¿He empezado a irritar a mi propio marido…? Ocho años todo fue estupendo, pero en el noveno año, a…

Life Lessons

¿He llegado a cansar a mi propio marido…?
Ocho años todo parecía ir sobre ruedas, pero en el noveno, a Luis empezó a molestarle todo, especialmente yo, Carmen.
Llegaba tarde a casa, cenaba mascullando cualquier cosa, abría el portátil y se pasaba la noche enganchado al FIFA. Si llegaba a mirarme, era con una cara como si sufriera una neuralgia que le recorría todo el cuerpo. Cada vez con más frecuencia, soltaba a secas que esa noche dormiría en casa de su madre.
Una noche no pude más y llamé a mi suegra:
Doña Marisa, ¿está Luis ahora con usted?
A lo que ella, con su tono más dulce y enredador, me contestó:
Una buena esposa, Carmencita, sabe siempre dónde está su marido.
Acabé comprando un libro que se llamaba Cómo retener a tu marido, y sin saber por qué, le solté a la cajera que era para una amiga. La chica me miró con una mezcla de pena e ironía.
Luego me di cuenta de que aquello del libro era propio de trileros. ¿Cuántos maridos hay que retener para saber tanto y escribir un manual entero? ¿Y de dónde aparece tanto marido suelto por ahí, si los viejos están todos bien retenidos?
Ciento cincuenta páginas de consejos: que si el hogar ha de ser el refugio del hombre, que si lencería atrevida, que si hay que interesarse por su vida… Incluso aprendí a preparar pan con masa madre, cuando nunca me salía, pero a Luis la calidez del hogar tampoco le atrajo. A lo mejor es que hay que amasar el pan en lencería fina. O plantarse así en casa de mi suegra, donde según la leyenda, reside el susodicho marido.
Intenté acercarme a sus intereses: logré pasarme el nivel del FIFA que él no superaba desde hacía una semana. No mejoró el recibimiento, al contrario, ni un poco de ternura.
Un sábado salí a por unas botas de invierno y, por el mismo precio, regresé con un cachorro gordito. Lo miré y supe que siempre había querido tener perro. Nada de esas miniaturas que caben en un bolso, sino un perro como Dios manda.
La mujer que se decía criadora me soltó:
¿Sabes de perros, niña? ¿No? Pues este es un golden retriever.
Y cuando pregunté por qué no era tan dorado, me aseguró:
Ya se le pondrá el color. Es de raza, los padres campeones, tendrá pedigrí, y es el perro de moda. Los papeles los tengo aquí. Lo dejo a precio de saldo.
No llevaba tanto encima, pero la criadora aceptó lo que tuviera.
Alguien tenía que alegrarse de mi regreso a casa. Las botas nunca miran con devoción, ni mueven el rabo, ni te traen las zapatillas.
Justo esa noche, cuando Luis recaló en el refugio familiar, me preguntó:
¿Eso qué es?
Un golden retriever de raza le respondí, y barato; aquí tienes los papeles.
En los papeles, el cachorro era un bulldog español, pura raza. El teléfono de la criadora era el de una empresa de reformas, donde se reían si preguntabas por bulldogs o retrievers.
¿Tú tienes ojos? ¡Dónde ves aquí un retriever o un bulldog, dime! ¿Cuánto has pagado? ¿Cuánto? ¡Madre mía, no hay cabeza!
Al cachorro no le gustaron los gritos y empezó a gruñir. Pero en vez de gruñido, se hizo un charco absurdo.
¡Virgen santa, ¿con quién vivo yo? clamó Luis al techo, regresando al ordenador. Y miraba como si ya no disparara a monstruos virtuales, sino a mí. Con gusto, además.
A la mañana siguiente, el perro ya era de la casa: durante la noche se había ensañado con las zapatillas de deporte y le había mordisqueado los mocasines a Luis.
Ahí estalló todo.
De repente, todo de mí era insufrible: mi cara, mi ropa, mi alma, mis pensamientos y por si fuera poco, el hecho de que yo ganara el doble que él, como si eso fuera para humillarle. Y ni siquiera teníamos hijos.
Luis, si fuiste tú quien no quería tener hijos alcancé a decir yo, bajito.
¡Porque quién querría tener hijos contigo! ¡Serían igual de tontos que tú! ¡Mírate, Carmen, ¿quién se va a fijar en semejante boba?!
El perro, tras rato escuchando, se fue arrastrando hasta Luis e intentó morderle el tobillo.
Entre el dolor por mis futuros no nacidos, se me quedó un nudo en la garganta mientras veía a Luis meter su ropa en la maleta.
Treinta años. Vida acabada. Se acabó el cuento.
No tenía sentido seguir, pero eso no se le puede explicar a un cachorro. Ahí estaba, con cara de lástima, mordiendo uno de mis calcetines, haciéndose el mártir. Le daba igual mi desgracia o mis negros pensamientos. Él quería comer, beber, oír lo bueno que era y que le rascasen la barriga.
El perro, al que llamé León, crecía a marchas forzadas, pero de defender la casa, nada de nada. Cada intento de gruñir se trocaba en lametones y mimos.
Todas las noches, yo paseaba con León hasta tarde. Una noche de diciembre, cuando en los patios empezaron a abrir agujeros y llovía a la vez que nevaba, León fue a caer en uno de esos socavones y empezó a llorar. Me lancé yo detrás, por puro pánico: menos mal que no me rompí las piernas. Aquello era un pozo de obra, profundo y de barro resbaladizo, casi medianoche y el móvil, olvidado en casa.
Al principio me daba apuro pedir ayuda, pero tras varios intentos frustrados por salir, grité ¡Socorro! a pleno pulmón.
A los gritos llegaron dos chicos góticos, que bajo la luz del farol daban algo de miedo. Por suerte, en vez de sacrificios diabólicos, llamaron a los bomberos y se quedaron hasta que llegaron, riendo entre ellos sobre alguna broma siniestra.
Sacaron primero a León, que a todos lamió como si les debiera la vida, incluidos los góticos. Luego a mí, que tiritaba de frío y vergüenza.
El jefe de bomberos, muy enérgico y castizo, me soltó de todo: que si el perro era un desastre, que si yo una cabeza hueca, que si los de la obra unos inútiles, que si los responsables de la ciudad, peor todavía… León, ajeno a las broncas, brincaba feliz intentando lamerle la nariz al jefe, que acabó con el hocico del perro chocando en la suya y sangrando.
Resultado final, a la una de la madrugada: León sucio pero radiante, yo temblando de frío y barro, los bomberos y los góticos pringados de babas y el jefe con la nariz ensangrentada.
Deberías educar mejor a tu monstruo me dijo el jefe.
Lo intento, pero es hueso duro de roer, respondí.
Como yo, dijo uno de los góticos, saltando la pose y soltando una carcajada.
Vivo en ese portal, si queréis pasaros a lavar las manos me ofrecí, castañeando los dientes.
Anda, ve tú que ahora sí pareces Hannibal Lecter animaron los bomberos a su jefe.
A este paso, me tendré que cavar yo misma una zanja, porque si espero a los de obras para que arreglen esto acabo soltera de por vida me decía luego mi amiga Julia.
P.D.
Mis hijos no son unos genios: son normales, listos y graciosos, Julia y Manolito. Cuando en primero de Primaria tenían que hablar de la familia, Manolito, ufano, proclamó:
¡Nuestro papá salva el mundo! ¡Y mamá trabaja con el ordenador!
Y la tranquila Juli añadió:
¡Y nuestro perro sabe ver la tele!

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