¡Tendría que haberme preparado antes para la llegada del bebé!
Mi salida del hospital fue única. Mi marido seguía en el trabajo y vino a recogerme directamente desde la oficina, aún con el traje puesto. Le rogué que pidiera vacaciones o unos días libres, pero el jefe no se lo permitió. Le pedí que preparara todo para la llegada del niño, y él me aseguraba que se encargaría de todo. Si no hubiéramos lavado la ropa, comprado lo necesario y dejado el piso en orden. Pero así suspiró amargamente Lucía, de treinta años.
¿No cumplió su promesa?
Me fui al hospital sin nada listo. Volví a casa y aquello era un desorden absoluto. Sentí mucha vergüenza cuando llegó la familia. Había tanto polvo que podía dibujar en las estanterías. No había cochecito ni cómoda, ni siquiera se había molestado en comprarle ropita al niño. Menos mal que unas amigas me trajeron pañales seguía contando Lucía entre suspiros.
Lucía se casó hace seis años. Ahora, ella y su marido acaban de ser padres. Postergaron tener hijos hasta poder establecerse. Cuando por fin la situación mejoró, ella decidió quedarse embarazada.
Avisé a mi jefe de que estaba embarazada y al momento me despidió. Otros habrían luchado, pero yo lo tomé como una señal. Me dediqué tranquila a prepararme para ser madre, bordaba, paseaba y disfrutaba del tiempo libre. El dinero no era un problema porque mi marido acababa de recibir un ascenso explicó Lucía con voz suave.
El embarazo fue perfecto. Lucía leía, caminaba durante horas y escogía con calma lo que su futuro hijo podría necesitar.
Mi marido no me dejaba comprar nada hasta después del parto. Decía que así era mejor, que mejor esperar. Eso me repetía. Mi hermana prometió darnos la cuna y la cómoda, y apartó algunas cosas más para el bebé. Me pedía que las recogiera pronto, que las lavara y organizara todo. Pero sólo me dejó hacer la maleta y nada más terminó Lucía con un suspiro profundo.
Pero cuando empezaron las contracciones, el futuro padre se echó las manos a la cabeza y comprendió que aún quedaba mucho por comprar. Lucía, durante el parto, se preocupaba pensando que ni siquiera había tendido la ropa de la lavadora. Allí se quedó, húmeda, hasta que ella regresó del hospital.
Menos mal que mis amigas me dieron algo de ropa para el bebé y pañales, aunque al menos tenía con qué cambiarle. Mi marido comenzó a recorrer toda Madrid buscando cosas para el niño pero todo era de segunda mano, lleno de polvo y manchas. Tuve que lavar y esperar a que se secara todo. En ese momento tenía ganas de matar a toda la familia política y divorciarme de mi marido casi rompió a llorar Lucía.
Durante días, Lucía estuvo limpiando su piso. Han pasado ya dos meses desde el nacimiento de su hijo, y aún se niega a recibir visitas.
Los familiares piensan que ha pasado tiempo suficiente y ya pueden venir. Ahora esperan que les prepare una comida como si nada ¡Venga ya! ¡Ya me están organizando la vida! dijo, crispada.
La madre de Lucía no entiende por qué su hija está tan disgustada. Es evidente que no arreglaron el piso a tiempo. ¡Debería haberlo pensado antes! Nueve meses en casa, ¿y qué hacía? Podía haber pedido ayuda para subir muebles y limpiarlo todo. Tampoco sería tan difícil convencer al marido de hacer las compras antes. Con todo hay que contar solo con una misma. ¿Quién depende de los hombres?
¿Qué piensas? ¿Debería Lucía reprochar a su familia su situación o, al contrario, fue responsabilidad suya? ¿Tendría que haberse preparado ella misma para la llegada del bebé? ¿Tú qué harías en su lugar?







