila así lo hace. Carmen, su suegra, la ayuda en todo y adora a su nieto.
Cuando Ignacio cumple un mes, el padre aparece. Zoila está fuera, en el mercado.
Madre, me voy con Lucía a Alemania, que nos han ofrecido trabajo. Venía a despedirme y a ver si puedes darme algo de dinero, lo que puedas.
Ni hablar Abandonaste a tu mujer embarazada, ¿y ahora vienes pidiendo? Eres un sinvergüenza, casi deja al niño en el hospital de la desesperación. Si tu padre viviera, verías lo que es bueno No te daré nada. Tengo un nieto que cuidar, y él me necesita más que tú. Ya trabajarás.
Ignacio empieza a llorar y Carmen va corriendo a la cuna.
¿Ni miras a tu hijo? Eres igual que él.
¿Ese niño? Si es hijo de otro Zoila me ha engañado, no me importa.
Qué tonto eres, Julián. Vete y sigue con tu vida, allá tú.
Al poco Carmen se jubila y le dan el puesto a Zoila. Ignacio va a la guardería. Las tres viven alegres y unidas.
Carmen, ¿tu nuera no piensa marcharse? ¿Cómo es que tu nuera vive contigo y tu hijo no?
Zoila vale más que mi hijo, y mi nieto es mi alegría. Vivo para ellos, Violeta. Ojalá tú supieras callar a tiempo.
Violeta sacude la cabeza y se va. No entiende esa forma de actuar, ella siempre fue de anteponer al hijo ante todo. Pero bueno, cada familia es un mundo.
Carmen empieza a notar que Zoila se arregla más y sale por las tardes.
Zoila, ¿cómo se llama?
¿Quién, mamá?
Ese chico con el que sales Dímelo, hija, cuéntame algo.
Pero si solo damos paseos Está aquí de visita con la familia, fue casualidad que nos cruzáramos.
¿Sabe lo de Ignacio?
Claro, lo sabe todo.
Pues tráelo a casa, nada de esconderlo. Si es buena persona, mejor conocerlo.
Aquel chico se llama Alejandro. Llega con una cesta de frutas y una tarta que ha hecho su tía. A Ignacio le trae un coche de juguete y un balón de fútbol.
La tarde es animada, Alejandro cuenta historias divertidas, Zoila y Carmen se ríen a carcajadas. Al marcharse, Zoila pregunta enseguida:
¿Y bien? ¿Qué te parece, mamá?
Es bueno, hija, un hombre sensato y simpático. Y te quiere, se le nota. No dejes pasar la felicidad.
Un mes después, Alejandro va a pedir la mano de Zoila a Carmen.
Ya pueden estar tranquilas. Viviremos en Salamanca, tengo allí una casa grande. Amo a Zoila y a Ignacio lo quiero como a un hijo. Denos su bendición.
Carmen despide a Zoila, Alejandro e Ignacio. Se marchan a la ciudad, prometen llamar y volver de visita Se queda sola, pero feliz por ellos.
Pasado un año, aparece Julián con un niño, desaliñado.
Madre mía, Julián, ¿a quién te parece este chico? ¿No le lavas la ropa tu Lucía o qué?
Ya no tengo a Lucía Se fue con uno con dinero. Nos lo gastamos todo y me he quedado sin nada. Me acordé de ti, de la casa
Ahora sí te acuerdas, después de tanto tiempo
Además, reconoció que mintió sobre el niño, solo para quedarse conmigo. Así que, vengo a conocer a mi hijo ¿Dónde está?
Tú solito perdiste tu oportunidad. Zoila se ha casado con un buen hombre y es feliz. Ignacio legalmente ya es hijo de Alejandro. No tienes hijo aquí. Yo me voy con ellos, Zoila acaba de tener una niña y quiero ayudar y conocer a mi nieta. Quédate aquí y cuida la casa, ¿entendido?
Carmen viaja en tren pensando en cómo da giros la vida. Y qué suerte es tener a alguien a quien cuidar y quien te necesite, como ella apoyó a Zoila cuando más lo necesitaba. Si aquel día no hubiera ayudado, quién sabe qué habría sido de todos ellosCuando Carmen baja del tren, Ignacio corre hacia ella con una sonrisa traviesa, mostrándole un dibujo en el que está toda la familia: él, su mamá, Alejandro, la bebé y, en grande, la abuela Carmen con un corazón rojo pintado en el centro. Zoila la espera con la niña en brazos y lágrimas de alegría en los ojos.
¡Abuela! grita Ignacio. Ahora somos aún más.
Carmen abraza a su nieto y a Zoila, y Alejandro se acerca para ayudarle con la maleta. Dentro de la casa resonaban risas y pasos pequeños, y el aroma dulce de la vida sencilla donde nadie está ya solo.
En la primera noche, con los niños dormidos, Zoila le toma la mano a Carmen y le susurra:
Gracias, mamá. Por todo.
Carmen, con el corazón sereno, siente que, a pesar de los vientos de la vida, ha echado raíces profundas en el único terreno que importa: el del amor. Afuera, la luna bendice el tejado, y Carmen sonríe, sabiendo que siempre habrá un rincón cálido para aquellos que nunca dejaron de cuidar.






