Domingo, 13 de mayo
Jamás habría pensado que un regalo de mi exesposa me cambiaría la vida de esta manera. Hace ya diez años que Julia y yo nos divorciamos. No solo porque su adicción al alcohol lo hacía todo insoportable, sino también porque a menudo levantaba la mano contra mí. Perdí todo contacto con ella hace mucho, igual que nuestro hijo, que hace años se casó y ahora vive en Valencia. La relación con su padre era inexistente. Nadie quiere tener un padre así. Y él nunca mostró el más mínimo afecto por el chico.
Aquel domingo recibí una llamada poco después de desayunar. Era una voz sombría, dando la noticia: mi exmujer había fallecido. Nadie quería hacerse cargo del entierro. Al final, nuestro hijo y yo nos ocupamos de los preparativos y le dimos un sepelio digno, como corresponde.
Pero quedaba la suegra, Carmen, anciana y con salud frágil, con más años que paciencia. ¿Qué hacer con ella? De haber sido una mujer amable, otro gallo cantaría. Pero la verdad es que siempre fue una caja de sorpresas, y no precisamente agradables. Durante el tiempo que la conocí, casi lo único que hacía era poner trabas.
Vivía en una casita antigua a las afueras de Cuenca. Tras el funeral, mi hijo se volvió a Valencia con su familia. Así que la responsabilidad de cuidar a esa abuela cascarrabias recayó sobre mis hombros.
¿Y qué podía hacer? Iba un par de veces por semana a visitarla, llevaba la compra, aunque nunca estaba contenta con lo que le traía, pero bien que se lo comía. Me encargaba de cortar leña para la chimenea, y aunque era un trabajo duro, no tenía valor para dejarla sola. No es propio dejar a una persona indefensa así sin más.
Así pasaron tres meses, hasta que la señora Carmen también se fue de este mundo. Cuál fue mi sorpresa cuando, leyendo su testamento, descubrí que me había dejado la casa y una buena suma de euros ahorrados durante años. Así es la vida: la gratitud a veces llega de donde menos la esperas.
Hoy, al mirar las llaves de esa casa y pensar en todo lo vivido, he aprendido que cuidar a los demás, incluso cuando ni lo esperan ni lo agradecen, puede traerte recompensas que no guardan relación con el dinero. Lo importante, al final, es no perder nunca la humanidad.







