¡Que no es nada fea! ¡Es guapa! ¡Díselo tú, Marcos!
La pequeña Sandra abrazaba a una gata escuálida y despeluchada, llorando tan fuerte que los vecinos que pululaban alrededor se tapaban los oídos. Si algo tenía Sandra, como buena hija de los Ruiz García, era vozarrón de soprano con cuerpo de niña: a sus cinco años, no había quien la igualara a la hora de hacer retumbar los cristales a base de chillidos.
A todos en aquel portal ya les parecían lo más normal del mundo Sandra y sus hermanos: ni se inmutaban ante sus correrías, sabiendo que a Manuela, su madre, le resultaba misión imposible tener a raya semejante tropa. La pobre mujer se manejaba con el curro más imposible de Salamanca: uno de esos de turnos marcianos, del que cualquiera habría huido colgada de la verja de la comunidad.
Esa verja, elegante y de forja, separando el vetusto caserón reconvertido en pisos de la calle, era el orgullo del edificio. Manuela, junto al resto de vecinos, la pintaba siempre en primavera. Por eso tenía derecho total a colgarse de ella cuando quisiera. Y sin embargo, ella sólo suspiraba:
Somos todos unos caballos. Guapos, listos y currantes, pero, oye, que a nadie le importa tu carga: la tiras tú y punto. ¡Y sólo yo, chiquillas, soy como un poni inmortal! Doy vueltas sin saber a dónde, y aquello de para qué, hace años lo entendí. Pero ¿a dónde? Te empujan por detrás y tú, hala, a olerle el rabo al equino de delante, mientras sueñas con que llegue la noche: todos limpios, cenados y felices, en sus camas, y que el fregadero esté vacío porque alguien, magia, ya fregó la montaña de platos. Y mira que es raro, pero esa nada se llama felicidad.
Manuela tenía una filosofía sencilla y un físico todavía atractivo, aunque ¿quién repararía en una mujer con seis chiquillos de edades que cabrían en un billete de tren y casi sin ayuda? Lo de la vida privada, hacía tiempo que lo había dejado. Bastante tenía sin cupidos por el medio.
¡Ser madre de seis no es una tapa de aceitunas!
En cualquier caso, nadie le reprochaba nada: la historia de los Ruiz García la conocía todo el bloque.
Sandra, como otros tres hijos de Manuela, eran adoptados. Bueno, adoptados. No era que hubiera rescatado a nadie de un orfanato, dispuesta a regalarle un futuro de anuncio. Se dice fácil, pero a Manuela aquello ni le parecía heroico ni alcanzable en solitario. Tenía otros planes, y traer tantos chiquillos a casa nunca figuró en ellos.
Pero la vida, ya se sabe, es más de poner trampas y no suele pedirte opinión.
A comértelo, y a ver qué clase de persona eres, hala.
Así que Manuela también tuvo que elegir. Aunque todos sabían que, en el fondo, siempre eligió lo que tocaba.
Todos los niños que Manuela criaba eran herencia. Y las herencias o se aceptan, o no. Ella decidió que rechazarla no era opción. ¿A ella la abandonaron? Pues ¿por qué iba a dejar tirados a esos niños, más siendo familia de la de toda la vida?
Además, tenía motivos, sólidos o no: a Manuela le bastaba con saber que estaban ahí.
Manuela era niña de los 90, criada por una señora de armas tomar en la Castilla más profunda, a orillas del Tormes. Su madre, la belleza del pueblo, bien merecida la puja de don Vicente, que primero la cortejó con más labia que un político y luego se casó con ella en una boda de película, vestido de lino blanco y ramo rojo.
De sus padres, Manuela no recordaba nada. Sólo iba con su abuela al cementerio, a pulir el mármol bonito donde estaban las fotos, y, en voz bajita, para que la abuela no oyera, contaba sus cosas: que si el dibujo que le alabó la seño, que si la bufanda tan mona de rayas blancas y rojas que la abuela tricotó.
La verdad de lo ocurrido la conoció a los dieciséis.
Tu padre, hija, era un pájaro. Un bandido. Se fue pronto y se llevó a mi hija detrás. No se habla mal de los muertos, pero yo nunca le perdonaré. ¡Nada me sirvió llorar ni suplicar! Mi palomita no me hizo caso Le quería, y él a ella también, dicen Hasta dicen que cuando vinieron a por él, la protegió. Lo intentó Bueno, así será. ¡A ti por lo menos te quisieron! Algo me queda de consuelo por mi niña
Sólo entonces comprendió Manuela el desfile de tipos que, de vez en cuando, se pasaban por casa: entraban, escuchaban pacientemente anécdotas del colegio mientras sorbían té y dejaban como quien no quiere la cosa un sobre lleno de euros en la mesa, sin decir ni pío.
Abuela nunca rechazaba el dinero pero tampoco lo gastaba. Lo guardaba, y al acabar Manuela el instituto, le compró una vivienda de esas de techos altos y terraza mirando a la catedral.
Esto es lo tuyo, niña. De tu madre… Y de tu padre
Manuela, sin embargo, no quiso mudarse. Se empeñó en seguir con la abuela.
¿No lo entiendes, Manu? Es una casa preciosa, céntrica, a un paso de la universidad, y tu trabajo ¡No seas burra!
No quiero irme de aquí. Si tú no vienes conmigo, nos quedamos.
A la abuela le costó un mundo renunciar a su cuchitril, pegado al recuerdo de su hija. Cedió, al final, justo cuando apareció por allí una prima lejana, Gloria.
Manu, deja que vivamos nosotros en tu piso. Por favor. El mío es un zulo y los niños ya no caben. Yo te pago el alquiler, ¿sí? Y ayúdame con la empadronamiento, que si no no me cogen a los críos en la guardería.
Gloria era lista como las ardillas, de las que saben camelarse a cualquiera.
No te fíes, Manu. Que será familia, pero es una lianta de libro. ¡Ni hablar! ¡Nos lo quedamos nosotras!
Abuela, que son familia
¿Y qué? ¿O se ocupa de sus hijos, o qué? ¡Yo tengo que cuidar de ti!
Manuela era obediente pero tampoco podía apartar a sus primillos, Marcos y Lucía. No era justo tener un pisazo vacío mientras otros apenas sobrevivían. Y Gloria, además, no paraba de recordar que los parientes no se dejan tirados, que eso es de ser muy mala persona.
Esa frase la perseguía a Manuela. De niña, la abuela solía decirle: Si tu padre hubiera sido decente, tu madre estaría viva.
Eso le dolía mucho, así que se empeñaba en hacerlo bien, y su mejor recompensa era la aprobación de la abuela:
¡Esto sí, Manu! Así se hace: como la buena gente. Me das motivos para estar orgullosa. ¡Eres un ser humano!
Pensó que, tratándose de Gloria, era justo actuar igual, pero la abuela se salió con la suya:
No es lo mismo, niña, no es lo mismo.
¿Por qué no? ¿No merece Gloria que tenga una casa como la tuya si la necesita?
¡No! Porque no es tonta, y si le das la mano, te come el brazo. ¿No recuerdas el cuento de la zorra y la casa de hielo? Déjala, que se busque la vida. ¡Tonta no es!
Abuela
Nada, ni palabra más. Gloria en tu piso, nunca. Nos mudamos nosotras.
Pero ¿no decías que no querías irte?
Ahora hay que hacerlo. Ayudar a la familia está bien, pero regalarles todo es una tontería. Gloria sabrá espabilarse sola. El tiempo le dará todo, pero lo suyo, nunca un pez recién pescado, sino una caña. Si se da todo mascado, no es bueno, Manu. Recuerda: a veces dar de más no ayuda, sólo convierte a la gente en conformistas. Si dejas que Gloria entre, no la sacarás, ni querrás hacerlo. Será tu trampa. Ella lo aprovechará por los niños, claro, por los niños siempre. ¡Pero piensa también en ti!
Supongo, abuela ¿Y está bien pensar así?
No lo sé pero es lo que hay. Mejor no darse motivos para rencores. Ya llegarán solos, la vida es larga. No te metas. Yo lo resuelvo. Que Gloria se enfade conmigo, si quiere. Tú, camina aparte; por los niños lo pido. Que tengan a alguien que los quiere; eso vale oro. Cada gota de cariño es un tesoro: ¡no lo olvides, Manu!
El tiempo le dio la razón a la abuela.
Gloria, al saber el plan, sólo suspiró.
Sabía que a Manuela no la soltabais
¿Y tú pensabas pisarle la cabeza, quizá?
¡No, mujer! ¡Sois la única familia que tengo!
Pues cuídanos, ¡y cuenta siempre con nosotras! No estamos para regalos, pero sí para echar un cable.
¡Y gracias por decirme la verdad! Además, al final vuestra casita también es un hogar para mí y mis niños.
Acuérdate de eso, Gloria.
Mudanza hecha, abuela y nieta se pusieron a redecorar la vida. Pero el tiempo es terco y no espera: mientras Manuela soñaba con ver a la abuela tranquila y feliz, la suerte tenía otros planes.
A la consulta del centro de salud, a dos calles, la abuela iba más que a misa.
Esto ya parece mi puesto de trabajo bromeaba, recontando recetas.
La salud, ya regular. Manuela procuraba acompañarla, pero la abuela siempre con su no soy un fardo, anda, deja de agobiar y vete a lo tuyo.
Ay, cuánto se lo reprocharía después.
Una caída tonta, invierno, hielo traicionero: la abuela resbaló camino del médico, se golpeó la cabeza y perdió el sentido. Allí quedó, cerca del bordillo, mientras la gente pasaba de largo siempre con prisas. Hasta que un taxista dio con su bolso, encontró la dirección de Manuela y avisó a emergencias. Pero era tarde.
En veinticuatro horas la abuela se marchó. Manuela no se separó del hospital, abrazada a Gloria, que aparcó a los suyos en casa de la vecina y llegó pitando al enterarse.
¿Y ahora qué hago yo sin ella, Gloria?
No digas tontunas, ¡aguanta! intentaba animarla Gloria, aunque también sabía lo que había.
Los médicos ya ni miraban a los ojos. Manuela, como un témpano, sólo asentía.
No le gustaría verte así, Manu.
No puedo evitarlo
Pues toca soltar el llanto, y luego a seguir. Por ella.
Y así, la vida cambió de nuevo para Manuela: ahora las decisiones eran sólo suyas.
Y vaya decisiones. Apareció Pedro, que fue pareja de Manuela cinco años, hasta que un día se fue con otra en un clima de paz desconcertante, dejando a Manuela con dos hijos pero sin bronca. Pedro siempre fue muy de frente y muy poco de exagerar. Encontró otra ilusión, y no se cortó:
Somos amigos, Manu, ¿verdad?
¡Pues claro!
Manuela, en vez de enfadarse, sólo sintió pereza y resignación. Le ayudó a hacer la maleta y luego fue a llamar a Gloria.
Gloria, ven.
La prima, que ahora vivía en la casa vieja como enfermera jefe, acababa de tumbarse tras ayudar en un trabajo manual de su hija. Quiso refunfuñar, pero captó la voz bajita y el temblor. Voy en un rato, y apareció para abrazar a Manuela, echando pestes por lo bajo contra Pedro y hasta sus tatarabuelos.
Pero no llores por ese, mujer. ¡Alegría le debería dar no tener que criarle tú la tripa! Te habría dejado tarde o temprano.
¿Por qué? ¿Qué he hecho?
Nada, Manu. Son así: casta perruna. No importa la mujer, se acabaría largando. Lo bueno es que al menos, Pedro, con los niños cumple. No es consuelo, pero mira: peor sería si pasara como con el mío, que sólo existe para la nómina y ya. De padre, ni rastro.
¿Y ahora qué hago yo, Gloria?
No pelearte. Eso es todo lo que te puedo decir. El tiempo hará, ya verás.
¿No me soltarás lo de el tiempo lo cura?
Qué va. Mentira. No cura nada, sólo tapa el dolor con otra preocupación.
¿De dónde sacas esa sabiduría?
¡De tu abuela, mujer! Esa sí que sabía explicar la vida. Y mira que tenía razón: mientras la recordemos, estará con nosotras, ahí, al lado.
Gracias, abuela dijo Manuela, secándose la nariz con el primer paño limpio que pescó. Pero, ¡cómo duele!
Eso es lo más normal, tonta. Preocúpate si no doliera.
Tenía razón. Con el tiempo, Manuela fue recobrando el ánimo. Pedro cumplía como padre y los niños no sentían la falta del padre ausente. Así que cuando anunció que venía otro hijo en camino, Manuela ya ni pestañeó.
Me alegro, Pedro.
Gracias de verdad, Manu. ¡Eres increíble!
Y tanto.
Pocos días después, la noticia la dio Gloria:
¡Manu, ay, qué vergüenza!
Chata, no será por sorpresa Tú tendrás dos y me cuentas los detalles si quieres, pero ¿y el padre?
El padre voló en cuanto supo lo de los mellizos. ¡Cobarde! Bah, mejor así.
¿Y ahora?
No sé Doy a luz, ¿y luego qué? Si ya tengo a Marcos y a Lucía como para sumar dos más Ni techo, ni red
La preocupación se le caía por los ojos, e interrumpió la conversación yendo al baño. Manuela, mirando a los niños devorar caramelos, supo lo que tenía que hacer. La mayoría diría que fue una locura.
¡Estás loca! No puedo aceptar esto balbuceó Gloria, con la cesión de la vivienda en la mano.
Sí puedes. Es lo justo, y la abuela estaría de acuerdo. Tus hijos merecerán su casa.
Así, la casa de la abuela pasó a Gloria y la familia se dispuso a esperar a los mellizos.
Sandra y Marta llegaron puntuales y menudas, chillando más que los cencerros en San Fermín.
¡Menudas voces! bromeó la comadrona ¿Nombres?
Sandra, por mi madre. Marta, por mi prima.
Buena gente debían ser, las tías, si hasta heredan ni nombres
La mejor. Gracias a ella existen.
La salida del hospital fue una fiesta. Los niños y Manuela recibieron a Gloria, y esta, al ver a las niñas, sólo deseó que tuvieran una pizca de suerte más que ella.
Si Gloria hubiera contado sus síntomas, habría ido antes al médico y todo podría haber sido distinto. Pero una madre no se para a pensar en sí misma cuando tiene dos bebés en brazos.
Le dio el aviso a Marcos de que vigilara a las pequeñas, llamó al 112 y a Manuela, y esperó.
El corazón de Gloria, que nunca se quejó de nada, falló de improviso. No hubo solución.
A Manuela no le quedaba ya ninguna duda: los cuatro huérfanos, junto a sus dos pequeños: ¿cómo iba a separarlos? La asistenta social torcía el gesto.
Es mucha responsabilidad seis niños sin pareja… Tendremos que estudiar el caso.
Manuela ni protestó. ¿Qué sentido tenía? Lo que estaba claro es que entregar a los niños a otras familias ni pensarlo. Sabía que la abuela tenía razón: hay que responder de las palabras y los actos, y si lo justo era criarles juntos, no había más que hablar.
Pedro ayudó con los papeles y el papeleo de abogados. Mientras Manuela iba de gestiones, se quedaba con los niños.
¿Y a tu mujer no le molesta, Pedro?
No. También es madre y ya ha asumido otra cosa: tú nunca me querrás de vuelta. Así que, ¿qué problema hay?
Pues eso… asintió Manuela.
Pero Manu, ¿estás segura?
¿De qué? Manuela ya no sabía ni lo que era la seguridad, sentía sólo miedo: seis es una multitud. Pero, ¿qué iba a hacer? ¿Dividirles? ¿Entregarles?
¿A qué tienes miedo?
A no poder con esto A estar sola
No lo estarás. Si me dejas, te ayudo. Es lo menos.
Ay, Pedro ojalá Dios te escuche. Ojalá la abuela esté ahí arriba echando un cable y aclarando las dudas, como siempre
Manuela sonrió por primera vez en meses.
Claro que fue difícil. A veces, por la noche, se desesperaba: lloraba mordiendo la almohada para que los niños no la oyeran.
Abuela, ¿qué hago? ¿Cómo lo hago bien? Si tú todo lo sabías
Y entonces la memoria le regalaba una frase, un consejo suyo: no perfecto, nebuloso, pero suficiente. Y los días seguían, y los niños crecían y ella era y sería siempre refugio.
Y de vuelta al presente: Sandra, en el portal, abrazando la gata, desafía a la vecina que cuchichea:
Manuela, te va a echar de casa si entras con esa bicha. Tiene un pinta de sucia y seguro que le pega algo a los otros
¡No! Sandra miraba al hermano mayor, después a la puerta.
Manuela, en ese momento, estaba lista para sacar la tropa de excursión al zoo de Madrid. Lo tenía todo apañado: desayuno, mochilas, niños vestidos. En cinco minutos, los despachó al parque bajo la supervisión de Marcos.
Toma a los peques, Marcos, y dame dos minutos; ¿dónde puse las deportivas viejas?
En el armario de Lucía, que lo ordenó. ¡Te esperamos abajo! ¡Y no olvides pintarte el otro ojo, que pareces una terrorista!
Mientras Manuela rebuscaba en casa se vio al espejo y, por primera vez en siglos, pensó: pues hoy me maquillo. Sí, tenía más líos que una verbena, pero ¿por qué no darse un aire? No va a asustar a los animales del zoo y hasta puede disfrutar por una vez.
Con los años, aprendió que se puede educar a los niños con mano de hierro o de algodón. Que para qué agobiarse por una mancha tonta si puedes sumarte al desmadre, globos y algodón de azúcar mediante.
¡Yo voy a ver el elefante! ¿Quién se viene?
Y recordó sus paseos con la abuela, los sandwiches caídos y las meriendas compartidas al sol del Retiro.
Ahora era ella la que cocía el zumo, la que preparaba la mochila. Algún día sus hijos harían lo mismo. Y así debía ser.
Manuela se miró de nuevo al espejo, cogió la mochila y salió disparada al portal.
La vecina la paró, sonrisa pillina:
Date prisa, Manuela, que tienes sorpresa.
Sandra voló a abrazarla, presentándole la gata como si fuera un trofeo.
¡Mami, mira! ¿A que es guapa?
¿Y qué iba a decir Manuela? Pues nada.
Cogió a la gata por el pellejo, la examinó y declaró:
Se anula el zoo, chicos. Ya tenemos nuestro propio tigre. Marcos, ¿dónde está el veterinario más cercano? ¡Vámonos!
Ese, definitivamente, sería un gran día. El zoo podía esperar. Porque aquella gata, flaca y sarnosa, que Sandra arrastró a casa bajo la mirada de todo el bloque, en pocos meses se transformaría en un peluchín presumido que llenaría la casa de alegría y a todos de orgullo.
Y nadie se sorprendería. Porque en casa de Manuela y sus hijos hacía tiempo que habían entendido la máxima: allí donde hay amor, nunca sobra ni una gota.




